5 ago. 2008

Deportivamente hablando

En realidad lo de ser hincha (seguidor, aficionado) de un equipo de fútbol, hablo de hincha de verdad, tiene poca explicación. Por no decir ninguna. Los que lo somos, nos hemos encontrado en incontables ocasiones con las preguntas de rigor: ¿cómo puedes animar a esos tíos que ganan millones y que les da igual el equipo? ¿Cómo te puede influir tanto unos tíos corriendo detrás de una pelota? ¿No ves que todo es un negocio? Incluso aguantamos las que nos llegan desde la ignorancia: ‘el fútbol es para aborregar, para distraer de los problemas serios’. ‘Sólo engendra violencia y odio’. En realidad todas estas cuestiones son más o menos discutibles, y todas ellas rebatibles. Pero después de muchos años haciéndolo, llegué a la conclusión hace un tiempo de que poco o nada importa lograrlo. Quiero decir, tanto si logro rebatir todos y cada uno de los puntos de los detractores del fútbol como si no lo puedo hacer, nada cambia. Mi pasión por mi equipo sigue intacta.

Concluyo que entramos aquí en una cuestión de sentimientos, sin más. Y concluyo también que son pocos, muy pocos los aspectos de la vida donde los sentimientos sin más lo explican todo. La Iglesia no necesita pruebas, tampoco los creyentes, tienen la fe. El amor es el sentimiento por excelencia, no se necesitan evidencias palpables… y poco más. Todo lo que toque a la política, sociedad, convivencia, economía e incluso nacionalismos y/o patriotismos, necesita, además de sentimiento, una base racional, una argumentación para no caer en la insolidaridad. En el caso de los hinchas de un equipo de fútbol todo esto es prescindible ya que nuestro sentimiento no afecta a nadie más que a nosotros mismos (al menos de manera trascendente). Tanto si sabes rebatir y argumentar a quien te tilda de absurdo como si no lo sabes hacer, nada cambia. Sigues sintiendo la misma irrefrenable y poderosa sensación por dentro cuando juega tu equipo. Algo que sólo entiende quien lo experimenta, y que le suena a chino a quien no lo conoce. Algo así como la fe, supongo.

A partir de todo esto habrá quien resuma que, si sigues sintiendo un fervor hacia un escudo y un club a pesar de no poder rebatir a quien lo denigra, es que eres tonto. Puede ser. ¿Y? Sigue sin cambiar nada. Sigues loco por tu equipo. No importa parecer tonto, no importa que a día de hoy el fútbol se haya aceptado y normalizado y no sean pocos los intelectuales que admitan su pasión. En realidad, no importa prácticamente nada. Lo dijo Nick Hornby en su libro ‘Fiebre en las Gradas’: que miles de personas puedan disfrutar de un partido de fútbol diez días después de que otras tantas hayan muerto en otro, explica precisamente porqué pueden hacerlo. Explica qué es el fútbol. El fútbol lo es todo.

En realidad los hinchas de un equipo somos lo más parecido a un perro fiel. No importa qué nos dé nuestro club. Tanto si nos regala títulos como si nos maltrata con un descenso, los seguimos amando. Los amamos más allá de los insultos y ladridos, más allá de la promesa de no volver a verlo, más allá incluso de no ver tantos partidos porque ya no nos interesa o no nos es posible. En el fondo, lo seguimos amando, y sólo necesitamos una migaja para volver a agitar nerviosos la cola. Y es que realidad puede que el secreto, la explicación última, resida precisamente ahí: el club no son los jugadores, ni sus dirigentes, ni siquiera, apurando, son sus colores ni su escudo. El club somos nosotros. Sin nosotros, no hay club.

Mi delirio se llama Deportivo de La Coruña. El equipo nació en 1906 pero para mí, imberbe seguidor, nació alrededor del año 90. Por aquel entonces el equipo ascendió a Primera División. Desde entonces y hasta hace poco, el Depor no ha hecho más que dar alegrías a sus fieles. Sus últimos quince años de vida fueron más intensos que todos los anteriores juntos, esto es una realidad. Soy afortunado de haber podido disfrutar de esta época. Estos quince años, por conocerlos de primera mano, son suficientes para contar mil historias, escribir mil relatos. En los 90 anteriores también existen millones de historias, es indudable, pero no podría, lógicamente, contarlas en primera persona. Y es que la esencia de estas historias radica en la pasión que desataron en mí.

Hace 19 años el Deportivo ascendió a Primera División. En medio de las celebraciones callejeras caminaba yo sin superar el metro y medio de estatura y aguantando un palo de madera con una tela blanquiazul, los colores del Deportivo. La tela era movida por el viento, y rozaba mi sonriente cara mientras caminaba. Alrededor, miles de personas gritaban, saltaban, cantaban, tiraban petardos. Los coches pitaban y la gente se abrazaba. Pero yo sólo miraba la tela, con rayas blancas y azules, y notaba como el estómago se me encogía. Eran los colores de mi equipo. Una pasión como la que no había sentido nunca antes se apoderó de mí. Y ya nunca me dejó en paz.

No me dejó en paz cuando Djukic, jugador del Deportivo, tres años después de aquel ascenso, falló un penalti en el último minuto del último partido que, de haberlo marcado, le hubiera dado al Deportivo la primera liga de su historia. No me dejó en paz cuando, un año después, el Depor ganó su primera Copa del Rey después de que el partido fuera suspendido por la lluvia. Los once minutos pendientes se jugaron dos días después, de nuevo en Madrid, y contra el Valencia, rival contra el que habíamos fallado el penalti de la Liga anterior. Miles de personas volvieron a Madrid a presenciar esos once minutos: balón suelto, gol del Deportivo. Explosión. A día de hoy recuerdo con mayor claridad mi sufrimiento después del gol hasta que el árbitro pitó el final, que el gol en sí. Me destrocé un dedo a mordiscos. Mi madre me riñó mientras José Ramón levantaba la Copa. Éramos campeones.

La pasión tampoco me abandonó en nuestras primeras hazañas europeas, ni mucho menos en nuestra primer Liga, que al fin ganamos seis años después quitándonos la espina del penalti. Ni nuestra segunda Copa contra el Real Madrid, en su estadio y el día de su Centenario. Ni las gestas contra el Milan, Arsenal o Manchester. Ni el 0-5 al Celta en Vigo, ni las semifinales contra el Oporto… La pasión se apoderó de mí con aquella tela blanca y azul sujeta a un palo de madera hace más de 18 años, y aún no me ha soltado. Puede que parezca tonto. Que lo sea, incluso. ¿Y?

5 comentarios:

  1. Vaya, va a ser Nick Hornby el que nos una en esto. Hace poco leí "31 Canciones", el tipo sentencia igual de bien tanto sobre fútbol como música, la música tiene toda esa irracionalidad también cuando eres fan.

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  2. Cambiamos de casa, de coche, de trabajo, de ciudad. Cambiamos de banco, de corte de pelo, de marca de tabaco. Cambiamos de amigos, de pareja, de religión. Cambiamos de acera, de número de teléfono, de horario.
    Cambiamos de todo, pero...
    ¿Conoces a algún aficionado de verdad que haya cambiado de equipo?

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  3. Una cosa que me fastidia son las personas que piensan que porque no les gusta el futbol no estan aborregadas. Nos le gusta el futbol, pero tampoco leen libros.

    ¿Entonces que hacen?

    Genial articulo. Expresa exactamente lo que es sentir pasion por un equipo pase lo que pase, y piense lo que piensen los demas.

    Tots units fem força

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  4. Fantástico. Y tú, como yo, somos del Deportivo, sin más. Ni superdepor ni hostias. Yo aún recuerdo un poco antes a Aspiazu, Cayetano y demás. Y aquella promoción perdida contra el Tenerife (vaya chasco!). Y el sufrimiento de la del Betis... y tantos éxitos de después. Porque los que cambian a las duras no son aficionados de verdad.
    Un abrazo!

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  5. Venga rapaz, cuando el Depor ascendio tu eras del Madrid y de la Juventus...si Musti Mujica levantara la cabeza...apertas meu!e Forza Depor!.Edu

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