23 abr. 2008

Cuando la guerra te roza. Sarajevo. Parte II y última

El taxista parecía tener una misión. Nos hizo una primera parada en un cajero donde sacamos algunos marcos bosnios, una moneda introducida por Alemania, país omnipresente en forma de soldados y dinero en Bosnia, y reemprendimos la marcha hasta una pequeña plaza con un palomar. Atravesando la ciudad me di cuenta de que estábamos en un valle: se aprecia perfectamente desde cualquier punto de la ciudad. Las montañas verdes rodean el laberinto de calles y en sus laderas miles de pequeñas casas blancas se amontonan formando los barrios musulmanes. Es como un pueblecito, pero de 400.000 habitantes. En la plaza del palomar hay lo que se supone que debe de ser una oficina de turismo. Un pequeño local lleno de pósters y pegatinas con una señora detrás de un mostrador que chapurreaba cualquier idioma que le pidieses. Tras darle algún marco bosnio al taxista, nos pregunta cuántos somos y hace un par de llamadas “¿Queréis un tour por la ciudad mañana por la mañana?”. Como no. “A las diez aquí, y ahora, marchaos con esta señora, os alojará en su casa”.

Seguimos a una mujer de unos 50 años, con la que no pudimos intercambiar ninguna palabra. Sólo hablaba bosnio. Comenzamos a subir por una de las laderas que antes se observaban desde el taxi. La casa donde nos alojamos era amplia y con dos habitaciones, una para cada dos. Lástima de agua caliente… En mi habitación había una terracita, desde la que se veía casi toda la ciudad. Me senté en una silla y me puse a contemplar Sarajevo. De pronto, una especie de canto atravesó el silencio. Una voz en árabe, con sonido de altavoz, comenzó a llamar al rezo a los musulmanes desde una de las numerosas mezquitas. El sonido me embriagó. Me acomodé en la silla, perdí la mirada en la ciudad y escuché aquella voz. Eran las diez de la mañana.

En mi primer paseo por Sarajevo pude comprobar que no había una sola casa en toda la ciudad que no tuviera restos de metralla. Cada uno de los pequeños edificios que componen la ciudad estaba cubierto de agujeros. Había impactos de bala por todas partes, hasta en el último rincón del mobiliario urbano. Algunas casas estaban semiderruidas. El edificio del Parlamento bosnio estaba calcinado, en ruinas, pero se mantenía en pie. En las aceras y carreteras había boquetes. Sarajevo, estaba roto. Y sobre sus ruinas, el bullicio de la gente: vendedores ambulantes a pleno pulmón, preciosos ojos bajo un velo islámico, un tipo mirándome desde la ventana de su agujereada cocina mientras desayuna, engominados chicos de gafas de sol, trencitas de judíos ortodoxos, mezquitas, iglesias, sinagogas, un Mc Donalds con impactos de bala, chicas en minifalda, un cura ortodoxo, camisetas del FK Zeljeznicar compitiendo con las del FK Sarajevo… un crisol floreciendo sobre las ruinas.

El tour prometido por la señora a cambio de algunos euros consistía en un par de furgonetas en las que, tres chicos de Sarajevo nos iban a dar un paseo. A nosotros cuatro, a una pareja de canadienses, a un australiano y a otro par que ya no recuerdo de dónde eran. Nos llevaron a un mirador y a un cementerio judío. Nos hicieron beber de una fuente para garantizar que regresaríamos y, finalmente, nos llevaron a casa de la familia Kolar.

La familia Kolar formaba parte de las fuerzas armadas bosnias. El 23 de julio de 1993, un día después de que el ejército serbio arrojase 3.700 bombas sobre la ciudad en 24 horas, decidieron hacer un túnel que comunicara su casa, situada detrás de la línea enemiga, con la ciudad. A través de ese túnel de un kilómetro y medio de largo y metro y medio de alto, la resistencia bosnia introdujo, durante cuatro años, alimentos, medicinas y armas. Hoy la casa de los Kolar, buscada por los serbios durante cuatro años y jamás encontrada, es un pequeño museo regentado por ellos mismos. Del túnel sólo queda la entrada.

El chico rubio y delgado que nos enseñó el mirador y el cementerio judío nos explicó que un día después de que la guerra estallara entre Serbia y Croacia el Gobierno convocó un referéndum para consultar la independencia bosnia. La víspera de celebrarse, miles de tanques serbios se situaron en las montañas donde ahora dormíamos nosotros, rodeando la ciudad. Dijeron que sólo eran maniobras militares. Muchos no se lo creyeron, y se fueron. Otros se quedaron en la ciudad, que fue bombardeada al día siguiente. Y al siguiente. Y así, todos los días durante cuatro años. Cuatro largos años sin que nadie hiciese nada por Sarajevo. El túnel fue su única salvación. “Europa sabrá por qué no hizo nada. Yo no lo sé”, nos dijo el chico rubio y delgado.

Al día caían 300 bombas en Sarajevo, además de tener francotiradores por todas partes. Un infierno en el que murieron 12.000 personas y combatieron 400.000. “Aquí no luchábamos por Bosnia, ni por Croacia, ni por Serbia. Aquí todos luchábamos por Sarajevo. Y eso es lo que nadie entendía”, dice el chico rubio y delgado sin enfadarse. Él también combatió, lo veo en un vídeo que nos ponen en la casa-museo. En la imagen es un adolescente, pero está ayudando a cavar el túnel vestido de militar. Ahora lo tengo enfrente. Una sensación nueva me golpea por dentro. Después ponen imágenes de bombardeos. Un coche salta en pedazos en una calle que reconozco, antes pasé por ahí. Y ese tipo uniformado disparando, es uno de los del museo. Son ellos. Los mismos que enseñan su pequeño museo son los que combatieron y resistieron hace diez años, en la guerra que nosotros veíamos por la tele. Son ellos. El tipo que desayunaba en su cocina y me miraba, disparaba desde ella. El taxista que nos llevaba al cajero, organizaba emboscadas. Los chicos de gafas de sol y gomina, atravesaban agachados en túnel cargados de medicinas y armas, escuchando el silbido de las bombas serbias. Son ellos. Todos ellos. Resistieron, lucharon, mataron y murieron, y ahora atienden a turistas, compran el pan, llevan un taxi, desayunan…. Son ellos. Qué cerca está su guerra. Tan cerca, que me roza. Y lo vuelve a hacer cuando vemos la entrada del túnel que sigue en pie. Y más aún cuando regreso a la ciudad y vuelvo a pasear. Y veo de otra manera los agujeros de bala, el tatuaje en el antebrazo del tipo sonriente que me pone un bocadillo, las casas derruidas, el edificio calcinado, los chicos y chicas a la moda en terrazas, los gritones vendedores ambulantes… Todos, de una manera o de otra, heridos por aquello. Heridos con una cicatriz que los une pero que, a simple vista, no se aprecia...

Mientras nuestros dos compañeros de viaje compran los billetes para regresar a Budapest, mi amigo Jacobo y yo nos sentamos en un bordillo cualquiera de una calle cualquiera a esperar, y despedirnos de Sarajevo. Un chico delgado, desaliñado, muy moreno y con una enorme cicatriz en la cara se nos acercó. Nos saludó amable y directo, y agarró amigable el brazo de mi amigo. “Yo antes así”, nos dijo. “Superman”, rió. “Pero la guerra, amigo…”, añadió. Jacobo y yo no sabíamos qué decirle. ¿Qué vas a decir? El chico se levantó la camiseta. En su torso pude ver con demasiada claridad seis agujeros. Seis profundos agujeros en su piel. “Me dieron seis veces”, nos dijo. “Pero sigo aquí”, y se golpeó el pecho. “Superman”. Y se volvió a reir. Después se fue, porque alguien le llamó desde el otro lado de la calle…

El chico rubio y delgado nos contó que los serbios no dejaban salir a nadie de Sarajevo, pero sí entrar, algo que a nadie en su sano juicio se le ocurría, claro. Así que, él y sus amigos, cuando tenían que salir de la ciudad para llevar armas o colocar minas, caminaban de espaldas, hacia atrás, en medio de la noche. Si de pronto, un foco de luz serbio les descubría, sólo tenían que frenar y caminar normal, en dirección a Sarajevo, como si estuviesen entrando. Y les dejaban en paz.

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