4 nov. 2008

Italia y la mafia. Capítulo 4: Calcio.

La mafia llega a todos los rincones de Italia, también al fútbol. ¿Por qué se iba a librar? El calcio -fútbol en italiano- siempre se ha visto salpicado por los movimientos mafiosos y en muchas ocasiones calcio y mafia han ido de la mano. Sobre todo en los últimos años; cuanto más negocio es el fútbol, más interés demuestran los mafiosos en él.

Hace tres años la credibilidad del fútbol italiano saltó en pedazos tras descubrirse una trama de apuestas, amaños y todo tipo de ilegalidades que desvirtuaban por completo la competición y salpicaban directamente a directivos, presidentes y equipos de fútbol. Tal es así que Lucciano Moggi, entonces directivo de la Juventus y uno de los personajes más poderosos del fútbol en Italia, acabó encarcelado y su equipo en segunda división, al demostrarse que estaba al frente de toda la vergonzante organización. Finalmente la trama, en teoría, se desmontó y los culpables, en teoría, están pagando. O al menos lo están haciendo de cara a la opinión pública italiana, olvidadiza y conformista, y más cuando hay fútbol de por medio. Ya se sabe, en Italia el show debe continuar y ni Moggi ni la credibilidad dinamitada de todo un campeonato lo pararon.

El caso Moggi es un ejemplo de cómo el fútbol no se libra de la corrupción italiana. Sin embargo, nunca llegó a vincularse, al menos de manera directa, con la mafia. Si bien se dice y se sospecha que las familias tenían intereses en todo este entramado de apuestas y amaños, no se demostró o no se habló de ello. Esto no significa nada. La realidad es que la mafia ha protagonizado varios capítulos en los que se ha podido ver la estrecha relación que en ocasiones tiene la pelota con la ‘lupara’.
El primer aviso de la mano mafiosa en el fútbol se dio en Nápoles. Pocos discuten ya que fue la Camorra quien fichó, en los años 80, a Maradona. La misma Camorra que le regaló un Ferrari al llegar a la ciudad y la misma Camorra que, sospechan ahora, está vinculada directamente a los grupos ultras del Nápoles. En el estadio de San Paolo, de Nápoles, las dos curvas –A y B- están tomadas por los ultras. Son los más numerosos, ruidosos y tal vez peligrosos de un país donde el fenómeno ultra campa a sus anchas. Los ultras dominan los estadios, marcan el sentir de toda la afición y tienen voz y voto en el espectro social italiano. Su opinión, sus reacciones y sus ideas, tienen cabida y son tomadas en cuenta. Los ultras italianos son una metáfora de Italia: ruido, color, exageración y belleza en las gradas; violencia e incivismo en la realidad de los grupos. La opinión pública italiana se queda con lo primero, y actúa con tibieza contra lo segundo: ‘show must go on’.

En este panorama, los reyes son los ultras napolitanos. Su conexión con la camorra, aunque no probada, es un secreto a voces. Los clanes controlan diferentes grupos que a su vez controlan el club. Mediante los grupos ultras hacen campaña política y provocan incidentes cuando les conviene, dejando en jaque constantemente la autoridad del Estado en territorio napolitano. Mediante las directivas del club se sientan a la mesa del negocio del fútbol.

Mediante ambos elementos combinados, se hacen con el poder:

Claudio Lotito, presidente de la Lazio, recibió a finales de 2005 una oferta para comprar el club que no podía rechazar. El que llegaba con la propuesta no parecía sospechoso: Giorgio Chinaglia, ex jugador lazial en los años 70 y presidente del club en los 80. Sin embargo, quien estaba detrás del intento de adquirir el club era la familia de los Casalesi, la más poderosa de la Camorra, que pretendía blanquear dinero procedente de sus actividades ilegales. Lo destapó un juez y paralizó la operación. Los Casalesi, para obligar al presidente a vender el club, utilizaron una herramienta: los ultras. Cuatro ultras de la Lazio fueron detenidos por extorsionar y amenazar al presidente lazial.

Que nadie pierda la perspectiva. Todo esto que cuento sucede en Italia.

Otro ejemplo de lo cerca que a veces transitan fútbol y mafia lo encontramos en Palermo, la capital de Sicilia. Hace apenas dos meses se descubrió que parte de este club, uno de los importantes en la Primera División, estaba gestionado por la familia Lo Piccolo, la más importante de la mafia siciliana. Cada partido del Palermo la familia Lo Piccolo conseguía gratis cien entradas de tribuna que repartía entre las distintas familias. Es sólo una anécdota.

Más serio fue descubrir que la Cosa Nostra decidía la alineación del equipo. Giovanni Pecoraro, hombre de Lo Piccolo fue, hasta principios de año, responsable de los juveniles del Palermo. Su labor era presionar al entrenador para que hiciera jugar en el primer equipo a los muchachos que le indicaban los mafiosos. Cuantos más partidos disputasen y su nombre fuera más conocido, había más posibilidades de vender a los futbolistas a equipos extranjeros e ingresar una jugosa comisión por los traspasos. Según el testimonio de algunos mafiosos arrepentidos, uno de estos jugadores es Alberto Cossentino, joven defensa palermitano que constituye actualmente una de las mayores promesas del calcio.

No sólo eso. La Cosa Nostra quería invertir millones de euros en el Palermo con el proyecto de multiplicarlos con los próximos desarrollos urbanísticos que va a realizar el club. Las ganancias vendrían sobre todo de la construcción del nuevo estadio, que tendrá un complejo comercial anexo con un hipermercado y un gran número de tiendas. Lo Piccolo estaba en su ‘derecho’: el estadio del Palermo está en su territorio.

No sólo el fútbol negocio atrae a la mafia. La pura pasión, el sentido más terrenal y auténtico del fútbol, también está empapado de mafia. A los mafiosos, como a casi todos los italianos, les gusta el fútbol. Y, en alguna ocasión, les pierde.

No es coincidencia que la camorra matase hace unos meses a seis africanos en un ajuste de cuentas mientras el Nápoles jugaba contra el Benfica. Nadie por las calles, ni un testigo.

Más llamativa es la historia de Giuseppe Sculli y Gaetano D’Agostino. Sculli jugaba en el Verona en la temporada 2005-06. Un delantero de clase y toque que solía ir con la sub 21 de Italia. La curva veronesa lo adoraba, por su calidad y goles y, seguramente, porque desconocían que Giuseppe era nieto de Morabito di Africa, uno de los capos más importantes de la N’drangheta, la mafia calabresa. La curva veronesa (fascista) nunca hubiera animado a un ‘terrono’ (término despectivo para referirse a los italianos del sur) y encima nieto de mafioso.
El caso es que la policía llevaba tiempo detrás de Morabito, pero no conseguía dar con él. Hasta que se les ocurrió infiltrase en la tribuna en un partido del Verona en el que estaba jugando Sculli. Ahí lo encontraron: el abuelo mafioso viendo jugar a su nieto favorito. La pasión por el fútbol de Morabito propició su detención. Tras el arresto, la Juventus fichó al nieto goleador, pero ya con el estigma de nieto de mafioso. Por ello el chico entró en depresión y no rindió en el equipo turinés. Ante esto, el entonces presidente juventino, Luciano Moggi (sí, el mismo de las apuestas), decidió traspasarlo al club siciliano del Messina, que acababa de ascender a la serie A. Sculli, aún deprimido, llegó a la ciudad de Messina y los aficionados sicilianos, que también entienden un rato de mafia, lo arroparon permitiéndole superar su depresión y volver a rendir a su mejor nivel.

Lo curioso es que Sculli coincidió a su llegada a Messina con Gaetano D’Agostino. Si la historia de Sculli es truculenta, qué decir de la de Agostino. El chico, siciliano, era nada más y nada menos que hijo de un ‘pentito’ de la Cosa Nostra (mafioso arrepentido que cambia información por rebaja de pena). Es decir, el chico, como su padre y toda la familia directa, estaban condenados a muerte. Por ello, en la Roma, donde jugaba, tenía que entrenarse a solas y con escolta. La situación era insostenible por lo que se le decidió enviar a Sicilia como terapia. Allí llegó a la vez que Sculli y también fue acogido con calor por la hinchada. La policía comprobó cómo la Cosa Nostra se abstuvo de ajustar cuentas con Agostino por ser un protegido de las curvas del Messina.

Ambos completaron una temporada increíble. Titulares, lograron dejar al Messina en media tabla goleando en partidos como ante la Sampdoria a domicilio. Mediocentro y delantero. Hijo de arrepentido y nieto de capo mafioso. Estado contra mafia en el terreno de juego, colaborando. Y, una vez más, el fútbol como método único que logra imposibles.

Pero con la mafia no hay cuentos, y menos de final feliz. La temporada pasada, el Génova (rival eterno de la Sampdoria, goleada por Sculli la anterior temporada) fichó al nieto del mafioso. A los pocos meses, Sculli fue detenido por participar en una campaña de amenazas contra los habitantes de Bruzzano Zefirio, un pueblecito calabrés, encaminada a conseguir la reelección de la alcaldesa Rosa Marrapodi, peón de la N’drangheta. Agostino se fue al Udinese, donde sí juega, pero vuelve a entrenar con escolta (lo que no hacía en Sicilia). El destino separó al nieto de mafioso que resultó mafioso y al hijo de arrepentido.

Mafia sobre el césped, mafia en las gradas, mafia en las directivas y negocios del fútbol. Mafia en el calcio. ¿Por qué se iba a librar?

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