12 mar. 2008

Vale todo, oiga

En las estaciones del metro de Madrid hay cuatro o cinco puertas para salir a la calle (o para entrar desde ella). Son de cristal y pesan bastante. Además, tienen las bisagras viejas y la corriente de aire que entra en las bocas del metro empuja contra ellas. Total, no es fácil abrirlas. Las señoras mayores (eufemismo de viejas) no pueden con ellas en algunas ocasiones.

Para distinguirlas, dos de las puertas contienen un rótulo con la palabra “entrada” (estas, se deduce son las habilitadas para entrar) y otras dos lucen un cartel con el texto “salida” (habilitadas para salir, no es que esté calificando a la puerta). A veces hay una quinta puerta que suele tener pegado un cartel azul en el que se puede leer: “Abrefácil. Puerta de apertura fácil”. Es la que más pesa. La más difícil de mover. Es así de sencillo. Se supone que estas puertas tienen un mecanismo especial, o algo así, que hace que se abran con suma facilidad para ayudar a las personas que no pueden abrir las otras puertas. Pero el cartel se convierte en una paradoja, casi una burla, cuando empujas la puerta ‘abrefácil’. Avanzas confiado, plantas la mano contra ella y la empujas comprobando que tu brazo se dobla paupérrimamente ante la tremenda resistencia de la puerta ‘abrefácil’. Ni se menea. Incorporas el otro, después cargas con el hombro y lo normal es lograr llevarla hasta la mitad de su recorrido para, después, y sin soltarla, colarte a golpes en el hueco que has logrado crear. Después de eso, ya nunca más acudes a una ‘abrefácil’. Lo que pasa es que mucha gente la ve, ilusionada, por primera vez. Normalmente gente mayor. Y la escena se repite. Viejas atrapadas en la puerta abrefácil. O chicos empujando con fuerza mientras, entre dientes, gruñen “abrefácil…”. La verdad es que las puertas ‘abrefácil’ del metro de Madrid se han convertido en una burla directa. Creo que tienen un mecanismo para que se abran casi solas, pero hasta que lo enchufen, son la paradoja en forma de puerta.

El otro día, una compañera del periódico tenía que hablar con un experto en ‘kale borroka'. Fue tras el asesinato de Isaías Carrasco y ella estaba haciendo un tema sobre ETA y su entorno. Se puso en contacto con una universidad madrileña en la que le garantizaron hablar con un profesor sociólogo, docto en el asunto. Al poco rato le llamaron. “Hola. Mira, te hemos conseguido a uno de los mayores expertos en ‘kale borroka’ de España. Es una persona que sabe todo del tema”. Mi compañera, contenta y con una sonrisa en su inocente cara: “Ay qué bien, muchas gracias”. Se pone el experto. Saludos formales. Primera pregunta de mi compañera. No es textual, no la recuerdo. Pero fue algo así como “¿Cómo y cuándo nace la ‘kale borroka’ y hasta qué punto tiene relación con el grupo terrorista ETA?”. Respuesta del experto “Y yo qué sé”. Así. Sin más. Y yo qué sé. Cara de estupor de mi compañera. “Pero oiga…” “Mire señorita, es que yo de ese tema no tengo ni idea”. Y mi compañera, en lugar de aclarar el error y despedirse, le pregunta. “¿Y de qué sabe usted?”. “Pues de tal y cual”, responde el tipo. “Ah bueno, pues hablemos de eso”. Y pa´lante.

Mariano Rajoy (un señor de Pontevedra que pronuncia las ‘eses’ con mucha fuerza) anunció el otro día que se presenta a la reelección del congreso de junio del PP para ser candidato en las próximas elecciones. Traducción: que sigue. Sigue al frente del PP y será el candidato del PP en las elecciones del 2012. Bueno, habrá opiniones para todos los gustos. Más allá de si es lo mejor o lo peor para el susodicho partido, yo me quedo con el anuncio. Su frase. La verdad es que tengo a Rajoy por un buen orador, pero con cagadas inolvidables. Lo hizo con la niña y lo volvió a hacer en el anuncio de que continua. “Quiero anunciar que me voy a presentar como candidato a la reelección del congreso del partido que se celebrará en junio…. (Silencio. No sabe muy bien cómo terminar) Y esto es lo que hay”. Pero Mariano, ¿como que esto es lo que hay? ¿Cómo se puede decir esta frase? Galleguísima, por supuesto. Pero con un trasfondo que apesta a, “y me da igual lo que digáis. Me presento yo, y punto. Ala”. Y añadir, “si es que no hay nada mejor”, ya llorando.

Esta mañana fui a una rueda de prensa en la que, entre otros ponentes, estaba la directora de la Comisión Europea de Consumidores. Presentaba un prototipo del ‘segurómetro’. Se trata de un cacharro que emula la boca de un bebé para ver si las piezas de un juguete caben en ella o no, y saber si el juguete es seguro o no. La rueda de prensa iba de eso, de juguetes para bebés y seguridad. Que si piezas pequeñas, que si toxicidad… todo eso. La señora, la directora, era una señora con su edad, sus gafas grandes y torcidas, su pelo desordenado y su sonrisa permanente. Se sentaba en la esquina de una alargada mesa llena de micrófonos y señores de corbata. Todos ellos hablaron serios y con voz grave. Y ella, al comenzar, se anunció como una persona informal, mientras le daba la risa. Entre el respetable, además de los periodistas, una manada de señoras. ¿Por qué había unas cincuenta señoras en esa rueda de prensa? No lo sé. Ahí estaban, copando las primeras filas. Mi primera sorpresa llegó cuando el primer señor encorbatado comenzó la rueda de prensa. “Buenos días”, dijo cogiendo el micro y disponiéndose a comenzar su discurso. Interrupción. Coro de señoras contestando: “bueeenos díííías” con soniquete rítmico de grupo de alumnos contestando a su profesor. El señor encorbatado flipa. Así en cada “buenos días” de cada señor encorbatado. Después llega el turno para la señora informal. “Buenos días”. Coro. Prosigue. Primera frase: “¿Saben ustedes distinguir un juguete de un elefante?”. Mi cara ya es de asombro claro. Respuesta del grupo de señoras con soniquete: “Noooo”. ¿Dónde estoy? “Pues es normal, porque en este país nadie sabe distinguir un juguete seguro y patatín patatán”. Termina la rueda de prensa. Hay preparado un desayuno. Las señoras salen al galope. Me quedo recogiendo y charlando con un compañero. Cinco minutos, lo juro. Llego al desayuno. Tarde. Las señoras no habían dejado nada. Bandejas vacías, ni siquiera la típica galleta que a nadie le gusta. Ni siquiera migas. Pero también jarras de zumo vacías. Todas. En las mesas no había, literalmente, nada.

El gobernador de Nueva York, Eliot Spintzer, es un conservador religioso conocido como el azote de la prostitución en la ciudad. Su lucha contra estas redes era constante y llamativa. Incluso, en un alarde iracundo, condenaba a quien acudía a pedir los servicios de las señoritas. No dejaba títere con cabeza. Ayer le pillaron con una puta de lujo. Hoy dimitió.

Cuando no le cojo el móvil a mi madre, se piensa que me “raptaron”.
Cuando vamos a cenar fuera, mi padre necesita saber qué van a tomar todos los presentes antes de elegir él.

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