11 mar. 2009

Sobresaltos

Es el problema de no prestar atención. Al menos de no prestar la suficiente. Lo que debería ser una mañana de apacible viaje a Italia se convierte en un sobresalto continuado.

Mi vuelo sale a la una menos diez del mediodía de la terminal 4 de Barajas. Rumbo a Florencia. Unos días en la Toscana me vendrán bien. Mi despertador suena y me pego una ducha. Salgo de casa con el tiempo algo justo, pero todo controlado. Mi objetivo es estar a las once y media en el aeropuerto. Cuando ya estoy en el metro comprendo que voy, efectivamente, algo justo. Mierda. Aún quedan algunas paradas y ya son las once y media. Si el avión sale a la una menos diez embarcaremos sobre las doce y cuarto. Y la terminal 4 es grande como un mamut lanudo. Coño, definitivamente se me ha echado el tiempo encima.

Pero la historia no ha hecho más que empezar, claro. Es uno de esos días. Uno de esos días en los que no tenía que haberme levantado. A falta de tres paradas, el metro se detiene. Sus hierros, ruedas y frenos oxidados, gimen como un gigantesco animal herido y después se hace el silencio. Nos quedamos encallados en la estación. El viejo tren no se mueve. Comienzan los resoplidos. Mi corazón se acelera. Miro sin para el reloj. Embarco en algo más de 20 minutos. Por la megafonía del tren dicen que hay una avería y que la circulación será más lenta de lo normal. Me planteo salir y coger un taxi, pero esta parada corresponde a una zona de oficinas, y hoy es sábado, no habrá ni uno. Así que aguanto. Los minutos pasan implacables. Cada uno de ellos golpea mi pecho y me añade un pequeño chute de ansiedad. Maldita sea, ¿por qué el metro de Madrid funciona como el culo? ¿Por qué no me levanté antes si ya sé que funciona como el culo? Cinco minutos más. La cuenta atrás me consume. Joder, voy a perder el avión.
El tren arranca. Mientras lo hace decido que en cuanto lleguemos a la siguiente parada, que es la terminal 1, me bajo y cojo un autobús gratuito que conecta con la terminal 4. En metro, a diez minutos por parada, no me da tiempo a llegar. El tren vuelve a detenerse y bajo a toda velocidad, con la respiración acelerada. Mientras subo las escaleras mecánicas siento, con estupor, cómo el metro arranca a mis espaldas. ¡No ha esperado nada! ¡Ya funciona! ¡Y yo me he bajado como un imbécil! ¡Y ahora tengo que coger un autobús! Mientras avanzo a trote borriquero comprendo que tampoco me da tiempo a coger el autobús. ¡Necesito un taxi! La presión me aplasta. “No me da tiempo, no me da tiempo…” En diez minutos tendría que estar embarcando y, por supuesto, y aunque me lo planteé, no saqué la tarjeta de embarque por internet por pura desidia, así que tengo todavía que pasar por el mostrador. ¿Por qué soy así? Por qué…

¡Taxi! A la terminal 4. Volando. El autobús GRATIS que va a la terminal 4 pasa por delante de nosotros mientras el taxista me guarda el petate en el maletero. “Ese autobús llega casi antes y es gratis”, me dice el taxista. Ya, pero se está yendo… El mundo me odia. Le pido con la mayor delicadeza que puedo que acelere. Que no llego… Y es en ese momento, cuando pasan de las doce y cuarto, cuando estoy al límite, es ahí, asfixiado en ese maldito taxi, cuando comprendo que el avión no me sale a la una menos diez, sino a las dos menos diez.

Una sensación de incredulidad por mi estupidez infinita mezclada con un enorme alivio me aplastan contra el asiento del taxi. Contemplo elpaisaje por la ventanilla sin llegar a comprenderme. Sin llegar a comprender mi despiste perenne, mi falta de atención constante. Me fustigo, me riño mientras el taxímetro se burla de mí. Pago 13 eurazos por el ‘viaje’ mientras el autobús GRATIS llega a la vez, y el metro ya debe estar dando la vuelta. Y después me dispongo a esperar porque me sobra una hora. Por no prestar atención.

Los sobresaltos no terminan ahí. Ya estoy en la puerta para embarcar. Espero leyendo Cola, de Irvine Welsh. Y de reojo observo los pocos que estamos esperando. Joder, no me habré equivocado de puerta ¿no? Esta vez no, simplemente, vamos cuatro amigos en el avión. Uno de ellos es negro como el betún. Lleva una mochila al hombro y se me acerca. Me pregunta, en un castellano cogido con pinzas, si tiene que esperar aquí para ir a Florencia. Le digo que sí, que se siente aquí y que me siga cuando yo le diga. Está muy perdido y diría que algo nervioso, pero eso es sólo una suposición. Nos llaman y me levanto con una sonrisa que significa: “venga amigo, vámonos a Florencia”. Sus blancos dientes relucen sobre su negrísima piel cuando me devuelve la sonrisa.

Subimos al avión. Efectivamente, debemos ser unas diez o quince personas. Apenas hemos despegado, me sumo en un profundo sueño del que salgo cuando casi hemos alcanzado la pista de aterrizaje. Mientras cojo mi petate para descender, mi amigo, que es senegalés, me da un toque amistoso cuando pasa por mi lado. Cuando salimos del avión noto que me está esperando. Caminamos hacia la salida mientras le pregunto si habla italiano, y me dice que no. Y castellano casi tampoco. Charlamos como podemos hasta que una fila de policías italianos, acompañados con perros, comienzan a pedir documentos a los que descendemos del avión. Mientras busco mi DNI, veo que mi amigo está teniendo serios problemas de comunicación, así que me acerco a él y al policía que tiene su pasaporte en la mano. El carabinero me dice que le pregunte que de dónde viene. Ya le contesto yo: “De España”. ¿Tiene permiso de residencia? “¿Tienes?”, le pregunto a mi amigo. Éste responde incoherencias. Ni sí ni no. No entiendo nada de lo que dice, así que tomo mis propias decisiones. “Sí que tiene”, le digo plenamente convencido al policía. “¿Pero italiano o español?”. “Español, español”, le digo al agente. “Que me lo enseñe”. Le digo a mi amigo que saque el documento, pero de nuevo me responde cosas imposibles de entender para mí. Está muy nervioso, ya no es una suposición. Así que de nuevo improviso. “No lo tiene aquí, se lo dejó en España porque pensaba que con el pasaporte era suficiente”. Ala, toma esa. El policía me mira. No sé si es sensación mía o de verdad parece que le va a dar la risa. Mira el pasaporte, le mira a él. Otro policía se acerca con aire chulesco y un pastor alemán. “No es él”, dicen mirando la foto del documento. Menudo imbécil, pienso yo mirándole. Me asomo al pasaporte. Vaya, no es él ni en mil años. Se lo llevan. Mi amigo suda. Su sonrisa se ha borrado y me mira. “Suerte”, alcanzo a decirle. Y el policía me da las gracias y no me deja que le enseñe el DNI, me permite pasar sin más problemas.

Desconozco la suerte que habrá corrido mi amigo. Ahora mismo puede que esté en un centro de retención para inmigrantes. Esos a los que va a parar la gente durante meses no por ser mejores o peores personas, no por ser delincuentes o no… sino por no tener la documentación y el dinero suficientes para evitar terminar ahí.

Ahí estará mi amigo, con su pasaporte falso y su esperanza rota. Preparado para regresar como un fracasado a Senegal, como regresaban los gallegos de Venezuela y eran rechazados por sus vecinos como el que lo intentó y no lo consiguió. Ahí estará mi amigo, como la representación del medio mundo que no puede más y decide pasarse al otro medio. Y aquí nosotros, haciendo una pared de arena como los niños en la playa para impedir que la marea suba. Pero la marea sube igual si lo necesita hacer. Por muchas paredes de arena que levantemos. Quieren venir. Necesitan venir. Y seguimos sin entender eso. Levantando frágiles paredes de arena.

Suerte amigo. Estés donde estés.

3 comentarios:

  1. Vaya q alivio pense q era la unica desastre, ya veo q hay mas gente como yo jej. Muy bonito lo de ayudar a la gente seguro q nadie lo habria hecho; AH me ha hecho mucha gracia lo de "vaya, no es el ni en mil años" jej muy bueno. Cuidate wapeton xau.

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  2. Mola la foto nueva. Qué grande intentando ayudar al prójimo. Abrazos desde Albión. Joder que morriña.

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  3. El de la primera parte, soy yo al 200%. En la segunda, el senegalés habría conseguido pasar y yo aún seguiría explicándoles a los policías que mi mp3 no es una bomba.

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