21 abr. 2008

Cuando la guerra te roza. Sarajevo. Parte I

El tipo me cayó antipático. Tengo que decirlo. Pero le concedo el honor de ser la persona gracias a la cual conozco Sarajevo. Porque el tipo me cayó antipático, pero una cosa no quita la otra. “Mejor que a Belgrado (nuestra idea inicial) yo os recomiendo ir a Sarajevo”. Más o menos así nos dijo. Una desganada recomendación que aceptamos, tres amigos y yo, porque en realidad no sabíamos muy bien qué nos íbamos a encontrar ni en un sitio, ni en el otro. Así que dijimos, pues venga, vamos mejor a Sarajevo. Y en nuestro perezoso cambio de plan, en nuestra rápida y casi desganada decisión, nos ofrecimos a nosotros mismos la oportunidad de un viaje inolvidable. Una experiencia irrepetible que jamás olvidaré. Así que esto, a pesar de que me cayó mal, se lo concedo.

Estábamos en Budapest, visitando a mi prima Lucre, a quien el destino y la inquietud le llevaron a trabajar un par de años a la capital de Hungría. “Si al final vais a Sarajevo hay un tren nocturno directo desde Budapest”, nos dijo. Era un tren nocturno bastante diurno. Salíamos a las seis de la tarde de la capital húngara, y llegábamos a las cuatro de la mañana a la capital bosnia. “Pero es directo”, recalcaban los lugareños. Aún guardo el billete. Un trozo de papel cuadrado, anticuado, rellenado a mano por una oronda señora. El tren era algo viejo, nada exagerado. Tenía una particularidad, eso sí. Estaba infestado de mosquitos y otras clases de insectos. Las luces del techo apenas se distinguían entre la maraña negra de bichos golpeándose contra ella. Por suerte, en los compartimentos, no había tantos. Un amigo y yo entramos rápidamente en uno de ellos, cerramos la puerta y, armados con nuestros playeros, matamos a todos los que estaban dentro. Nos tumbamos en las camas y fue entonces cuando me di cuenta de que me estaba cagando. “¿Vas a salir con todos esos mosquitos ahí fuera?”, me preguntó mi amigo. “No me queda más remedio”. Abrí la puerta tan rápido como pude y la cerré aún más para prevenir nuestra limpieza étnica de mosquitos en el interior. Corrí por el pasillo imaginado que los bichos me perseguían y me encerré en el claustrofóbico baño. Un ataúd vertical con una pequeña taza. Me inclino sobre ella y, ya aliviado, miro hacia arriba, moviendo la cabeza lentamente, como en las películas, sospechando que, ahí arriba, en el techo de ese asfixiante baño, algo o alguien me observa. Cuando mis ojos completan el recorrido descubro, horrorizado, que una nube de mosquitos está descendiendo, despacio, desde la luz del techo hacia mi cabeza. Como un resorte me subo los pantalones y agarro el rollo de papel higiénico. Entro en el compartimento a la misma velocidad. Mi amigo, tumbado, se gira y me ve con una mano agarrándome los pantalones y la otra sosteniendo papel higiénico: “¿Y ese rollo?”. Sí, me tuve que limpiar ahí mismo, pegado a mi amigo, pero, al fin y al cabo, lejos de los mosquitos.

Nuestra primera parada fue en la frontera entre Hungría y Croacia. Grandes modales los de la autoridad croata: El tren se para y el golpe de la puerta corrediza del compartimento al abrirse te despierta. Como en las películas. Un guante enciende la luz y descubre una enorme y uniformada figura. “Pasport”, dice serio. Mira mi pasaporte, me mira. Mira mi pasaporte, me mira. Yo también le miro a él, pero en realidad no sé qué cara ponerle. No le voy a sonreír, aunque se me pasa por la cabeza, es un pedazo de mastodonte. Si me pongo demasiado serio a lo mejor se mosquea. Así que intento poner la misma cara que tengo en la foto del pasaporte. Lamentable. Al salir de Croacia para entrar en Bosnia, la misma historia. Esta vez recogen todos los pasaportes y se los llevan. Nos quedamos parados, en plena noche, en medio de un monte que se supone es la frontera entre Croacia y Bosnia, sin nuestros pasaportes. En la espera se me pasa por la cabeza la historia que nos contó mi prima Lucre sobre dos amigos suyos, vascos, que tuvieron problemas con la policía de fronteras al ir a Bosnia. Uno tenía el plástico del pasaporte con una burbuja de aire, así que lo bajaron del tren y lo retuvieron mientras el otro amigo comprobaba que el tren arrancaba de nuevo, sin su compañero. Al chico retenido le interrogaron y le hicieron un test para verificar que, efectivamente, era español. El test era por escrito. Venía una lista de palabras en español y él tenía que dibujaras para demostrar que las comprendía. Eran cosas sencillas pero, según me contó mi prima, el tipo estaba bastante nervioso, y le costaba un mundo dibujar cada cosa. La angustia llegó cuando leyó una de las palabras que ponía “cuadrángulo”, y el chico empezó a sudar. “¿Qué cojones es un cuadrángulo?”. También le hicieron traducir una carta que llevaba encima, de un amigo que vivía en Budapest y que, entre otras cosas, le recomendaba tener cuidado con la estación de trenes de la ciudad porque “tenía más peligro que supercoco en una cama de belcro”. Tradúcele tú eso a la policía croata. Al final el chico acabó bien, lo llevaron a Sarajevo los propios policías y todo quedó en una aventura. Nosotros ni siquiera eso. Nos devolvieron los pasaportes y, por fin, entramos en territorio bosnio-herzegovino.

Bosnia-Herzegovina es una república creada por el dictador comunista Tito en la que conviven musulmanes, croatas y serbios. Cuando estalló la guerra de Yugoslavia aquello se convirtió en un polvorín. Al final la cosa quedó más o menos en que los croatas se quedaron en Bosnia y los serbios en Herzegovina, aunque todos son bosnios. Los musulmanes se extienden por todo el territorio y en Sarajevo, la capital, conviven un crisol de todos ellos en un ejemplo total de integración pacífica. Ortodoxos serbios, católicos croatas, musulmanes y judíos. Todos ellos en Sarajevo. Todos ellos, juntos, resistieron al sitio serbio. Durante cuatro años. Cuatro años de bombardeos, combates, hambre, bloqueos, fusilamientos, campos de concentración… una imparable sangría que había finalizado diez años antes de nuestro viaje. Pero diez años no son nada para una guerra civil (que nos lo digan a nosotros) y el panorama que nos esperaba aquel año en la capital bosnia era, cuanto menos, intrigante. Por momentos llegué a pensar si era seguro del todo viajar a Sarajevo con todo tan fresco. “Joder, diez años no es nada”, pensé al despertarme en el tren, amaneciendo, llegando a Sarajevo. En mi despertar me recibió un paisaje fascinante, inesperadamente verde. Las frondosas montañas se erguían flanqueando el tren. Y, agudizando la vista, comencé a descubrir, asombrado, que todo estaba roto. Que las casas que nos íbamos cruzando estaban semidestruídas, o llenas de agujeros. Sospeché, en ese momento, que nunca iba a olvidar aquel paisaje.

A nuestra llegada es ya de día completamente. En Europa del Este, en verano, a las cuatro de la mañana es de día. Resulta que es el mismo uso horario en Rumanía que en Galicia. Pero de Vigo a Oporto (45 minutos en coche) hay una hora de diferencia horaria. Paradojas a parte, el panorama a nuestra llegada fue bastante impactante. La estación estaba casi desierta. La poca gente que descendió con nosotros del tren desapareció rápidamente por la vieja y pequeña estación. Al salir a la calle, una explanada de cemento llena de boquetes. Un cielo gris. Una hilera de autobuses destrozados. Y un cartel de los juegos olímpicos de invierno de Sarajevo 84, completamente agujereado por las balas. Ni un alma. Nos miramos. “Ponte ahí, que te hago una foto”, le dije a un compi.

Nos sentamos, los cuatro, y esperamos a dios sabe qué. “Un taxi”, dijo alguien. Y una cafetera con ruedas, y un cartelito en el techo que ponía Taxi, se nos acercó. No intercambiamos palabras con el taxista, sólo nos invitó a subir con gestos. Y subimos, claro. ¿Qué íbamos a hacer si no? Comenzaba el rally. El enorme taxista apenas cabía en su cubículo y conducía como un salvaje. Yo le miraba y me imaginaba al tipo en un atasco, enfadado, levantando el taxi y colocándolo en otro sitio para salir del embotellamiento. Y después seguir conduciendo. Me fijé también en un desgastado tatuaje que lucía en el antebrazo. Una especie de símbolo verdoso, difuminado por la mala calidad, pero que los siguientes días volví a ver en otros muchos antebrazos, todos de hombres y todos de, más o menos, la misma generación. Posteriormente me enteré de que todos aquellos que lo lucían, combatieron en la guerra, con el ejército bosnio. Más que ejército, formaron una guerrilla contra la maquinaria serbia. Una guerrilla movida por el instinto de supervivencia. Y, aquel tatuaje, les identificaba, como una hermandad. Casi todos lo lucían y, entre ellos, comprando el pan o cogiendo el autobús, se lo veían, pero no se decían nada. Aquel tipo, aquel taxista que nos conducía por las calles de Sarajevo, combatía quién sabe sin esa misma avenida hace tan solo diez años. Por primera vez en mi vida, en mi post-adolescente y acomododamente occidental vida, una guerra, la guerra, me rozó. Y lo harían muchas más veces en los días venideros. Como nunca imaginé que podría hacerlo.

1 comentario:

  1. No se dice cagar ni cagando, se dice hacer caca.
    No se dice mear ni meando, se dice hacer pis.
    No se dice Water se dice cuarto de baño o baño.

    Tu madre

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