28 jul. 2008

'Consciente'

Duarte llevaba más de tres horas con la cabeza apoyada en las manos, mirando al suelo, sentado sobre un rígido y estrecho banco de madera. Una gotera rompía el silencio contra el suelo, haciendo un leve eco contra las paredes del calabozo, y una luz de una bombilla lejana iluminaba con timidez la estancia. 

De la noche a la mañana, aquel chico educado y universitario se había transformado, a ojos del resto del mundo, en un animal cuyo único destino válido y justo era la muerte. La sentencia popular es clara: despiadado ser que no merece ni la más mínima de las concesiones. Demonio del que no se espera el arrepentimiento. Desperdicio humano al que ni se le deja intuir el perdón.

Que él recuerde todo comenzó sobre los 16 años, con la hija pequeña de sus vecinos. En aquel momento pensó que se trataba de un problema de madurez. De hecho, ella tenía 9 años, no era tanta la diferencia, se decía a si mismo. Sentía el hormigueo de la excitación entre sus piernas cuando veía sus delgados e infantiles muslos asomar por debajo del uniforme del colegio. La miraba fijamente, intentado descubrir en ella una mujer. Cualquier excusa le convencía de que no era tan pequeña, tan niña. Cualquier deformada señal le tranquilizaba la conciencia y le permitía masturbarse en la soledad de su habitación, pensando en aquel roído uniforme, en aquella despistada niña que siempre dejaba ver sus braguitas. Después, normalmente mientras limpiaba los restos de semen de su abdomen, sentía el calor incesante del arrepentimiento, y los juramentos, casi siempre entre lágrimas, de que no volvería hacerlo.

Irse a estudiar fuera de su ciudad le vino bien. Tenía que olvidar a la hija de sus vecinos. Olvidar para siempre lo que hizo aquella tarde en la salita… Una mezcla de arrepentimiento insoportable y excitación sexual infrenable se mezclaban al recordar sus manos agarrando lo que tanto había deseado, procurando que ella no se despertara...

Con los años aquella niña creció, y ahora que Duarte había terminado la universidad, ella era una atractiva adolescente que le dejó de resultar morbosa. Cuando regresó a casa, cuando se reencontró con ella, comprendió que había superado su obsesión. El diagnóstico ahora que estaba curado era claro: había deseado algo que no era posible y había logrado darse toda una lección a sí mismo superando aquella atracción. Poco a poco, durante todos estos años universitarios, había conseguido dejar de masturbarse pensando en ella, había logrado olvidar todo aquello que hizo. Duarte había superado este accidental capítulo en su vida y se disponía ahora a disfrutar de una vida plena y sexualmente normal. 

El autoengaño apenas duró dos meses, hasta el primer lunes de agosto. Lo que tardó Duarte en masturbarse frente a la pantalla de su ordenador con un vídeo de una niña de cuatro años. Había tenido un orgasmo tan intenso que los vecinos pudieron oir el grito mientras la mano de Duarte se aferraba a la silla para no desmayarse del placer. En seguida el ardiente sentido de culpabilidad. Su llanto se ahogaba contra la cama, empapada de lágrimas y sudor. 

¿Qué decirle al psiquiatra? Si le decía algo se lo diría a la policía, era algo lógico. ¿O no? Tenían no sé qué del secreto profesional, ¿no? Por otra parte tampoco había hecho nada. Bueno, en realidad sí. Y si la policía investigaba podía hablar con su vecina. Pero ella no recordaba nada. O sí, quién sabe. Era mejor no arriesgarse. Entonces, ¿qué hacía ahí sentado, frente a aquel tipo, dándole vueltas a todas estas preguntas? “Usted dirá” fue una frase demasiado dura para Duarte. Se levantó y se fue. El psiquiatra no hizo nada por retenerle.

Una vez por semana. Ése es el trato consigo mismo. Duarte notaba su camiseta empapada en sudor, una gota resbalaba por su espalada. Trataba de aclarar su mente sentado en una mecedora de la salita. Sus padres no estaban en casa. El ventilador zumbaba en medio del silencio y se movía, como si negase con la cabeza. Fuera, el calor y el canto de los grillos derretían el aire. Una vez por semana, ése es el trato consigo mismo. Una vez por semana se concedería masturbarse con un vídeo de internet. Se lo juraba con tanta fuerza que apretaba los dientes mientras observaba las perlas de sudor en sus brazos. Una vez por semana, en su solitaria y aislada habitación, lejos de hacerle daño a nadie. Era terriblemente consciente de todo. Otra gota de sudor cayó de su nariz. 

Cada semana estallaba de placer. Ansiaba que llegase el siguiente viernes. Las semanas comenzaron a carecer de sentido, sólo tenían un fin: el viernes por la noche encerrado en su habitación. Ni siquiera se dio cuenta de que ya no lloraba tras el orgasmo, y con el tiempo tampoco sentía ningún tipo de arrepentimiento. Ya eran dos veces por semana, después tres y más adelante todas las que pudiera. La excitación había tomado el mando.

Alcanzaba el orgasmo y casi gritaba que necesitaba tocar aquello que veía en la pantalla. Necesitaba de una puta vez volver a tocar aquello, volver a sentirlo. Era entonces cuando la racionalidad volvía buscando pelea, pero con menos fuerza que nunca, y enseguida perdía la batalla. El nuevo trato era el siguiente. Iría un día a ese bar, lo haría una vez, descargaría toda la necesidad acumulada haciendo exactamente lo que necesitaba, y lo dejaría para siempre. Para siempre. 

El viernes era el día elegido. Su interior era un mundo de convulsiones, imposible de distinguir entre el miedo, el ansia, la excitación, la culpabilidad, o la duda. Duarte no podía sosegarse: ¿qué pasará con la niña? No importa, es sólo una vez, después lo dejará para el resto de su vida. Y si no lo hace él lo hará otro, para la niña nada cambia. Pero es ago cruel, malo, muy malo. Sí, pero él lo necesita, lo necesita de una manera básica y morirá vivo si no lo hace. ¿Eso nadie lo puede comprender? Tiene que haber una alternativa, algo que le disipe esa necesidad de otra manera. Si la hay no importa, Duarte ha entrado en el bar. Y el terror entra con él.

La idea de que es la primera y la última vez que lo hará es lo que le permite caminar y después subir a un piso bien amueblado, justo encima del bar. De nuevo una gota de sudor deslizándose por su espalda. Es mientras observa a la niña cuando comprende con mayor nitidez que nunca que necesita ayuda y que puede ser ayudado. Comprende mejor que nunca que no quiere hacerlo. Pero se desnuda.
Ni llegó a darse la vuelta cuando notó el fuerte golpe en la espalda que le tiró al suelo. No podía respirar con aquella bota en el cuello. Gritos y movimiento a su alrededor. Alguien tiene el detalle de ponerle una placa de policía en la cara, que distingue entre lágrimas.

Despiadado ser que no merece ni la más mínima de las concesiones. Demonio del que no se espera el arrepentimiento. Desperdicio humano al que ni se le deja intuir el perdón. Sólo una gota contra el suelo rompe el silencio del calabozo.

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