27 sept. 2009

De paseo por Chipre. Parte II.

Sí, hay contraste al atravesar la Línea Verde. Nada más poner un pie en la República Turca del Norte de Chipre tras dejar atrás la República de Chipre, te das cuenta de que estás en otro país. O al menos en otra cultura. Lo cual, como defienden la mayoría de grecochipriotas, no significa nada ya que ambas culturas convivieron muchos años bajo un mismo Estado, y aspiran a volver a hacerlo. Sea como sea estamos en otro sitio. Hemos atravesado la frontera chipriota que divide norte y sur por uno de los dos pasos que existen en Nicosia, la capital. Nos acaban de sellar el visado para acceder a la República Turca de Chipre y ya estamos en ella, aunque apenas hemos caminado unos pasos desde la República de Chipre, que aún podemos ver al otro lado del puesto de control.
El cambio más evidente en este nuevo lugar resulta el trueque de banderas. Las griegas han dejado paso a las turcas y las chipriotas a las de la República Turca del Norte de Chipre, que es igual que la turca pero con los colores invertidos. También varía el número. Si en el sur había muchas, aquí hay muchísimas. Y siempre por parejas. En cada rincón, plaza, edificio importante, gasolinera… siempre acabas por toparte con la pareja de banderas: la turca y la turcochipriota. Siempre en pareja. Nada más atravesar la Línea Verde se puede comprobar cómo quedan enfrentadas a las griegas y chipriotas que quedan al otro lado. En algunas partes, como el paso del Hotel Palace (un enorme hotel situado en la frontera reconvertido en cuartel general de los cascos azules) las banderas se desafían a apenas una decena de metros.

Las banderas chipriota y griega contemplan al otro lado de la Línea Verde a la turca y a la turcochipriota.

Los elementos patrióticos en la República Turca del Norte de Chipre no terminan en las banderas. Por todas partes hay murales y dibujos recordando que aquello es una República soberana (aunque recordemos que no reconocida por ningún estado del mundo excepto por Turquía) y llamando al patriotismo. También hay decenas de estatuas de Atatürk, fundador y primer presidente de Turquía.

Parada de autobús en Yenierenkoy, en la península de Karpas.


El contraste con el sur se descubre también por el resto de sentidos. Los olores ganan en intensidad y las especias orientales invaden el ambiente. Los coches tiene 15 años más y el tráfico es mucho más caótico y maleducado. La piel de la gente es más morena pero la sonrisa sigue presente en todos ellos. La musaka deja paso al kebab y las iglesias ortodoxas a las mezquitas. Todo está lleno de mezquitas ya que la absoluta mayoría de la población del norte chipriota, de origen turco, es musulmana. En seguida el oído se acostumbra a lo que es la banda sonora de la República Turca de Chipre: la llamada al rezo.

Grabación que realicé en Famagusta delante de la mezquita en plena llamada al rezo.

Las llamadas al rezo son constantes. Tienen lugar cada cuatro horas y la profunda voz que emana del minarete sobrecoge invadiendo el aire de inquietud. Es casi hipnótico, trascendente. Un canto místico que no deja de fascinar. Pocas cosas me resultan más relajantes que el pasear por las callejuelas vacías que rodean una mezquita y que la poderosa y misteriosa voz del rezo te sobrecoja y te paralice.

Lo que no ha cambiado del sur al norte es el carácter amable de la gente. Parece que eso es impronta chipriota, ni griega ni turca. La atención es constante y el esfuerzo de la gente por ayudar, encomiable. Además, los turcos también se manejan en inglés. Dos ejemplos de cómo la atención y el cuidado hacia el otro es impecable, los encontramos en Dipkarpaz y en Famagusta. El primero es el pueblo donde enseguida nos dirigiríamos desde Nicosia, donde acabamos de atravesar la Línea Verde. Allí, una noche en busca de un cajero automático, detuvimos el coche junto al único bar que parecía abierto. En sus mesas, ni una mujer. Sólo hombres de aspecto desconfiado jugando a las cartas, con caras de poco interés por los extranjeros. Nada más lejos. Al acercarme para preguntar si había un cajero, uno de ellos se desvivió en inglés por explicarme que no había ninguno, pero que su compañero tenía una oficina de cambio de dinero. Ya estaba cerrada, pero el propietario, con las cartas en la mano, resopló cansado y se ofreció a abrirme sólo para que yo cambiara. Le dije que no era necesario y entonces me explicaron dónde estaba el cajero en el siguiente pueblo. Y después se despidieron todos amablemente. Sin más. Ni trampa ni cartón. Pura amabilidad. En Famagusta el turno fue para un chico que regentaba una tienda de fotografía. Fui para vaciar mi tarjeta de la cámara y pasarla a un DVD y cuando terminó me dijo que no me lo iba a cobrar, que no era necesario. Y me regaló el DVD y su estuche. La servicialidad en Chipre, perdonad que insista, es constante. Tal vez es que por estos lares se nos está olvidando.

La cara B del norte la encontramos en el funcionamiento de las cosas. Hay dos principales problemas: las infraestructuras y la legislación. En cuanto a lo primero, la República Turca del Norte de Chipre es un país que depende única y exclusivamente de Turquía. Todo lo que importa o exporta, todo lo que entra o sale de este país es a través de Estambul. Esto es una limitación que si bien no hace al país pobre (al menos a simple vista) sí lo hace contrastar con la República de Chipre, adherida a la UE y mucho más desarrollada. Es por ello que las cosas no funcionan tan bien. Lo primero que buscamos al atravesar la frontera en Nicosia es un punto de información turística. Lo hay. De hecho está en el mismo puesto de control, pero no hay nadie cerca y la policía no tiene ni idea de dónde está el responsable ni cuándo volverá. Lo gracioso es que se ha ido a la parte grecochipriota, “a hacer unas compras”. En general, tanto grecochipriotas como turcochipriotas pueden pasar del norte al sur sin problemas, al menos en los dos pasos de Nicosia. Muchos turcochipriotas trabajan en la parte sur y muchos grecochipriotas van al norte a salir de fiesta, cenar o comprar. La circulación está muy normalizada. No así en los otros dos pasos que existen en el resto de la frontera en todo el país, donde la tensión es mayor. De hecho, fuera de Nicosia, son pocos los chipriotas que conocen la otra parte, la que no es la suya.

Decidimos acudir, tras media hora de espera, al otro punto de información turística que hay en la parte norte de Nicosia. El panorama es el opuesto. Está abierto y dentro, en apenas cinco metros cuadrados, unas seis mujeres de generoso aspecto charlan y hojean revistas. Todas me miran a la vez y yo no sé a quién preguntar. Lo hago al aire y entre todas me explican dónde alquilar un coche. Después voy a la oficina de alquiler y, como no, está cerrada. Por suerte hay un teléfono y tras un par de llamadas un sospechoso tipo trajeado nos alquila un coche por cuatro duros y sin fianza. Es el otro problema de esta parte. La República Turca del Norte de Chipre no está sometida al Derecho de la UE y por lo tanto, si tienes algún problema legal, te encuentras en un vacío, ya que es un país sin reconocer. Por ello conviene no infringir la ley ni pagar con tarjetas de crédito. Al fin y al cabo, no tendrías a quién reclamar.

Con el coche pagado en efectivo, dejamos Nicosia para dirigirnos a la península de Karpas, que forma como la cola de la isla, en el extremo noreste. Es la región menos desarrollada de todo el norte, un auténtico paraíso convertido en parque natural donde apenas hay edificaciones. De hecho, al extremo de la península, no llega la corriente eléctrica. Nuestro destino es Agios Afilon, una aldeita sobre la playa pegada a un pueblo llamado Dipkarpaz. En esta aldea se encuentra el Oasis At Afilon, un pequeño apartotel de seis apartamentos sobre una playa de agua cristalina. Por un precio más que moderado, los apartamentos se encuentran en mitad de la nada y pegados a playas difíciles de explicar por su hermosura y transparencia. El silencio es constante en toda la zona y la relajación invade cada metro de este paraíso desconocido y respetado.

Los seis apartamentos de Agios Afilon junto al restaurante. En plena península de Karpas. Después, nada.

El camino hasta Agios Afilon es sencillo, ya que es casi todo autopista. Lo complicado resulta adivinar que aquella carretera es la autopista. Una infinita recta de asfalto atraviesa el desierto. Las señales prohíben superar los 65 kilómetros por hora y las casas discurren por los arcenes. Carreteras secundarias desembocan en la principal de manera perpendicular, sin incorporaciones y hasta un señor mayor atraviesa a la carrera la vía, tras salir de su casa en el arcén. Pero sí, es la autopista.

Cuando dejas atrás la ‘autopista’ comienzas a descubrir Karpas. Estepas desérticas, ovejas refugiadas del sol bajo un árbol, playas de ensueño, costa infinita…

Golden Beach, una de las playas de la península de Karpas.

Por fin llegamos a Dipkarpaz, antesala de nuestro apartotel. Dipkarpaz es el único pueblo del norte donde aún conviven turcos y griegos. De hecho, en el centro del pueblo se miran frente a frente una mezquita y una iglesia ortodoxa y resulta gracioso ver dos tiendas de alimentación, una llena de banderas griegas y otra llena de turcas, a apenas una decena de metros. La convivencia aquí ha sobrevivido. No se puede decir lo mismo del resto de lugares. Cuando en 1974 entró el ejército turco en el norte del país, miles de griegos huyeron. El caso más llamativo lo encontramos en Famagusta, la siguiente ciudad que visitaremos después de abandonar el paraíso de Karpas. En Famagusta (Gazimagusa en turco) existía un barrio llamado Maras donde habitaba la comunidad griega. Era una zona próspera y muy turística. Pero el día que el ejército turco entró en Chipre, los vecinos de Maras huyeron con, literalmente, lo puesto. Sin tiempo para nada, dejaron sus casas y sus vidas y se refugiaron en el sur. El barrio quedó tal cual, con las mesas de algunas casas puestas para comer, las cafeterías en funcionamiento, los concesionarios con los coches de 1974… y así, intacto, permanece el barrio hoy en día. El problema es que está prohibido acceder a él y una enorme y vigilada alambrada lo rodea. Sin embargo, y aun desde fuera, se pueden ver las casas con las ramas de los árboles que han crecido en su interior saliendo por las ventanas.

Barrio abandonado de Maras. En 1974 sus vecinos, griegos, huyeron de aquí tras la la entrada del ejército turco en el país. Sus casas permanecen hoy intactas sólo envejecidas por el tiempo y la vegetación que las invade.

Sobre aquel conflicto es difícil hablar. Masallah es el dueño del apartotel donde estamos. Es turco, llegó a Chipre con 16 años, después de la guerra, pero no suelta prenda al respecto. Prefiere desafiarme, cada noche, al backgammon, el juego que ocupa cada rincón de Chipre, o a las damas. Y vapulearme, claro. Sin duda, el recuerdo de jugar al backgammon envuelto en el silencio de la noche, con el leve sonido de las olas de fondo y la cálida brisa de la noche, es imborrable.

Masallah nos despide con un desayuno a base de hallumih, un delicioso queso chipriota, al horno y tomate. Una maravilla para reunir fuerzas de cara a la visita a Salamina. En esta histórica ciudad descubrí las ruinas romanas más impresionantes que haya visto y el calor más aplastante que haya sufrido.

Teatro romano de Salamina.

La última parada es en Famagusta, donde además de una catedral gótica reconvertida en mezquita, descubro la tienda oficial del equipo turco del Galatasaray. Como el fútbol nunca deja de interesarme, descubro que la mayoría de turcochipriotas con seguidores del Galatasaray y del Fenerbache, y apenas los hay del Besitkas. Del mismo modo, los chipriotas del sur que simpatizan con el Apoel son seguidores del Panatinaikos griego y los aficionados del Omonia, el otro equipo de Nicosia, son hinchas del Olympyakos. Cosas del fútbol.

El regreso al sur para alcanzar el aeropuerto de Larnaka nos deja una despedida al más puro estilo chipriota: en Nicosia, me acerco a un señor de barba que está tirando la basura en un contenedor. Le pregunto dónde es la estación de autobuses (porque necesitamos ir al aeropuerto de Larnaka). Él me pregunta por qué la busco, le explico y me lleva a su ferretería. Allí me explica que existe un servicio llamado Travel Express que, con una furgoneta-taxi y por 18 euros, nos llevan donde queramos y cuando queramos. Él mismo llama y lo contrata. Nos soluciona todo el asunto. Sólo por preguntarle por la estación de autobús. Por cosas así, creo que nunca olvidaré Chipre.

1 comentario:

  1. Hola

    Voy a ir a Chipre en diciembre y me gustaría saber si se puede alquilar un coche en el aeropuerto de Larnaca y cruzar al norte con él.

    Muchas gracias.

    ResponderEliminar