8 abr. 2008

El viaje en el tiempo

Mi abuela vive en Gijón desde que se casó con mi abuelo. Antes de eso, toda su vida, vivió en Madrid. En una casa en el barrio de Salamanca cuando no era el barrio de Salamanca. Sí lo era, pero no.

El otro día hizo un viaje en el tiempo y regresó a Madrid porque esta casa va a desaparecer. El Corte Inglés compra el edificio, así que la tiene que vender. Mi abuela me pidió si podía acompañarla, para sacar algunas cosas de valor y ciertos recuerdos, antes de dejarla definitivamente. En realidad, antes de dejarla para siempre, que no es lo mismo pero es igual.

Mientras subíamos cuatro pisos sin ascensor me explicó que en esta casa pasó su infancia, su adolescencia y su temprana juventud. Es la casa de su vida. Ya hace años que no habita nadie en ella. Su única hermana viva está en una residencia en la que siempre ha trabajado. Y ahora también duerme en ella. Sólo entra de vez en cuando en la casa. Nadie ha vuelto a ella. Nadie ha tocado nada. Todo está igual que cuando mi abuela vivía en ella de niña. En esta casa, se paró el tiempo.

Al empujar la enorme puerta de entrada mi pie hizo crujir la madera del suelo. Y a cada paso, el suelo gemía. Te muevas por donde te muevas. Aparté una espesa cortina oscura y ante mí se abrió una sala con una enorme radio de cuando aún no existían las radios: marrón con dos enormes ruedas de sintonizar blancas como el marfil. Montones de libros, cubiertos de polvo, intentan disimular su desorden en las estanterías. Una ancha y pesada mesa con su correspondiente y señorial butaca marrón, gastada. Encima, un teléfono blanco, de rosca, claro. Fotos en blanco y negro, pequeñas figuras de porcelana, papeles con las esquinas dobladas hacia dentro… todo detenido en el tiempo. Esperando las lágrimas de mi abuela. El viaje en el tiempo se había completado. La casa de nuevo abría sus puertas, demasiados años después, y mi abuela se reencontraba, de golpe, con toda su infancia.

Seguí por el pasillo, con la madera gritando mis pasos. Un radiador, enorme, gris plateado, con una gran palanca sobre una rueda en cuyos extremos se lee ‘Frío – Calor’. En la cocina hay una corpulenta encimera de carbón. Negra, de hierro. Imponente. Es como un viejo y voluminoso animal que resiste manso el paso del tiempo, vigilando la cocina. Tiene unas pesadas puertas de hierro donde se mete el carbón. Al lado, también negra, una estufa de carbón cilíndrica, con un tubo directo al techo. “Y lo que costaba limpiarla hijo”…

En el cuarto de al lado la bañera tiene patas. Es como las bañeras de los dibujos. Al tener patas parece tan independiente del resto del baño, que los malos podrían llevarse al protagonista mientras éste se frota la espalda, ignorando que se lo están llevando en la bañera. Los grifos son majestuosos cuellos de cisne, con adornadas ruedas que tienes que girar con insistencia para que salga agua. Hay una pastilla de jabón. Cuánto tiempo llevará ahí…

Pierdo la cuenta de los dormitorios. Hay cuatro, o cinco. O a lo mejor sólo hay dos. Las camas son altas. Un niño no puede subirse sin ayuda. Tienen los cabezales de metal dorado, muy gastados. Parece como si hubieran decidido rendirse y dejar de brillar cuando vieron que ya nadie dormía en ellas.

En el comedor varios candelabros viejos. Con cuatro brazos para las velas. “Son de plata”, susurra prudente mi abuela. Sus ojos vuelven a humedecerse cuando descubre unas copas de cristal. Es un cristal grueso, tan rayado que casi es opaco. Las hay de todos los tamaños. Apenas deben valer nada al lado de los candelabros. Las saca del armario y las pone todas sobre la mesa y, con la más pequeña, comienza a golpearlas con delicadeza, una a una. Y cada una emite un tono diferente, un ‘ding’ infinito que se convierte en un hilo que nunca termina de desaparecer de tu oído. “Cada una hace un sonido diferente”, me cuenta. Y después las vuelve a guardar.

Los armarios de los dormitorios son como porteros de discoteca. Fue por estos armarios por lo que se creó la expresión “este tío es un armario”. Sus puertas se abren despacio, pesadamente, y muestran un mundo dentro de ellos. Podría meter diez veces toda mi ropa. También tienen patas.

Las estanterías del final del pasillo rebosan libros. Cientos de libros. Gastados, polvorientos, en castellano, en francés, rotos, enteros, inservibles, joyas… libros y más libros. “Llévate los que quieras”, me dice mi abuela. Necesitaría una furgoneta. Cogí seis o siete… Paredes de papel, espejos enormes con marcos sobrecargados. Cuadros cubiertos de polvo, fotos en blanco y negro, un tocadiscos de la edad de piedra, enormes mesas, espesas alfombras… Todo parado en el tiempo.

En el cuadro de los fusibles pervive un pequeño ‘amaño’. “Es una trampa para no pagar la luz. Nadie tenía dinero para hacerlo”. Mi abuela se ríe. “Mi hermano corría cuando llamaban a la puerta y la escondía con una tablita. Y después, ya sí, mi madre abría”. A veces me entran escalofríos, una enorme nostalgia cuando recuerdo determinados detalles de mi infancia. Cosas sin importancia, pero que son las que realmente te trasladan al pasado. Una bola se me instala en el estómago. Ni siquiera puedo imaginar qué siente mi abuela paseando por la casa. Viendo a su hermano correr a tapar la trampa de la luz.

Desde la ventana veo un imponente edificio de El Corte Inglés. Se erige sobre un enorme cruce entre dos avenidas. En ellas, los coches se amontonan y manadas de personas cruzan cuando se pone en verde. Me parece que nadie sospecha que, cuatro pisos más arriba, hay un rincón, una casa, donde el tiempo no avanza. Pero no, parece que nadie lo sabe. Y siguen apresurados. Cruzando. Pitándose. Entrando y saliendo con rostros enfadados mientras El Corte Inglés les vigila. “Cuando bajaba a la calle oía la campana del metro desde el portal y corría para cogerlo”, me dice mi abuela desde dentro del salón. “Bajaba las escaleras de dos en dos”, se ríe. “Y ahora, porque no quieres abuela”, le digo cerrando la ventana. Y se ríe más.

Mi abuela no se puede llevar todo. En el coche sólo caben algunas cosas. Así que hemos (he) bajado algunos cuadros, un espejo que pesa 700 kilos, libros y los candelabros. El resto, se queda dentro. El resto, recuerdos de su vida, de su infancia, recuerdos eternos, regresan a la soledad y al silencio de la casa. El viaje en el tiempo ha terminado. Cierro la pesada puerta de la entrada y el tiempo vuelve a detenerse dentro. Esta vez, a la espera de El Corte Inglés.

“Es una pena”, dice mi abuela.

3 comentarios:

  1. Gracias por haberme hecho recordar días de mi infancia también. No fueron tantos, ni tan intensos como los de mi madre, pero por ese pasillo y esas habitaciones yo también jugué, reí y sentí a mi abuela, a mi tía, a mi madrina....
    Yo también hubiera llorado.
    Desde el fondo de mi corazón, es una pena.Montse

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  2. Tengo un recuerdo inolvidable de esa casa, hace mas de veinticinco años, una señora admirable, con una BONDAZ infinita (Tú tía abuela), nos invitaba a comer en esos domingos de invierno de Madrid, a tu padre, a tu madre y a mí, estaba recién llegado a Madrid
    Martín

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  3. Eres un genio, que sensibilidad tienes describiendo lo que nos quieres comunicar,te leo siempre, nunca me atreví a escribirte nada aunque en muchos relatos tuve ganas. Hoy estoy dando el paso para felicitarte.Susana.

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