9 jul. 2009

'El puzzle'

La mesa es blanca, muy amplia. Sobre su superficie rectangular se extiende un gran puzzle y a su lado unas pocas piezas que faltan por encajar. Apenas son veinte. El puzzle está a punto de ser culminado por Sebastián, que está inclinado sobre la silla, como si quisiera contemplar el rompecabezas a vista de pájaro. Sus cejas son blancas, muy gruesas y algunos pelillos se le disparan dándole aspecto de despistado. La blancura de su pelo casi brilla y su cara es frágil y arrugada. Su pequeña mano agarra una de las piezas intentando no temblar demasiado. Los pequeños y hundidos ojos de Sebastián buscan el hueco correcto. Su mirada, escondida entre arrugas, inspecciona y recorre la mesa en busca del sitio donde encajar la pieza. Cuando lo detecta, esboza una sonrisa llena de sosiego y acerca con pausa la pieza, que encaja. Después, la arrugada mano de Sebastián coge otra pieza y sus ojos, a medida que el puzzle avanza, parecen hacerse un poco más grandes. Parecen brillar un poco más.

Ocurrió hace cinco años. Era su vida entera y murió. Sebastián sintió una enorme confusión en su interior. Cuando ella se fue, Sebastián comprendió precisa y exactamente que nunca volvería a verla. Nunca. Comprendió que ya en ninguna otra ocasión sentiría su olor ni su piel. Y la idea fue tan dolorosa, que ni siquiera le puso triste. Simplemente le hundió en un agujero negro en el que Sebastián no veía nada.

Sólo cuando se sentaba frente a su enorme mesa blanca y comenzaba un nuevo puzzle, la vida de Sebastián cobraba algún sentido. Mientras hacía el puzzle podía sentir cómo, a medida que encajaban las piezas, salía del negro agujero. Sus sentimientos también encajaban y sus ojos se abrían en busca del último hueco. Y cuando su pequeña y temblorosa mano encajaba la pieza definitiva, Sebastián se reclinaba sobre su silla, cerraba los ojos sonriendo y se reencontraba con la paz, con la tranquilidad. Se reencontraba con su olor, que podía apreciar con nitidez. Veía de nuevo su tez cálida, y se dejaba golpear por sus ojos llenos de vida. Ella entraba en su interior, le hacía comprender el porqué de todo, y después se esfumaba sin dejar rastro. Entonces Sebastián volvía a caer en el profundo agujero negro del que no tenía fuerza para salir. Y volcaba las piezas de otro puzzle sobre su enorme y blanca mesa.

A este puzzle le queda un hueco. El corazón de Sebastián golpea con fuerza. En pocos minutos todo encajará y ellos estarán, durante unos segundos, de nuevo unidos. Pero Sebastián no encuentra la última pieza. Sólo queda un hueco, pero no hay pieza. Dónde está la pieza. Los pequeños ojos de Sebastián se llenan de lágrimas inmediatamente ante la idea de que la pieza no aparezca. Su frágil cuerpo se incorpora con dificultades de la silla. Registra nervioso y tembloroso la mesa. La pieza no está. Sólo queda una, pero nada encaja y ella se aleja. Su olor se aleja. El pequeño cuerpo de Sebastián se agacha bajo la mesa, muy despacio, con enorme dificultad, pero en el suelo tampoco hay nada. Sebastián vuelve a sentarse y sus lágrimas comienzan a caer contra el puzzle incompleto. De pronto, borrosa por las lágrimas, Sebastián ve la ansiada pieza en una esquina de la mesa. Se seca los ojos con sus manos nerviosas y la coge. Despacio, disfrutando del momento, la encaja y completa la obra. Se reclina sobre la silla y vuelve a sentir su olor. De nuevo, todo encaja.

Mis relatos de ficción en: Con Ánimo de Nada

8 comentarios:

  1. qué gusto cuando las cosas van bien. cuando todo encaja.

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  2. Trabajo con personas mayores, la mayoría de ellas con problemas mentales. Es muy duro ver como cada día se van perdiendo piezas de los puzles que han formado su vida. Pero a veces, como bien retratas, sus ojos se iluminan, las piezas encajan y vuenven a ser ellos mismos.
    La mayoría de las veces son unos "ellos mismos" 40 años más jóvenes, cuando eran fuertes, cuando tenían a sus seres queridos al lado, la vida vuelve a sus ojos.. y son felices.
    Por presenciar ese momento, por participar en él, merece la pena mi trabajo.
    Gracias por expresarlo tan bien.

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  3. Que bueno sería poder encajar , al final del camino,las últimas piezas de nuestro puzzle.

    Y poder contar a nuestro lado, con la ayuda de personas, que nos comprendan y apoyen al elegir esas últimas piezzas, aún a sabiendas que no son las mismas que buscan para el suyo.

    Personas que son capaces de escribir con tanta sensibilidad como tu son las que me gustaría encontrarme en mi camino.

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  4. Me he emocionado con tu relato, porque me he acordado de mi abuela Antonia, que tenía demencia; pero a pesar de esta pérdida progresiva de memoria siempre fue cariñosa con nosotros.

    Sigue así, escribiendo tan bien...

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  5. En este relato donde parece primordial la demencia senil yo tropiezo con el autentico y duradero amor. Aquel que traspasa la barrera de la razón y se recupera en el corazón.

    Supiste en esta historia navegar por el mundo de"la sinrazón" con tanta delicadeza y con tanto sentimiento que no puedo dejar de felicitarte.

    Yo al igual que la contertulia anterior tambien trabajo con personas mayores que presentan algun tipo de discapacidad psiquica.

    Gracias por este gran relato.

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  6. No me esperaba yo un nudo en la garganta para cerrar este domingo, la verdad. Emocionante.

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  7. Dices que soy un crack al piano, yo no lo creo; pero tu eres un crack al teclado. un abrazo amigo.

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  8. Donde no llega la memoria, llega el corazón.

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