26 ene. 2008

'El asunto de la barra de pan'

El asunto de la barra de pan no es fácil de explicar. Es que se me complicó... 

Yo me llevaba muy bien con el panadero. Es un tipo uruguayo, que llegó a España a buscarse la vida. Bromeábamos, nos reíamos, cotilleábamos… era un tipo muy agradable, pero su pan era una puta mierda. Todavía me pregunto por qué tuvo que montar una panadería. Sus barras de pan eran intragables. Las empanadillas de su mujer, aterradoras. Ya que decidió venir aquí, podía haber montado un taller mecánico, un quiosco… yo qué sé.

Pero estaba justo enfrente de mi portal, así que en cuanto abrió el negocio comencé a comprar ahí el pan. En seguida me di cuenta de que aquel pan era intragable, pero seguí por inercia y porque el tipo me caída realmente bien. Le compraba una barra cada día y después charlábamos. De fútbol sobre todo. Le compré su maldita barra de pan cada día durante más de dos meses. Pero claro, un día decidí que no quería seguir comiendo con ese pan asqueroso. Y un martes lo compré en la panadería que hay tres calles más abajo. Estaba delicioso. Calentito, tierno, con un olor que despierta el hambre de una manera salvaje. A su lado, la barra del uruguayo era como una longaniza seca. 

Por supuesto, no podía pasar por delante de mi uruguayo con otra barra. De otra panadería. Así, sin explicaciones. Después de dos meses de fidelidad y buen rollo. No podía ser. 

Así que el primer día que compré la barra en la otra panadería, di un rodeo para que no me viese. Y no fue un rodeo fácil. Tuve que subir unas escaleras viejas y llenas de pis. Después escalé tres calles empinadas y solitarias, para desembocar en una avenida atestada de gente. La cuarta a la izquierda era mi calle y el segundo era mi portal. Pero desde la esquina hasta mi portal tuve que ir muy pegado a la pared para que el uruguayo no me viese. Mi imagen avanzando como si la pared fuera un imán, y mirando de reojo la acera de enfrente, no tenía precio. Pero era la única alternativa válida para no pasar por enfrente de la panadería. Cualquier otro camino, entraba en el campo de visión del uruguayo.

Ese primer día no me importó. Pero es que estuve así ocho meses. Ocho meses escalando las tres calles, oliendo a pis en las escaleras, esquivando a gente en la avenida y arrastrandome como un perturbado mental por la pared llena de grafitis. Ocho meses. Por una barra de pan...

No sólo eso. Al principio hacía este agotador recorrido cuando regresaba de comprar el pan en la otra panadería. Pero, tras una semana, me empezó a dar rabia pasar a cualquier hora por delante del uruguayo. No quería preguntas, no quería dar explicaciones. “¿Dónde te metes? Hace siglos que no te veo. ¿Ya no comes pan?”. Mi escalada hacia la lamentabilidad aceleró incontrolada: tenía que dar el increíble rodeo cada vez que salía o regresaba a casa. Unas cuatro o cinco veces al día. Durante ocho meses mi vida hice ese patético recorrido.

Mi vida cambió. Ahora tardaba quince minutos más en llegar a los sitios. Hasta consulté las líneas de autobús. Ya regresaba por ese camino inconscientemente, aunque la panadería estuviese cerrada. A cualquier hora regresaba a casa por ese camino. Si finalmente la panadería efectivamente estaba cerrada, no me arrastraba por la pared. Esa era mi única victoria. Además, nunca realizaba el rodeo completamente tranquilo. El tipo podía verme si había salido un momento a algo. O podía verme la mujer. Estaba paranoico.
Sin embargo no me vio. Nunca llegó a verme. En lo que a aquel panadero uruguayo respecta, yo había desaparecido un martes para no volver a dar señales de vida jamás. Por una barra de pan. Por una miserable barra de pan… 

A los ocho meses cerró el negocio. Vi desde la ventana de mi casa cómo recogía sus cosas y se iba. Por un momento pensé en bajar, saludarle y decirle que había estado trabajando fuera y había regresado hoy, y así, al menos, despedirme. Pero no lo hice. Aquel panadero se fue para siempre pensando que aquel chaval tan majete que le compraba el pan había desaparecido del universo. Tal vez hasta pensase que había muerto. Creo que tendría que haber bajado a despedirme para que se fuese tranquilo. Pero no lo hice. No tuve el valor.

Menos mal.

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