30 abr. 2008

Yo tengo dentro un motor, que nunca deja de rolar

Cuando paseas no tienes que llegar a ningún sitio. No hace mucho que aprendí a disfrutar de no tener que ir a ningún sitio. Antes, cuando no tenía que ir a ningún sitio, me quedaba parado. Después descubrí que cuando no tienes que ir a ningún sitio puedes aprovechar para moverte y observar. Y pensar. Y disfrutar. Se le suele llamar pasear. Cuando eres niño es inconcebible, eso de pasear. Suena a viejos. Con los años le vas cogiendo el gustillo. Ves que no está tan mal eso de caminar tranquilo, sin rumbo demasiado fijo, mirando todo y a todos. Escuchando los sonidos y las voces y observando los rincones. Está bien eso de pasear. Soy mayor.

El otro día paseé. Me crucé con un señor bajito, con la piel muy morena y la cara ajada. Tendría sus 60 años ya. Manos atrás, rostro afable. Sin prisa. Cuando lo tenía a pocos metros comencé a escuchar una música, una música enlatada pero muy fuerte. Enseguida la reconocí, era ‘la cucaracha’ y salía con intensidad del bolsillo del señor. “El móvil”, pensé. Efectivamente, era el móvil con ‘la cucaracha ya no puede caminar’ a todo trapo, sonando desesperada, como suplicando que alguien contestara al teléfono. Pero las manos del señor bajito seguían atrás y su rostro tranquilo seguía disfrutando del paisaje. No parecía importarle lo más mínimo el verbenero concierto que salía del bolsillo de su chaqueta. Cuando me crucé con él, miré su bolsillo, después su cara y finalmente descubrí un enorme ‘sonotone’ en su oreja. Tan grande y aparatoso como inútil. El señor se alejaba calle abajo, con gesto relajado y paso perezoso, manos atrás, contemplando los edificios, y con ‘la cucaracha’ sonando a tope en su bolsillo, haciendo girar las cabezas de los peatones. Y él a lo suyo. Con su ‘sonotone’.

En otro tramo de mi paseo me puse a recordar. Me acordé de los gallifantes, esas mascotas que eran premios del concurso ese donde los niños describían a alguien y los adultos tenían que adivinarlo. Yo lo veía de niño, así que no le veía interés ninguno a las definiciones, a mi juicio ya entonces flojas, de mis parvularios secuaces. Así que yo, con mis piernas estiradas sobre el sillón que no llegaban a doblar después del cojín, solía centrarme en la figura del gallifante, absolutamente fascinado con él. Mitad elefante, mitad gallina. Cosidos de la manera más cruel jamás imaginada, dándose la espalda, convirtiendo ambas vidas en un infierno. ¿Cómo se las arreglarían para moverse? ¿Quién dictaminaría los movimientos, él o ella? ¿Cómo haría la gallina para inclinarse a picar grano al suelo? ¿Podría con en el elefante sobre sus riñones haciendo el ejercicio de la campana que todos hemos hecho en gimnasia del cole? ¿Por qué la gallina tenía el mismo tamaño que el elefante? Me atormentaban estas cosas, pero allí a nadie parecía importarle y los gallifantes desfilaban sin piedad por el concurso, cosidos por la espalda. Era macabro.

También recordé las partidas al ‘Quién es quién’ con mi hermana. Cinco o seis filas de variopintos rostros en fichas sobre un tablero que se subían y se bajaban. Elegías una de las caras y tu oponente (mi hermana pequeña) debía acertar de quién se trataba. Qué fatal error era elegir un pelirrojo. Sólo había tres. Si una de las primeras preguntas era, “¿es pelirrojo?”, y respondías que sí, estabas perdido. Veías como tu rival bajaba decenas de rostros de su tablero sin piedad, descartando a todos menos a los tres pelirrojos, dejando la partida vista para sentencia, haciendo jurarte a ti mismo que jamás volverías a elegir un pelirrojo. Qué injusticia que hubiese tan pocos pelirrojos en aquel juego, pero a la vez qué reflejo tan fiel del segmento poblacional a partir del color del cabello. Bien por los del ‘Quién es quién’, al fin y al cabo.

Cuando era pequeña, mi hermana pensaba que Irún era un país. “Irak, Irán e Irún”, razonaba. Yo creía que los forenses eran los de Orense, y una amiga mía estaba convencida de que el extranjero era un país. La geografía en la mente de los niños es maravillosa.

En mi escalada de recuerdos, siguiendo con mi paseo, llegué a uno mucho más reciente. Hace algunos años, un gran amigo, llevó a la literalidad una frase hecha. En realidad esto es una técnica literaria que se ve reflejada en algunas obras. Por ejemplo, en ‘El Barón rampante’, de Italo Calvino, donde un niño decide vivir en un árbol y pasa su vida de rama en rama, se utiliza la frase ‘andarse por las ramas’ para convertirla en literal y, posteriormente, desarrollar toda una obra. La frase que escogió mi amigo aquella noche fue algo más moderna. Se trataba de llevar a la literalidad la expresión ‘taladrar la oreja’, que, en el caso de algunos sectores de la juventud, se traduce como hablarle mucho a alguien, demasiado, soltarle un rollo de tres pares de cojones, vaya. Mi amigo charlaba con una chica, claro está, con la intención de seducirla con dudosos objetivos finales. Hablaba y hablaba, ya que mi amigo tiene el don de poder hablar de una broca del siete durante tres horas y media, y si es con una chica a la que quiere camelar, el promedio asciende a siete horas. Le observé tras media hora. Ahí seguía, hablando, gesticulando, con la música del local donde nos encontrábamos haciendo que tuviera que pegarse a la oreja de ella para hacerse oír. Media hora más, y ahí seguía, ‘taladrándole la oreja’. Sin descanso. La chica apenas encajaba palabra, pero parecía más o menos interesada por las farsas de mi amigo, que en la oscuridad de la noche es un insuperable vendedor de humo. Comencé a estar realmente sorprendido. Llevaba una hora hablándole. “¿Pero qué le está contando?”, pensé. “Menudo coñazo que le está dando, es increíble”. Entonces ocurrió. Mi amigo logró la literalidad. En medio del infinito monólogo, la chica comenzó a tambalearse y se desplomó al suelo, como un saco de patatas. Mi amigo trató de sujetarla con expresión asustada. Yo acudí también en su ayuda y, al agarrar a la chica y levantarla, descubrí que sangraba por uno de sus oídos. Después supimos que sangraba a causa del golpe al caer por una lipotimia de la que se recuperó sin problemas. Pero en el momento, al verla caer desplomada y descubrir sangre en su oído, ví clara la literalidad que había logrado mi amigo. “Le taladró la oreja”, pensé mientras reincorporábamos a la chica. “Qué fenómeno. A la altura de Italo Calvino”.

2 comentarios:

  1. Buen post, y en concreto, muy buenos los tres ejemplos inocentes e infantiles sobre geografía. Pero lo que más me gusta (de la vida en general, además de los perritos calientes), es que la inocencia no siempre va ligada a la infancia.

    Es decir, me encantan esas personas que no pierden ese punto de inocencia. Y para muestra un botón:

    A una buena amiga, cuando aún gozaba de su época adolescente y festivalera, le proponen ir a un concierto de un grupo de primera fila, con unos teloneros que nada tenían que envidiar a la "banda" principal (no me hago el interesante, simplemente no me acuedo de los nombres). Como no, se apunta al planazo sin dudarlo, pero le queda una pequeña duda que resolvería días más tarde al preguntarle a un amigo:

    "¡Oye! ¿por qué siempre llevan de teloneros a un grupo conocido? Total! para levantar el telón! Bah!"

    La respuesta y las risas se explican solas.

    Unha aperta meu.

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