15 jun. 2011

La revolución no molesta

Mientras la veían por televisión, los políticos jugaban a ser comprensivos, a ser empáticos con la indignación del 15-M. Jugaron a entenderla y hasta a darle la razón, adquiriendo rápidamente el papel de dirigente que, en parte asumía su culpa, en parte ejercía una actitud casi paternal con su pueblo. “Déjales que se expresen unos días, que sientan que están haciendo algo grande”. Era la revolución que no molestaba, y de la que, incluso, se podían sacar réditos políticos.

La realidad es que nunca la entendieron. Los primeros días todos –todos, PSOE, PP, UPyD, IU…- quisieron alinearse con la protesta, pero en seguida se dieron de bruces y estuvieron un tiempo perdidos, sin saber cómo posicionarse, haciendo el ridículo en la mayoría de los casos. Después, más o menos, se dieron cuenta de que iba contra ellos, de que se trataba de un grito de hartazgo contra su ineptitud, sin colores, representantes ni partidismos; una estructura horizontal e igualitaria que todavía hoy no han comprendido, educados y formados en sectas-partidos como están. Y entonces lo dejaron correr. Adoptaron la postura de dejar que se desinflara, contando con su principal instrumento, la prensa, que fue reduciendo la atención hacia el movimiento.

El problema es que la revuelta, ni mucho menos, se ha extinguido. Por el sencillo hecho de que las cosas siguen igual, nada ha cambiado. Y no sólo eso, sino que ha saltado de la televisión a la calle, concretamente a las calles que pasan por delante de Parlamentos y casas de políticos. No seré yo, por supuesto y vaya por delante, quien justifique la violencia. Pero sí seré yo quien comprenda que la indignación, el hartazgo, la impotencia o la sensación de injusticia, no es inocua. Quien la padece, quien sufre esas sensaciones, reclama justicia y desagravio, reclama cosas. Y quien reclama cosas, se convierte en un ser molesto para el poder. De pronto las protestas ya no son románticas imágenes mayosesentayocheras por televisión. De pronto es real, está cerca, ahí enfrente, detrás del cordón policial. Entonces ya no hay comprensión, ya no hay autocrítica. De pronto la ciudadanía que lleva padeciendo a esta clase política y sus vergonzosas actuaciones ya no son indignados, ya no son ciudadanos hartos, sino que se han convertido en borrokas, violentos y antisistema. De pronto, la revolución, molesta. Y la maquinaria se pone en marcha.    

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