24 de ene. de 2012

Aquello que me sucedió en la India y que no debería contar

“¡Hasta siempre! ¡Adiós! ¡Gracias por todo!”. Con una estúpida sonrisa que evidenciaba lo ajeno que yo vivía a lo que se me venía encima, me despedía de la gente con la que había compartido inolvidables jornadas en mi viaje por la India. La que creía mi gran aventura, había llegado a su fin. Comenzaba mi regreso, un pesado pero simple trámite de tres aviones: Calcuta-Delhi; Delhi-Londres; Londres-Madrid. O eso se creía yo.

A las cuatro y media de la mañana del martes (doce de la noche del lunes en España, conviene que el lector se vaya quedando con estas referencias horarias para comprender plenamente el alcance de la desventura que se nos viene) golpeé levemente la ventanilla del taxi que me esperaba en la puerta de mi hotel. El taxista babeaba sobre el volante recorriendo las profundidades de su sueño. Su cabeza se irguió violenta cuando me vio y, con las marcas del volante en la cara, pisó el acelerador y emprendimos el camino al aeropuerto de Calcuta. Es aquí, y no en los 15 días anteriores,  cuando dan comienzo mis verdaderas aventuras en la India. Paradójicamente el final fue el principio y todo lo anterior caería por el sumidero del olvido ante la secuencia de hechos que me aguardaban.


El runrún

Nada parecía indicar que mi regreso a Madrid fuera a devenir en locura. De hecho, mi trayecto con el taxista con marcas de volante en la cara fue todo lo tranquilo que el tráfico de Calcuta permite. Había amanecido con un buen margen de tiempo, hacía sol  y me dediqué a observar por la ventanilla mientras surcábamos el caos. A través del cristal, Calcuta se me definió en imágenes. Vi un ciclotaxi cuyo conductor apenas podía mantenerse en pie, con dos perros con sarna tirados junto a él y al lado el botones de un hotel de cinco estrellas. Vi un puesto de globos pegado a una pequeña montaña de basura, un niño recubierto de mugre siguiéndome con la mirada con una valla de publicidad de perfume tras él y un altar en un cruce con tres hombres rezando. También pude ver una cabra y un jabalí comiendo en un vertedero junto a un taxista limpiando su coche con un cubo de agua. Vi vehículos que hacían sonar su claxon sin motivo, tres chavales de la mano, un cine anunciando la última de Bollywood, una bandada de cuervos posados en los cables del teléfono, una chica con bolso de Loewe hablando por un iPhone, un puesto de venta ambulante de gallinas amontonadas, un tipo saludándome insistentemente por la ventanilla, motocicletas adelantándonos a una velocidad incomprensible, dos mochileros europeos perdidos, un policía con un palo en la mano, una familia comiendo sobre la acera, otro vertedero en plena calle, una fogata junto a un semáforo, una vaca, una pareja de águilas planeando sobre una casa, un vendedor ambulante de gafas de sol, siete chabolas rodeadas de basura que desafiaban las leyes de la física manteniéndose en pie, un urinario al aire libre (y su olor), otro perro -éste durmiendo peligrosamente cerca de la carretera-, un grupo de hombres sentados en la calle viendo el tiempo pasar...

Todo comenzó a torcerse al llegar al aeropuerto. El taxista no tiene cambio de 500 rupias. Tras verme obligado a pagar un café y una empanadilla intragable para obtener suelto, le pago. Entro en el aeropuerto. Ya voy algo acelerado.

En este punto mi mayor preocupación era lograr que me permitieran no facturar mi mochila. A mi llegada a Delhi debía cambiar de terminal para coger mi siguiente vuelo Delhi-Londres y tenía el tiempo algo justo, así que quería llevar conmigo el equipaje y no tener que esperar en la cinta. Se instaló desde este momento un runrún en mi interior, uno de esos runrunes que tiene todas las trazas de llegar a ser un magnífico agobio.  “No”. Esa fue la respuesta de la azafata de la aerolínea Kingfisher ante mi petición de subir la mochila al avión. Mi runrún me siguió hasta Delhi: "¿Y si me pierden la mochila? ¿Cómo coño me voy a ir a Londres sin mochila? ¿Y si tarda en salir y no me da tiempo a llegar a la otra terminal?". Nunca me alegré tanto de ver a alguien como cuando ella apareció por la cinta de equipajes. Me la colgué a los hombros y me vine arriba. Casi me sentí un héroe cuando me informaron de que no era necesario cambiar de terminal, mi vuelo salía ahí mismo. ¡Adiós runrún! ¡Hasta nunca! En estos casos quien dice hasta nunca quiere decir hasta ahora mismo, porque en apenas unos minutos, los que tardé en llegar a mi mostrador, mi runrún reapareció con tal fuerza, que mutó en agobio.

El retraso

Mi vuelo a Londres tiene dos horas y media de retraso. De acuerdo, puede no parecer mucho, a no ser que tu enlace en Londres para coger el siguiente avión a Madrid sea de dos horas y tres cuartos. Es decir, me quedaba un margen de quince minutos paradesembarcar, atravesar Heathrow, pasar los controles de seguridad y subir a mi último avión destino Madrid. Imposible. “No, no es imposible”, me dijo el azafato indio mientras facturaba mi equipaje. “Puedes conseguirlo, creo que finalmente saldréis un poco antes y el personal del aeropuerto te acompañará al enlace. Ya verás cómo lo logras”. Este tipo fue el primero de una serie de optimistas sin sentido que me fui encontrando de aquí en adelante. Y que me arruinarían la existencia. Pero le creí, por alguna razón le creí y me vine arriba. Lo vi claro: lo iba a lograr. No lo recuerdo, pero seguramente se me instaló en el rostro una sonrisa tan estúpida como mi optimismo inducido. Tanto me animé, que comprarle un vino indio a mi padre en el duty-free. Mi mochila de mano pesaba ahora mucho más. Me costaría más correr para alcanzar el enlace, pero qué demonios, lo conseguiré. Me lo dijo el azafato.

Ya en el avión, me abrocho el cinturón y me dispongo a un vuelo contrarreloj de nueve horas y media para lograr coger el enlace a Madrid. A mi lado va un tipo clavado a Mr. Bean, de una educación tan exquisitamente británica que me dan ganas de disculparme por llevar barba. Aunque el vuelo es nocturno, y contra pronóstico, no logro dormir. Me como tres películas consecutivas y en un descanso entre ellas paseo hasta el final del avión. Allí charlan tres azafatos. Por matar el tiempo, les expongo mi situación. Les digo que mi vuelo a Madrid sale quince minutos después de nuestro aterrizaje pero que un azafato me ha dicho que puedo lograrlo. Se miran entre ellos, alguno creo que mira al suelo. No son capaces de hacerme ver la realidad, creo que me ven demadiado ilusionado, demasiado imbécil. Así que se limitan a invitarme a sentarme con ellos y me sirven un vaso de vino. Asumo que perderé mi enlace, así que bebo. Maldito azafato optimista.

Aterrizamos a Londres. El vino me mantiene en calma: ya he asumido que perderé el enlace. Pero ocurre de nuevo. Me cruzo con otro idiota ciego de optimismo. En este caso, ciega. Una azafata de Virgin me dice que hay más pasajeros en mi situación y que nos están esperando. Con la torpeza de cuatro vasos de vino y nueve horas de vuelo en mis piernas, emprendo una carrera hasta el control de seguridad impulsado por la inocente felicidad de la que me ha abastecido la noticia. En la espalda, la pesada mochila de mano con la botella de vino indio que ya sabía que me iba a molestar. Son las 7 de la tarde en Londres, doce y media de la noche en India. Llevo 16 horas de viaje. Alcanzo el control. Hay cola, que avanza lenta. En la cola intento contactar con algún otro pasajero que esté en mi situación, pero no hay nadie. ¿De verdad me estará esperando el avión?

Cuando llega mi turno de pasar el control descubro dos señoras absolutamente inglesas abriendo pausadamente cada maleta para registrarla. Nada más atravesar el arco informo iluso a la primera mujer: “Perdone, tengo mucha prisa, mi vuelo me está esperando”. La señora abre sus ojos británicos y adquiere expresión maternal. “Oh, sí, tranquilo, ahora mismo reviso tu bolsa”. Tras eso, continúa con su labor, tan lentamente como lo estaba haciendo hasta ese momento y colocando mi mochila a la cola del resto de bolsas. Mi petición había sido anulada fulminantemente por su disciplina. Los minutos pasan como espesas gotas que no terminan de fluir. Ambas señoras registraban bolsa tras bolsa con parsimonia. Yo me miro la muñeca muy ostensiblemente como si llevara reloj. Por fin me toca. La otra señora coge mi mochila. Me sonríe. Emanan educación. Le repito que tengo muchísima prisa y su respuesta es idéntica a la de su compañera. También idéntica es su reacción, al comenzar a registrar mi mochila con desesperante lentitud. Saca cada objeto, lo mira, lo contempla. Uno tras otro… hasta que llega a la botella de vino indio. “Oh, vaya”, me dice melódicamente. “Esto no lo puedes pasar”. “Pero cómo que no, si lo compré en el duty-free”, le respondo. Y me dice que no pueden dejar pasar productos de Asia aunque se compren en el duty-free. Se trata, sin duda, de una de esas normas que nadie conoce y que se aplican así, de pronto, justo cuando peor te viene. Tengo tanta prisa que le digo que no importa. Ella me mira y en ese momento toma forma una situación absurda: me dice de nuevo que lo siente mucho, pero que no puede dejar que me lleve la botella. Le repito que si es así, que qué le vamos a hacer. Ella me mira y empieza a proponer posibles soluciones, pero a mitad de cada una de ellas se da cuenta de que son inviables y vuelve a pedir perdón. Le digo que vale, que deje la botella. Se acerca otra mujer de seguridad. Me repite que al ser de Asia que no puede ser y que… Ya. Le digo que lo sé y que no importa. La ley es la ley, creo que llego a decir. Un tercer sujeto, un joven de seguridad, se une al grupo. Yo sólo pienso en el avión que me espera, sus cientos de pasajeros ya sentados insultando a toda mi familia: “¡Dónde está ese imbécil!”. Les digo a los tres que de verdad no importa. El de seguridad me explica otra vez lo de Asia y me pide disculpas, lo lamentan muchísimo, pero no pueden. “Ojalá pudiéramos”, y todo eso. La situación es de un absurdo inenarrable. Su avalancha de educación británica está a punto de aplastarme, así que opto por una defensa sudeuropea: agarro mi mochila, les doy las gracias y me voy corriendo dejándoles con la palabra en la boca. Mientras me alejo escucho unos últimos gritos de “I am sorry sir!”.

A la carrera


Nuevo sprint. Ya estoy en distancias de carrera popular. Sin botella puedo volar. Lo siento papá, te quedaste sin vino. Diviso el mostrador de Virgin. Está sospechosamente solitario. Sin dejar de correr, me temo lo peor. Alcanzo el mostrador y le explico mi situación a la azafata. Ella destroza todas mis expectativas con dramática sencillez: “A ver si hay algún vuelo más a Madrid hoy”. Efectivamente. El mío se ha marchado. No me estaban esperando. “Vaya, no hay más vuelos hoy. Te puedo dar uno a primera hora de mañana”. Magnífico. Mañana trabajo, necesito llegar hoy. “Imposible”. Por alguna razón, en ese momento de agobio, pienso en que volveré al control a por el vino. La mente humana es una maravilla del escapismo. Vuelo de Iberia a las 6:30 de la mañana. Ése es el mío. Tendré que ir a un hotel, dormir un rato, levantarme a las 4, regresar al aeropuerto, viajar, llegar a Madrid, pasar por casa a ducharme e irme a trabajar. Casi me vengo abajo, pero resisto. Por cierto, me olvidé de ir a por el vino.

Con mi nuevo billete en la mano atravieso de nuevo medio aeropuerto en busca de la puerta por donde pasará un autobús gratuito que me llevará a mi hotel. Todo corre por cuenta de la compañía. Es ahí donde me encuentro una pareja española que está en mi misma situación. Aprovechamos para quejarnos, despotricar, competir por quién está más cansado… y mientras hablamos nos damos cuenta de que llevamos una hora esperando el maldito autobús. Son las 22:30 en la noche londinense. Tres y media de la madrugada en la India. Llevo 19 horas y media de travesía. Por fin llega el autobús. Cuando llego al hotel me doy cuenta de lo cansado que estoy. No he dormido desde que me desperté en Calcuta. Ceno algo rápido y me subo a la habitación. Me ducho y comprendo que voy a dormir cuatro horas, algo es algo. A las 4:45 de la mañana me vendrá a recoger un autobús a la puerta del hotel para llevarme de vuelta al aeropuerto. Todo parecía solucionado…

El horror


A la mañana siguiente, mientras espero el susodicho autobús, intento que no se me caigan los ojos. Son casi las cinco y todavía no ha pasado. Empiezo a pensar que perder este nuevo avión sería ya demasiado, incluso para mí, así que decido actuar. Pregunto en recepción y me dicen que pasa cada diez minutos un autobús por dos libras que te lleva a la Terminal 3. Excelente. Decido tomar el siguiente. Virgin me debe dos libras. Me siento en primera fila y comprendo, alertado, que se me ha hecho definitivamente tarde: voy justo. Otra vez.

Me pregunto si realmente no estaré en el Caribe. Como las señoras del control, el conductor hace gala de una desesperante tranquilidad. Dos paradas en otros tantos hoteles antes de llegar a la terminal y en cada una de ellas una parsimonia que me consume por dentro. Las 5:20. En una hora y diez minutos sale mi vuelo. Joder, no llego. Es increíble, incomprensible, pero voy a perder este avión también. En la India son las 11 de la mañana. Llevo 26 horas y media de viaje. Salgo como un ciclón del autobús y corro bajo la todavía noche de Londres buscando desesperadamente mi mostrador. No lo encuentro, mierda, esto es enorme. Alcanzo por fin mi objetivo, pregunto desesperado cuál es mi puerta. La azafata mira mi billete. Y no comprende que el tono de voz que emplea para decirme que mi vuelo sale desde otra terminal es inaceptablemente pausado. “¡¿Cómo?!”. Efectivamente, mi vuelo sale de la terminal 5, no de la 3, como me había dicho la azafata de Virgin de ayer, esa que no me envió el autobús a recogerme. Miro a mi informante y la mujer me dice que vaya al mostrador de British Airways, que opera el vuelo, a que me pasen al siguiente avión. No me lo puedo creer. En ese momento, otro loco. Otro optimista loco. El azafato de al lado mira el billete y me increpa: “¡Sí que llegas! Puedes coger el tren subterráneo Heathrow Express y llegas a la terminal 5 en unos minutos. ¡Corre!”. No había terminado de decírmelo y ya estaba corriendo. ¿Por qué estos desviados del optimismo me convencen tan rápido una y otra vez?

Me encuentro ante mi última oportunidad. Ni siquiera me molesta el bofetón de frío que recibo al salir a la calle. Corro como el viento atravesando una plaza (creo que he completado la media maratón) y cuando llego al centro me detengo. “¿A dónde estoy yendo?”. ¡Arranqué a correr sin saber a dónde! Me acerco a un autobús, le pregunto al conductor, que resulta ser un amable sij de turbante que me indica dónde está la boca de entrada al tren. Vuelta a correr hacia allí, mochila en ristre. Cuando ya estaba llegando, giro la cabeza sin dejar de correr y veo pasar la boca de entrada: ‘Heathrow Express’. ¡Por fin! Y sí, amigos míos, freno en seco para variar mi rumbo y, cuando lo hago, noto como mis suelas se deslizan irremediablemente. Mis piernas se elevan y llego a sentir cómo estoy en horizontal sobre el suelo. Caigo estrepitosamente sobre mi espalda contra el asfalto. La gente se gira, me mira, y yo me retuerzo del dolor. Cuando empiezan a acercarse algunas personas decido que se acabó. Que cogeré ese avión, le pese a quien le pese. De pronto todo aquello, bajo la húmeda y dolorosa oscuridad matutina de Londres, se convierte en un asunto personal en el más masculino de los sentidos. Desciendo a los infiernos de la virilidad: “Por mis cojones que no pierdo el avión”. Me levanto y, ante la atónita mirada de los presentes, comienzo a correr de nuevo, esta vez con mucha menos entereza. Mientras bajo las escaleras para alcanzar el tren noto dolores en todas partes, sobre todo en la mano y en el culo. Sí, me duele horrorosamente el trasero. En 50 minutos sale mi avión. Mi actitud, sin embargo, ha cambiado. Cuando ya estoy dentro del tren, con la mano palpitándome de dolor y el culo retorciéndose del golpe, aprieto los dientes y me repito. “Llego, llego”. Arribamos a la terminal correcta. El tren abre las puertas y, cómo no, a correr.

Desenlace

La que sigue es la imagen final de mi aventura, mi esprint en la recta de meta. Un enorme hall desierto, con el suelo brillante. En un extremo, el mostrador de British Airways; en el otro, yo. En el mostrador, sólo ella, la azafata, seria, mirada imperturbable fija en mí. En mi lado, mi solitaria y penosa figura, vestido con la misma ropa con la que salí de Calcuta, corriendo como el último superviviente de un grupo de exploradores que han sido perseguidos por velociraptores. Imagino la escena desde su punto de vista: un tipo cansado, desaliñado, que camina raro, con los pantalones llenos de mierda avanzando lastimosamente hacia el mostrador. Desde el mío: una impecable azafata, gesto serio, impasible, mirándome sin un atisbo de piedad. Nos encontramos.  Nos miramos. Sobran las palabras. Es sí o no. El mostrador ha cerrado o todavía puedo embarcar. No hay más.

“Llegas justo, iba a cerrar ahora mismo. Me pillas con el dedo sobre el botón”, añade jocosa. Resoplo todo el aire del universo. Lo logré. No me lo puedo creer, pero lo logré. Me entrega la tarjeta de embarque y me dice: “Corre”. Me limito a mirarla. “Si tú supieras…”.

P.D. Me negué a correr. Fui caminando hasta la puerta de embarque y, aunque llegué ajustado (ya estaban embarcando), llegué.

P.D. 2. Cuando aterricé en Madrid me comunicaron que me habían perdido la mochila. Me fui a casa.

P.D. 3. Cuando atravesé la puerta de mi humilde morada habían transcurrido 37 horas y media desde mi salida, la cual, por cierto, comenzó de una forma en la que nada hacía presagiar que mi regreso deviniera en locura. Me duché y me fui a trabajar.

P.D. 4. Mi culo bien. Gracias.

1 comentario:

  1. Holaaaaaa... es grato entrar a tu espacio y muy lindo todo lo que escribes sobre tus viajes. Te felicito.

    Me alegra que hayas obtenido un honroso 27° lugar en el concurso, hasta el momento.

    Aprovecho a presentarme. Soy del PERÚ de la ciudad de TARAPOTO. Me gustó tu blog y te dí un voto.

    Mi nombre es Nuria Lourdes Ruesta Zapata.

    También estoy participando en la categoría PERSONAL, quizá aún me puedas apoyar votando por mi BLOG.

    Ha sido un gusto estar por akí.
    Un fuerte abrazo y suerte en el concurso.
    www.nurinotas.com

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