3 jun. 2008

New York City. Cuaderno de bitácora a toro pasado (por falta de tiempo para hacerlo sobre la marcha). Primera Parte

“Ir a Nueva York una semana es como meter la puntita” – Conclusión a la que llegué un jueves a las seis de la tarde caminando por la playa de Coney Island.


“Do you want agua?” . Lo oí de una madre a su hijo mientras comía mi segundo trozo de pizza en un garito llamado Rosario´s, en el Lower East Side de Manhattan. Sí, estuve en Nueva York. Y acabo de llegar. Y no, no tengo jet lag.

Por alguna razón todo el mundo desde mi regreso me ha hecho la misma pregunta. ¿Qué fue lo que más te gusto? Es una pregunta que no esperaba, de verdad. No venía preparado para ello, y por eso no supe qué responder a ninguna de las numerosas personas que me la han hecho. En una respuesta global para el que le interese, diré que voy a omitir cosas tan increíbles como tumbarte en el suelo boca arriba entre los rascacielos del Financial District, jugar un partido de fútbol al atardecer en Central Park o subir a un edificio de 485 metros para contemplar la ciudad infinita. Mejor me centro en alguna historia más banal, más sencillita. Como la de Ellis.

Por hacer escala en Philapelphia, llegamos a Nueva York en un pequeño avión de hélices que volaba no muy alto. La inmensidad de la ciudad explotó contra mi ventanilla sin esperarlo. Un primer impacto sobresaliente. En el amarillo taxi, con conductor pakistaní y ventanilla bajada, trato de hablar por teléfono mientras veo el puente de Manhattan. Es el móvil del taxista. Me lo ha prestado para que llame a Luis, el amigo del chico amigo de un amigo que nos deja su casa en Brooklyn para dormir en ella hasta el martes, día en el que nos trasladaremos, mis tres colegas y yo, a otra morada de una amiga ya directa y ya en Manhattan. Con el cálido viento dándome en la cara y mi atención puesta en los mounstrosos coches neoyorkinos, apenas me doy cuenta de que Luis me está diciendo que no tiene las llaves del piso y que no está en la ciudad. Cielos. Primer problema. Tres llamadas después se soluciona. Un dominicano llamado Fino nos acercará unas llaves, sólo tenemos que esperarle en el portal. Ya está saliendo para allá, me informan.

El concepto ‘ya está saliendo’ en dominicano es sensiblemente diferente al nuestro. Significa algo así como, ‘en dos horas está ahí’. Nos sentamos en el portal con las maletas apelotonadas en un rincón de la calle. El portal pertenece a un edificio degradado de un barrio degradado. Nuestra blanca piel contrasta con el entorno. Ellis sale del portal de al lado. Unos 40 años, fuerte, un tatuaje en cada brazo. Camiseta sin mangas y chanclas con calcetines. Spanglish como idioma. Nos ameniza la espera tras darnos la bienvenida. Era pandillero, nos cuenta, ahora es predicador. Los coches con hip hop a todo volumen y negros de gorra gigante al volante pasan sin cesar. Ellis nos cuenta que en un tiroteo contra otros pandilleros se refugió en una iglesia. Allí rezó y se salvó. Desde entonces es predicador. Los chicos del barrio y sus enormes pantalones pasan a nuestro lado, nos miran, miran nuestras maletas y después miran a Ellis. “Hola predicador”, le dicen. “Hola chicos. No os metáis en líos ¿de acuerdo?”, les dice Ellis. Estoy en una película. Ellis nos da un par de consejos de supervivencia en nuestro nuevo barrio. No le preguntéis nada a un grupo de chicos negros (así de directo, él es mulato) no llevéis en el bolsillo de detrás la cartera, cuidado en el metro, etcétera… Una gran bienvenida del predicador. Aún no sé cuánto le debemos realmente a Ellis por acompañarnos en aquella espera de dos horas en la noche de aquel barrio de Brooklyn. Al final intenta tranquilizarnos. Este barrio sólo tiene una X en la clasificación policial, los hay hasta con tres. Aunque bueno, para que negarlo si al final íbamos a ver las flores: en la esquina de al lado mataron ayer a un chico a disparos. Pero era un pandillero. Con el resto no van esas cosas. Estad tranquilos. Llega Fino, en bici, relajado y sonriendo. Llaves y al piso. Estamos en Nueva York. Como los auténticos inmigrantes, entramos por Ellis.

Por no variar nuestra línea adoptaba de inicio, nuestra primera visita se centró en Harlem, el barrio más al norte de Manhattan donde la mayoría de la población es de color (negro) en la zona superior e hispana en la inferior. Y esto, en Nueva York, se cumple a raja tabla. Desde la calle 145 hasta, aproximadamente la 120, la gente es negra. Con todas sus cosas de negros: sus coches antiguos y grandes con su música a todo trapo, su complicados saludos chocándose las manos de quince maneras diferentes, sus niñas gordas negras saltando a la cuerda a toda pastilla, sus raperos, sus bares de jazz, su teatro Apollo y su orgullo de barrio. Desde la 120 entras en el Spanish Harlem, antaño zona prohibida para cualquiera con uso de razón, hoy mejor verlo por el día, pero por defecto no ha de pasarte nada. Y ahí los negros dan paso a los bares con banderas puertorriqueñas, los señores mayores con sombrero y bastón jugando al dominó al ritmo de bachata, los carteles es español por todas partes, el acento caribeño en cada frase y los raperos, esta vez de reguetón.

Por elegir algo de Harlem me quedo con la misa a la que asistí en la YMCA, en el Harlem negro. Al pasar junto a unas ventanas, oímos unos cantos al ritmo de tambores. “Debe ser una misa gospel”. Sin pensarlo, venciendo el absurdo de sentirte el turista pesado que quiere ver una misa de Harlem, entramos y descubrimos una pequeña y humilde capilla sin ni un solo turista ni pinta de soler recibirlos. El sacerdote, un negro bizco y calvo, toca los tambores. Otro predicador canta agarrando el cable del micro estilo Julio Iglesias. En los bancos, los fieles cantan y gritan. Lloran y mueven los brazos. La cosa se calma. Nos sentamos. Somos los únicos blancos, por supuesto, pero somos recibidos con una cordialidad extraordinaria. Leen la biblia. La mujer de mi lado subraya, toma notas. Cada frase del sacerdote es interrumpida con gritos: “Aleluya! Let`s go! Yeah!”. El sacerdote apenas ha terminado de leer y ya está en los tambores. Todos a cantar de nuevo. Después el sermón. Ascendente, voz en grito, parece un mitin. Cada frase es un golpe, un subidón, cada vez más fuerte. El sacerdote suda, se mueve sin parar, grita más y más fuerte. La congregación entra en éxtasis. Gritos, lloros, temblores… Tremendo. Aquello es puramente sexual., como un polvo hasta alcanzar el divino orgasmo. Y después todos callados, descansando el placer. Y nueva canción.

Nos retiramos a tiempo de evitar que nos ungieran. Mientras observo a unos tipos jugando al ajedrez en un parque, empiezo a hacerme una ligera idea de lo que pudieron ser los guetos apenas 20 años atrás. De qué manera más increíble se concentran las culturas en esta ciudad. Cada uno en su territorio. Esta idea se hace más fuerte en mí cuando llego a Chinatown. No sólo es que todos los carteles, tiendas y restaurantes estén en chino, sino que toda la gente que pasea por sus calles es china. Toda. Es (supongo) como estar en Pekín. Alucinante. Lo mismo pasa en el Bronx, que visitamos días después. Allí está Belmont, la auténtica Little Italy de New York después de que la de Manhattan se haya convertido en un parque de atracciones con restaurantes italianos regentados por puertorriqueños. En el Bronx pervive la comunidad italiana. Disfruté comiendo una pizza en Mario’s, el restaurante donde Michael Corleone mata al Turco y al capitán McCluskey tras coger una pistola de la cisterna del baño. Disfruté después atravesando el Bronx entero en un autobús urbano hasta Manhattan, viendo escenarios de las películas de Spike Lee, con los projets, enormes bloques de viviendas sociales para desfavorecidos en las que agradeces estar subido al autobús. Disfruté viendo la realidad de todos aquellos barrios. De todo aquel Nueva York. Todavía no he visto un solo turista.

5 comentarios:

  1. Joder, me has hecho recordar mi viaje a Nueva York. Sí, yo también empezaría por Harlem y el Bronx y, sí, me sentía dentro de una película.

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  2. Eres un inculto. Hasta un asno sabe que la medida del Rockefeller Center no es esa. P.D. Me gusta la foto.

    El Jabalí de Tora Bora.

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  3. 256 metros de altura y 70 plantas.

    Subsano mi error. La emoción...
    Conste que mis datos se basaban en los trípticos que reparten a la entrada, donde dan una altura similar. Se ve que se tiran el moco...

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  4. Cuando leí el nombre de ¨Fino¨, Dominicano y vive en Brooklyn....pense en un amigo mío que se llama ¨Fino¨, Dominicano como yo y vive en Brooklyn y me dije que demasiada coinsidencia.

    Luego investigue y supe que Alex Ferreira los puso en contacto con los amigos dominicanos.

    Yo que leo tu blog de vez en cuando y me encuentro esta historia, increible. El mundo es pequeño

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  5. Alucinantemente increíble lo que cuenta el turista number 3.

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