18 ene. 2008

Otros universos

Se llama Hoke y todos le entienden Jorge cuando dice su nombre. Es japonés, de Tokio. Tiene 22 años y desde hace siete vive en España. Estudia pintura y piano y vive en Lavapiés, Madrid. En su barrio hay muchos moros, y éstos le ven como presa fácil. "Ya me han atracado unas diez veces", me cuenta. "Un día tuve que coger un cono de tráfico del suelo y amenazarles". "Para ellos, como para los chinos, soy presa fácil. A todos los japoneses nos pasa".

Hoke me explica que los japoneses son como el último eslabón en la cadena de depredación. Cuando salen de su isla, se convierten en una especie de pollo asado caminante para hambrientos ladronzuelos españoles, magrebíes o chinos. En realidad, le confieso, todos vemos a los japoneses un poco más vulnerables, con sus vacaciones en bandada, llenos de bolsas y dinero y con sus infinitas cámaras de fotos registrando lo que para ellos es extraordinario, como un jamón.

Hoke y yo hablamos de Japón. Y no me deja de sorprender. Me asegura que el asunto de las huelgas a la japonesa, es decir, lo de trabajar de más para producir exceso y provocar pérdidas, es mentira. Es una leyenda urbana. Le digo que por aquí casi todos estábamos convencidos de que era real. Él me replica que podría serlo perfectamente, porque la concepción del trabajo que existe en Japón es sencillamente acojonante.

Me dice que le da la risa cuando ve cómo nos quejamos del capitalismo salvaje en España. Japón es el capitalismo. El capitalismo, en su faceta más despiadada, es Japón. Hoke me dice que en su país el empleado medio trabaja los siete días de la semana, de lunes a domingo. Sin días de descanso. No hay festivos, alguno suelto que Hoke no acierta a recordar en ese momento, pero creo que tampoco importa mucho. ¿Y las vacaciones? Un trabajador medio, me dice, tiene derecho a vacaciones a partir del noveno año, aunque depende de las empresas. En las grandes puede que tengas vacaciones al cuarto año.

Me imagino cómo se siente un trabajador japonés cuando coge vacaciones después de trabajar todos los días durante nueve años. "Nada especial", me dice Hoke. Es tal la cultura del trabajo, que nadie protesta. La sociedad japonesa tiene asumido desde lo más tierno de su infancia que la vida consiste en eso, en trabajar siempre. Siempre. No tiene sentido quejarse. Si lo haces, te echan. No hay huelgas. No existen. Si te pones en huelga, te echan. Tampoco hay mayor problema. Te vas a otra empresa. En Japón no hay paro. Nadie está desempleado. El capitalismo en estado puro. Todos, absolutamente todos, trabajando constantemente, sin freno, en pos de un desarrollo económico infrenable. Con una ausencia total de conciencia trabajadora, casi diría que una ausencia de conciencia de individuo. El rastro que deja atrás suele esconderse bastante bien. A veces sale a relucir: suicidios colectivos, depresiones, códigos de honor esquizofrénicos...una sociedad demasiado convulsa. Frenopática. Si un gran empresario lleva a la quiebra a su empresa, suele suicidarse. Ahora lo comprendo. Comprendo que un fracaso económico es un fracaso de, sencillamente, toda tu vida. Las tasas de suicidio en Japón suelen ser escondidas por el Gobierno.

En Tokio, como en el resto de las ciudades japonesas, no hay barrios peligrosos. No existen las bolsas de pobreza. Sólo infinitos barrios dormitorios para las hormiguitas. Un interminable panal. Lo más problemático de Tokio, me cuenta Hoke, es Chinatown. Me dice que a los españoles les suele resultar gracioso que en Tokio haya un barrio chino. Hay bastante emigración china en la isla. Hoke distingue a primera vista a un chino, no por las facciones, sino por la actitud y la manera de vestir. No son tan educados, ni tan excéntricos vistiendo... y los oriundos les temen.

Muchas de estas cosas explican por qué los japoneses se convierten en blanco fácil de los ladrones en España. España está calificada con un 80% de peligrosidad en las guías turísticas niponas. Según estas guías, es uno de los países más peligroso del mundo. Lo cierto, me cuenta Hoke, es que es raro que a un japonés no le intenten robar en España. Madrid es una ciudad especialmente peligrosa. Me sorprende que uno de sus depredadores más habituales son los chinos. No deja de resultarme chocante desde mi ignorancia occidental. Los chinos ven en los japoneses un buen botín. Y éstos temen cruzarse con chinos por la calle.

Sólo nuestras maneras, la manera de hablar o expresarnos, resulta intimidatoria para ellos. Demasiado agresiva. La ecucación es tan extraordinaria entre los japoneses que es impensable, me dice, que alguien mande a tomar por culo a otro. Si lo hiciera, en un extremo insostenible, le diría 'muerte'. Ésa es la traducción. Pero nadie lo dice. "¿Cómo dices si alguien te estorba entonces? ¿Me molestas?". Tampoco. Es demasiado fuerte decirle a alguien que te molesta. Lo más habitual es aguantar estoico si alguien te molesta. Por educación. El trato entre ellos es de extrema educación, cómica para nosotros. Por ende, nuestro trato más informal y brusco, les resulta intimidatorio.

Me despido de Hoke, un chico encantador que aún no tiene previsto regresar a su país. Me queda una imagen de pequeños duendes o gnomos que trabajan sin descanso para Papá Noel en un idílico pero explotador ambiente. Y estos gnomos sufren cuando están en otro sitio donde el trabajo es algo a evitar y donde el éxito global poco importa al lado del individual. La conciencia de individuo es casi total. El desarrollo económico no es comparable, claro. Pero el rastro de cadáveres tampoco. Por suerte.

2 comentarios:

  1. Me pregunto leyendo tu relato que si es así como tu amigo nos cuenta, sí es que de verdad no tienen vacaciones ¿ Qué hace el mundo plagado de turistas japoneses?

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  2. ¿Esto te lo contó a la luz de una hoguera y tú llevabas una gorra con una hélice en el capirote? El caso es que las huelgas a la japonesa si que existen pero evidentemente no se trata simplemente de trabajar más (algo que por supuesto sorprende al español medio) sino de trabajar más y "mal". De esta manera se multiplican los fallos en la cadena de producción y por ello son tan temidas. Solo hay que imaginarse un "stock" de productos almacenados y todos de dudosa calidad.
    Por cierto que este post me ha encantado pero no dejo de imaginarme que te ha faltado algo por contar... después de que te soltara todo esto le mangaste su cámara digital mientras le decías "ten cuidado con los chinos".

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