20 feb. 2008

De la grada a la trinchera

El fútbol es de las poquísimas cosas que algunas personas se congratulan de ignorar.
Hay gente que en un partido de fútbol sólo ve un partido de fútbol.

El 13 de mayo de 1990 tuvo lugar el partido que nunca se llegó a jugar. El partido que nunca se llegó a jugar enfrentaba al equipo de Zagreb, la actual capital de Croacia, con uno de los equipos de Belgrado, la actual capital de Serbia. Es decir, el partido que nunca se llegó a jugar enfrentaba al Dinamo de Zagreb contra el Estrella Roja.

Por ponernos en situación. Yugoslavia vivía su último verano como Yugoslavia. Al siguiente verano le llamabas Yugoslavia y ya no giraba la cabeza. El muro de Berlín caía y la URSS se desangraba. El comunista Mariscal Tito, que hasta este momento había mantenido unida la república, desaparecía, y los nacionalismos ganaban poder. Milosevic, serbio, era proclamado presidente de Yugoslavia y en las elecciones autonómicas croatas ganaban, contra pronóstico, los pro-independentistas croatas, echando del poder a los comunistas pro-unión yugoslava. Una ola de nacionalismo y afán de independencia inundaba Croacia mientras que Milosevic y su Serbia avisaban de que de aquí, no se iba nadie. Las dos posiciones se definían. Algo comenzaba a moverse.

Esta era la situación el 13 de mayo de 1990. Esta era la situación cuando llegó el partido que nunca se llegó a jugar.

El Estrella Roja viajó desde Belgrado hasta Zagreb acompañado por 3.000 ultras del grupo Delije (héroes en serbio). En el estadio les esperaban 7.000 Bad Blue Boys, los ultras del Dinamo. El asunto ultra en la ex Yugoslavia poco tiene que ver con el panorama español. Allí son un auténtico foco de fuerza, con una influencia demostrable por lo que sigue.

Horas antes del partido, el Maksimir Stadion estaba a rebosar. Sólo la parte superior del fondo donde se sitúan los Delije serbios está poco poblada. Demasiado cerca del enemigo. Enseguida lo pagarían. Un enorme dispositivo policial se extendía por las pistas de atletismo. Policías, por cierto, serbios. Faltaban dos horas para que comenzara el choque. En el fondo del Dinamo, las ajedrezadas rojas y blancas banderas de Croacia, prohibidísimas en una época en la que decir que eras croata suponía un paseo hasta la comisaría. En el fondo serbio, cánticos poco conciliadores: “Zagreb es Serbia”, y destrucción de una vaya prublicitaria con el rótulo 'Zagreb'. En el ambiente, la sensación de que algo se deshacía en las entrañas de Yugoslavia.

Los jugadores de ambos equipos saltan al césped. Los ultras serbios empiezan a arrancar más vayas de publicidad y a tirarlas al poco público croata que está sobre ellos. Después comienzan a invadir la grada superior y a apuñalar a cuanto aficionado del Dinamo se topan. La policía, serbia, contempla el espectáculo. Sólo reaccionan cuando los ultras croatas saltan al campo a detener a los Delije.

A partir de ahí, el horror: palos sin dueño, bengalas serpenteando entre las cabezas, gases lacrimógenos que no distinguen colores, coches de bomberos cargando contra la gente, una colchoneta ardiendo sobre el césped, piedras voladoras, policías armados, patadas, puñetazos… Los jugadores del Estrella Roja se refugian en los vestuarios. Los del Dinamo no. En un momento dado, y en medio del caos, un imberbe Boban, jugador croata del Dinamo y posterior ‘crak’ mundial del fútbol, pega un salto y le da una patada a un policía serbio que había apaleado a un ultra croata tirado en el suelo. La grada estalla en euforia e ira. Ha saltado un espita. Ha comenzado algo que ya nada puede parar. La patada ha hecho saltar en pedazos la opresión serbia y desencadena la catarata de nacionalismo croata. “Allí estaba, una cara conocida preparada para arriesgar su vida, carrera y todo lo que la fama pudiera implicar... todo por una causa, un ideal: Croacia". Fueron las palabras del propio Boban años después. La batalla del Maksimir Stadion continuó hasta 1995 en las trincheras. Muchos Bad Blue Boys y Delije volverían a verse las caras, esta vez como miembros del Ejército de Croacia y los paramilitares serbios de Arkan, respectivamente. Muchos de esos chicos que corrían delante de la policía combatieron meses después. Los cabecillas de los grupos ultras se convirtieron en líderes paramilitares. Los hinchas en soldados. El escenario cambió pero la batalla era la misma. De ultras a soldados. Muchos de ellos, claro, murieron.

Hoy, un monumento en la puerta del estadio del Dinamo recuerda a los Bad Blue Boys caídos en la guerra. Los Delije también rinden tributo a sus caídos en cada partido. Las ligas croata y serbia son independientes ahora y ambos equipos apenas coinciden. Alguna vez lo hacen, en amistosos o competiciones europeas. Entonces los Bad Blue Boys y los Delije se vuelven a encontrar. E incluso entonces, hay gente que en este partido de fútbol, sólo ve un partido de fútbol.

La batalla

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