15 jul. 2008

Sí, sí. Probando. Uno, dos... Particularidades.

Hace unos días estuve en Lourenzá, norte de la provincia de Lugo, muy cerca de la frontera con Asturias. Fui con varios amigos, la mayoría de ellos no eran de Galicia, por lo que acudían por primera vez en sus vidas a unas fiestas de pueblo gallego. Toda una experiencia.

Suele pasar. Cuando naces en un sitio, creces y te desarrollas en él, poco o nada te llaman la atención las costumbres propias. Las comienzas a valorar cuando se las muestras a gente de fuera. Entonces te dicen, ‘coño, pero esto es curiosísimo’. Y tú dices, pues joder, es verdad, esto es curiosísimo. Por ejemplo, no fue fácil explicarle a una amiga madrileña dónde eran las fiestas. Efectivamente, eran en Lourenzá, pero en la parroquia de Santo Tomé de Lourenzá, y la casa donde nos alojábamos estaba en San Adrián de Lourenzá, que es otra parroquia del mismo municipio dentro de la comarca de A Mariña, pero en la que no había fiesta aunque esté a 50 metros literales. Mientras explicas estos pormenores administrativos te das cuenta de que las subdivisiones que hay en Galicia para decir donde vives pueden resultar infinitas. Sin ir más lejos, mi abuela es de la comarca de As Mariñas denominación popular, comarca de A Coruña, denominación oficial, concello de Bergondo, parroquia de Moruxo, lugar de Fiobre. Mi amiga se reía. Y aún no habíamos bajado a la fiesta…

Orquesta, bochinche y puestos de feria. Esta es la invariable terna de elementos que conforman cualquier fiesta en pueblo o aldea de Galicia. Por partes:

Los puestos. Los de todas partes. Eso sí, hay dos que conforman la base, dos que hasta los ayuntamientos más modestos poseen: el castillo hinchable y el tiro al palillo con escopeta de balines. El castillo sirve de disfrute para los más pequeños y, antes de cerrar, siempre se aproxima un grupo de jóvenes dispuestos a pagar lo que sea por siete minutos de botes antes de que lo deshinchen. El resultado es siempre parecido: el castillo es deshinchado con los muchachos todavía dentro ante la imposibilidad de sacarlos, lo que supone algún golpe contra el suelo a través de la tela ya sin aire. Y eso que tras dos botes el agotamiento es total (doy fe). El puesto de tiro es el de toda la vida, con escopetas que tiran donde quieren y peluches colgando de palillos. Los tiempos cambian, y en Lourenzá me costó entender a la gitana del puesto de tiro debido a su brutal mezcla de acento de Europa del este y gallego. Todo un reto descifrarla. A partir de esta base cada municipio se rasca más o menos el bolsillo. Hay quien añade una tómbola con un tipo con micro a lo Madona gritando que toca, puestos de algodón de azúcar y hasta atracciones tipo el saltamontes o los coches de choque, donde las medidas de seguridad y el tipo que te abrocha el cinturón inspiran todo menos confianza. Pero subes igual, claro.

Bochinche. Que no falte. Se trata del bar improvisado. De nuevo nada original. Una enorme barra hecha de tablas apoyadas sobre caballetes para poner copas, una detrás de otra, y donde se agolpan los hombres solteros y los jóvenes. Allí beben sin control, hasta el infinito, con Estrella Galicia monopolizando el campo de visión de la zona.

Hasta aquí todo normal. Lo particular llega con las orquestas. Y no por las orquestas en sí, con sus trompetistas bailando serios en la parte que no tienen que tocar durante una canción de Ricky Martin, sino por lo que suponen en Galicia. La cultura de orquesta en Galicia es poco menos que sagrada. No es broma. No existe ayuntamiento que se precie que no contrate una orquesta para sus festejos. Es sencillamente impensable. No importa el tamaño del pueblo, existen orquestas para todos los bolsillos. De hecho, hay varias webs donde poder elegir. Las más importantes, como la ‘París de Noia’, ‘Los Satélites’ o ‘Panorama’, tienen contratadas actuaciones hasta 2012. Si eres un ayuntamiento que quiere contratarlas en los próximos veranos, olvídate. Cuando un ayuntamiento logra hacerse con los servicios de una de las grandes, lo hacen saber muy claramente en los carteles de las fiestas, y son muchas las personas que se acercan de otros sitios si la orquesta es buena. Tener a la ‘Paris de Noia’ en la plaza o explanada de tu ayuntamiento garantiza un llenazo espectacular. Es verdad, en otros sitios también hay orquestas, pero en ninguno de ellos el nombre y fama de ésta suponen el peso central de la celebración. Sin orquesta, no hay fiesta. Existe gente que sigue a determinadas orquestas por toda Galicia a lo largo del verano.

En Lourenzá estaban ‘Xente Nova’ y ‘Dominó’, que no son de las grandes, pero resultaron bien. De nuevo, mis amigos de fuera de Galicia se reían. Y comenzaban a alucinar. “El escenario es un camión”, me anunció una sorprendida asturiana al ver las ruedas elevadas bajo el escenario, mientras cantaban. Así es, y cuando terminan, recogen, cierran el camión y se van a otro pueblo. Así todo el verano. ‘Xente Nova’ y ‘Dominó’ montaron sus escenarios una al lado de la otra. También es práctica habitual: comienza una, luego cierra telones y toca la otra, y después vuelve a la primera y así tres o cuatro veces hasta las cuatro o cinco de la mañana. Si los escenarios están más lejos, toda la gente se va desplazando de una a otra, como una manada.

Otra cosa que llamó la atención de los presentes foráneos, fue comprobar qué en serio se toma la gente del pueblo la presencia de la orquesta, especialmente los mayores. Lo curioso de las aldeas de Galicia es que la gente joven apenas baila con las orquestas, únicamente al final, cuando tocan para ellos (ahora hablaremos de esto). Antes, ni siquiera se acercan por allí. Durante toda la noche son los matrimonios mayores los que conforman el público. Todos de pie, centenares, serios, escuchando con atención. Y de pronto una canción bailable y todos se agarran, por parejas, muy juntos, y bailan una especie de vals robótico, conformando un espectáculo único: los rostros serios, inmutables, agarrando a la señora y dándole el baile anual obligatorio. Nadie habla, sólo cumplen en un vaivén monótono y acompasado, con la mirada en el infinito, sin media sonrisa. Termina la canción, se sueltan y vuelven a mirar con seriedad al escenario. Es una noche importante, la noche de las fiestas, y todo se llena de solemnidad. Bailar con demasiado movimiento, bailar siquiera un grupo de jóvenes, no está demasiado bien visto en las primeras horas. Es la orquesta, un respeto por favor.

La fiesta avanza y nuevas particularidades asombran a nuestros invitados. El cantante de la orquesta invita, desde el escenario, a una señora. “Señora”, grita, “¿quere vir bailar ó escenario? Co permiso do seu home, por suposto, que logo non queremos líos”. Es decir: “¿quiere venir a bailar al escenario? Con el permiso de su marido, por supuesto, que no queremos líos”. ¿Machismo? Bueno, mejor eso que ver mosqueado al marido, le digo yo a algún sorprendido amigo.

Con el paso de las horas la gente mayor se va retirando. Y comienzan a llegar los jóvenes. La orquesta se da cuenta y cambia el estilo. Primero es el turno para las canciones populares gallegas, como ‘Maruxiña’ o ‘Oliñas veñen’, que siempre son secundadas en masa y con enorme jolgorio. A esa hora mis amigos no gallegos ya están plenamente integrados, y forman parte del grupo que ya se ha dado las manos para entonar tan históricas canciones, pese a no tener ni la más remota idea de la letra. Después, y como broche final “un poco de rock”. Suele oscilar entre Mago de Oz, Ska-P, Dover (si el cantante se lanza con el inglés) o Siniestro Total. Pero hay una que no falla, una canción que suena siempre en cada final de orquesta. Se trata de ‘Dolores se llamaba Lola’, de Los Suaves. Es invariable, obligatoria. Un inmejorable punto y final.

La experiencia termina. Muy positiva para nuestros amigos invitados. Y muy aconsejable, según ellos, aunque alguno no la recuerde íntegramente. Para todo el que quiera probar, el verano está empezando. Las orquestas ya ruedan por las carreteras gallegas.

1 comentario:

  1. La ostia, yo te llevo a Elizondoko bestak y tu a mi no me invitas ni a media. Jodido caracter galego...

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