25 oct. 2010

Mis vacaciones en República Dominicana.

Mi llegada a Santo Domingo fue de noche. Error. Mi buen amigo Jacobo me estaba esperando en el aeropuerto, nos abrazamos, cogimos el coche y entonces comprendí todo.

Antes ya me habían hecho alguna idea aproximada de cómo eran los dominicanos, sin ni siquiera haber salido de España. Buscaba yo mi asiento que tan insistentemente pedí que fuera ventanilla, cuando encontré un jovenzuelo dominicano ocupando mi butaca. “Hola amigo, creo que ése es mi asiento”. El tipo, de unos 16 ó 17 años mal llevados, me mira. “No, es el mío”. “18C, tengo yo”, le respondo. Él me enseña su tarjeta de embarque. 18D. Efectivamente, está en mi sitio. “¿Ves? 18C, es el mío”, y subo la mochila esperando que se quite. Pero no, no se quita, y cuando bajo la mirada tras dejar mi mochila compruebo que sigue ahí, en mi 18C. “Amigo-insisto- estás en mi sitio”. De nuevo el muchacho guarda silencio y, tras ello, se rasca la cabeza al más puro estilo película muda en el que el gesto ha de transmitir lo que el personaje piensa. “Es que me mareo si voy en el pasillo”, me dice con un profundo acento dominicano. “Te mareas. Ya…”. En ese momento pude decirle muchas cosas, pero no le dije nada. En realidad, ¿qué podía decirle? ¿Jódete? Tenía que estar las próximas 11 horas con él. Así que me senté. Y ahí comenzaron mis discrepancias sobre el estilo dominicano.   

En realidad, algo de la forma de ser dominicana conocía ya. Hace tiempo trabajé como camarero en un VIPS y en otro restaurante de esos de cadena americana y compartí labor con alguno. Me sorprendió su capacidad para trabajar lo mínimo sin que se notara pero, sobre todo, su dote para no inmutarse por nada, por más que se lo digas a la cara, parece que todo asunto espinoso no va con ellos. Pasar olímpicamente es una expresión que debieron crear los dominicanos. Es generalizar, claro, pero permítanme la folclórica y cariñosa licencia en este relato de mis vacaciones en la República Dominicana.

Como decía, llegué de noche. Nada de resorts, Punta Cana o similares. Alquiler de coche y a recorrer lo que nos diera tiempo de isla. El primer problema es que nos llevó un rato a mí y a mi amigo y compañero de andanzas, Jacobo, encontrar el coche. Bueno, ninguno de los dos somos lo que se puede decir muy atentos para este tipo de cosas. Cuando por fin lo encontramos, yo hundido por el aplastante calor húmedo que se empeñaba en derretirme contra el suelo, nos encaminamos al centro de la ciudad. Tras años viajando he comprobado que la conducción es un excelente barómetro social de un país. En el caso dominicano el barómetro podría explotar. Lo resumiré en un mar de luces largas deslumbrándonos en una carretera sin pintar, con cinco, seis o siete carriles por lo que nos adelantaban motos que no veías hasta que las tenías a medio metro y camiones sin luces. Aferrado al asiento me pregunté si nadie ponía las cortas para no deslumbrar. Al rato comprendí que era el menor de los problemas. Sin luces o con luces aquello eran los Autos Locos. 

Santo Domingo, la capital, es una ciudad muy grande, muy caótica y bastante peligrosa, especialmente, y como suele ocurrir, si tu piel luce europeamente blanca. Por ello, en una isla tan maravillosa como esta, no merece la pena (en mi opinión) desperdiciar demasiado tiempo en la capital. Así que nos lanzamos a la carretera nada más despuntar el día. ¡Ahí te quedas Santo Domingo, nos vamos a la península de Samaná!, reímos sin saber aún que Santo Domingo ríe el último. La península de Samaná es una zona en el norte de la isla repleta de playas paradisíacas, selva y pueblecitos pesqueros típicamente caribeños. Si alguien quiere ir, que lo haga ya. A esta península le quedan pocos años para convertirse en Punta Cana II. Así nos los explicaba Aníbal en Playa Rincón. Aníbal es un bilbaíno que lleva 25 años en la República Dominicana. De vez en cuando, entre su acento dominicano, se le escapa un inconfundible latigazo vizcaíno. Nunca nos llegó a concretar a qué se dedicaba. Sólo nos dijo que casi todo el terreno de esa zona estaba ya comprado y que su precio se había triplicado. Él mismo, sonrió, tenía terreno comprado ya. “Todo esto que veis aquí detrás de la playa ya está comprado; por Barceló”, dijo. Y después mandó a un hijo suyo al Jeep a por la nevera, de la que salió todo tipo de bebida imaginable, incluido champán, que nos ofreció mientras degustaba un puro. Además de estar todo proyectado por las cadenas hoteleras, las carreteras de Samaná están todas en obras y se acaba de inaugurar un aeropuerto internacional. Las intenciones son claras. Cuando esto ocurra será beneficioso para la economía de la zona (supongo) pero adiós paraíso. 

Ahora mismo Samaná es una concatenación de pequeños pueblos sin asfaltar, donde los habitantes viven con tranquilidad y buen pescado. Entre los pueblecitos discurren playas de película, auténticos paraísos de arena blanca sobre la que se inclinan las palmeras y agua turquesa en los que apenas hay nadie. Sólo el silencio interrumpido por los cocos que caen a la arena. Es el paraíso, pero para ti solo. El pequeño pueblo de Las Galeras, en el extremo norte de la península (al que tardamos seis horas en llegar desde que nos despedimos riendo de Santo Domingo) sería nuestro cuartel general. Nuestro hogar iba a ser el bungalow de Roland. Roland, gran personaje. El tipo es belga, lleva veintitantos años en Las Galeras pero no habla español. Tiene 50 y pico años, barriga y rastas cortas. Jacobo y yo imaginábamos el día que decidió abandonar Bruselas y trasladarse a este pueblo dominicano perdido: Vio que su ordenador, de su multinacional en el centro de Bruselas dedicada a la comprobación de datos bancarios, se había vuelto a colgar. Así que se levantó, empujó al jefe de sección (más joven que él) que había dicho, ‘eh Roland, ¿a dónde vas?’ y se dirigió al aeropuerto sin nada y en silencio, mientras se quitaba esa estúpida corbata que le regalaron en el último y también estúpido Amigo Invisible de empresa. Se apoyó en el mostrador de salidas y le dijo a la azafata: “Déme un billete para el próximo vuelo”. “Es a Santo Domingo, señor”, le respondió la amable señorita. “Perfecto”, respondió Roland. Ahora tiene dos hijas (esto ya es verdad, no imaginado) y dos bungalows en medio de la selva que rodea Las Galeras. En uno de ellos nos instalamos Jacobo y yo. 

El lugar es de ensueño. Estábamos en medio de la espesura vegetal dominicana y a 200 metros de una playa de postal. Entre tantas buenas noticias había una mala: los insectos. Estaban amaestrados para matar. Un solo segundo sin repelente para mosquitos al atardecer puedes pagarlo muy caro en Las Galeras. Por lo demás, y dado que nuestro bungalow estaba sellado con mosquiteras, la cama también y teníamos en la habitación un lagarto para comerse al mosquito que lograse entrar, me gustaba despertarme, salir a la selva y ver cómo un lagarto naranja corría sobre mis pies, varios pavos reales comían delante de mí y una mariposa del tamaño de una avioneta se alejaba.

El primer día tras nuestra llegada fuimos a Playa Rincón donde, además del nombrado Aníbal, conocimos a unos catalanes y a Andrea, un italiano que tenía un quad sin luz con en el que paseábamos por el pueblo. En realidad, ya no había más gente en la kilométrica y fascinante playa, donde una señora nos hacía piñas coladas. El segundo día fuimos a Playa Frontón, donde nos contaron que se grababa el programa de televisión de los supervivientes de Colombia. Esta playa era más salvaje, aislada e impresionante. En esta sí que estábamos verdaderamente solos. Es un sitio que llega a sobrecoger por el enorme acantilado que preside la playa y sobre el que planean los buitres. A ambas playas llegamos en lancha. Era la mejor manera, por no decir la única si querías evitar un trayecto tortuoso de caminos. Decenas de lancheros nos esperaban cada mañana en la playa de Las Galeras para ofrecernos llevarnos hasta allí. Nos hicimos amigos de Prieto, agobiado, según nos contaba, porque ya era mayor y no tenía hijos todavía. Tenía 19 años. Manuel, otro lanchero, de 18 sí tenía. Y Conejo, otro más, creía que también. 

Por las noches solíamos cenar en el pueblo con Andrea y los catalanes (Dani, Laura, Cesc y Montse). Otras veces, Jacobo y yo nos íbamos al bar que estaba en la playa y allí tomábamos langosta (tan inferior en calidad a la gallega como en precio) pero langosta al fin y al cabo. Comíamos y bebíamos frente a la puesta de sol mientras, en la playa, los lancheros recogían los aparejos. Inexplicable la sensación de paz. En una de esas cenas volví a toparme con la fea costumbre dominicana del gorroneo. Tras mi experiencia en el avión fui viviendo detalles que constataban lo que Jacobo me había ido contando, pero en aquella cena lo viví claramente. Las camareras (para quien lo piense, nada de despampanantes dominicanas, sino señoras muy entradas en kilos) nos pedían si podían tomar una cerveza con nosotros. ¡Cómo no! Y a beber. Como locas. Y pagado todo por nosotros, claro. “Ya no tengo más dinero, pedid vosotras si queréis”, dije en un momento para frenar la sangría. Fue entonces cuando dijeron, “bueno, nos tenemos que ir”. Se levantaron y se fueron. Sin inmutarse. Es la ‘cara b’del país. La mayoría de la gente que me encontré seguía la máxima de ‘el que no corre vuela’, por la que intentan sacarte el máximo, exprimirte y, cuando ven que no sacan más de ti, desecharte. Resulta incómodo, porque llega un momento que sientes que, cada vez que hablas con uno de ellos, es porque quieren algo de ti y, en mayor o menor medida, acaban sacándotelo.

Esa cultura alcanza su máxima expresión en su ansia por salir del país. Nunca había comprendido lo triste que es la canción ‘Buscando visa para un sueño’ de Juan Luis Guerra, hasta que estuve allí. Están dispuestos a todo por lograr el visado y salir de ahí. Tienen absolutamente demonizado su propio país e idealizado el exterior, como salvación.  Por ello, muchas mujeres están dispuestas a todo con cualquier blanco para que las saque de allí y la mayoría de los chicos, también. Y si eso no puede ser, por lo menos sacarte todo lo que puedan. Para ser justos la vida en República Dominicana es dura. Para un turista es el paraíso, para un viajero un lugar muy bonito lleno de dificultades y para un dominicano un infierno. Todo va lento, nada funciona bien, a nadie parece importarle demasiado lo que ocurre y nadie parece estar dispuesto a sacrificar un ápice por nada ni nadie. En realidad, se dibuja un panorama (ojalá me equivoque) en el que resulta difícil imaginar cómo ese país puede avanzar.      

El último día en Samaná fuimos a la cascada de El Limón, una impresionante caída de agua de 50 metros en la que, por primera vez, pude bañarme por detrás de una catarata y ver el manto de agua desde el otro lado, con su ensordecedor ruido. Una maravillosa experiencia.

La última noche, de regreso al bungalow, Jacobo y yo fuimos atacados brutalmente por un murciélago del tamaño de un perro volador. Tal vez no fuimos atacados, sólo pasó por encima de nosotros, pero la imagen de un murciélago de medio metro de envergadura, emitiendo sonidos como los dinosaurios voladores de los dibujos, nos hizo entrar en pánico, agarrarnos como señoras mayores cuando ven cerca de un grupo de jóvenes correr o gritar y salir a toda velocidad, corriendo torpemente en chanclas y gritando entre risas hasta llegar al bungalow. Por las noches, ya en la cama, oíamos una colección de sonidos animales que provenían de fuera que era para grabar. O mejor no…

Gracias a la invitación de Laura a su casa de Puerto Príncipe (Haití) nuestra estancia en Samaná se acortó, y emprendimos el regreso a Santo Domingo que, ávido de venganza, nos recibió con una inexplicable tromba de agua que, en pleno día, hizo la noche y convirtió las carreteras en ríos. En plena alucinación por la cantidad de lluvia, pude ver a los dominicanos tranquilos, sin inmutarse, esperando con calma y sin camisetas a que amainara e incluso a un lavando su coche bajo el manto de agua. Como le escuché decir a uno de ellos con el que compartí una charla: “Si mañana se acaba el mundo, todos tranquilos. Los dominicanos lo arreglamos pasado”.

5 comentarios:

  1. Me ha encantado leerte y has hecho que me enamore de esas playas aún sin conocerlas. Una pena los planes que tienen para ellas...

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  2. Qué bien narrado Nach, siempre con tu gracejo gallego, muy bien. Tuvo que estar genial esa aventura y qué pena lo que hacen con esas playas, mala suerte que sean carne del turismo de todo incluido... Me sigue estremeciendo la historia del murciélago-perro-dinosaurio, una experiencia traumática sin duda... pobres!

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