11 jun. 2011

Aventuras del sábado noche

Cuando a las tres de la mañana de un sábado –mientras la humanidad está donde corresponde: en un bar- tú estás en tu habitación escribiendo un reportaje que te han encargado, te planteas muchas cosas. Lo que nunca imaginas es que en pocos minutos vaya a haber un bombero junto a ti tirando cuerda al patio interior desde tu ventana.

Por suerte hay días así.

Tecleaba absorto cuando unos ruidos/golpes en lo que me parece el piso de arriba me hacen levantar la vista. A continuación, lamentos. “Ay, ay, ay”. Creo que alguien se ha caído, pero son tantos los ruidos nocturnos en mi edificio, que no le presto demasiada atención. Gritos. A los dos minutos del ruido, alguien está gritando algo, como pidiendo ayuda. Me pongo en pie. Miro hacia el techo. “Puedo estar ante una aventura”, pienso. No quiero precipitarme. Vuelvo a sentarme. Llegados a este punto he de hacer una aclaración: este sábado, horas antes, al mediodía, ya había vivido otra aventura. Tuvo lugar cuando el pizzero llamó a mi puerta. En mi edificio, además de innumerables gritos nocturnos, tienen la insoportable costumbre de cerrar con llave el portal, por lo que si no está el portero hay que bajar a abrir. Esto incluye pizzeros.


Mi maniobra fue lamentable: llaman abajo: “¡Pizza!”. “Tengo que bajar a abrirte”, le digo. “No, no. Ya me abren”, me responde. Ah bien, un vecino. El pizzero sube, llama a mi puerta. Atención a esto: giro la llave que está puesta en mi puerta para abrirle, cojo la pizza, le pago y tengo que bajar con él a abrirle el portal. En ese momento cometo el error fatal. Agarro otro juego de llaves y me voy con él, cerrando a mi espalda la puerta… ¡con la llave de antes metida! No me di cuenta, y bajé felizmente con el pizzero diciéndole que mis vecinos son idiotas por cerrar el portal. Ahí iba yo, en chanclas y pantalón de deporte, pobre infeliz, pensando en subir de nuevo a devorar mi pizza. Cuando llego de nuevo a casa, el horror. No puedo abrir. Y al tercer intento, comprendo: he dejado la otra llave metida.

En ese momento no puedo creerlo. No puedo asumirlo. Estoy al otro lado de la puerta de mi propia casa. La frase ‘tan cerca y a la vez tan lejos’ me golpea. Estoy en chanclas, pantalón de deporte sin calzoncillo por debajo, una camiseta de 256 años de la Curva Marathona del Torino con dos agujeros y mi peinado hacia arriba. Doy asco. No tengo móvil, no tengo una mísera moneda y aunque la tuviera no me sé un solo teléfono de memoria. Mi compañero de piso no está. Se apaga la luz de la escalera.

Soy un pobre hombre.

Bajo al portal. No sé muy bien a qué. Llamo al piso del portero. No está. Esto ya es claramente una aventura. Sale un vecino calvo con una especie de roncha asquerosa en el labio. Le explico la situación y le pido ayuda. ¡Me dice que se tiene que ir! ¡A dónde hjijoputa! Me voy a casa de un amigo que vive cerca, camino por la calle en chanclas, pantalón de deporte sin calzoncillos debajo. Camiseta con agujeros. Pelo hacia arriba. No hace tanto calor para ir así. No hay nadie en casa de mi amigo. Vuelvo. Me planteo llorar. Por alguna razón en lo que más pienso es en que se me están enfriando las pizzas. Llamo a la puerta del vecino. Noto como me observa por la mirilla. Le digo que soy el vecino. Pasa de mí. Los peores vecinos del universo. Llamo a otra puerta. Al fin abre. Matrimonio joven, les explico. El tipo y yo intentamos abrir la puerta con un clip. Pobres ilusos. Hay que llamar al cerrajero. 35 minutos de espera en mi portal. Por fin viene.

“¿Eres el cerrajero?”. “Sí”.

Sigo expectante la operación mediante la que intenta abrir mi puerta con dos palitos. Él de cuclillas, yo observándole de pie, a su lado. Me fascina. Qué capacidad, qué fenómeno. Le miro con mis pelos hacia arriba y quiero preguntarle de todo, quiero irme con él el resto del día y contemplar cómo abre puertas. ¡Quiero expresar mi admiración! “¿Tú puedes abrir cualquier cosa eh?”, digo por fin.  Vaya mierda que le he dicho. “Yo siempre digo que estoy del otro lado”, responde. Ah bueno, un poco de juego, se gusta un poco, admite con disimulo mi admiración. Me vengo un poco arriba. Me obsesiono con quedar bien con él. Tengo miles de preguntas, necesito seleccionar mentalmente una mientras él recoge las herramientas, ajeno a mi tensión. Él no puede sospechar que NECESITO hacerle preguntas “¿Hay alguna puerta imposible de abrir?”. Otra mierda de pregunta. “Lo que se compra es tiempo”, me dice. ¡Joder! ¡Es absolutamente interesante! “Cuanto mejor es la puerta, más tiempo necesita alguien para abrirla”. Fascinante. El tipo logra abrir.

Me hace la factura. Es tanto dinero que tengo que ir al cajero y ya bajo sin cambiarme ni peinarme. Para qué, ya le cogí el gusto a caminar así por la calle.

Le pago. Le odio.

Bien, hecha la aclaración, puedo continuar con la que fue la segunda y más intensa aventura de este sábado. Han pasado unos minutos después del golpe y los lamentos. Y los gritos siguen. Cada medio minuto, más o menos, se escucha una desgarrada voz que gime algo así como “¡madre!”, o “¡abre!”, o “¡Alber!”. A saber. Desesperadamente. Como pidiendo ayuda. “Mierda, no sé el qué, pero hay que hacer algo”.

Voy a la habitación de mi compañero de piso, Ramiro. Él también escucha los gritos. “¿Qué hacemos?”. “Siempre escucho gritos -me dice Ramiro- seguro que no es nada”. Pero los gemidos insisten, nos impiden ignorar el asunto, que es lo que, en fondo, cualquiera querría. Es imposible. “Alguien está pidiendo ayuda”, le digo. “Sí, eso parece”.

Comando de compañeros de piso a las tres de la mañana y, nuevamente, en chanclas, pantalón de deportes y todo lo demás. Salimos despacio de casa. “Pero a dónde vamos…”, me pregunto en silencio. Mi escalera es un largo y estrecho pasillo. Un muy largo y muy estrecho pasillo. A esta hora, además, oscuro. El escenario perfecto para investigar unos desgarradores gritos. Avanzamos sigilosos en medio del silencio absoluto y de pronto, otro grito. Pero éste mucho más claro y cercano. “¡Madreeee!”, implora alguien. Me entra un escalofrío. Subimos al piso de arriba, pero una vez allí comprobamos que nos estamos alejando del grito. “Seguro que es en otro edificio y se oye a través del patio”, comenta Ramiro. De nuevo nos intentamos ‘autoconvencer’. No es fácil intentar localizar de madrugada, en un edificio inmenso y oscuro, de dónde vienen unos desgarradores gritos. Que sí, que estamos cagados.

Probamos a bajar al piso inferior. Entonces sí. Nos asomamos al pasillo, caminamos un poco en medio de la tensa calma esperando el próximo grito y, al instante, la desesperada voz rompe el silencio en nuestras caras. “¡Madreeeeee!”. El grito nos hiela, por dentro y por fuera. Nos quedamos paralizados, en medio del siniestro pasillo. “Es ahí, en esa puerta”.

“Vamos a llamar, a ver qué pasa”, propongo con la esperanza de que Ramiro me diga que no es buena idea. “No es buena idea". Otra vez el grito, que nos atraviesa. Está ahí enfrente. Al otro lado de esa puerta. Es en ese momento cuando la imaginación se dispara y deja a la lógica atrás, muy atrás, clavada en la línea de salida. “¡Madreeee!”. Siguen los gritos. Mi imaginación ya ha tomado las riendas. Mil imágenes, cada cual más terrible, asaltan mi mente.

“Vale, vamos a llamar al 112”.

Subimos como flechas a casa y llamamos. Le digo al tipo del otro lado del teléfono que hay unos gritos en el piso de abajo pidiendo ayuda. “Ahora enviamos a alguien”. ¡Qué emocionante joder! ¡Es claramente una aventura! Salimos de nuevo disparados al portal, para ver quién llega. Por primera vez compruebo que los sillones de mi portal sí tienen utilidad. Desde uno de ellos esperamos la llegada de lo que yo suponía serían un par de policías municipales despistados. Pero no. Ojos abiertos de par en par, veo cómo llegan a mi portal un camión de bomberos, tres coches de la policía nacional, una ambulancia y un coche de la policía municipal. “Más vale que sea algo de verdad”, pienso.

Embriagados de emoción, Ramiro y yo subimos con los bomberos por las escaleras. Detrás, policías y sanitarios. Llegamos a la puerta y la golpean. “¡Oiga!”. En ese momento los gritos del interior se multiplican. Por primera vez percibo con claridad que se trata de una señora mayor. La presencia de los bomberos derrumba toda la secuencia de peliculeras imágenes que se habían conformado en mi mente y lo reducen todo a una anciana que necesita ayuda. La mujer comienza a gritar incoherencias, sin parar, suplicando ayuda. “Tranquila señora, ¿qué le ocurre?”, le dice un bombero. Pero no responde, sólo grita sin parar. El bombero se gira y me mira. “¿Quién vive ahí?”, me pregunta. “Ni idea”. Los bomberos comienzan a pensar. Se me ocurre decirles que abajo vive el portero y uno de ellos va para allá. El resto se quedan discurriendo y preparando aparejos, mientras los policías, al lado, charlan como si estuvieran en un bar. Uno de ellos nota mi acento y me dice, “¿tú eres gallego no?”. ¡En medio de la aventura a este señor le interesa si soy gallego! “Qué putada lo del Dépor”, me dice. “Ya. Eso sí”.

Llega el portero. Cara hinchada por el sueño. Gesto de preocupación y andares veloces pero entorpecidos por tratarse de los primeros pasos que da después de salir de la cama. Se pega a la puerta. “¡Señora Ángela!”, grita. Al tipo lo acaban de arrancar de las profundidades de su sueño, no creo que sepa bien ni dónde está. Aun así explica que en esa casa vive una anciana con su hija, también mayor. “¿Pero están bien de la cabeza?”, pregunta el policía al que le interesó si soy gallego. Todo delicadeza. “Llevaban un tiempo que sí”, dice el portero. Enorme respuesta. Los del Samur esperan sentados en las escaleras, hablando. Una creo que está durmiendo. Los policías municipales se mantienen en segundo plano, también hablando de otras cosas. Yo en medio de todos, pantalón corto, chanclas, etcétera. Los nacionales ya han hecho un corro y hablan ahora de una iglesia de no sé dónde. No hacen ni el más mínimo caso a la situación. “¡Señora Ángela!”, dice otra vez el portero. Cada vez que dice ‘señora Ángela’ yo retrocedo 50 años en el tiempo. Al final se va con los bomberos al patio interior. Le pregunto a una chica del Samur si han llamado más vecinos, dada la cantidad de gente que ha venido. Levanta la cabeza que tenía apoyada en una mano y me mira extrañada, como si yo fuera un extraterrestre que la acaba de despertar. “No”. Reparo en ese momento que ni un solo vecino ha salido de su casa. Allí está la señora gritando, los bomberos respondiendo y aporreando la puerta, los policías charlando como si estuvieran en un bar, los ‘walkie-talkies’ sonando, pisadas, movimiento… y nadie ha asomado la cabeza. El follón es tal que para hablar hay que gritar, pero aun así ni un vecino se preocupa. 

Los bomberos han decidido que lo que harán es subir desde el patio interior hasta la ventana de la señora. Uno de ellos tiene que subir a nuestra casa, ¡nuestra casa!, para tirar cuerda desde ahí. Concretamente, ¡lo hace desde mi habitación! La figura de un bombero inclinado en la ventana entre mi mesilla y mi cubo de la ropa sucia me fascina. Ramiro se nombra ayudante del bombero y es el encargado de sujetarle el caso. Afortunado. Yo sigo la operación desde la otra ventana. En la escalera se sigue oyendo las risas de los policías. En el patio interior, propieda de otra vecina que lleva un perro en brazos, dos bomberos colocan la escalera ante la mirada del portero. Uno de los bomberos comienza a ascender por la escalera y alcanza la ventana. Comienza a desmontarla y, en ese momento, alguien aparece desde el interior de la casa. “¿Quién es usted?”, le pregunta una voz de señora. Es la hija. “Los bomberos señora, que está su madre gritando”, dice el bombero notablemente enfadado. “Ah, sí”, responde la tipa con una frialdad tremenda, “es mi madre, que se cayó. Pero, ¿quién les ha llamado?”. Acojonante. Mira tú lo que le preocupa. “Los vecinos señora”, grita el portero como diciendo, ¿qué coño importa eso? “Ya, ¿pero quién?”, insiste. Yo alucino, pero mi alucine no es nada comparado con el que siento cuando interviene la vecina del primero, la del perro en brazos, gritando desde el patio: “¡Yo no, eh!”. Se justifica. Dios la libre de haber llamado a los bomberos después de escuchar a una señora gritar desgarrada que necesita ayuda. Eso nunca.

Por fin la señora olvida su búsqueda del culpable, que por cierto soy yo, y abre la puerta. Entran todos: bomberos, policías, sanitarios… Todo para dentro y los que no caben asoman la cabeza. La señora está en el suelo, la levantan y parece que está bien. Un policía riñe un poco a la hija. “¿No oía los gritos?”. “Es que no tenía el sonotone”, dice. Intento creer esta versión, aunque me mosquea que no escuchase unos gritos tan espectaculares dentro de la casa y sí oyese el ruido del bombero al desmontar la ventana. El policía sin tacto sale y con un dedo en la sien dice, “a esa señora le faltan tres carretes”.

Es la conclusión de toda la operación.

Los bomberos recogen. Los municipales se largan. Es hora de retirarse. Son la cuatro de la mañana, la aventura concluye.  Vuelvo a casa y me meto en la cama. Pienso, “joder, esto tengo que escribirlo”. Después cambio de opinión. “Mejor no. Seguro que lo exagero todo”.  Y me duermo.

27 comentarios:

  1. joder! buenisimo. exagerado o no, es una noche en la que tu cara pasa de decepción, vergüenza, ilusión, admiración, odio, miedo, sorpresa, culpabilidad...
    jeje muy bueno.
    salud meu!
    -ramon-

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  2. Muchas gracias Ramón! Eres un fenómeno!

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  3. Me has hecho un poco mas corto el viaje.
    Saludos y gracias,
    Pedro

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  4. Me alegro de que haya servido de algo el relato Pedro! Saludos!!

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  5. Hostia Nacho, me acabas de alegrar la noche, jajaja. Es buenísimo, visualizo toda la escena. ¿Al final jalaste la pizza?
    Moitos bicos

    Santi

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  6. Pues sí, al final me comí la pizza, pero recalentada, que nunca llega a ser lo mismo.

    Bicoss!!

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  7. Muy bueno! y luego la gente se empeña en salir de copas para divertirse un sábado por la noche, que absurdo! Cris.

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  8. No es necesario divertirse para beber! O era al revés?

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  9. Pues más o menos así empieza la peli de REC no?

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  10. No vi REC! No es un plagio, me ocurrió de verdad! Lo juro por los bomberos!! :)

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  11. no sé si esta historia fue cierta, inventada o exagerada pero lo cierto es que me encanta, sobre todo la forma de describir tu ropa y lo de las preguntas al cerrajero, porque incluso en algunas cosas me siento identificada jajaja y además me imaginaba toda la escena... me hizo reir un montón!
    y oye, tienes suerte que mi vida no es así de interesante jaja

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  12. Qué bueno!! No sabes el rato que me has hecho pasar!!! Me sigo riendo sola! Es que te imagino! Marta

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  13. No sé si es real, exagerado o inventado que os reisteis mucho, pero me alegro!!

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  14. yo te puedo asegurar que el buen rato que me hiciste pasar fue totalmente real! jaja

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  15. ¿ Y que hacias asi vestido aunque estuvieses en casa? Tu madre

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  16. Jajajaja. Mamá no pensaba salir! Si no, no se me ocurriría!

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  17. genial.en otro orden de cosas quiero revancha

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  18. mi pareja se va a casar

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  19. Cierto no hay que salir para que pasen cosas "paranormales". Muy bueno el relato, a mi me paso algo similar, un dia te lo cuento.
    Lola

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  20. Muchas gracias Lola. Y en vez de contármelo un día, podías animarte a escribirlo y me haces un poco de competencia, que tiene más gracia!

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  21. No a pesar de ser gaditana no tengo ni miaja de gracia, tu si la tienes saleroso
    Lola

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  22. Hacía siglos que no me metía en tu blog....
    Pero este post es GRANDE. BRAVO.
    Unha aperta.
    Javosky.

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  23. Muchas gracias Javi! Se agradece aún más cuando se trata de lectores críticos y exigentes. Aperta!

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  24. Joder, estaba yo en mi habitación y los gritos y los bomberos y los policías y todo eso estaban campando por aquí como si fueran fantasmas. Qué grande. Me siento completamente identificado. Con lo del pizzero y con lo otro. “Puedo estar ante una aventura”. Esa necesidad continua de ser testigo de algo. Qué grande. Ya ves el retraso que llevo leyendo tus posts, pero lo hago. A mi ritmo.

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  25. nacho eres un crack me acabo de echar unas wenas risas
    soy fideo!!
    1 abrazooooo

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