22 ene. 2008

Gallina con ruedas

Son esos días. Yo les llamo ‘días de la gallina con ruedas’, en honor a un buen amigo con el que no avanzan las conversaciones, siempre interrumpidas por gallinas con ruedas, gorros de Napoleón, embudos, trompetas y un sinfín de locuras similares. A veces tengo esos días. Salgo a la calle y se suceden las imágenes surrealistas, el esperpento.

De por sí mi imaginación suele estar nerviosa, intranquila. Ya cuando era pequeño me transformó en un ser miedoso y solitario. Oía un pequeño ruido y una terrible imagen aparecía en un instante en mi cabeza. Por otra parte, la misma imaginación me hacía pasar buenos momentos, estirando mis juegos en solitario durante horas. En la adolescencia mi imaginación se cebó conmigo. Cualquier situación que requiriese un mínimo de seriedad suponía una auténtica tortura para mí. Cuanto más solemne era la situación, peor lo pasaba. Cientos de imágenes se agolpaban en mi cabeza. Caídas, golpes, insultos, peleas, frases inesperadas… de todo.

Hoy, si es que he dejado la adolescencia atrás definitivamente, mi imaginación sigue machacándome. Y me hace vivir ‘días de la gallina con ruedas’. Días en los que la realidad que me rodea no es más que la que mi imaginación elige.

El otro día salí de casa dispuesto, como cada mañana, a coger el metro. Bajé al andén con cara de dormido y esperé el tren. Primero oigo su ruido, un estruendo que sale del negro túnel antes de que puedas verlo. Invariablemente, me imagino el tren apareciendo por la estación a toda velocidad y, tras los cristales del primer vagón, se ve al conductor con cara de pánico intentando retomar el control del tren mientras grita insultos contra la gente del andén, tipo, “¡Cabrones, hijos de puta! ¡No puedo parar esta máquina infernal! ¡Ayudadmeeee!”… y después pasa de largo y todos nos volvemos a sentar a esperar el siguiente tren.

Subo al vagón y me posiciono de pie, en un rincón. Estoy aún adormilado y quiero evadirme leyendo. Oigo un ruido, como una vespa arrancando. Levanto la cabeza. Vuelvo a oir el ruido. Lo hace un señor. Un señor de aspecto normal, incluso arreglado. Cada pocos segundos grita una especie de “¡pepepepe!” como si arrancara una moto. Serio. Como si estuviera haciendo lo más normal del mundo. Sigo leyendo.

A su lado una ¿china? En fin, un ser con los ojos hinchados como si fueran dos pelotas de ping pong. Intento no mirarla. Pero es imposible. Todos la miramos mientras oímos “¡pepepeep!”. El día viene duro y mi imaginación comienza a funcionar a pleno rendimiento. Guardo el libro. Es mi parada.

Salgo del metro y me dirijo hacia la cafetería donde suelo desayunar. Esta cafetería se caracteriza por la precipitación de los camareros. Cuando abres la puerta se oye: “¡Jóvenes! ¡Qué van a tomar!”, cuando aún no pusiste ni los dos pies dentro. Por eso, siempre que avanzo por la calle y estoy llegando a la puerta, me imagino una voz de megáfono gritando desde dentro, y a la calle: “¡Qué vas a tomar!!”.

Nada más entrar, un tipo de sombrero, con una taza de café vacía, un codo en la barra y el otro bajo la solapa de su chaqueta, pregunta al camarero: “Perdone, ¿tiene cambio de 200?”. Por un café… pienso. “Sí, espere, que ahora le devuelvo 198,90 en monedas de uno, caballero”. Mi imaginación no para. Me tomo mi café en silencio.

Veo que el día viene movido. Las gallinas con ruedas no dejan de sucederse. Es aún por la mañana y mi imaginación está funcionando a pleno rendimiento. Sin embargo aún no he dicho una sola palabra.

Entro en una tienda para comprar el periódico. Una chica en el mostrador pregunta a la dependienta. “Perdone, ¿tiene ‘perros de compañía’ o ‘los perros nuestros amigos’?”. “Lo siento señorita, sólo nos queda ‘Perros”. “Ah vale. Gracias”. Y se va.

En el trabajo el día se calma. Pero el ejemplo de mañana ‘gallina con ruedas’ queda para siempre. Me ocurre mucho. Ya os iré contando más. Esa mañana decidí ponerme un embudo en la cabeza antes de saludar: “Buenos días a todos”. Comienza el día. El real. El mío ya empezó hace horas.

1 comentario:

  1. En mi caso todo empezó cuando en clase de lo que fuera irrumpía precipitadamente Jose María Aznar con un maletín, se paraba, miraba hacia los lados y finalmente se tiraba por la ventana. Después todo el mundo seguía atendiendo a la lección.

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