“¡Hasta siempre! ¡Adiós! ¡Gracias por todo!”. Con una estúpida sonrisa que evidenciaba lo ajeno que vivía a lo que se me venía encima, me despedía yo de la gente con la que había compartido inolvidables jornadas en mi viaje por la India. La que yo creía mi gran aventura había llegado a su final y comenzaba mi regreso, un pesado pero simple trámite de tres aviones: Calcuta-Delhi; Delhi-Londres; Londres-Madrid. O eso se creía yo.
A las 4 y media de la mañana del martes (doce de la noche del lunes en España, conviene que el lector se vaya quedando con estas referencias horarias para comprender plenamente el alcance de la desventura que se nos viene) golpeé levemente la ventanilla del taxi que me esperaba en la puerta de mi hotel. El taxista babeaba sobre el volante recorriendo las profundidades de sus sueños. Su cabeza se irguió violenta cuando me vio y, con las marcas del volante en la cara, pisó el acelerador y emprendimos el camino al aeropuerto de Calcuta. Es aquí, y no en los 15 días anteriores, cuando dan comienzo mis verdaderas aventuras en la India. Paradójicamente el final fue el principio y todo lo anterior caería por el sumidero del olvido ante la secuencia de hechos que en mí se cebaron y que a continuación expongo.
El runrún
Como en cualquier crónica de sucesos sensacionalista que se precie, es necesario decir que nada parecía indicar que mi regreso a Madrid fuera a devenir en locura. De hecho, mi trayecto con el taxista con marcas de volante en la cara fue todo lo tranquilo que el tráfico de Calcuta permite que sea un trayecto con un taxista (con marcas de volante en la cara). Había amanecido con un buen margen de tiempo, hacía sol y me dediqué a observar por la ventanilla mientras rodábamos por la caótica ciudad. A través del cristal, Calcuta se me definió en imágenes. Vi un ciclotaxi cuyo conductor apenas podía mantenerse en pie, con dos perros acaparadores de sarna tirados junto a él y el botones de un hotel de cinco estrellas observándolos con chistera; un puesto de globos al lado de una pequeña montaña de basura, un niño recubierto de mugre siguiéndome con la mirada con una valla de publicidad de perfume tras él, un altar en un cruce con tres hombres rezando, una cabra y un jabalí comiendo en un vertedero junto a un taxista limpiando su taxi con un cubo de agua, coches que hacían sonar su claxon sin motivo, tres chavales indios de la mano, un cine anunciando la última de Bollywood, una bandada de cuervos posados en los cables del teléfono, una chica con bolso de Loewe hablando por un iPhone, un puesto de venta ambulante de gallinas amontonadas, un tipo saludándome insistentemente por la ventanilla, motocicletas adelantándonos a una velocidad incomprensible, dos mochileros europeos perdidos, un policía con un palo en la mano, una familia comiendo sobre la acera, otro vertedero en plena calle, una fogata junto a un semáforo, una vaca, una pareja de águilas planeando sobre una casa, un vendedor ambulante de gafas de sol, siete chabolas rodeadas de basura que desafiaban las leyes de la física manteniéndose en pie, un urinario al aire libre (y su olor), otro perro -éste durmiendo peligrosamente cerca de la carretera-, un grupo de hombres sentados en la calle viendo el tiempo pasar, tráfico, claxon, tráfico, motor, claxon, frenazo, claxon…
Todo comenzó a torcerse al llegar al aeropuerto. El taxista no tiene cambio de 500 rupias. Tras dos cafeterías y una empanadilla que no pude comer consigo el cambio. Le pago. Entro en el aeropuerto. Ya voy algo acelerado.
En este punto mi mayor preocupación era lograr que me permitieran no facturar mi mochila. A mi llegada a Delhi debía cambiar de terminal para coger mi siguiente vuelo Delhi-Londres y tenía el tiempo algo justo, así que quería llevar conmigo el equipaje y no tener que esperar en la cinta. Se instaló desde este momento un runrún en mi interior, uno de esos runrunes que tiene todas las trazas de llegar a ser un magnífico agobio. “No”. Esa fue la respuesta de la azafata de la aerolínea Kingfisher ante mi petición de subir la mochila al avión. Mi runrún sonó con fuerza todo el vuelo hasta Delhi. ¿Y si me pierden la mochila? ¿Cómo coño me voy a ir a Londres sin mochila? ¿Y si tarda en salir y no me da tiempo a llegar a la otra terminal? Nunca me alegré tanto de ver a alguien como cuando ella apareció por la cinta de equipajes. Me la colgué a los hombros y me vine arriba. Casi me sentí un héroe cuando me informaron de que no era necesario cambiar de terminal, mi vuelo salía ahí mismo. ¡Adiós runrún! ¡Hasta nunca! En estos casos quien dice hasta nunca quiere decir hasta ahora mismo, porque en apenas unos minutos, los que tardé en llegar a mi mostrador, mi runrún reapareció con tal fuerza, que metamorfoseó en agobio.
El retraso
Mi vuelo a Londres tiene dos horas y media de retraso. De acuerdo, puede no parecer mucho, a no ser que tu enlace en Londres para coger el siguiente avión a Madrid sea de dos horas y tres cuartos. Es decir, me quedaba un margen de quince minutos para salir de mi avión, atravesar Heathrow, pasar los controles de seguridad y subir a mi último avión destino Madrid. Imposible. “No, no es imposible”, me dijo el azafato del mostrador de Virgin mientras facturaba mi equipaje. “Puedes conseguirlo, creo que finalmente saldréis un poco antes y el personal del aeropuerto te acompañará al enlace. Ya verás cómo lo logras. Además, esta mochila la recoges directamente en Madrid. Sólo tienes que correr con la de mano. Y eres joven, lo conseguirás”. Este tipo fue el primero de una serie de optimistas patológicos que me fui encontrando de aquí en adelante. Y que me arruinarían la vida. Por alguna razón le creí, me llené de energía. Creí con claridad que podía coger ese enlace en Londres. Tanto me animé, que decidí tirar la casa por la ventana y comprarle un vino indio a mi padre en el duty-free. Mi mochila de mano pesaba ahora mucho más. Me costaría más correr, pero qué demonios, lo conseguiré. Me lo dijo el azafato.
Ya en el avión me abrocho el cinturón y me dispongo a un vuelo contrarreloj de nueve horas y media para lograr coger el enlace a Madrid. A mi lado va un tipo clavado a Mr. Bean, de una educación tan exquisitamente británica que me dan ganas de disculparme por llevar barba. Aunque el vuelo es nocturno, y contra pronóstico, no logro dormir. Me como tres películas consecutivas y en un descanso entre ellas paseo hasta el final del avión. Allí charlan tres azafatos. Les expongo mi situación. Les digo que mi vuelo a Madrid sale a esta hora y que nuestra llegada está prevista para apenas unos minutos antes, pero que un azafato me ha dicho que puedo lograrlo. Cuando termino de hablar se miran entre ellos, me miran, me invitan a sentarme y me sirven un vaso de vino. Qué sutiles. Asumo que perderé mi enlace, así que bebo con ellos. Maldito azafato optimista.
Aterrizamos a Londres. Mi ansia se ha calmado porque ya he asumido que he perdido el enlace. Pero ocurre de nuevo. Me cruzo con otro imbécil ciego de optimismo. En este caso, ciega. Una azafata de Virgin me dice (o eso le entiendo, ¿por qué los ingleses hacen todo lo posible porque no se les entienda?) que hay más pasajeros en mi situación y que nos están esperando. Me vengo arriba y emprendo una carrera hasta el control de seguridad impulsado por la felicidad de la que me ha abastecido la noticia. Maldita botella de vino. Pesa. Son las 7 de la tarde en Londres, doce y media de la noche en India. Llevo 16 horas de periplo. Alcanzo el control. Hay cola, que avanza lenta. Justo ahora que me había dejado de comer las uñas. En la cola del control intento contactar con algún que otro pasajero que esté en mi misma situación y así poder compartir mi agobio. Pero no hay nadie. ¿De verdad me estará esperando el avión?
Es cuando me toca pasar el control cuando soy consciente, plenamente, de que me hallo en Londres. Hasta ese momento, en lo que a mí respectaba, estaba en cualquier aeropuerto de cualquier ciudad. Pero comprobar, horrorizado, cómo dos señoras absolutamente inglesas abrían pausadamente cada maleta para registrarla, me hizo comprender, como un puñetazo en el estómago, que estaba en uno de esos países paranoico-coñazos. Nada más atravesar el arco informo a la primera mujer: “Perdone, tengo mucha prisa, mi vuelo está esperando sólo por mí”. La señora abre sus ojos británicos, leales a la Corona, y adquiere expresión maternal. “Oh, sí, tranquilo, ahora mismo reviso tu bolsa”. Tras decir eso, la señora continúa con su labor, tan lentamente como lo estaba haciendo hasta ese momento y colocando mi mochila a la cola del resto de bolsas. Mi frase había tenido el mismo efecto sobre ella que hubiera podido tener sobre un pino piñonero. Los minutos pasaban como espesas gotas que no terminan de fluir. Ambas señoras registraban bolsa tras bolsa con parsimonia. Yo me miraba la muñeca muy ostensiblemente como si llevara reloj. Por fin me toca. La otra señora coge mi mochila. Me sonríe. Emanan educación. Igualito que en Barajas. Le repito que tengo muchísima prisa y su respuesta es idéntica a la de su compañera. También idéntica es su reacción, al comenzar a registrar mi mochila con desesperante lentitud. Saca cada objeto, lo mira, lo contempla. Uno tras otro… hasta que llega a la botella de vino indio. “Oh, vaya”, me dice melódicamente. “Esto no lo puedes pasar”. “Pero cómo que no, si lo compré en el duty-free, alma de dios”, le respondo, más o menos. Y me dice que no pueden dejar pasar productos de Asia aunque se compren en el aeropuerto. Se trata, sin duda, de una de esas normas que nadie conoce y que se aplican así, de pronto, justo cuando peor te viene. Tengo tanta prisa que le digo que no importa. Ella me mira y en ese momento comienza una situación un poco Monty Python (Londres, claro): la señora no parece comprender por qué no protesto, así que me empieza a decir de nuevo que lo siente mucho, pero que no puede dejar que me lleve la botella. Le repito que si es así, que qué le vamos a hacer. Ella me mira y empieza a proponer posibles soluciones, pero a mitad de cada una de ellas se da cuenta de que son inviables y vuelve a pedir perdón. Le digo que vale, que deje la botella. Se acerca la otra señora. Me repite que al ser de Asia que no puede ser y que… Ya. Le digo que lo sé y que no importa. La ley es la ley, llego a decir. Un tercer sujeto, un joven de seguridad, se une al grupo. Yo sólo pienso en el avión que me espera, sus cientos de pasajeros ya sentados insultando a toda mi familia: “¡Dónde está ese imbécil!”. Les digo a los tres que de verdad que no importa. El de seguridad me explica otra vez lo de Asia y me pide disculpas, lo lamentan muchísimo, pero no pueden. “Ojalá pudiéramos”, y todo eso. La situación es de un absurdo inenarrable. Su avalancha de educación británica está a punto de aplastarme, así que opto por una defensa sudeuropea: agarro mi mochila, les doy las gracias y me voy corriendo dejándoles con la palabra en la boca. Mientras me alejo escucho unos últimos gritos de “I am sorry sir!”. Increíble.
A la carrera
Nuevo sprint. Ya estoy en distancias de carrera popular. Sin botella puedo volar. Lo siento papá, te quedaste sin vino. Diviso el mostrador de Virgin. Está sospechosamente solitario. Sin dejar de correr, me temo lo peor. Alcanzo el mostrador y le explico mi situación a la azafata. Ella destroza todas mis expectativas con la sencillez con la que Iniesta se lleva un balón dividido: “A ver si hay algún vuelo más a Madrid hoy”. Efectivamente. El mío se ha marchado. “Vaya, no hay más vuelos hoy. Te puedo dar uno a primera hora de mañana”. Magnífico. Mañana trabajo, necesito llegar hoy. “Imposible”. Por alguna razón, en ese momento de agobio, pienso en que volveré al control a por el vino. La mente humana es una maravilla del escapismo. Vuelo de Iberia a las 6:30 de la mañana. Ése es el mío. Tendré que ir a un hotel, dormir un rato, levantarme a las 4, regresar al aeropuerto, viajar, llegar a Madrid, pasar por casa a ducharme e irme a trabajar. Casi me vengo abajo, pero resisto. Por cierto, me olvidé de ir a por el vino.
Con mi nuevo billete en la mano atravieso de nuevo medio aeropuerto en busca de la puerta por donde pasará un autobús gratuito que me llevará a mi hotel. Todo corre por cuenta de la compañía. Es ahí donde me encuentro una pareja española que está en mi misma situación. Aprovechamos para quejarnos, despotricar, competir por quién está más cansado… y mientras hablamos nos damos cuenta de que llevamos una hora esperando el maldito autobús. Son las 22:30 en la noche londinense. Tres y media de la madrugada en la India. Llevo 19 horas y media de travesía. Por fin llega el autobús. Cuando llego al hotel me doy cuenta de lo cansado que estoy. No he dormido desde que me desperté en Calcuta. Ceno algo rápido y me subo a la habitación. Me ducho y comprendo que voy a dormir cuatro horas, algo es algo. A las 4:45 de la mañana me vendrá a recoger un autobús a la puerta del hotel para llevarme de vuelta al aeropuerto. Todo parecía solucionado…
El horror
A la mañana siguiente, mientras espero el susodicho autobús, intento que no se me caigan los ojos. Son casi las cinco y todavía no ha pasado. Empiezo a pensar que perder este nuevo avión sería ya demasiado, incluso para mí, así que decido actuar. Pregunto en recepción y me dicen que pasa cada diez minutos un autobús por dos libras que te lleva a la Terminal 3. Excelente. Decido tomar el siguiente. Virgin me debe dos libras. Me siento en primera fila y comprendo, alertado, que se me ha hecho definitivamente tarde: voy justo. Otra vez.
Me pregunto si realmente no estaré en el Caribe. Como las señoras del control, el conductor hace gala de una desesperante tranquilidad. Dos paradas en otros tantos hoteles antes de llegar a la terminal y en cada una de ellas una parsimonia que me consume por dentro. Las 5:20. En una hora y diez minutos sale mi vuelo. Joder, no llego. Es increíble, incomprensible, pero voy a perder este avión también. En la India son las 11 de la mañana. Llevo 26 horas y media de viaje. Salgo como un ciclón del autobús y corro bajo la todavía noche de Londres buscando desesperadamente mi mostrador. No lo encuentro, mierda, esto es enorme. Alcanzo por fin mi objetivo, pregunto desesperado cuál es mi puerta. La azafata mira mi billete. Y no comprende que el tono de voz que emplea para decirme que mi vuelo sale desde otra terminal es inaceptablemente pausado. “¡¿Cómo?!”. Efectivamente, mi vuelo sale de la terminal 5, no de la 3, como me había dicho la azafata de Virgin de ayer, esa que no me envió el autobús a recogerme. Miro a mi informante y la mujer me dice que vaya al mostrador de British Airways, que opera el vuelo, a que me pasen al siguiente avión. No me lo puedo creer. En ese momento, otro loco. Otro optimista loco. El azafato de al lado mira el billete y me increpa: “¡Sí que llegas! Puedes coger el tren subterráneo Heathrow Express y llegas a la terminal 5 en unos minutos. ¡Corre!”. No había terminado de decírmelo y ya estaba corriendo. ¿Por qué estos desviados del optimismo me convencen tan rápido una y otra vez?
Me encuentro ante mi última oportunidad. Ni siquiera me molesta el bofetón de frío que recibo al salir a la calle. Corro como el viento atravesando una plaza (creo que he completado la media maratón) y cuando llego al centro me detengo. “¿A dónde estoy yendo?”. ¡Arranqué a correr sin saber a dónde! Me acerco a un autobús, le pregunto al conductor, que resulta ser un amable sij de turbante que me indica dónde está la boca de entrada al tren. Vuelta a correr hacia allí, mochila en ristre. Cuando ya estaba llegando, giro la cabeza sin dejar de correr y veo pasar la boca de entrada: ‘Heathrow Express’. ¡Por fin! Y sí, amigos míos, freno en seco para girar y, cuando lo hago, noto como mis suelas se deslizan irremediablemente. Mis piernas se elevan y llego a sentir cómo estoy en horizontal sobre el suelo. Caigo estrepitosamente sobre mi espalda contra el asfalto. La gente se gira, me mira, y yo me retuerzo del dolor. Cuando empiezan a acercarse algunas personas decido que se acabó. Que cogeré ese avión, le pese a quien le pese. De pronto todo aquello, bajo la húmeda y dolorosa oscuridad matutina de Londres, se convierte en un asunto personal en el más masculino de los sentidos. Desciendo a los infiernos de la virilidad: “Por mis cojones que no pierdo el avión”. Me levanto y, ante la atónita mirada de los presentes, comienzo a correr de nuevo, esta vez con mucha menos entereza. Mientras bajo las escaleras para alcanzar el tren noto dolores en todas partes, sobre todo en la mano y en el culo. Sí, me duele horrorosamente el trasero. En 50 minutos sale mi avión. Mi actitud, sin embargo, ha cambiado. Cuando ya estoy dentro del tren, con la mano palpitándome de dolor y el culo retorciéndose del golpe, aprieto los dientes y me repito. “Llego, llego”. Justo en el momento de mayor heroicidad por mi parte, noto que me entran unas absurdas ganas de llorar. Por suerte el tren llega. Abre las puertas y, cómo no, a correr.
Desenlace
La que sigue es la imagen final de mi periplo, mi sprint en la recta de meta. Un enorme hall desierto, con el suelo brillante. En un extremo, el mostrador de British Airways. En el otro, yo. En el mostrador sólo ella, la azafata, seria, mirada imperturbable fija en mí. En mi lado, mi solitaria y penosa figura, vestido con la misma ropa con la que salí de Calcuta, corriendo como el último superviviente de un grupo de exploradores que han sido perseguidos por velociraptores. Imagino la escena desde su punto de vista: un tipo visiblemente cansado, desaliñado, cojo, con los pantalones llenos de mierda avanzando lastimosamente hacia el mostrador. Desde el mío: una impecable azafata, gesto serio, impasible, mirándome sin un atisbo de piedad. Nos encontramos. Nos miramos. Sobran las palabras. Es sí o no. El mostrador ha cerrado o todavía puedo embarcar. No hay más.
“Llegas justo, iba a cerrar ahora mismo. Me pillas con el dedo sobre el botón”, añade jocosa. Resoplo todo el aire del universo. Lo logré. No me lo puedo creer, pero lo logré. Me entrega la tarjeta de embarque y me dice: “Corre”. Me limito a mirarla. “Si tú supieras…”.
P.D. Me negué a correr. Fui caminando hasta la puerta de embarque y, aunque llegué ajustado (ya estaban embarcando), llegué.
P.D. 2. Cuando aterricé en Madrid me comunicaron que me habían perdido la mochila. Fue como si la azafata que me lo dijo se hubiera convertido en una cocinera, yo en un pastel y ella me hubiera puesto una guinda en la cabeza. Me fui a casa.
P.D. 3. Cuando atravesé la puerta de mi humilde morada habían transcurrido 37 horas y media desde mi salida, la cual, por cierto, comenzó de una forma en la que nada hacía presagiar que mi regreso deviniera en locura. Me duché y me fui a trabajar.
P.D. 4. Mi culo bien. Gracias.
Holaaaaaa... es grato entrar a tu espacio y muy lindo todo lo que escribes sobre tus viajes. Te felicito.
ResponderEliminarMe alegra que hayas obtenido un honroso 27° lugar en el concurso, hasta el momento.
Aprovecho a presentarme. Soy del PERÚ de la ciudad de TARAPOTO. Me gustó tu blog y te dí un voto.
Mi nombre es Nuria Lourdes Ruesta Zapata.
También estoy participando en la categoría PERSONAL, quizá aún me puedas apoyar votando por mi BLOG.
Ha sido un gusto estar por akí.
Un fuerte abrazo y suerte en el concurso.
www.nurinotas.com