29 jun. 2008

New York City. Cuaderno de bitácora a toro pasado.Tercera y última parte

Y con esto ya termino…

A veces vas por la calle y te cruzas con una persona tremendamente gorda. Enormes michelines estiran la camiseta, una pesada barriga sobresale infinita. El cuello comienza en la barbilla, los tobillos son como muslos. Camina despacio, con pesadas e inestables zancadas. Es una persona tan increíblemente gorda, que no puedes evitar mirarla; una irrefrenable curiosidad te empuja a examinar con la mirada tan abultado ser. Pero ocurre muy pocas veces, es raro cruzarse con alguien tan tremendamente gordo. A no ser que estés en EEUU.

Ver a gordos tan gordos que les cuesta moverse, es bastante habitual en Nueva York. Al menos yo ví varios al día. Y no hablo de gordos, hablo de tremendamente gordos. Siempre hay alguno: en el sitio donde estás comiendo, en el metro, en la calle… siempre hay algún enorme e interminable gordo al que no puedes evitar mirar debido a su exagerada figura. Concluyo tras varios días por la City que la obesidad en EEUU se debe a su nula cultura gastronómica. Estados Unidos es un país sin tradición ni historia alimenticia. Sus menús oriundos se reducen a carne, especialmente hamburguesas, y hot dogs, perritos calientes, algo que, además, ni siquiera es suyo de origen. Su abuso (lo comen a cualquier hora, incluso para desayunar) desemboca en grasa corporal.

Para compensar su vacía gastronomía, al menos en Nueva York, tiene una infinita oferta de todo tipo de restaurantes del mundo: asiáticos, italianos, españoles, franceses, brasileños, etcétera… El problema es que a este tipo de sitios no puede acudir el pueblo llano, víctima principal del mal de la obesidad, debido a los precios. Y es que en EEUU es más barato comerte una hamburguesa con queso que una naranja, y esto resume gráficamente el problema. La consecuencia es paradójica: hay más gordos entre a los que más les cuesta comer: alimentarse mal les sale más barato (dar mala comida también les sale más barato a los restaurantes americanos) y, además (y he aquí la diferencia esencial con, por ejemplo, Europa), ignoran o quieren ignorar que existen otras dietas no tan brutales. Por eso aceptan mierda para comer, algo impensable por estos lares, donde hasta el más necesitado ha comido sus lentejitas estofadas o su tortilla de patatas, y no va a tirar ahora pa’lante con un Big Mac.

Otra diferencia esencial que me topé con lo que conozco de Europa, es su miedo flotante. Se habla mucho del alarmismo que está enquistado en la sociedad estaounidense, se dice, incluso, que los americanos conviven con el miedo como algo normal: siempre atentos, siempre alerta. Esta manera de vivir les hace aceptar (a la mayoría) que su país gaste escalofriantes millonadas en armas, o que se empalme una guerra tras otra, en permanente búsqueda del enemigo que justifique, no sólo el mentado gasto armamentístico, si no el propio miedo: se cierra el círculo.

Si bien la gente no va por la calle con los hombros encogidos vigilando que no le caiga encima un misil, sí existen decenas de detalles que a cualquier europeo le llaman la atención. Una de ellas es la cultura del chivato. Más allá de la media hora de preguntas que tuvo que soportar mi amigo Luis en el aeropuerto por llevar un sello de Serbia en su pasaporte, o de los rigurosos escáneres y arcos de seguridad para subir a un ferry que te lleva a la estatua de la libertad, más allá de eso, me sorprendió el premio al chivato, el jugar a ser policía. ‘El año pasado, 1.944 neoyorquinos vieron y dijeron algo. Si ves algo, dí algo’. Así reza un cartel de la policía de Nueva York que empapela todos los vagones del metro de la ciudad, animándote a dar información a la policía. La idea no parece mala: todos policías y así se atrapa mejor y más rápido al malo. Justo lo contrario de la cultura social del mediterráneo europeo: aquí nadie vio ni oyó nada, y menos si está la policía cerca. Un término medio parece lo más adecuado, porque si bien la fórmula europea envenena una sociedad (como la del sur de Italia) la de ser todos polis tiene mucho, mucho peligro. Y allí ya tuvieron caza de brujas, deberían saberlo.

Por si la lealtad a la ley y el orden no fuera suficiente motivación para colaborar con los cuerpos de seguridad, en Nueva York existe el programa ‘Cop Shot’ (disparo al policía), por el que si identificas a alguien que haya disparado a un agente, te recompensan con hasta 13.000 dólares. Por esa cantidad habrá quien luzca una muy buena memoria fotográfica para reconocer caras. Con todo, y más allá de juzgar el método, el ‘Cop Shot’ deja entrever dos cosas: que allí no es tan raro que disparen a un policía, y que semejante iniciativa es sencillamente impensable en Europa.

A partir de todo esto, por favor, que nadie simplifique una conclusión del tipo: allí son malos, violentos y tontos y aquí somos pacíficos, inteligentes y bohemios. No sólo porque no es así, sino porque allí existen millones de cosas que faltan aquí. Una de ellas, y ejemplificando una vez más las cosas mediante detalles, son tiendas como BH Photo.

BH Photo es una tienda de audiovisual que parece sacada de un cuento. Es como la fábrica de chocolate de Willy Wonka. Me acerqué a ella acompañando a un amigo que quería comprarse una cámara de fotos. Entramos y, tras dejar nuestras cosas en un perchero (no puedes entrar con nada) comenzamos a caminar. Los pasillos te hacen seguir una ruta más o menos predeterminada, de manera que el orden resulta asombroso. Todo perfectamente indicado, con la gente caminando como si conociese la enorme tienda a la perfección. Varias colas que no sabes para qué son pero que finalmente te puedes ver en una de ellas porque el orden y la coordinación general te han llevado hasta ella. Y mientras avanzábamos, cientos de cajas avanzaban por una cinta mecánica en el techo, en un rústico pero efectivo sistema para mandar cosas de un lado a otro de la tienda. En el piso de arriba, las cámaras de fotos están colocadas según la marca, cada firma en una estantería. Eliges una (pero no la coges, sólo memorizas el modelo) y coges número como en la charcutería. Esperas un poco y te dan paso a uno de los centenares de tipos que se alinean tras un interminable mostrador. Te acercas al tuyo y le dices lo que quieres. Hace comprobaciones, te explica, y le llega tu producto a través de la cinta que antes viste sobre tu cabeza. Te la enseña, y vuelve a mandar la cámara por la cinta. Bajas al piso inferior, haces otra cola, pagas y te mandan a un tercer mostrador donde, con el ticket, te dan tu producto que llega en la famosa cinta. Recoges tus cosas del perchero, y te vas, sin haber caminado ni un centímetro de más dentro de la tienda ni haber tenido ni la más mínima dificultad en ninguno de los pasos. BH Photo no es una franquicia, no exportaron la idea ni su mecanismo ha sido (que yo haya visto) imitado. Es, simplemente, un negocio en el que, por cierto, todos dentro de la tienda, los centenares de trabajadores, son judíos.

Otra cosa que falta por aquí son navegadores en los taxis. En todos y cada uno de los taxis de Nueva York existe una pantalla en el asiento de atrás en la que puedes ver en directo, sobre un mapa de la ciudad, la ruta que está siguiendo tu taxista, de manera que no puede pasarse de listo dándote un rodeo. Es un avance y de nuevo va contra la picaresca, por eso debe ser que no existe aquí.

Mi despedida y cierre de Nueva York la hice en soledad en Coney Island. Para quien haya visto ‘The Warriors’ es aquí donde tiene lugar la escena final. Coney Island en un barrio sobre una isla al sur de Brooklyn. Allí está el primer parque de atracciones de Estados Unidos con una montaña rusa de madera en funcionamiento y norias de principio de siglo, además de todo tipo de juegos y tiovivos los años 10 y 20. No sólo eso: allí está la playa de Nueva York. Sobre su arena me tumbé, para ver a unos niños jugando con la olas, unos negros con sombrero de paja pescando y una palmera de plástico en medio del arenal. Por un momento me pregunté, ¿esto es Nueva York? Y después del interrogante escuché a un tipo de oronda barriga, camisa abierta y collar de oro, quejarse a su mujer de que estaba harto de no poder hablar en napolitano delante de no se quién. “Es mi dialecto, y hablo así”, decía. Y entonces dije, “ah sí, sí que es Nueva York. También esto es Nueva York”.

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