8 feb. 2008

'Sin ti'

Recuerdo la última vez que fui a aquel parque. No suelo ir mucho. Sólo cuando ya no puedo más; cuando ya no me quedan fuerzas y necesito que me las des tú. Sólo cuando necesito verte.

Está muy escondido. Casi nadie sabe de su existencia. Sin embargo no existe otro parque que se le parezca.
En la entrada hay un enorme arco vegetal, como una enorme persona que vigila la entrada. Cuando lo atraviesas, un poderoso olor entra por tu nariz como una descarga eléctrica y te inunda el cuerpo Un fuerte cosquilleo te hace agitarte por dentro. El parque te abraza, te atrae. Comprendes que no estás en un sitio normal. 

Lo primero que te encuentras es un extenso campo. Su frescor contrasta con el tibio sol y su verde con el azul del cielo. La hierba fría acaricia las plantas de tus pies desnudos. No sabes si correr, gritar, si tumbarte o si cerrar los ojos. Estás demasiado a gusto en ese campo…

Más adelante hay unos árboles. Sus troncos se retuercen, como si estuvieran bailando. Están completamente cubiertos por grandes flores amarillas. Si trepas por ellos, notas como tus pies se hunden en las flores. Y puedes descansar sobre una de sus mullidas ramas. Si lo haces, y cierras los ojos, notas la brisa que recorre tus brazos y se cuela bajo tu camiseta. Y también escuchas el leve chirriar de la vieja madera mecida por el viento.

Detrás de los árboles hay un pequeño lago. Su contorno, de un poderoso azul, se dibuja en mitad del verde campo. El olor es ahora más fresco. El agua masajea tus pies mientras caminas. 

Llegas a otro campo. Es diferente. Es más grande. No es verde, es rojo. Rojo intenso. Es un campo de flores. Flores muy altas. Si te tumbas te ocultan por completo. Te quedas entre ellas y, de lejos, nadie puede verte. Notas como se amontonan a tu alrededor, como si un grupo de personas te observasen de pie mientras estás tumbado en el suelo. Sobre ti, dejan un pequeño hueco para que veas el cielo azul. Y ahí tumbado, escondido, entre miles y miles de flores, en medio de aquel interminable campo rojo, te sientes inexplicablemente solo. Maravillosamente solo. 

Así me tumbé yo.

Cuando llegaste no dijiste nada, sólo sonreías. Te tumbaste a mi lado, entre las flores rojas, escondiéndote junto a mí en aquel inmenso campo. Tu voz rompió el silencio mientras me acariciabas la mano. 

-Has imaginado un parque maravilloso- me dijiste girando la cabeza y sin dejar de sonreír.
-Gracias- yo también intenté sonreír.
 
-¿Qué más vas a imaginar?- Tus ojos se abrieron más.
-No sé qué más puedo imaginar…
-Imagina más cosas.

Nos quedamos en silencio unos segundos. El viento mecía suavemente las flores, que parecían empujarse entre ellas.

-Voy a imaginar que estamos aquí para siempre, de la mano
-Es imposible que imagines algo tan bonito.

Recuerdo que notaba el sol en mis mejillas. Recuerdo que no podía dejar de mirar tus ojos. No sé cuánto tiempo pasó. Tal vez horas. 

Te sonreí apretando tu mano, me levanté y, muy despacio, atravesé de nuevo el parque. Me despedí del lago, de los árboles inconformistas y uniformados de grandes flores, de la hierba juguetona, del gran arco… Recuerdo que miré atrás antes de salir. Ya no estabas… 

Ya sé que ha pasado un año desde que ocurrió. Pero a veces te echo de menos. Mucho. A veces me siento muy solo. A veces no puedo más… Cuando me ocurre esto, cuando ya no tengo fuerzas y necesito que me las des tú, vuelvo a ese jardín, me tumbo entre las flores y miro al cielo.

Entonces apareces a mi lado. Sonriendo.

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