24 jul. 2008

Las madres

Es como si viniesen de serie. Por alguna razón, las madres (y también en muchos casos los padres) de mi generación son muy parecidas en cuanto a actitudes cuando éramos adolescentes y ya no tan adolescentes. Especialmente llamativa es esta semejanza cuando había bronca de por medio. Cuando las madres de mi generación se enfadaban (solía ser por una variable de motivos bastante constante) tenían a unas reacciones sorprendentemente iguales en la mayoría de casos, aún sin haber estado en contacto entre ellas jamás. Es como si las hubieran diseñado más o menos igual a todas, con ciertas actitudes preprogramadas. Si no, no me lo explico.

Cada vez que hablo con gente de más o menos mi edad de este asunto, me encuentro con este fenómeno. Poco o nada variaban las reacciones de los comandos paramaternales cuando se trataba de bronca.

El desorden. El desorden es, tal vez, el factor que más altera a las madres. Efectivamente, existen cosas mucho más graves y que les preocupan más, pero el desorden en casa es uno de los asuntos que hacen saltar los nervios con mayor facilidad. En este apartado se enmarcan lapidarias frases como, ‘esto no es una cuadra’ o ‘gitanos, en esta casa, no’, sin referirse, ni por un ápice de segundo, a la etnia gitana en si. El grado de desorden de la habitación marcaba el grado de alteración maternal. Un simple pantalón colgado en una silla podía desencadenar la tormenta. “¿Y esto?, cogiéndolo con la mano y lanzando miradas rápidas a otros puntos de la habitación buscando más prendas. Es una pregunta trampa. No existe respuesta para ella. De hecho, lo peor que puedes hacer es responder “ahora lo recojo”. En esos casos mi madre estallaba con otra inapelable frase: “Ahora no, ¡ahora!”.

Un ejemplo definitivo en el apartado ‘desorden’ lo experimenté cuando vivía en casa, ya hace algunos años. Veía yo la tele en salón, incauto, desprevenido, sin darme cuenta de que mis playeros estaban tirados en medio de la estancia. Apareció mi madre, los vio, los cogió y dijo: “¿Y esto?”. Horror porque, además, y como no podía ser de otra manera, mi madre apareció como suelen aparecer las madres: en el momento más crucial de la película o programa. Observó los playeros viejos, desgastados y gritó: “Aquí, gitanos, ¡no!”, y empezó a caminar hacia mi habitación. Y yo detrás, diciéndole que esperara, pensando en que me estaba perdiendo lo mejor de la película, y ella, playeros en alto, gritando “aquí, gitanos, ¡no!”. Y yo siguiéndola. Y los dos en fila. Parecíamos una manifestación de Fuerza Nueva.

El hecho de que aquellos playeros míos estuvieran viejos nos lleva al siguiente apartado de pérdida de nervios: las cosas viejas. Este apartado sea tal vez más identificable para los hijos varones, más dados a la desidia en lo que a comprar ropa se refiere. Encontramos aquí frases nada despreciables como ‘¿para qué te compro yo ropa?’, ‘tiene mil camisetas y siempre usa las mismas’ o ‘vas hecho siempre un desastre, así no se puede ir por la vida’. Lo que no terminan de entender nuestras madres es cuánto apreciamos nuestras camisetas clásicas, las que nos gustan de verdad, las más cómodas y las que mejor nos sientan. Que están viejas sólo lo ven ellas. Esta ceguera ante los clásicos llevó a mi madre a tirarme unos Adidas blancos perfectos para jugar al fútbol. Cómodos, viejos, maleables, que me permitían una pegada perfecta. Todos sabéis lo difícil que es encontrar unos playeros que se amolden a tu pie, que te hagan mejor jugador, mejor persona. ¿Cómo va a comprender una madre eso? Es imposible. Mi madre sólo vio unos playeros viejos, algo rotos. Y los tiró. Sin temblarle el pulso. “¿Y mis playeros de jugar al fútbol? Estaban rotos, te doy dinero y te compras unos decentes”. ‘Decentes’, otro término histórico. Nunca olvidaré aquel capítulo. Peor lo lleva un buen amigo a quien su madre le tiró la almohada perfecta, la de toda la vida, porque estaba vieja. Trauma.

Existen otra serie de factores que hacían enfadar a los comandos paramaternales en mayor o menor medida. En cualquier caso, los síntomas eran más o menos los mismos en todas las madres, por lo que he podido comprobar. En cabreos leves se estilaba el cambio de género. “Me voy a la playa. ¡Qué playa ni que playo!”. Un clásico. Mi madre utilizaba muy bien el “que fiesta ni que niño muerto”. Niño muerto… es tremendo. Cuando los cabreos eran más serios las actitudes cambiaban, pero continúan siguiendo un patrón. Un clásico irremediable es el “no eres mi hijo” y también el dejar de hablar. El cabreo era tal que, sencillamente, te dejaban de hablar como si el haber suspendido cuatro fuese un ataque directo a ella (¿lo era?). Entre ambos niveles estaban los golpes. Y no hablo de cachetes en la tierna infancia. Hablo de puñetazos, patadas y lanzamientos de zapatilla con efecto, a mancebos de ventitantos que huyen como alma que lleva el diablo.

Con los años los enfados maternales empiezan a especializarse hasta convertirse casi en un monográfico: salir de fiesta. Aquí encontramos, una vez más, auténticas joyas del catálogo de frases históricas: ‘¿Y qué hacéis hasta las 8 de la mañana por ahí? Estáis en la calle ¿no? Porque a esas horas lo que queda abierto es para tirados’. O, ‘esto no es una pensión’ y una inolvidable, más de abuela que de madre, pero que merece todos los honores: ‘¿por qué llegas tan tarde? Para hacerte el chulito ¿no?’. Chulito es otro término a señalar. En este apartado podemos encontrar el efecto ‘rotación desde la televisión’. A mí me pasaba constantemente y hasta aprendí a detectarlo. Veía la tele junto a mi madre. Mierda, programa amarillo o noticia de cómo unos chicos han muerto en un accidente porque iban drogados (‘droga’, esa palabra infinita, tan general y abarcadora para nuestras madres. “Tomaban droga”. Ahí queda eso, para qué darle más vueltas). En fin, que el programa discurría y yo ya veía la indignación y la preocupación conjugadas en el rostro de mi madre. Después comenzaba a asentir, como diciendo ‘claro, si es que…’. Y por último el asunto comenzaba a rotar hacia mí, lenta e inexorablemente. “Claro”, decía ya mirándome. “Si es que os da todo igual… y mira luego…”. Pero bueno mamá, que yo no hice nada. “Más te vale… tenéis que ser responsables, de verdad…”, y se desesperaba volviendo hacia la televisión, esta vez negando con la cabeza. Mi madre, una sufridora profesional (mea culpa, por supuesto).

No sólo en el mundo del enfado las madres fueron también preprogramadas. La tecnología y las madres merecerían un capítulo aparte. “Tú sabes grabar de cinta a cinta?”, le preguntó una madre a un amigo mío. “Escribe ahí”, mientras te dan el móvil, o “intenté escribir en el bassenguer, pero no lo conseguí”.

Los comandos parapaternales también parecen tener conductas preestablecidas. Lo curioso es que, en lo que a ‘enfados-torbellino’ de las madres se refiere, apenas intervienen. Una madre en ebullición hace que el padre se mantenga a una distancia prudente. No quiere líos, sobre todo porque también le podría caer a él. Tal vez se limite a decirte, cuando pase la tormenta, “haz caso a tu madre joe”. Y ya.
En lo que no fallan son en las manías. Debe existir una edad al ser hombre en la que las manías caen sobre ti como una avalancha de nieve. No he hablado con nadie de mi generación cuyo padre no estuviera sometido a las manías. El padre de una amiga puede llegar a montar un número si el pan está mal cortado.”¿Quién cortó el pan?”, pregunta. La búsqueda de culpables es algo invariable en los padres. Apagar las luces, seguir rutinas, decir las mismas frases… todo un espectáculo.

Dos factores son inamovibles: la impaciencia y la alergia al teléfono. La impaciencia tiene casi siempre que ver con la comida. “¿No se come hoy en esta casa?”, gran frase paterna. Y el teléfono, que les quema. La comunicación telefónica con un padre es un mito. “¿Todo bien, no? Bueno… Ya me contará tu madre”. Ala, hasta otra.

Son conductas ya míticas. Supongo que habrá miles de ellas más, pero seguro que siguen la misma línea, el mismo patrón. Tienen que venir de serie si no, no me lo explico.

P. D. Aquí tendría que venir la moralina final de que en cambio los niños de ahora, y al final mira que salimos bien pese a todo y bla bla bla… pero paso. Se entiende.

6 comentarios:

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  2. A tu madre se le perdona todo. Con parirte a ti se ha ganado el cielo. Por cierto... ¿playeros? Detrás del puente Pasaje todo el mundo les llama tenis. ¿Para que quiere un madrileño playeros? ¿Para ir a la playa? Amos, anda.
    Recuerdo una frase de mi madre, justo antes de salir de casa: "Gafas, guantes, gabardinaaaaaaa". Eran las tres cosas que nunca podía olvidar.
    Hace años que no uso ni gafas, ni guantes, ni gabardina. Será porque ella ya no está.

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  3. Entrada aparte mereceria la incapacidad materna para distinguir entre salir por la noche y bajar a dar una vuelta

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  4. Un clásico detrás de otro... y los que se han quedado en el tintero!
    Se podría crear un grupo de debate, tanto para realizar un análisis y sacar patrones de conducta que alerten a las nuevas generaciones, como para catalogar todas y cada una de estas conductas (creo que sin esfuerzo llegaríamos al tomo IV o V). Grupos de debate al margen, quiero añadir en el apartado "ropa vieja", la manía de mi madre en que llevase los gallumbos siempre fetén (con raya incluida si fuese menester), porque nunca se sabe lo que puede pasar... y si me llevan al hospital, ¡qué vergüenza para el médico (preocupado espero en tratarme y en nada más) verme con unos gallumbos viejos, rotos o desgastados! ¡hombre, por Dios!

    Por cierto, has dejado la casa hecha una mierda!
    Fdo: el que vive contigo

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  5. Sin duda, lo mejor de la vuelta al chollo

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  6. Mi madre usaba las mismas frases y coletillas, un dia yo me convertí en madre y me sorprendí diciendole a mi hija: ¿chuches? sí chuchos te voy a comprar!!
    PD: cuando seas padre preguntarás :¿quien ha cortado asi el queso?!!!!!!
    Lola

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