25 nov. 2011

Mis verdaderas aventuras en Vietnam

Digamos que todo comenzó en el vuelo a Moscú, donde hacíamos escala para alcanzar Hanoi desde Madrid. El avión era extrañamente pequeño para un vuelo a Moscú. Moscú está muy lejos. Pese al tamaño, mi compañero en esta aventura, mi amigo Adrián, y yo decidimos subirnos. Ya habíamos comprado los billetes, no podíamos quedarnos en Madrid porque el avión nos pareciera demasiado pequeño. También era demasiado tarde cuando miramos las tarjetas de embarque: nos habían puesto separados. Por si fuera poco, a mí me tocó en última fila y a Adrián, en un asiento central flanqueado por dos robustos rusos. Así viajó, con uno en cada lado, con sus anchas espaldas, sus caras con coloretes y su absoluto desconocimiento de cualquier idioma que no fuera ruso. “Nos entendimos muy bien pese a todo”, me explicaría Adrián más tarde.

La escala en Moscú fue una breve pausa de once horas en la que no pudimos salir del aeropuerto porque no teníamos un visado que costaba 75 euros, así que pudimos saborear la calidez y educación rusas sin movernos de la terminal.


En el siguiente avión –el de Moscú a Hanoi-, íbamos, en buena lógica, rodeados de vietnamitas. Y los vietnamitas, por alguna razón, quieren bajarse lo antes posible. Por ello cuando aterrizamos, mejor dicho, cuando el avión posó sus ruedas en la pista a unos 350 kilómetros por hora, decenas de pasajeros vietnamitas se levantaron de sus asientos y comenzaron a bajar las maletas, mientras el avión rodaba desbocado por la pista. Me gustó todavía más a la vuelta cuando, unos segundos antes de tomar tierra y con el avión a unos pocos metros sobre la pista, un vietnamita decidió levantarse, con gesto inmutable, e ir al baño. Justo en ese momento. No había otro. 

Y termino con los aviones. Pero es que no puedo dejar de contar el vuelo interno que cogimos en mitad del viaje desde Nah Trang hasta Hanoi. Cuando entramos, la aeronave estaba llena de humo. Salía humo de las rejillas del aire acondicionado como si no existiera el mañana. ¡Era como una niebla espesa! ¡Y a nadie parecía importarle un carajo! Adrián y yo nos miramos algo extrañados, pero ¿qué hacer? Sólo confiar en el buen criterio vietnamita para la aeronáutica. Así que despegamos envueltos en humo. Al llegar le preguntamos a una azafata por el humo y nos dijo que no tenían ni idea, que al vernos a todos los pasajeros tan tranquilos pues decidieron despegar, porque no debía de ser nada grave. Bueno, en realidad esto último, lo de preguntarle a la azafata y suponer esta respuesta, nos lo imaginamos. Pero quién sabe si en realidad fue así o si el humo era simplemente del aire acondicionado. Eso será una cuestión que permanecerá sin resolver. 

Bien, basta de aviones. A partir de ahora nuestros desplazamientos se reducirían a rueda y raíles. Una vez golpeados por Hanoi, su tráfico, sus motos y su humedad aplatanante, nos escapamos a la bahía de Halong. ¡Oh, qué maravilla de la naturaleza! Paisaje único, entorno inigualable, experiencia sin parangón, expresábamos Adrián y yo a cada instante. No lo entendían así una pareja (¿o matrimonio?) de franceses, que ocupaban el otro camarote de los dos que tenía el barco en el que recorríamos la bahía. ¡Un alto llegados a este punto! Tengo que decir, antes de seguir, que Adrián y yo luchamos contra nuestra homosexualidad todo el viaje. Bueno, no es que lucháramos exactamente contra nuestra homosexualidad, sino que luchábamos para que la gente no creyese que éramos homosexuales. En realidad, ¿qué nos importaba que algún vietnamita pudiese pensar que éramos gays? Es verdad, ¿qué importa? Bueno, pues sí. Sí te acaba importando. Mucho. Te acabas obsesionando, incluso. Comenzamos con pequeños comentarios para dejar clara nuestra heterosexualidad y acabamos sospechando, en cada acción, que los que nos rodeaban lo pensaban, pensaban que éramos gays. Acabamos locos con este tema. El asunto comenzó con Dong, nuestro guía en la bahía Halong, que no se llamaba exactamente así pero su exquisita educación le impedía corregirnos. Dong nos mostró en el barco nuestro camarote y nos dijo que eran camas separadas, como pidiendo disculpas. Adrián y yo nos atropellamos en aclararle que mejor así. “No, mejor, así mejor”. Al día siguiente, en la cabaña en la que nos alojamos en la isla de Cat Ba, en plena bahía, nos indicó que era cama matrimonial. Y sonrió. Eso nos llenó de dudas sobre lo que creía, así que al día siguiente, cuando le pedí prestado su ordenador para mirar mi correo, le dije que iba a escribir a mi novia, recalcando la palabra novia y haciendo algún comentario más. Volvió a sonreír. Al fin le quedaba claro. Pero no. En nuestra última noche en la bahía, las camas volvían a ser separadas y nos pidió disculpas por ello. Nos dimos por vencidos. Y de paso comprendimos que los vietnamitas sonríen siempre. Y si eres extranjero, más. 

                         Cabaña donde Dong sospechó de nuestra homosexualidad

Decía que los franceses que nos acompañaban en el barco, ornamentados como clase alta-alta, estaba con el ánimo hundido en medio de aquel maravilloso paisaje.
                                                 
Bien, pues resulta que al novio de la pareja francesa le daba miedo el mar, por lo que se encontraba en estado de pánico en el barco. Esto nos lo contaba ella, con naturalidad, mientras él perdía su mirada por la ventana del barco, tal vez pensando muy fuerte: "no cuentes mis debilidades ante dos machos rivales, maldita sea". Añadió ella que le daba asco la suciedad de Hanoi y no podía concebir la existencia humana cuando le dijimos que a nosotros nos había gustado mucho la ciudad. Se quejó un rato más de todo y luego se fueron al camarote.

Antes de irnos de la bahía que atenazaba a nuestro amigo francés, Dong nos propuso hacer una excursión en Kayak. Fantástica idea. Adrián y yo iríamos en un kayak y Dong -que se cambió los pantalones por un bañador y ya: en el kayak iba en camisa, zapatos y bañador- iría en otro. “Vamos a ir a la Dark Cave”, profirió entusiasmado. La Dark Cave es una cueva en la que no entra la luz y que comunica dos pequeñas bahías. Sólo se puede atravesar en raras ocasiones, cuando el nivel del mar está muy bajo y no la inunda por completo. Ésta era una de esas ocasiones. Allá fuimos. Dong nos dejó una cosa que llamarle linterna sería ascenderla en la jerarquía de cosas. Entrar en la cueva me dio cierto agobio. Apenas un metro y medio separaba el mar sobre el que flotábamos del techo de roca. A los dos metros ya no se veía nada. Nada de nada. Oscuridad total, no veía ni a Adrián, que lo tenía exactamente delante en el kayak. La linterna se tornó en chiste y avanzábamos a ciegas, engullidos por la cueva. En un momento dado nos fuimos contra una roca y Adrián se golpeó la mano contra ella al protegerse la cabeza. Yo elevé el remo y lo apoyé contra la pared, dándome impulso para propulsar el kayak hacia atrás y alejarnos. La embarcación comenzó, por suerte, a moverse hacia atrás y empezamos a remar para seguir avanzando hacia adelante. Pero por alguna razón, envuelto en aquella oscuridad completa, yo sentía que seguíamos yendo hacia atrás, así que comencé a remar más fuerte, enseguida remaba como un condenado, como un locoa acelerado, pero no había forma, seguíamos avanzando de espaldas.“¡Algo nos está arrastrando!”. Sí, eso grité. Sólo escuché, como respuesta, la serena voz de Adrián: “No”. Y era verdad: no. Estábamos avanzando hacia adelante y bastante rápido por cierto, debido a mis paladas de pánico con el remo. Pero yo había creído, desorientado y asustado como una oveja, que algo nos arrastraba hacia atrás.Y cuando digo algo, digo un criatura de la cueva que nos había atrapado con sus tentáculos. Pensé eso. De verdad.

De regreso a Hanoi, en un microbús que compartimos con otros viajeros españoles (¿hay algo peor que encontrarte españoles en un viaje? Bueno sí, encontrarte españoles que echan de menos España y que te dicen necesitar una cerveza fría y un jamoncito). Decía que en el microbús tuvimos que soportar un pinchazo y, lo que es peor, las historietas de un imbécil con complejo de Willie Fog asegurando que ese pinchazo no era nada comparado con cuando descarriló en un tren en Sri Lanka.
 
De vuelta en Hanoi nos cayó todo el monzón encima. Qué cantidad agua más asombrosa. Nos refugiamos de la lluvia en una tienda de de souvenirs junto a un grupo de turistas israelíes. Una anciana se salió del grupo, se me puso delante y me empezó a hablar en hebreo, hasta que llegó la que parecía su hija, también me miró y me preguntó si era judío. Le dije que no. Ella le dijo que no a la anciana. Y ambas se fueron. Dejó de llover. Quise decirle a la señora que tengo antepasados judíos, pero no lo hice. Salimos de la tienda. El aguacero que acababa de caer fue similar al que nos vapuleó días antes en la mencionada isla de Cat Ba:

                                               Dramatización del aguacero.

En los siguientes días comprendimos dos cosas. Una, los vietnamitas desprecian la ironía. Con lo cual, cada broma es seguida de una contestación en serio por su parte y una rápida explicación de que era una broma por la nuestra. Podéis imaginar la de veces que me vi envuelto en esta situación, enredado en disculpas. Dos, la hostelería vietnamita es de una educación esquizofrénica. No me importaba cuando me colocaban con los dedos la pajita del batido que había pedido (sí, pedía batidos en Vietnam porque necesitaba fruta en el cuerpo). No me importaba. Sí me extrañó un poco más cuando Adrián, comiendo en Hué, se manchó el brazo (la piel del brazo, no la manga) y el camarero, raudo y al más estilo madre, es decir, mojándose el pulgar con saliva, le limpió. Excesivo y genial a partes iguales. 

Rumbo al sur alcanzamos Nah Trang. Turistas, playas, tours organizados. Sucumbimos a la tentación y nos embarcamos en lo que se suponía era una excursión por las islas del entorno con paradas por la mañana para bucear. Bueno, paradas hubo una, pero me picó una medusa y me entraba agua en las ¿gafas? de bucear. Así que me refugié en el barco junto a Adrián, a observar a nuestros acompañantes. La mayoría parejas, cada una de un rincón del mundo: Japón, Australia, Canadá, Italia, Inglaterra… Ya por la tarde me volvieron las ganas de bañarme. “¿Podemos bucear otra vez luego?”, le preguntaba yo todo el tiempo al monitor-animador-guía vietnamita, un tipo de prominente frente y gesto inquietante. Me decía “luego, luego, ahora a comer” o “ahora a dar un paseo”. El cabrón no nos dejaba bucear así que intenté impulsar una revuelta a bordo diciéndole a los italianos y al japonés (éste último era un señor que estaba absolutamente trastornado) que si les parecía normal que no nos dejaran bucear. Uní después a los australianos, que se estaban quemando su absurda blanca piel con el sol de la cubierta. El chino me apoyó también. Metí toda la cizaña que pude, pero el guía-monitor lo tenía todo controlado. Ese cabrón. “No se puede bucear ahora, voy a cantar”. El maldito loco iba a cantar en aquel barco. Cogió un micrófono, nos puso a todos alrededor y empezamos a ver cómo cantaba. Quería que le viésemos cantar. Dios. Finalmente pudimos bañarnos. Me picó otra medusa. 

Nuestro periplo llegaba a su fin en Sapa. Sapa… ese lugar. Ese lugar al norte de Vietnam, montañoso, remoto, verde de arrozales y selva y refugio de tribus milenarias. Ese lugar al que nos prometimos llegar descansados para poder realizar maravillosas excursiones de senderismo entre búfalos y perros salvajes, estos últimos, tan pronto eran mascotas como cena. Pero algo falló. En realidad falló que teníamos previsto dormir en el trayecto de siete horas de tren nocturno que teníamos hasta Sapa. Pero no.

El tren estaba a punto de arrancar y sólo Adrián y yo estábamos en el compartimento de seis camas incrustadas en la pared y que podían ser confundidas fácilmente con estanterías. Excelente, nadie perturbaría nuestro descanso de siete horas para llegar frescos a Sapa. Hasta que entraron ellos: Tian y Aule. Dos vietnamitas que deberían tener nuestra edad, acompañados de sus respectivas novias. Ellas se subieron inmediatamente a las literas de más arriba, ellos pusieron sobre la mesa una cantidad importante de cervezas y frutos secos. No hablaban una sola palabra de inglés, pero aquello comenzó a tomar forma. Cerveza, tras cerveza , tras cerveza… con la maravillosa costumbre vietnamita por la que, cada vez que uno de los presentes va a beber un trago, debe brindar con los demás y todos tienen que acompañarle en el trago. Y así todo el tiempo. Durante toda la cerveza y todas las cervezas que tomes. Cuando se acabaron las que habían traído, Adrián, en un gesto para corresponder su generosidad, fue en busca de un tipo que vendía latas por el pasillo del tren. También se fue Aule al baño. Tien y yo nos quedamos hablando en inglés-vietnamita-español-gestos. Al poco llegó Adrián con una bolsa de cervezas y, dos minutos después, Aule con otra. No habían entendido que íbamos a por más. A todo esto sus novias aguardaban disciplinadas en las camas de arriba. Sólo una bajó a hacernos una foto, cuando los tumbos no los dábamos sólo por el movimiento del tren.

                                                            Sí.

Así pasaron las horas. Las siete. Llegamos a Sapa con una borrachera espantosa y yo, por si fuera poco, sin móvil: desapareció en aquel tren y nunca jamás lo volví a ver. En Sapa, un maravilloso valle para entrar en comunión con la naturaleza si estás sereno, estaríamos dos días, de modo que no podíamos desperdiciar uno durmiendo. Nada más llegar, a las 6 de la mañana, optamos por dormir dos horas e irnos a hacer senderismo. Sí, eso hicimos


Nuestro aspecto, después de ‘maldormir’ dos horas y mientras esperábamos al guía que nos llevaría a hacer la excursión, era penoso. Nos dolía la cabeza, teníamos la boca seca y, por si fuera poco, íbamos equipados como auténticos domingueros: pantalones y botas de senderismo, forro polar, agua, mapa… Enfrente, Xan, el guía que por fin llegaba: pantalón corto, chanclas de goma y una manzana.

“¿Cuántos kilómetros son?”, le pregunté. “Catorce”. Cuando habíamos recorrido 300 metros, y todavía no habíamos salido del pueblo, nos planteamos proponerle un descanso. Lo descartamos.

Como en el deporte, se trataba de romper la barrera del cansancio. Al kilómetro estallamos a sudar y ya no sentimos ni padecimos nada más el resto de los 13 kilómetros. De hecho, disfrutamos como enanos de los paisajes, los indígenas, los arrozales… y de Xan, claro. Mientras nosotros dos, europeos torpes, descendíamos en máxima tensión la pendiente por la que estábamos bajando, luchando por no tropezar y notando como las rodillas comenzaban a fallar, Xan triscaba entre el barro y las rocas con sus estúpidas chanclas de goma mientras se pelaba una manzana y se iba comiendo los trozos. De vez en cuando se detenía, se giraba y nos esperaba observando cómo bajábamos sufridamente. “Va pelando una manzana”, repetía yo jadeando.

Esa noche dormimos como benditos y el siguiente día hicimos otra ruta más relajada guiados por una chica de la etnia Monhg que hablaba poco pero lo que decía resultaba muy interesante. Lo cierto es que, pese a todo, disfrutamos, y mucho, de Sapa. 

De Sapa regresamos a Hanoi y de ahí, vuelta a casa. Mis aventuras tocaban su fin, al menos las vietnamitas, porque lo que pasé a mi llegada en Madrid, sin móvil y descubriendo que tampoco tenía las llaves de mi casa, es digno de contar. Pero en otro capítulo.  


                                              Adri, protagonista vital de este texto.

2 comentarios:

  1. Lamento la pérdida de una pierna por parte de mi primo, tal cual se puede apreciar en esa última foto. El texto, exquisito.

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  2. Gracias por lo de exquisito. En cuando a lo de tu primo, no pude contener a ese caimán asesino. Pero ya conoces a Adri, se sentó a pensar en lo que había ocurrido, con serenidad, tal cual se puede apreciar en la foto.

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