3 mar. 2008

¿Y tú de quién eres? (y otras grandes dudas que me asaltan)

La humanidad puede dividirse de muchas maneras. De hecho, se ha intentado hacerlo durante siglos. Una suerte de clasificación con la necesidad, supongo, de ubicarnos. Derecha-izquierda, ricos-pobres, blancos-negros… Pero siempre hay quien se escurre de estas divisiones cuan gotita de pis cuando te da un ataque de risa. Siempre hay gente de centro, siempre hay semi-ricos o semi-pobres o siempre hay mulatos (incluso semi-mulatos). Es por ello, oye, que resulta difícil realizar una clasificación en la que se abarque a todo el mundo. Una división de la que no escape nadie. Pero nadie. Es difícil sí, pero no imposible. Porque existe esta división. La clasificación total. Sin resquicios ni grietas. Nadie escapa a ella. La humanidad tiene en esta división un antes y un después en el que pocos habían reparado. Es bastante sencilla, pero contundente. Toda la humanidad se sitúa en uno de los dos bandos. No hay medias tintas.

La humanidad se divide en la gente que lee al cagar y la que no lo hace. Así de sencillo. Medio mundo es incapaz (exceptuando casos extraordinarios) de cagar si no es con algo de lectura. La otra mitad no le ve sentido. Para estos últimos ir al baño es un trámite mediante el que se sientan, cagan y se van (bueno, y se limpian). Un gesto rápido y aliviante en el que la lectura no tiene cabida. Es un estorbo. Para la otra mitad la lectura supone la base del acto en sí. Sentarse, abrir un periódico, revista, cómic… y defecar. Hasta el punto de que el hecho de evacuar puede ser algo secundario. Cuando es grande la urgencia se lee igual. ¿Quién no ha visto a ese familiar buscando compungido el periódico, o eligiendo un Mortadelo de la estantería, mientras pega saltitos? Lo importante es llevar lectura, aunque no podamos más. La cosa es más grave aún. Llegas al cuarto de baño, justo, se te escapa, te desabrochas el pantalón, te sientas casi dejándote caer y tu cara muestra una enorme mueca de alivio, una estúpida sonrisa de placer. Eres otro, una persona nueva. Y es ahí cuando, después de haber cumplido tu urgente misión, coges el periódico o revista y te pones a leer. Podrías levantarte e ir a leer al salón. Pero no, lees ahí sentado. Los más pudorosos tiran de la cadena y leen. Los puristas se ponen a leer con el reposado bajo ellos. Leer con todas sus consecuencias.

Esta división nos deja dos mitades que no se comprenden entre sí. Son mundos desconocidos. Por ejemplo, un ‘no-lector’ no puede entender actos como el de la lectura de un bote de champú. Sí, a veces ocurre. Si la urgencia se presenta en una casa ajena no es de recibo acudir con una revista bajo el brazo. Sería un feo aviso para el anfitrión: “más te vale tener ventana en el baño amigo”. Por eso, en estos casos, y ante la ausencia de revistero, la mitad lectora siente un síndrome de abstinencia sentada en el trono que le empuja al maravilloso mundo de la composición de la pasta de dientes o del modo de empleo del champú (por cierto, merece la pena echar un ojo a este asunto. Y a productos similares como tiritas o jabones. ¿Para quién están escritas esas instrucciones de uso? ¿Para un alienígena recién llegado? Para un adulto no, desde luego, y para un niño menos, primero porque no lo va a leer y segundo porque ya se lo explican sus padres). En fin, que la imagen de alguien sentado con cara de concentración, los pantalones en los tobillos y un bote de champú en la mano, sólo puede producirse en la mitad humana de lectores cagadores.

Esta mitad, con los años, acaba comprendiendo que no vale cualquier tipo de lectura. Tiene que ser una lectura ágil y en cierta medida visual. Nadie se lleva una novela histórica a cagar. La literatura de váter es más o menos la misma que la de las salas de espera de los dentistas. Revistas del corazón, la Muy Interesante o la Quo, y cómics. Entre la juventud triunfa Mortadelo y Filemón, un clásico de los cuartos de baño. Con la madurez llega el periódico, tal vez el menos práctico por el tamaño (horror cuando se te descolocan las páginas y terminas organizándolas en el suelo del baño, inclinado desde el váter, otra estampa única). El Semanal debería venir acompañado de un rollo de papel higiénico. Estoy convencido de que lo lee más gente en el baño que en el salón. Las revistas del corazón son excelentes también. Mucha gente no las lee jamás pero entre azulejos son siempre bienvenidas.

La división, en resumen, es clara. Dos mitades que no se comprenden y que abarcan a toda la humanidad. La caca es la única que logra lo que no ha logrado nadie. Y no es por ponerme escatológico pero, ¿por qué esa tremenda necesidad de mirarla cuando hemos terminado? Cielos, es inevitable. Otra cuestión: ¿cuándo saben los ciegos que han acabado de limpiarse? Me perturba esta última pregunta.

Permitidme terminar con más dudas ya ajenas al cuarto de baño pero que necesito compartir. Quien tenga respuestas, por favor, son bienvenidas:

¿Saben nuestros padres que estamos constantemente imitando expresiones suyas? Entre la juventud de este país es deporte nacional. Son cientos las expresiones y palabras que utilizamos. No hay joven que no lo haga con sus amigos. “Tate”,“eso que te llevas”, “vamos vendidos”, “demasié”, “virguero”, “mover el esqueleto”, “ir cargado de copas” o decir que es gente “que se enrolla muy bien”. En fin, que el tiempo pasa para todos, y ya caerán nuestras expresiones en desuso, así que mejor “no me hago el chulito”.

Otra duda, esta me perturba desde hace meses. ¿Por qué existen los silenciadores? Quiero decir, ¿cómo se justifica fabricar un silenciador? Cada día es más difícil justificar la fabricación de armas, pero se puede hacer. Incluso, llegando al último extremo de un mundo sin armas, siguen teniendo justificación: una escopeta para cazar, para tiro olímpico… que sé yo, existen justificaciones. ¿Pero un silenciador? Si tienes un silenciador es porque quieres disparar y que no te oiga nadie. Eso es muy sospechoso. E igual de injustificable es comprarlo. Porque vale que puedes comprar una pistola, pero un silenciador. “Hola, ¿me da un silenciador?”. Es como decir, “hola, voy a matar a alguien”. Porque nadie dispara a un ciervo o a un plato con silenciador. Lo del silenciador es tremendo.

Grandes errores de la humanidad: ir al cajero, romper el billete y guardar el ticket en la cartera.

Y por último, “camareros que echan pastillas en la copa”. Me encanta esta leyenda. ¿Con qué fin lo hacen? ¿Qué ganan? Si tienen pastillas es que las venden, ¿por qué desperdician algunas echándolas en copas de desconocidos?

En fin, que me asaltaron las dudas. Lo dejo ya. Me voy a cagar. ¿Dónde está mi Mortadelo?

1 comentario:

  1. Pues es un tema que siempre me ha fascinado; lo digo de verdad. Yo soy de los que no leen y he tenido muchas conversaciones con gente que sí lo hace. Y no puedo comprenderlo.

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