13 mar. 2008

'El abismo'

Nunca había sabido explicárselo a si mismo. Al menos nunca había sabido explicárselo del todo. Simplemente sentía la necesidad. Ya cuando era niño sabía que tarde o temprano lo haría. Que necesitaba hacerlo. Y que lo haría finalmente. Desde pequeño le llamaban Pike. Desde pequeño Pike sabía que quería matar a una persona.

Y no de cualquier manera. Pike quería matar a una persona de un golpe. De hecho, esta brusca necesidad que manaba a borbotones de sus entrañas, había ido tomando forma. Toda la fuerza desbocada que salía de su mente y le empujaba a hacerlo, se había concentrado ahora en un objetivo más concreto, como un chorro de agua a presión que estalla contra un punto concreto: quería matar a una chica, por la espalda, y de un golpe en la cabeza. Lo necesitaba. Qué más da si nadie podía entenderlo.

Nunca se ha considerado un enfermo mental. Todo en orden. Se trata de impulsos naturales. Necesidades básicas. Eso es todo. Todo bien.


La prueba es que fue un niño normal. Un poco travieso, sí, pero normal. Alguna travesura subió de tono, es cierto. Cosas de niños. Como cuando tenía siete años. Cogió la pequeña cabeza de su hermana mientras ésta gateaba y la golpeó contra el suelo tan fuerte como sus infantiles brazos le permitieron. Le rompió la nariz. Él mismo le limpió la sangre, porque su madre dormía en el sillón. Con diez años mató una gallina lanzándole manzanas durante una tarde entera. Una muerte lenta y agónica para el animal, que terminó en una esquina, recibiendo los manzanazos, hasta caer muerto destrozado por dentro. Durmió mal aquella noche. La gallina entraba en la habitación oscura de Pike, sin cabeza, se le acercaba despacio y se le ponía delante de la cara. Movía las alas y después explotaba llenando de sangre la cara de Pike y las paredes de la habitación. Las sábanas estaban empapadas cuando se despertó. Su madre no le preguntó nada. Con doce años cogió un cuchillo de cocina del cajón. Era tan largo como su brazo. Llevaba tiempo observando a aquel gato. Le gustaba, pero sentía el impulso irrefrenable de clavarle un cuchillo. Le encantaba clavar cuchillos. En la mantequilla, en la fruta, en los peluches de la hermana. Acuchillarlos hasta agotarse. Ahora quería hacerlo con el gato. No dejaba de ser una travesura más. Lo llamó, lo acarició durante un rato, detrás de las orejas y por el lomo. El gato disfrutaba y ni siquiera se percató de que Pike levantó el brazo. El cuchillo entró limpio en la nuca. El gato, simplemente, se desplomó. Y empezó a sangran sin parar. Travesuras…

Hoy en día sigue siendo una persona normal. Es cierto que hay dos o tres cosas que son más fuertes que él, pero no tienen demasiada importancia. Al fin y al cabo, son detalles. Por ejemplo, cuando está en un lugar silencioso, como una biblioteca, o viajando en un autobús de noche, no puede soportar el ruido de alguien bebiendo agua de un botellín. El silencio es total, la relajación se apodera por fin del interior de Pike. Son tan escasos estos momentos de paz interior, que a Pike le dan ganas de abrazarse a sí mismo. De pronto, el leve chapoteo del agua golpeando el interior de un botellín que alguien se ha llevado a la boca. El irritante sonido de los tragos y el insoportable ruido del tapón devolviendo la botella a su sitio. Es enfermizo. Irrumpe en la paz de Pike, la atraviesa como un cuchillo y el dolor le hace perder los estribos. Aprieta los dientes y empieza a dar puñetazos al asiento del autobús. Sí, de acuerdo, alguna vez llegó a coger de la pechera al que bebía. Y otra vez le dio un cabezazo. Pero es que no paraba de beber. Creo que cualquiera puede entenderlo.

También le cuesta bastante soportar las chicas gordas de gafas. Si se dejara llevar las mataría a todas. A golpes. Le dan asco. Le producen una vomitiva sensación que inunda su interior cuando se ve obligado a cruzar dos palabras con alguna. Aprieta los puños y se controla hasta sudar por no darle un terrible puñetazo en el estómago. Está bien, un par de veces se le ha escapado. Pero no pasó a mayores. No dejan de ser, pues eso, detalles. Todos tenemos nuestras manías. Es verdad que va por rachas, a veces se cabrea con más facilidad y por más cosas. Pero otros días está calmado. Manías, vaya.

Pike odia pensar. Pensar es un abismo enorme y negro. Empezar a pensar es saltar al abismo, sin saber la altura, ni dónde vas a acabar. Es mejor quedarse en el borde y seguir avanzando haciendo equilibrio. A veces le dan ganas de asomarse un poco más. Pero es que eso está cada vez más negro, más misterioso. Cuando más ganas tiene de asomarse es tras enfadarse. Y si ha golpeado a alguien, más ganas le entran después. Pero nunca lo consigue. A saber qué hay allí abajo. Seguro que se hace daño. O peor, seguro que permanece en caída libre para el resto de su vida. En medio de la oscuridad. Ya no vale la pena intentarlo.

La oscuridad del abismo la produce una enorme bola negra que Pike tiene en la cabeza desde pequeño. La bola cada vez es más grande. Si la expulsa, el abismo se aclarará por fin, verá el fondo, y podrá saltar. Sí, en realidad es esa maldita y oscura bola la que le impide ver el abismo. Tiene que expulsar esa bola.

Pike nunca se ha sentido feliz. ¿Qué será eso de ser feliz? Escasas veces ha experimentado la sensación de sentirse animado. Pero es por la oscuridad. Ser feliz al borde del abismo es complicado. Puede haber momentos puntuales de risa, pero en seguida recuerdas que todo es negro. Si expulsa esa bola, todo se aclarará. Y esa bola se expulsa matando una chica. Esta clarísimo. Lo sabe. De ahí toda esa energía enfocada a matar a la chica. Esa bola saldrá con el golpe. Lo sabe desde pequeño. Puta bola que no le deja ver... En cuanto le reviente la cabeza a esa puta, desaparecerá para siempre. Es injusto para la chica, pero ese no es su problema. La gente actúa así en miles de casos. También los gobiernos. Pero qué cojones. Él necesita ser feliz, cagar toda esa mierda, vaciarse, ver luz en el abismo y saltar sonriendo y volar. Y volar. Y eso se consigue con un golpe certero y definitivo.

Siempre se la encontraba en el portal al regresar por las noches. Era la vecina del tercero. Era delgada y guapa. Pike le dejaba pasar siempre caballerosamente, sujetándole la puerta. Y ella sonreía. En esta ocasión, también. El bate estaba escondido en una esquina del portal. Y lo agarró mientras se dirigían al ascensor. Ella delante. Pike detrás. Se acerco a ella por la espalda. Pike colocó el bate detrás de su propia cabeza, como si estuviera esperando batear una bola. Los músculos de todo su cuerpo se tensaron, como una goma estirada a punto de romperse. Después, la goma se soltó y sus brazos avanzaron con la potencia de un resorte. El bate atravesó el aire provocando un silbido sordo. La madera avanzó a toda velocidad hasta estrellarse contra la cabeza de la chica con una violencia que ni el propio Pike se esperaba. El ruido fue seco. No sonó ni a roto ni a golpe. Fue como darle un batazo a un cojín. Pike pudo notar como el bate se hundía levemente en la cabeza de su vecina para después continuar su macabra trayectoria. La cabeza de la chica se dobló de manera casi irreal por el impacto y el cuerpo se desplomó inerte hacia delante sin rastro de sangre ni gemido. Cayó a peso muerto en el suelo y ahí se quedó, inmóvil, con los dos brazos hacia abajo y la cara contra el suelo. La sangre empezó a brotar a borbotones huyendo hacia debajo del bolso, que se había abierto en la caída y reposaba un metro más allá del cuerpo. Pike podía notar su corazón golpeándole el pecho. Pero… ¿y la bola? ¿Y la jodida bola negra? Me cago en la leche puta. La puta bola de mierda sigue ahí. Sigue ahí, tapándole el abismo. No ve nada. Es más grande que nunca. ¿No se supone que después del golpe la bola se esfumaría, el abismo se llenaría de luz y Pike se lanzaría a volar? Pues todo es más complicado y negro que nunca, hostia… Tal vez por eso haya empezado a llorar. A llorar como un niño. Un llanto desesperado, sentado, al lado del cadáver de la chica, que ya no sangra porque toda la sangre está ya en suelo. El bolso casi flota. Gritos de lloro que ni siquiera le dejan respirar. Gritos desgarrados empapados en lágrimas. Toda la mierda brota en forma de gritos, mocos, lágrimas. Gemidos y aullidos que expulsan la bola. Que despejan el abismo….

Ahora hay luz. Y Pike por fin vuela. Vuela sonriendo, tranquilo y en paz. Y mientras vuela se abraza a si mismo, relajado. Ve el final del abismo, porque ya no hay bola que lo tape. Sospecha que es feliz, nunca se enfada ya. Pike no se enfada ni con los enfermeros del centro, ni con su hermana cuando le va a visitar.

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