3 sept. 2008

Sardinna

Es sorprendente lo poco que se avanza en Cerdeña (Sardegna, en italiano, Sardinna, en sardo). Puedes llegar a tardar una hora para moverte menos de 30 kilómetros. Es desesperante. No está especialmente mal comunicada, tampoco sus carreteras están increíblemente descuidadas, pero aún así lleva muchísimo tiempo desplazarse de un punto a otro. Es como si la isla se moviera bajo tus pies como una cinta de correr: por mucho que camines, no avanzas. Por eso es recomendable no intentar abarcar mucho, porque realmente apretarás poco. Al segundo día limité mis propósitos de visita: ya conoceré el norte (y el centro) en otra ocasión. Supongo que la orografía y las serpenteantes carreteras bordeando las montañas tienen que ver con esta lentitud de movimientos. Que sólo dos autopistas pueblen una isla que supera los 300 kilómetros de norte a sur también influye.

Y es que la fama de desigualdad con el norte se la han llevado otras, pero Cerdeña siempre ha sido la región más atrasada de Italia. Tal vez porque nunca, hasta hace muy poco, se consideró a si misma italiana ni Italia la consideró suya nunca. Cerdeña perteneció mucho tiempo a la Corona de Aragón y fue poblada por catalanes. Alghero, una ciudad del norte de la isla, fue literalmente vaciada de sardos y repoblada con catalanes. Como herencia, el escudo de esta población es una bandera catalana y su segundo idioma es el catalán. Otras muchas ciudades y playas tienen nombre catalán. Cerdeña pasó después a manos Piamontesas, no porque los Saboya la conquistaran, sino porque directamente Cataluña la regaló a un Victor Amadeo II, por cierto, que la aceptó de mala gana preguntando para qué demonios quería ese pedazo de tierra inservible en medio del mar. Pero lo aceptó, al fin y al cabo, si bien dejó clara con semejante bienvenida la base de la relación isla-península para los años venideros. Con la unificación de Italia, Cerdeña pasó a ser transalpina, pese a intentar por todos los medios conseguir su independencia tras siglos cambiando de dueño. No lo logró, aunque sí consiguió el estatus de Región Autónoma, un estatus que sólo ostentan otras cuatro regiones italianas: Trentino-Alto Adige, Friuli-Venezia Julia, Vall d’Aosta, las tres regiones alpinas del país -más centroeuropeas que italianas¬- y Sicilia, otra región que siempre luchó por su independencia. Este estatus confiere a Cerdeña una fiscalidad diferente y el transferimiento de servicios, poco más.

En esta nueva y de momento definitiva etapa como región italiana, Cerdeña se instaló en el vagón de cola durante el siglo XX. Para hacernos una idea de cómo era esta región hace poco, bastan algunos datos. En los años 30 morían casi 40.000 personas al año de malaria, debido a los mosquitos y a la falta de higiene. Ya en la década de los 50, y tras la segunda Guerra Mundial, Cerdeña quedó incomunicada durante casi diez años, ya que no disponía de líneas marítimas y mucho menos aéreas. Sus habitantes no podían salir de la isla, aunque en realidad la mayoría tampoco podría hacerlo aunque quisiera ante la extrema pobreza que padeció en posguerra. No fue hasta casi el año 60 cuando se reestablecieron las conexiones con Roma. Hoy la isla sigue contando con enormes carencias, sobre todo en infraestructuras y servicios, pero ni por asomo es lo que fue, y ya ha superado a regiones más deprimidas como la Campania.

Cerdeña vio la luz con las minas de metales que Roma explotó en los años 50 y 60. Hoy estas minas están abandonadas y forman auténticas ciudades fantasma en medio de las montañas. Después despertó con el ingreso de Italia en la UE: Bruselas la consideró la región europea con mayor necesidad de ayudas (traducción: la región de Europa más atrasada) y recibió las mayores inversiones para resucitarla. Cerdeña logró levantar definitivamente cabeza con la llegada masiva de turistas desde hace dos décadas. El de Cerdeña es, sobre todo, un turismo de italianos (del norte). Es de precios elevados y lujosos hoteles, lo que supone una buena inyección económica entre los meses de mayo y octubre. El resto del año la isla queda desierta con sus poco más de millón y medio de habitantes. Buen momento para visitarla, nos decía un lugareño, con sus inmensas playas de arena blanca y aguas cristalinas, sin sombrillas que estropeen el paisaje. Las playas y costas de Cerdeña son lo más parecido a una postal del Caribe que se puede imaginar. Es sorprendentemente alucinante.

Poco o nada puedo contar en este aspecto. Cerdeña es infinita: millones de playas escondidas para descubrir, montañas, desiertos, acantilados, cabos, paisajes, puestas de sol, pueblitos pesqueros, ciudades antiguas, rebaños de cabras por la carretera, puestos de fruta y verdura, y mafia, claro. La ‘Anonima Sarda’ es la menos conocida y tal vez la menos poderosa de Italia, pero Cerdeña no se libra de una mafia que aunque casi desconocida, cuenta con una buena colección de secuestros y asesinatos a sus espaldas. Hoy, apenas registra actividad y mucho menos es perceptible en el ambiente como sí pasa en otras zonas del país.

Lo que sí se percibe en el ambiente, y mucho, es el orgullo sardo. Una satisfacción casi coqueta de identidad preside toda la isla. Y es que, si por identidad fuera, la región sería algo más que autónoma.

Para empezar, tienen el único idioma considerado en Italia como tal (además del italiano, claro) ya que al resto (siciliano, piamontés, lombardo, véneto, napolitano, lígur, etcétera) los denominan dialectos, a pesar de ser lenguas romances (en el grupo de las itálicas) descendientes directas del latín. Pese a esto, el sardo no goza de cooficialidad en la isla y, como el resto de lenguas italianas (más de diez) se muere lenta y agónicamente. Con todo, es un paciente en mejor salud que sus vecinas continentales (exceptuemos al napolitano y al siciliano). Sus apellidos, herencia hispana, son los únicos de toda Italia que no terminan en ‘i’ sino que lo hacen en ‘ese’ (la terminación ‘i’ en italiano es plural, se traduce como ‘s’ al castellano). También se aprecia su marcada identidad en su relación con sus vecinos continentales (los sardos llaman a Italia ‘el continente’). No es la mejor relación del mundo y los italianos tienen una visión de los sardos bastante cómica. Para empezar no pueden evitar reírse con/de su acento, que suena con una leve gangosidad, entrecortando las palabras. Además, todavía no se han despojado del estereotipo de pastores, por lo que pervive el apodo de ‘ovejeros’ entre los italianos de la bota para referirse a sus vecinos insulares. En respuesta, el complejo de inferioridad de los sardos se ha transformado en los últimos años en orgullo: su bonita y llamativa bandera ondea en todos los rincones de la isla. Por todas partes se ven camisetas y souvenirs con frases y palabras en sardo, lengua parecida al catalán y que termina las palabras masculinas en ‘u’, como el asturianu.

En definitiva la isla respira ‘sardismo’ por sus cuatro costas. Un destino altamente recomendable al que así, sin más, cogí un enorme cariño. Debe ser cosa de eso de ponerse siempre del lado de los débiles.

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