29 ago. 2008

Goteras de psicosis

La verdad es que apenas sigo sin saber nada mientras escribo esto. Aterricé en Madrid hace pocas horas y no he leído ni escuchado casi nada. Del accidente de Barajas digo. En vacaciones desconecto de la realidad de una manera troglodita. Estuve en Cerdeña, sitio muy recomendable si sabes cómo no gastar demasiado dinero (yo soy un profesional de esto) a donde llegué hace diez días. Recién aterrizado, bromeando todavía con las hélices del pequeño avión que nos había llevado desde Florencia, a donde había llegado el día anterior, hasta Cagliari, capital sarda, me enteré de lo sucedido en Barajas. Me lo comentó por teléfono mi madre, dubitativa, como si no estuviera muy segura de si debía contármelo o no. Creo que pensaba que me podía asustar porque aún tenía dos aviones que coger desde esa llamada hasta hoy. No pensé en esos aviones cuando escuché lo sucedido, y cuando lo hice no sentí, por fortuna, ningún tipo de inquietud. Me dejó, es verdad, un poco de mal cuerpo que el accidente se produjera cuando yo estaba volando también, rumbo a Cerdeña, y que se produjera en Barajas desde donde yo, un día antes, había despegado. Tuve un inevitable, ‘uf, me pudo pasar a mí’. Pero en seguida me pareció absurdo darle cabida a esta inquietud. Si es por estadística este accidente la acaba de resetear. Ya no te puede pasar a ti hasta al menos dentro de quince años. Es un pensamiento egoísta ante la muerte de tanta gente, pero real y efectivo sobre todo para los que tienen miedo a volar.

Una hora después mi tranquilidad volvió a turbarse ya que mi endeble cerebro recordó que ese mismo día, con Spanair, viajaba un gran amigo mío desde Barajas. No soy de los que se teme lo peor, todo lo contrario. De hecho, nunca llegué a estar verdaderamente inquieto, pero algo ronroneaba dentro de mí así que no pude evitar llamarlo. Sólo cuando marqué su número y espere a que me diese tono, comprendí lo que estaba haciendo: estaba llamando a mi amigo para ver si estaba vivo, o si ya no lo estaba. Puede sonar melodramático, pero es sencillamente así. Sentado en un coche de alquiler en el parking de un ‘Iper Pan’ en la ciudad sarda de Iglesias, esperaba los tonos del móvil de Alfon. Dio tonos, claro, y cogió mi amigo, que despegaba esa noche y no con Spanair, con Iberia. Efectivamente, mi cerebro sigue endeble, y la actitud de mi amigo, envidiable, más tranquilo que en una sauna y suponiendo que en el despegue “habrá un silencio administrativo”.

En los siguientes días apenas me entero de nada, sólo gotas de información me van llegando a través de mi madre y de mi hermana, que son los altavoces y perfecto reflejo de lo que suponía estaba ocurriendo en España. Por alguna razón me dibujaba perfectamente el panorama: el morbo y la psicosis copando todo y a todos. Es lo que me imaginé, a esta hora todavía no sé si fue así. A mi hermana le pregunto un día si ya se sabe qué pasó en Barajas, si ya se saben los motivos del accidente. No termino de entender que hoy en día, y en Europa, pueda caerse un avión, así porque sí, y morir tanta gente. Mi hermana no sabe nada de los motivos, pese a que en la televisión, según me cuenta, se produce un ‘24 horas non stop’ de información, que deja catatónicos a los aficionados y seguidores. Eso si, sabe que unos abuelos han perdido a toda una familia. Mi padre, otro día, sabe que un tipo llegó tarde y no pudo coger precisamente ese avión, mientras que mi madre sabe que ya son 140 los muertos. ¿Pero por qué se estrelló? Ni idea. Mi hermana me avanza que se tarda mucho en saber los motivos, puede que meses, según ha escuchado. Mientras tanto comienza el deporte nacional de plantear hipótesis.

La primera un señor de Jaén que me encuentro en la playa de Piscini, que me dice que ha oído que los pilotos intentaron levantar el avión, y no pudieron y que esto se sabe porque los cadáveres tenían los brazos rígidos. Así que supongo que algo pasó que hizo caer el avión. Pero otra chica de Murcia que nos encontramos en Bugerru, un pueblecito sardo, me cuenta que el avión había despegado, después volvió, despegó de nuevo y se la pegó. Mi madre me cuenta que los pilotos están muy aprensivos y que se quejan de que falta seguridad. Un caos de datos me salpica, nada concluyente. Lo único que sé es que de haberme creído sin dudarlo todo lo que llega a mis oídos, es posible que hubiera regresado en bicicleta. En ese momento creo, insisto, creo, que todo lo que me llega durante el viaje es fiel reflejo de lo que pasa en España: especulación e hipótesis, todos opinan, nadie sabe. Amarillismo: estoy seguro de que cada mal frenazo de un avión era noticia esa semana. Morbo: cuántas familias murieron, si ardieron mucho y cuánto se querían antes de morir. Una catarata de sinsentidos que sólo tiene una consecuencia clara: miedo. El miedo a coger un avión que me transmite mi hermana, mi madre y todos con los que hablo. No su miedo particular, un miedo general.

Este miedo general llega al colmo en el avión que he cogido esta mañana desde Roma hasta Madrid. Varias familias hablan del accidente mientras embarcamos. En el momento del despegue dos señoras del otro lado del pasillo se agarran al asiento como si fueran a salir disparadas si se sueltan, emitiendo gemidos. ¿Lo habrán hecho en alguna otra ocasión que cogieron un avión? El descenso es algo brusco, nada extraordinario, pero a cada bache de aire, gritos. Sí, gritos. Auténticos gritos seguidos de risas nerviosas como pidiendo disculpas por haberse excedido en el grito. Una tensión absurda inunda el avión que se mueve dentro de la más cotidiana normalidad, pero que parece que atraviesa una tormenta. La psicosis es contagiosa, y ya son varios los que se aferran al asiento. ¿Todos ellos tenían miedo a volar? Que nadie piense que estoy haciendo una crítica a quien teme volar como una fobia, nada más lejos, creo que es evidente. Ni siquiera hablo del miedo a volar.

Un accidente de avión es terrible. Macabramente espectacular, nada que ver con los accidentes de coche o autobús. Ni siquiera de tren, medios todos ellos que cogemos sin miedo. A partir de esto es sumamente fácil extender el pánico. Extremadamente sencillo. Basta con hablar de ello sin parar ni un segundo. Basta con dar bombo a cada pequeño incidente aéreo en los días posteriores. En realidad, basta con muy poca cosa. A mi me pilló lejos, quién sabe si me hubiera afectado el pánico general. Porque me dio la impresión de que lo hubo. En realidad no lo sé. ¿Lo hubo? A ver si escribí ochenta líneas de hipótesis y especulación, deporte nacional.

1 comentario:

  1. Por no hablar de los "gráficos" de los periódicos. Si uno fuera muy macabro podría tener a día de hoy una colección holgada de esas explicaciones dibujadas de como pasaron las cosas. Cada día una nueva!

    Por cierto, si eres periodista, cuando hay un accidente así grande, ¿hay que decir "tragedia dantesca"? Es obligatorio ¿no?...

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