21 ene. 2008

'Un día bastante sencillo de explicar'

Su día es bastante sencillo de explicar. Se levanta a las ocho y media de la mañana, no porque él quiera, si no porque es incapaz de estar más tiempo en la cama. A esa hora ya lleva dos o tres horas despierto, y necesita levantarse. Se ducha. En frente, un sucio espejo refleja los pliegues de su grasienta piel. El primer chorro de agua que sale de la ducha se abre paso entre la mata de pelo de su pecho y después moja su obesa y colgante barriga. Más abajo ya no ve nada. Tampoco hay mucho más que ver.

Desayuna. Catorce bizcochitos industriales de la marca Sancho Panza con un vaso de leche templada sin azúcar. Se pone un chándal verde claro con chaqueta de cremallera y baja a comprar el Marca. Lo lee en el sillón de su salón. Un sillón viejo y con agujeros. Como su casa. Como su vida. No recuerda cuándo fue la última vez que pasó el aspirador. 

Después ve la televisión. Su día es bastante sencillo de explicar. No para de cambiar de canal. Tres horas, sin parar de cambiar de canal compulsivamente.
Más tarde come. Menú del día en el bar Rande, que hace esquina en su calle. Una calle oscura y solitaria de un barrio oscuro y solitario. Demasiado cerca de la estación de trenes abandonada. Demasiado lejos del resto del mundo.

Después de comer, su día sigue siendo bastante sencillo de explicar. Sube a su casa y vuelve a poner la televisión. A las siete se viste. Se pone un viejo esmoquin. Lleva el pantalón sin abrochar el último botón y la chaqueta tiene un lamparón en la solapa derecha. Se echa gomina en el poco pelo que le queda, peinándose hacia detrás, y limpia las gafas redondas que compró hace más de 30 años. Mete sus partituras en un desgastado maletín negro y se va.

En el metro va siempre de pie, huyendo de las miradas curiosas. A las ocho y media llega a su destino: Mesón del Champiñón. Está en una pequeña calle adoquinada al lado de la Plaza Mayor. Justo después del Mesón de la Tortilla y antes del Mesón Galicia. Saluda sin muchas ganas a Evaristo. A Rómulo sólo le dedica un leve movimiento de cabeza. No es que tenga nada en contra de los sudamericanos, pero asegura no entenderse con ellos. O aseguraba. Hace meses que no mantiene una conversación con nadie. En seguida se sienta en frente del teclado. Un órgano Yamaha que el mesón adquirió en el año 1991. Coge las partituras y en el modo “piano”, comienza a tocar con un cansino y gris automatismo. Su espalda se encorva hasta parecer una joroba, sus peludos dedos bailan sobre las teclas y su enorme barriga sobresale por encima del pantalón. No mira las partituras. Se lo sabe de memoria. A veces algún comensal le felicita, o le pide un tema. Antes, una leve ilusión recorría su cuerpo cuando esto ocurría. Ahora le resulta indiferente.

A las dos cierra el mesón. Su noche es también bastante sencilla de explicar. Ya no hay metro, así que tiene que coger el autobús nocturno hasta su casa. A las cuatro suele estar en la cama. Antes se solía masturbar. Ya no lo hace. 

Todas y cada una de las noches sueña lo mismo. Está encima del escenario, al teclado, con su orquesta. Estuvo seis años con ellos. Sólo en ese período sintió la felicidad, o algo parecido a ella. Compuso sus propios temas, se fue de gira por todos los pueblos del norte y hasta su nombre salió en un par de periódicos locales. 

Dos años después de su marcha, la orquesta se disolvió. Lleva casi veinte en el mesón. Todas y cada una de las noches sueña lo mismo. Desde hace veinte años. Después se despierta sin poder respirar. Está dos horas más en la cama y se levanta a las ocho y media para ducharse. En el enorme espejo que tiene enfrente puede ver el agua recorriendo su gorda y peluda figura.

“Su día era bastante sencillo de explicar”, dijo la vecina del tercero a los periodistas. Fue la única que lo vio saltar.

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