23 sept. 2011

Notas sobre Vietnam (Parte I)

Hanoi.

17 de agosto de 2011. Tras una breve escala de 11 horas en el aeropuerto de Moscú, donde la cordialidad y calidez de los rusos es tal cual nos la esperábamos, aterrizamos en Hanoi, capital de Vietnam. En el aeropuerto tomamos una suerte de furgoneta-autobús, que amagaba con despegar en cada bache, y nos trasladamos al barrio antiguo, donde vamos a establecer nuestro cuartel general.

Hanoi tiene 3,5 millones de habitantes y fue la capital de Vietnam del Norte antes de su reunificación. Está en continuo y desordenado crecimiento. La ciudad, básicamente, es un caos sofocante en el que la humedad te hace comprender una cosa: mientras estés allí, jamás vas a dejar de sudar. La humedad en Hanoi es como una gruesa y espesa manta que te cubre pesadamente y con la que tienes que cargar. Y mientras lo haces, caminas entre un bullicio inexplicable de motos, vendedores, pitidos y carreras, esquivando todo tipo de obstáculos, como motos aparcadas, mesas, puestos ambulantes o montañas de basura. En definitiva, no es el sitio idóneo para relajarse. Hanoi es muy agobiante.

No todo es así, claro. Tiene algunos rincones en los que logras deslizarte fuera del bullicio y alcanzar cierta calma espiritual. Uno de ellos es el Templo de la Literatura, remanso de paz dedicado a escribas y humanistas indochinos. O el mausoleo a Ho Chi Min. O el lago Hoam Kiem, en el centro de la ciudad, con un islote que contiene un templo rodeado del reflejo de los árboles sobre el agua verde.

El conjunto es fascinante. El caos por lo diferente y asombroso del lugar (tal cual has imaginado una ciudad asiática siempre) y los rincones porque sientes que son cosas así las que te han traído a este lugar, en el otro lado del mundo. Sudor, ruido, motores, olores, vendedores, colores. Caos. Estoy en Hanoi.



El tráfico.

El tráfico en Hanoi es tan espectacular que se ha convertido en un reclamo turístico por sí mismo. Hay cafeterías con vistas a rotondas o restaurantes con terrazas junto a cruces peligrosos.  Para empezar, cabe destacar que apenas hay coches, casi la totalidad de los que hay son taxis, que se completan con algún todoterreno, alguna camioneta y un autobús despistado. Lo demás, todo el espacio libre que rodea a estos vehículos, es ocupado, como el agua que se expande hasta ocupar la máxima superficie, por motos. Las motos. Un enjambre de ellas zumba por todos los rincones. En las calles estrechas se cuelan por cualquier rendija, esquivando a toda velocidad cualquier obstáculo –vivo o inerte-, y en las avenidas amplias avanzan como un bloque sin fisuras. Te rodean miles de motos, millones, que circulan por todas partes, en todas direcciones sin orden ni concierto. Prácticamente cada vietnamita posee una porque casi nadie puede adquirir un coche. Y las utilizan para todo: tan pronto te adelanta un tipo con tres cerdos vivos atados a la moto como una familia –padre, dos hijos pequeños y madre con bebé dormido en brazos- todos encima de una endeble motocicleta adelantando a toda velocidad. Nadie respeta nada, ni semáforos, ni direcciones, ni cruces… Es imposible vencerles, de modo que debes unirte a ellos: por las calles de Hanoi hay que caminar como si no existieran, paso firme y sin dudar; y comienzas a comprender que son ellas las que te esquivan. Hay que perder el miedo, especialmente para cruzar. Debes ponerte en el borde de la acera y dar un paso firme a la calzada. Avanzar, seguro de ti mismo, mientras ves como las motos se te echan encima y, como una manda de caballos, te van esquivando grácilmente hasta que llegas al otro lado sano y salvo. Si amagas o corres las confundes, y  estás perdido. Además, no te queda otro remedio que convivir con ellas: por Hanoi no se puede caminar por las aceras, están ocupadas por las motos aparcadas y los puestos ambulantes, así que tienes que avanzar por la carretera, codo con codo con las motos.

El atuendo de los motoristas es digno de analizar. Especialmente el de ellas. Como ocurre en más países asiáticos, muchas mujeres vietnamitas (sobre todo las de las ciudades grandes) asocian la belleza a una tez pálida. Por eso se protegen constantemente del sol. Así, las motoristas llevan capucha, grandes gafas de sol, la boca tapada y una especie de chubasquero cuyas mangas se extienden más allá de la muñeca para tapar el anverso de la mano, pero no el reverso, que debe quedar libre para agarrar el manillar: son cazadoras especialmente diseñadas para esconder las manos de las motoristas vietnamitas del sol. En las piernas llevan mallas y en los pies calcetines bajo las chanclas o sandalias. Ni un centímetro de piel al aire. Contemplar esto bajo mi imparable sudada era desasosegante.

Además, casi la totalidad de motoristas -ellos y ellas- y personas que trabajan en la calle, portan una mascarilla. La polución en Hanoi es muy elevada y el paisaje de mascarillas parece ser el de una fuga nuclear (me quedó exagerado, vale, pero es llamativo). Otro atuendo muy extendido es el casco que, curiosamente, llevan casi la totalidad de adultos pero no los niños: no los hay de su talla, con lo que los bebés y niños que llevan en las motos van con la cabeza al aire, mientras sus padres llevan casco. Dicho esto cabe debatir sobre la utilidad de estos cascos, cuya fragilidad ya sospechaba (son pequeños quitamultas de plástico) y me fue confirmada cierta tarde en una calle cualquiera del barrio antiguo: un chico conversaba con otro mientras se subía a su moto. Al irse a poner el caso se le escurrió entre las manos y se le cayó al suelo. Se hizo pedazos. De fondo, mientras el muchacho recogía los trozos, miles de motoristas zumbaban a toda velocidad esquivándose unos a otros. Con casco.

La ¿autopista? es otro escenario infinito. Ya no sólo por el asfaltado que te permite descubrir que eres capaz de dormir rebotando contra el techo de una furgoneta cada 30 segundos, sino por el modo de entender la conducción de los vietnamitas. De entre las barbaridades que he visto en otros lugares del mundo me quedo con la especialidad vietnamita del adelantamiento quíntuple, que contemplé en un par de ocasiones: un camión adelanta a otro, y éste es rebasado a su vez por un coche y éste a su vez por… así hasta cinco filas de adelantamiento. La autopista, además, y como en otros tantos países, tiene casas a los lados, con lo que de vez en cuando algún vecino atraviesa sus seis carriles de una carrera. Tiene también arcenes por los que avanzan carros y motos sin orden ni concierto, ni mucho menos respeto al sentido del tráfico. Todo un espectáculo. Por supuesto, los conductores en ningún momento dejan de hacer sonar el claxon. Es constante, sirve para todo, aunque preferentemente significa: “Eh, estoy aquí, no voy a frenar, apártate o morirás”.

¿Comunismo?

Vietnam, tras mi estancia allí y por tanto es una percepción opinable, no parece ser un país que padezca necesidad. Hay pobreza, sí, hay gente que lo pasa muy mal, sí, pero no es un país castigado por problemas de primera necesidad, como alimentación. Dicho esto, el país, una economía en desarrollo con un futuro prometedor, sufre carencias. Las hay en las infraestructuras, como las comunicaciones, muy lentas y enrevesadas, y las hay en higiene, algo con mucho margen de mejora. Pero sobre todo el país destaca por su falta de orden, orden en el sentido cívico de la palabra. Vietnam es un gran caos, una especie de jungla en la que no parece haber normas establecidas y donde cada uno compite por alcanzar sus metas. Estas metas son, en la mayoría de los casos, económicas. Los vietnamitas llevan grabado en el ADN su espíritu comerciante y en cualquier rincón se cierra una compraventa o se presencia un regateo. Una carrera de locos sin reglas aparentes, el sueño de un purista del liberalismo más esencial. Esto es algo que deja en pura teoría el gobierno que rige Vietnam: un sistema monopartidista comunista. Su aplicación real es nula en cuanto a la economía. Si bien los vietnamitas no pueden votar ni tienen libertad de prensa, el capitalismo más arrollador campa a sus anchas por el país. Los viejos líderes comunistas parecen haber claudicado y el país se ha volcado a hacer negocios.

El vacío de normas también se ve reflejado en la convivencia: el tráfico no se rige, hay fogatas en las calles, nadie usa las papeleras…Inconveniencias que dificultan la habitabilidad del país, especialmente al visitante.

Norte-Sur.

La palabra Vietnam, de primeras, nos traslada a la manida guerra de Vietnam. Apocalypsis Now, Platoon, El americano impasible… Es curioso descubrir que ésta es una herida cerrada casi por completo en Vietnam. Nadie habla de esta guerra, a nadie parece importarle y entre los jóvenes, directamente no existe. Ni saben nada sobre ella ni quieren saberlo. Los vietnamitas sólo miran hacia adelante. Sin ánimo de entrar a valorar esto, estoy seguro de que es una actitud con tantas ventajas como desventajas.

La conocida guerra de Vietnam en la que participa EEUU comienza con la guerra por la independencia del país para liberarse de la colonización francesa. EEUU apoya a Francia ya que el principal foco nacionalista vietnamita es el Vietcong, es decir, los comunistas de Vietnam del Norte, liderados por Ho Chi Min (con cuyo nombre fue rebautizada Saigon tras el conflicto). EEUU se va introduciendo más y más en la contienda para evitar el triunfo del comunismo y en 1964 toma las riendas apoyando a Vietnam del Sur, que oficialmente combate al Norte (el Vietcong) pero cuyos habitantes, sobre todo en las zonas rurales, no dudan en unirse al ejército del Norte ante su mejor propaganda y rechazando al extranjero. La guerra se extendería hasta 1975 con la victoria final del Vietcong y la reunificación del país bajo la bandera del comunismo.

El conflicto dejó unos 4 millones de muertos y secuelas en generaciones posteriores por culpa del Agente Naranja, un arma química cuyo rastro se ve aún en algunas zonas arboladas del país. Otra cicatriz es que apenas se ven ancianos en Vietnam, algo que llama mucho la atención, y las erigidas o conservadas en memoria del conflicto, como el museo de Hanoi o los túneles que aún se conservan en la zona desmilitarizada, antigua frontera entre el Norte y el Sur. Pero en el día a día no se percibe el rastro de la guerra. No se aprecia rencor, a pesar de que hubo vencedores (los comunistas del Norte) y vencidos (los aliados del Sur). Es mucho más fuerte el sentimiento de unión, el sentir nacionalista, que las heridas entre ellos. Este sentimiento deriva de una historia plagada de colonizaciones. La que más les preocupa no es, ni mucho menos, la francesa. Al fin y al cabo, y tal y como explican ellos, Francia y EEUU les ocuparon y combatieron durante apenas 50 años, para deshacerse finalmente de ellos. Sin embargo China les colonizó durante mil. El temor hacia el gigante chino sigue latente en Vietnam, más teniendo en cuenta que hay facciones del gobierno chino que consideran Vietnam, todavía hoy, como una provincia rebelde. Eso sí que les preocupa. De eso sí que hablan.

Por ello los únicos rencores entre Norte y Sur son las diferencias, más humorísticas que otra cosa, que puede vivir cualquier país. Existen cientos de estereotipos y chistes entre los del Norte y los del Sur. Aunque su prudencia y educación les limita a la hora de expresárselos a un extranjero, pudimos descubrir que los del Norte tienen fama de tacaños y serios para los del Sur, mientras éstos son más vividores e irresponsables a ojos de los norteños. Estereotipos moldeados por las diferencias reales: Vietnam del Norte es lluvioso, por el soleado Sur. La dieta es diferente y sufren más dificultades, ya que tiene dos cosechas anuales de arroz por tres del Sur. Hasta el idioma vietnamita es diferente y cada parte tiene su dialecto.  

Estereotipos.

Es recurrente hablar del carácter de una población. Decir que los franceses, los chinos o los argentinos son así o asá es decir mucho, en mi opinión. A saber cómo es cada uno. Pero para eso están las maravillosas generalizaciones. Tan socorridas ellas, me permitieron descubrir una gente, los vietnamitas, con una elegancia y una educación que ya quisiéramos para nosotros. En ocasiones, excesiva para nuestra cultura. Los vietnamitas son serviciales y educados hasta el último detalle, y poseen una elegancia difícil de explicar. Especialmente ellas, siempre bellas hasta en las condiciones más adversas. Y no se trata de una belleza puramente estética: es lo que transmiten.

Un ejemplo es la sonrisa. Siempre sonríen. Si les miras, te sonríen. Y no es una sonrisa con mensaje, es simplemente un gesto agradable que crea una buena atmósfera. Les sale solo. Y define su carácter, más teniendo en cuenta que hay países, como Polonia o Rusia, donde sonreír a un desconocido puede ser considerado una ofensa.

Otro es que parecen no comprender el sarcasmo. O no entran en él, al menos con los extranjeros. Evitan malos entendidos. Duong, un chico que nos guió por la Bahía de Halong, nos esperaba para desayunar a las siete y media de la mañana, pero nos dormimos. Cuando aparecimos, a las nueve, nos disculpamos. Él nos dijo, sonriendo, “yo llevo aquí desde las siete y media”, algo que nos hizo disculparnos más, porque en nuestra estructura mental esa frase significa que te están echando en cara que llegas tarde. No en la suya, como descubrimos después. Era puramente informativo. No había reproche en su frase y su sonrisa era sincera. Simplemente nos estaba contando lo que había hecho mientras dormíamos. Las pequeñas y maravillosas cosas que descubres en otras culturas. 

En pocos días, Notas sobre Vietnam (Parte II) y las fotos del viaje.

5 comentarios:

  1. Estupendo blog y enhorabuena por vuestra clasificación preliminar en los premios Bitácoras. Seguiremos de cerca vuestro blog, os deseamos mucha suerte. Un saludo.

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  2. Muchas gracias Gorka! El deseo es mutuo. Un abrazo!

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  3. Soy Lorena trabajo en Lamastelle,Aspronaga, me gustaria mucho que me consiguieras una dedicatoria de Bustamente, ¿puedes conseguirmela?. Gracias

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  4. Mucha suerte con los premios bitácoras, ¡espero que terminéis en una buena posición!. Nos leemos, un saludo.

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  5. Bueno, pues ya puedo decir que he estado en Vietnam.

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