18 nov. 2008

Todo un detalle

El otro día entré en una papelería del barrio madrileño de Lavapiés, muy cerca de mi casa. Necesitaba unas cartulinas negras. Nunca sabes cuándo pueden ser necesarias unas cartulinas negras, mejor tenerlas. Así que fui a la papelería, a comprarlas. Atendía la papelería una señora de unos cincuenta y muchos, tal vez sesenta años. Arreglada, bien puesta, con cara de poca paciencia, algo avinagrada. Como de mal humor. Tal vez un mal día. Delante de mí, en el mostrador, pagándole unos bolígrafos, un hombre de unos 40 años de origen pakistaní, o bengalí. Alguno de los dos, porque la calle de la librería está ocupada casi totalmente por negocios de estas dos nacionalidades. Un tipo calvo, con los dientes fuera como un conejo, rasgos indios y tez marrón muy oscura. Su castellano dejaba mucho que desear.

Entré en la papelería a por mis cartulinas negras y, tras saludar sin respuesta, me puse a esperar mi turno. Nadie respondió mi saludo porque ambos, señora y cliente, española y pakistaní (o bengalí), estaban enfrascados en una conversación dificultosa. No por el tema, sino por el atropellado castellano de mi predecesor en la cola. Decía algo así como “un euro, un euro yo”, mientras señalaba el ticket que la señora le acababa de dar por su compra. “¿Un euro qué?”, le respondió la señora con bastante sequedad. Definitivamente era un día de mal humor para ella. El tipo volvió a insistir con la infranqueable barrera del idioma amordazándole: “Falta euro”, y señalaba el ticket. Seguramente, dentro de su cabeza, la idea estaba clara y era fácil de expresar. Pero a la hora de tener que sacarla y compartirla con la señora, el pobre hombre era como un futbolista que visualiza la jugada y tiene que ejecutarla con las piernas atadas. “Falta euro”, insistía. La señora comenzó a cansarse. “¿Qué dices?”, le dijo ya con tono desagradable. “Ay mira, no te entiendo”. El mal humor se convirtió en desdén y su vista regresó a la caja, ya que aún le quedaban algunas vueltas que darle. El tipo no se rendía. Yo seguía los acontecimientos muy de cerca. “Yo pago, euro”, insistía desesperado. “¿Pero qué dices?”. La voz de la señora subió el nivel. “¿Te he cobrado mal?”, y coge el ticket. “No, no, no”, se apresura a corregir el hombre. “Yo pago”, y le da un par de euros. “¿Faltan?”, dice la señora rozando el desprecio, como molesta porque él le cuestione haber hecho mal la cuenta. “No, no… faltan otro día”. La señora parece comprender. “¿El otro día viniste y faltaban estos dos euros?”, le pregunta. “Sí, sí. En el ticket”. La señora comprende del todo y, como por arte de magia, su expresión cambia. Hacía unos días que aquel tipo había comprado algo y, cuando llegó a su casa, revisó el ticket: la señora le había cobrado dos euros de menos. Él se lo intentaba explicar y saldar esta ‘deuda’. De hecho, finalmente lo hizo y, ya ayudado por la señora que recordó aquella compra, le pagó aquellos dos euros pendientes de hacía unos días.
Cuando la señora comprendió lo que aquel pakistaní (o bengalí) trataba de decirle, cambió su tono y su cara, y pasó de ver a un pakistaní (o bengalí), a ver una persona. Es un cambio bastante brusco, suele impactar. Y es que ver primero a la persona y después al inmigrante no es fácil, ojo. Hay que esforzarse, pero con un poco de buena voluntad, se puede lograr. Todo es ponerse. Insisto, no es fácil y encima nos dificultan la visión. La prueba está en que las pateras vienen llenas de inmigrantes, no de personas, hasta el punto de que si leyésemos que llega una patera con 50 personas a bordo, nos preguntaríamos qué hacían en una patera 50 personas, qué pretendían y de dónde salían. Si lees que en una patera llegan 50 inmigrantes, lo entiendes todo. De momento, inmigrante y persona son dos cosas diferentes. Al menos, van en ese orden. Pero se puede llegar a corregir, insisto.

El tipo cogió su compra, saldó su cuenta y recuperó la sonrisa que perdió durante algunos segundos, agobiado por no lograr hacerse entender. Sus dos dientes de conejo volvieron a asomar de su oscura boca, satisfecho por solucionar aquel error. Había llegado a tener en su casa unos bolígrafos habiendo pagado por ellos menos de lo justo. Pero ahora ya estaba en paz con la señora. Y con él mismo. Y se va de la papelería.

Mi turno: “Hola. Da gusto encontrar a gente así ¿eh?”, le digo. La señora: “Sí, sí… la verdad es que es un detalle. Con gente así da gusto”. Y todo son atenciones y buenos modales hacia mí. Y la señora sonríe, y parece como si hubiera recuperado la fe en el ser humano, contenta y servicial por el detalle de aquel tipo. Resulta que entró un inmigrante en su tienda y se fue una persona. Y todo por dos euros.

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