3 may. 2008

SOS, racismo

En el supermercado de al lado de mi casa, un moro con la camiseta del Depor hace trampa. La cola es muy larga, así que un amigo, también moro, le da sus cosas para que se las pase por caja. Una señora mayor que está lado se da cuenta y se enfada. “Te estás colando”, le dice. El chico, seguramente marroquí aunque podría ser tunecino o argelino, le dice que no, que es todo suyo, y sonríe. La señora, seguramente madrileña aunque podría ser de Cuenca o Guadalajara, cara arrugada y sucio pelo recogido, le pregunta que si lo va a pagar todo él. Su tono gana desprecio en cada frase. “Todo yo, todo yo”, le dice el moro con la camiseta del Depor, sin dejar de sonreírle. Al llegar a la caja, los dos chicos lo pagan a medias. La señora monta en cólera, aunque en la práctica apenas le han hecho perder tiempo. Pero debe tener ganas de ‘camorra’. Las señoras mayores son el segmento social más peleón de todos. Con diferencia. No puedo evitar reírme al ver al moro otra vez sonreír y decirle “todo yo, todo yo”, mientras su amigo coge las vueltas. “Siempre los últimos”, dice la señora ya adoptando aire de discurso o queja pública. “Ellos primero, y nosotros los gilipollas, después”, repita la señora mirando a la cola. Yo sólo llevo una botella de detergente líquido en la mano. Lo único que quiero es que la señora se calle y la cola avance. O en todo caso que, comenzado el discurso, lo termine y explique quién se supone que son los gilipollas. El moro termina, sonrisa perenne, y le dice algo a su amigo en árabe. “Habla español coño”, le replica la señora. El moro vuelve a mirarla, sonríe de nuevo con su camiseta del Depor, y se va con su compra.

Detrás de la enfadada señora hay dos chicas hispanas, mulatas. Después, una señora enorme, musulmana, pañuelo en la cabeza. Luego yo, recién levantado y con cara de empanada, detrás dos enormes negros casi azules y después una familia de caribeños. Un señor, que me da la impresión desde el primer segundo de que está realmente loco, entra en el ‘super’, mira la cola y dice con voz clara y elevada, “esto está lleno de negros”.Y se va. Lo cierto es que últimamente me ha cogido bastante el sol, aunque creo que no lo dijo por mí. Nunca se sabe.

El racismo que a veces me rodea es de los pequeños detalles. El racismo más enquistado, el más difícil de estirpar, es el silencioso. El del comentario, el del prejuicio mal disimulado, el del detalle cotidiano. Es ése el que a veces me llega a molestar. El otro, el directo, el bruto, el racismo tal cual, de pintada en la pared o de razonamiento ‘neonazi’ hijo de mamá, me suele dejar indiferente por ridículo.

En determinadas zonas de Madrid, los locales cuentan con pesados repartidores de ‘flyers’. Esto es, invitaciones a un chupito o a una cerveza por entrar en el garito en cuestión. Vas por la calle y se te van acercando, uno tras otro, diciendo, “eh amigo, te invito a una cerveza”. Avanzas y te van asaltando. Es insoportable. Cierto día, un invitador de estos, un tipo de coleta y camisa blanca, se nos acercó a mí y a un amigo. Ambos estábamos de fiesta con otro gran amigo argentino y dos ecuatorianos, un chico y una chica. No debió verlos, a tenor de su ‘invitación’. “¿Os apetece entrar?”, nos dijo. “Os invito a una cerveza”, después bajó el tono, buscando complicidad. “El sitio es tranquilo, aquí no entran sudacas como en los otros”. Mientras nos alejábamos, nuestro amigo argentino, recién llegado a España, nos preguntó qué nos había dicho. Realmente sentí que no quería decírselo, que no quería darle ese disgusto recién aterrizado. Insistió y, después de contárselo, me fijé en su cara de preocupación. No sé qué pensamientos le estarían pasando por la cabeza en ese momento, pero no debe ser nada fácil encontrarte con un bofetón así nada más llegar a un sitio. “No suele pasar”, le dije. “No vas a encontrarte problemas así, estate tranquilo”, le expliqué. Supongo que sintió algo de miedo. Supongo que, de pronto, se oyó a sí mismo. Escuchó su acento por primera vez, su manera de hablar, su origen… se fijo en todo eso, en algo en lo que jamás había reparado, como un blanco en África, que por primera vez comprende lo ridícula y llamativamente blanca que es su piel. Cuando te paras a pensar en cómo hablas y cómo eres, y notas que nadie más alrededor es así, supongo que te entra algo de miedo y preocupación. Algo así debió sentir momentáneamente mi amigo en ese instante. Supongo que ése es el racismo silencioso, sutil. El que duele como un quiste difícil de estirpar.

Nang Chen en un amigo que estudia en Madrid. Es chino, de una ciudad cercana a Shangai. A diferencia de otros chinos de nuestra edad, hijos de inmigrantes y culturalmente ya tan occidentales como orientales, Nang es un diamante en bruto llegado hace dos años a España sacado de cualquier rincón de China. Habla como puede español, cada día mejor, pero la dificultad para él es brutal. Pronunciación, expresiones, letras y hasta entonación. Todo es diferente. Todo él, de hecho, es diferente. Sus gestos, su forma de reírse, sus gustos, sus formas, su educación… En conjunto resulta enormemente gracioso escucharle y, de hecho, nos solemos reír muy a menudo con sus expresiones, como cuando se hace daño y dice “es muy duele”, o cuando está contento y dice “yo muy alegro”. Pero existe una delgada línea que he visto muchas veces atravesar a la gente. Y, de nuevo, me molesta. Recuerdo una fiesta en una casa donde un chico comenzó a preguntarle cosas a Nang para reírse desmesuradamente de sus respuestas. Yo, simplemente, alucinaba. Acepto que puede resultar gracioso y hasta inevitable reírse con su forma de hablar. No veo nada malo en ello. Pero comprobar cómo aquel chico lo trataba como un mono de feria me enfadó bastante. Estaba haciéndole hablar sólo para reírse de él. Yo miré al inconsciente racista y le dije “oye”. Sólo eso. “Oye”. Y el tipo cobró conciencia. Comprendió que estaba abusando de Nang, riéndose de él, y que Nang tenía una barrera demasiado grande como para poder defenderse. Y me pidió cien veces perdón. Y cada perdón que me decía me sonaba a una reprimenda hacia él mismo, como diciendo “qué tonto soy”, porque, en realidad, a mí, no tenía que pedirme perdón, se lo tendría que haber pedido a Nang, algo que no hizo porque, al fin y al cabo, seguía viéndolo como un mono de feria. Otro racista involuntario, silencioso. Otro quiste.

Una cadena infinita que empieza en el portero rumano que le pide el carné de identidad sólo a nuestro amigo negro, dominicano, el último de la fila tras haber entrado cinco de nosotros, todos blancos, en el local, sin que nadie nos pidiera nada. Y nuestro amigo dominicano protesta y se enfada. Siente el racismo en él. Una cadena que sigue con mi casera, convencida de que los rumanos, como el portero de la discoteca, vienen a España a delinquir porque esa es su naturaleza. Y sigue conmigo en Francia, donde nos dicen antes de entrar en una fiesta que no digamos, de momento, que somos españoles. “Por si acaso”...Y los prejuicios, de puntillas, se instalan entre nosotros, y florecen en el día a día, en los pequeños detalles, rompiendo sutilmente el silencio.

Como en la cola del supermercado, por ejemplo.

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