18 mar. 2008

El día que casi conozco Luxemburgo

Yo puedo decir que casi conozco un país. Diré mas: yo casi conozco Luxemburgo. Yo, y mis dos amigos Ati y Lewis. Los tres, casi conocemos Luxemburgo. ¿Conoces Luxemburgo? Pueden preguntarnos alguna vez por la calle o en una reunión social. “Casi”, podemos contestar. Con la conciencia bien tranquila. ¿Estuviste en Luxemburgo? “Casi”. Esta es la historia del día (ya hace bastantes años) que Ati, Lewis y yo, casi conocemos Luxemburgo.

De primeras Luxemburgo no apasiona. Si alguien te propone ir a pasar las vacaciones a Luxemburgo pues, seguramente, le vas a pedir que se lo replantee, que busque alternativas, que las hay. Otra cosa es si te pilla por ahí cerca, en Holanda o Bélgica, y con tiempo. Si te pilla por ahí cerca dices, “hombre pues bueno, ya que estoy aquí…” en realidad ese ‘ya que estoy aquí’ sigue sin decir nada a favor de Luxemburgo. Si no estuvieras por ahí, no irías. Nunca. De hecho, aún pillándote al lado, no todo el mundo se anima a ir a Luxemburgo. Yo creo que también es por el nombre del país, que es enormemente feo y centroeuropeo.

En aquel viaje a Bélgica y Holanda de hace ya bastantes años, seis éramos los errantes. Tres razonamos que, ya que nos encontrábamos tan cerca, podíamos coger un tren y conocer un país que, en cualquier otra circunstancia nunca visitaríamos. Aunque al final casi lo conocimos, en aquel momento la decisión era conocerlo, sin casi. Los otros tres nómadas consideraron que, pese a la buena oportunidad dada la cercanía, la motivación que desprendía Luxemburgo no era suficiente.

Lo cierto es que, además, las circunstancias no acompañaban. Eran duras. Admito que, tal vez, la mayoría de la gente optaría en este caso por mandar a la mierda a ese pequeño y rico país: Estábamos en la ciudad belga de Gante. Era el día nacional de Bélgica, ese país que son dos. Así que había un gran jolgorio en todas las ciudades. Gante, además, es universitaria. La visitamos por el día (muy bonita, por cierto) y por la noche salimos a celebrar el día nacional de Bélgica importando la sana y desconocida costumbre del botellón (con vino blanco espumoso) que gustó a los indígenas. Ambientazo en las calles, decenas de escenarios repartidos por el casco antiguo con conciertos, puestos ambulantes, buen ambiente… una noche inolvidable y muy divertida. Por la mañana, directamente desde la fiesta, nos dirigimos sin dormir a la estación de tren con la idea de ir directamente a Luxemburgo. El mítico reenganche, empalmada o doblete. A la noche desenfreno hay que añadirle ya varios días de viaje y precaria alimentación. Nuestra situación física distaba de ser idónea. Aún así, a Lewis, Ati y a mi nos compensaba. Luxemburgo lo merecía. Ya dormiríamos. Además, ya que estábamos allí... A nuestros otros tres secuaces no. A uno de ellos al principio sí, pero se cambió de bando tras vomitar en la puerta de la estación. Los otros dos ya tenían claro desde el día anterior que, a Luxemburgo de reenganche, iban nuestras madres.

En la estación de Gante, amaneciendo, nos despedimos. Ellos tres regresaban a Brujas, donde estaba nuestro albergue, y nosotros tomábamos un tren a Bruselas para, desde allí, partir rumbo a Luxemburgo, ese país que casi recuerdo con cariño. Vaciles de un trío a otro. “Incultos, desaprovechar una oportunidad así…”. “Mataos, si estáis que os caéis de sueño”. En fin, que nos fuimos.

En el tren camino a Bruselas (¡qué ciudad tan aburrida!) nos vanagloriamos de nuestra decisión. “Joder, no entiendo cómo se pueden dejar pasar oportunidades así. Aunque estés cansado, hay que aprovechar al máximo el tiempo”, decía uno. “Yo quiero conocer el máximo de sitios”, decía otro. “Para salir de fiesta y dormir, ya tengo Coruña”, añadía un tercer insensato. Gilipolleces varias que nos permitieron llegar despiertos a la capital belga no si unos primeros y contundentes avisos. En los últimos minutos de trayecto las dificultades aumentaron y aparecieron los primeros remates a córner en el asiento del tren. Cabezadas de sueño y primeros mareos de cansancio. La señorita resaca pedía paso y, tras saludarse con un fuerte apretón de manos con el señor sueño, se sentaban en nuestras cabezas y empezaban a charlar de sus cosas. Íbamos en picado. Era un hecho. Maldito Luxemburgo, debió pensar alguno muy bajito… Mejor hubiera sido ‘casi conocerlo’ otro día. Por suerte, llegamos despiertos a Bruselas. Terminaba de amanecer.

Yo no sé qué tamaño tiene la estación de tren de Bruselas. Por mi recuerdo, mide doce kilómetros de largo y está vacía por completo. Ati y Lewis tenían mala cara. Se sentaron en unas escaleras y me pidieron que fuera a preguntar a qué hora y de qué vía partía el tren a Luxemburgo. Así que yo y mi inglés de sioux, comenzamos a caminar por la fantasmagórica estación. Un anchísimo pasillo de suelo brillante, como recién encerado, donde se reflejaba la hilera de luces que se perdían en la distancia impidiéndote ver el final del pasillo. Y en medio de todo eso, nada. Nada ni nadie. Sólo mi pequeña y destrozada figura envuelta en estación y más estación. Mis pies dejaron de arrastrarse, según mi recuerdo, a la media hora de caminar. Una gorra de plato muy seria con un señor debajo se cruzó en mi camino. “Excusme”, allá va mi inglés rompiendo el fantasmal silencio de la estación. Le pregunto por la hora y la vía. Me lo dice de memoria. “Platform six, fifteen past ten”, o algo así. Mi desgarrado estado mental hace que decida memorizarlo en inglés. En lugar de traducirlo, memorizo la frase sin fijarme en qué significa. “Platform six, fifteen past ten”, me repito a mi mismo como un enfermo mental mientras arrastro mis pies por el infinito y encerado pasillo. En mis piernas el cansancio se hace fuerte, y en mi cabeza, la resaca. Me pesan los párpados. Un permanente y leve mareo se instala como telón de fondo. Malestar.

Llegué a Ati y a Lewis y me quedé de pie frente a ellos, como un héroe que lograr regresar de una peligrosa y decisiva misión. “Platform six, fifteen past ten”, balbuceo. Me miran. Serios. Se levantan y empiezan a caminar. Les sigo. Ya estábamos más cerca de casi conocer Luxemburgo. Qué ilusión. Y qué sueñazo…

Lo cierto es que aquí tengo una laguna. Sé que llegamos al andén correspondiente y que nos sentamos en el suelo a esperar. Quien dice sentarse dice tumbarse y, en nuestra situación, el suelo era un colchón de agua. Así que supongo que es entendible que el sueño nos venciese sin demasiada resistencia. Tres pobres hombres, tres ilusos de medio pelo, yacían tumbados en el suelo, boca arriba, en medio de su sueño más deseado mientras el tren destino Luxemburgo esperaba ya en el andén con los pasajeros accediendo a él. La escena de tres tipos durmiendo como troncos, delante del tren que tanto les había constado alcanzar, dejándolo escapar entre lamentables ronquidos, puede definirse como patética. En mi placentero sueño noté de pronto unos tirones en la camiseta. Abro un ojo, mi amigo Lewis se ha incorporado un poco y me avisa, aún sentado, de que el tren que tenemos enfrente es el nuestro. Me incorporo un poco también y, mientras con una mano me agarro la cabeza, con la otra intento despertar a Ati, que nunca había dormido tan profundo como en aquel asqueroso y frío suelo. Sólo le faltaba el gorro del pijama. Comprobé horrorizado cómo las puertas del tren se cerraban y el cacharro arrancaba, rumbo a Luxemburgo. Al puto Luxemburgo. Sólo entonces Ati despertó, y decidió también sentarse. Y el patetismo alcanzó su máximo grado. Los tres, sentados, demacrados, en silencio, viendo como el tren se alejaba con burlesca lentitud.

¿El próximo tren? Dentro de dos horas. Impensable. Volvamos a casa. Es decir, a Brujas. Es decir, tren de una hora en el que tu parada no es fin de trayecto (alguien debe ir despierto) y caminata, ya en Brujas, de 40 minutos hasta el albergue. Es decir, infierno. Infierno a cambio de nada. Sueño, mareo, resaca, cansancio… malestar brutal. En lugar de visitar Luxemburgo habíamos cogido un tren a Bruselas, habíamos dormido en el suelo un rato, habías cogido otro tren y habíamos caminado 40 minutos. Así de sencillo.

Recuerdo el placer de alcanzar finalmente las sábanas. Cuando me meto en una de las literas de mi habitación en el albergue, uno de los compis que no vinieron abre un ojo y me pregunta extrañado, “¿Ya conocisteis Luxemburgo?”.

“Casi”.

2 comentarios:

  1. Debo reconocer que leo tus historias con delectación. Joder, como mola: delectación.

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  2. Soy azafata.Conseguí mi sueño!Iba a conocer todas las ciudades de Europa...

    Conocer, conocer...conocí 4, las otras 17 "casi" jajaja
    En cada ciudad nos dan 12 horas de descanso, 8 para dormir y 3 para...descansar!!Ya no tengo 20 años (ni 26 tampoco)

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