9 jun. 2008

Cuaderno de bitácora a toro pasado (por falta de tiempo) de New York City. Segunda Parte

¡Mira, mira! ¡Una boda hindú!
¿Dónde?
¡Ahí!
Pero… pero eso no es una boda hindú. La novia va de blanco, hay damas de honor…Nadie es hindú.
Ah…
Además, ¿cómo es una boda hindú?
No sé.

El cansancio haciendo mella al pasar por al lado de una boda en Central Park.


El contraste entre Kosciuszko, nuestro barrio en Brooklyn durante nuestros tres primeros días de estancia en Nueva York, y el East Village, nuestro nuevo barrio desde hoy en Manhattan, es llamativa. Para empezar, aquí en el East Village casi todo el mundo tiene la piel blanca. Para continuar, aquí la noche (los locales, la calle) es una fiesta. Lejos quedan las sombras y la inquietante tranquilidad sólo rota por el ruido del tren elevado de nuestro inolvidable Kosciuszko.

Nuestros nuevos y hospitalarios anfitriones son compatriotas coruñeses que se han instalado en este barrio de moda. El color, la música y la modernidad se apelotonan e inundan las calles de esta zona como borbotones de vanguardismo que te salpican mientras paseas. Una peluquería que también es un bar, tiendas que no sabes si son de ropa o de disfraces, restaurantes étnicos del último rincón del mundo… Como no tengas nada que ofrecer más te vale largarte de aquí. Descubrimos un nuevo New York.

Entre tanta modernidad cuesta adquirir perspectiva. Y es que el East Village, y todos los barrios que se extienden hacia el sur hasta la punta de Manhattan, (Lower East Side, Chinatown, Little Italy) fueron durante el final del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, los barrios que acogieron a la mayor parte de los millones de inmigrantes que llegaron a EEUU en un fenómeno humano sin precedentes. La pobreza de Europa (especialmente del Este y del Sur) creó el antiguo distrito IV de Manhattan, desde Bowery hasta el puerto. La multiculturalidad aún vigente aquí es una las pocas pistas que la zona ofrece para descubrir este desconocido pasado. La otra es el Tenement’s Museum de Orchard Street. Una experiencia única. Se trata de un pequeño museo que mantiene intacto un edificio del barrio tal y como era en el siglo XIX, con la llegada de los primeros inmigrantes. Y, por mucho que hayas leído y visto sobre el tema, sólo allí te das cuenta de cómo vivían, de cómo era Nueva York hace apenas cien años.

Este edificio, como todos los de la época, se denomina tenement. Dentro de los tenements vivían hacinadas las familias europeas en habitaciones que, en muchos casos, ni siquiera tenían ventana. Estas habitaciones han sido conservadas por el museo, que te traslada a la época: una barriada pobre, superpoblada, llena de bandas de irlandeses y judíos primero, y de italianos después. Donde la mortalidad infantil era tan elevada como en los países subdesarrollados, donde la falta de higiene costaba vidas, donde la corrupción era el pan nuestro de cada día. Donde se hablaban decenas de lenguas y dialectos y habitaban cientos de costumbres. El centro neurálgico de estos infrabarrios estaba en Five Points, que hoy es un edificio gubernamental en Chinatown. Era un cruce de cinco calles donde las bandas imponían su ley y los inmigrantes vivían al margen de cualquier civismo y a años luz de los barrios ricos del Oeste y Sur de Manhattan, que sí eran conocidos en el mundo entero. Todo este universo, reflejado con increíble fidelidad en la película de Martin Scorsese ‘Gans of New York’, me parecía ciencia ficción mientras paseaba por esta zona, y sin embargo es una realidad que ejemplifica cómo y qué rápido han cambiado las ciudades estadounidenses en apenas un siglo. Para bien y para mal. Hoy, viendo las animadas y emergentes calles, es realmente difícil hacerse a la idea de que hace dos días esta zona de Manhattan era un suburbio de extrema pobreza y peligrosidad, nada diferente a lo que hoy puede ser una barriada de Johannesburgo o Guayaquil.

A principios de siglo XX se creó la Isla de Ellis, al lado de la estatua de la libertad, un centro donde los inmigrantes eran sometidos a controles médicos y jurídicos antes de instalarse en EEUU. Llegaban a millares cada día. Hoy, la isla es un museo que degusté con parsimonia. Fotos, testimonios, documentales, escenarios intactos y objetos de todo aquel proceso. Un tributo a la avalancha migratoria. Un reconocimiento a los orígenes y a aquellas personas. Vivir sus historias en primera persona estremece y hace echar en falta algo similar en el lugar de donde yo vengo, país de emigrantes por excelencia sin medio reconocimiento, tributo o siquiera recuerdo en su propio suelo de tan traumática experiencia. ¿Puede haber algo más duro?

En la década de los 20 la Administración decidió intervenir y poner fin a estas condiciones de vida en Manhattan. Fue entonces cuando la inmigración comenzó a trasladarse al Bronx, a Queens y a Brooklyn (que, junto a State Island, se unieron a Manhattan en el año 1899 formando parte de New York City) y a crearse nuevos guetos. Esta vez, en lugar de balcánicos, griegos o italianos, se trata de hispanos y negros.

Como la propia ciudad, dejé atrás el pasado para visitar otro punto irrenunciable del sur de Manhattan: el puente de Brooklyn. Cuando lo ví, me ocurrió lo que, supongo, le ocurre a la mayoría; que te parece haberlo visto antes. Especialmente disfruté paseando por debajo de él, en la parte de Brooklyn, después de cenar en Grimaldi’s, la pizzería donde acudía Frank Sinatra con sus amigos mafiosos. La visión del enorme puente sobre tu cabeza te hace sentir como los chicos de ‘Érase una vez en América’, aunque en la película de Sergio Leone el puente que aparecía era el de Williamsburg, al norte de la isla.

Tras visitar el distrito financiero y ver la zona cero (una explanada llena de grúas donde han instalado un insensible mirador y que no tiene el más mínimo interés) llegó la hora de dejar atrás el sur de la isla. Nuestro siguiente destino era el Midtown. Ya era hora de conocer la Quinta Avenida, llena de tiendas y de gente y de taxis amarillos, el Empire Estate, que te hace doblar el cuello al máximo para ver su final, los rascacielos de negocios, negros, enormes, imponentes, Times Square, la representación máxima del capitalismo occidental en forma de orgía de anuncios y letreros luminosos, el Madison Square Garden, cancha de los New York Kniks donde no hay grada para la hinchada visitante o Central Park, donde la gente juega al frisbi.

En fin, estas cosas por las que la gente va a Nueva York.

Quiero hacer un alto para hablar del frisbi y otros deportes que presencié en el maravilloso Central Park, refugio verde en medio de la gran ciudad. Aquí acuden los neoyorkinos a lanzar. Es que los estadounidenses lanzan sin parar. Lanzan un frisbi, lanzan una pelota de béisbol o una de fútbol americano, pero lanzan. Se la pasan unos a otros sin competir. Y así están horas. Lo del béisbol, con todos los respetos, es algo que me llama especialmente la atención. Primero porque la zona donde el lanzador tiene que situar la bola para que la bateen es más o menos aleatoria, una zona imaginaria en el espacio. No hay delimitaciones físicas. Queda al libre albedrío del árbitro decidir si la bola es buena o no ¿Alguien se imagina esto en España? Por eso no puede triunfar este deporte aquí… Aún más me fascina la figura de los tipos que esperan con un guante gigante a que la pelota salga disparada por el bateador. Esto ocurre muy de vez en cuando. Además, en las pocas veces que el bateador consigue conectar una bola, sólo una mínima parte va hacia tu posición. El resto, va a otras zonas del campo. Mientras veía un partido me imaginaba a mi mismo, con el guante, esperando a que el bateador golpease de una vez por todas una bola. Y que, además, ésta viniera hacia mí. Y pasan los minutos, las horas y nada… Si por fin llegase a ocurrir, cuando me tocase actuar, cuando la pelota se dirigiese al fin hacia mí, yo estaría en la parra mental más grande que nadie pudiese imaginar. Y perderíamos el partido, claro. El tipo del guante gigante que espera horas a una sola bola para hacerlo bien, tiene un valor mental incalculable. Creo que ésta es otra de las razones por las que aquí nadie juega el béisbol.

Tras Central Park hay que seguir explorando Manhattan, isla infinita. Faltan pocos días para el regreso. El cansancio hace mella. Pero quedan todavía cosas muy interesantes por descubrir...

2 comentarios:

  1. Completamente de acuerdo con lo del baseball. Es un misterio. ¿Cómo pueden tener tanta paciencia para unas cosas y tan pocas para otras?

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  2. El baseball es pura filosofía americana y sólo así se puede entender. EEUU es un país de estrellas y no de equipos y eso se demuestra en todos sus deportes, hasta en los de grupo. Kobe Bryant se marca 46 puntos jugándose todo y con una estadística de tiro horrible y es el ídolo de la afición. Eso no sería posible en un equipo de basket español, al segundo partido el entrenador no saca a la 'estrella'. En Fútbol Americano ocurre lo mismo: treinta tios se dan de hostias para que luego el Quaterback, que es delgadito y rubio, de un pase de 60metros al runninback. Al final sólo saldrán en la foto ellos dos. Esa es la esencia del deporte americano y el baseball la eleva al infinito porque representa una lucha al estilo de los duelos del Oeste. El Pitcher contra el bateador, uno contra uno, dos estrellas por la gloria y luego nueve tios más en el campo que esperan a que caiga la bola. Por eso da igual que sea un rollo, les encanta ese momento de desafío uno contra uno en el que siempre hay un vencido y un vencedor. No se hunde el equipo sino la persona, no triunfa el bloque sino la estrella. Y ya hay ídolo al que adorar, sueño americano hecho realidad.

    P.D. Hay otra cosa que no se debe olvidar del deporte en USA. Va mucho más allá del puro deporte. Barbacoas en el estadio cuatro horas antes del comienzo del partido, espectáculos, el juramento de la bandera, la presentación de equipos, las cheerleaders, etc. Te dejo una imagen: cuando veas un partido de la NBA fijaté en las escaleras de las gradas. Están repletas de gente que va y viene de comprar coca cola y perritos calientes. Aquí la gente se mueve de su sitio en el descanso, allí hay la misma gente en su sitio en el intermedio que en el partido porque a veces el espectáculo es incluso mejor.

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