25 jun. 2012

Dos horas en el corredor de la muerte con Pablo Ibar

Esta entrevista fue realizada en el corredor de la muerte de Raiford (Florida) junto a Emilio Navarro y publicada en el Diario Qué! y en El Diario Vasco.



En junio de 1994, el español Pablo Ibar -de padre vasco y madre cubana- fue detenido por la Policía en Hollywood, ciudad pegada a Miami (Florida) tras una redada relacionada con un asunto de drogas. Desde ese momento, hasta hoy, nunca ha vuelto a estar en libertad.

Pablo era entonces un chaval de 22 años que se metía en líos y tonteaba con la delincuencia. «Pero no era un asesino», repite hasta la extenuación. En el calabozo, un detective cree ver su cara en el vídeo de un triple asesinato que se ha cometido la noche anterior. «Te tengo», le dice. Es acusado de asesinato y tras una deficiente defensa por parte de su abogado de oficio (que llega a ser arrestado por agresión) es condenado a muerte. La prueba: un vídeo borroso  y en blanco y negro en el que la cara del asesino parece ser la de Pablo. Ni el ADN, ni la sangre, ni las huellas corresponden con las suyas. «Sólo pido un juicio justo. Estoy condenado a muerte por un vídeo borroso». 
Pablo, que ya tiene 40 años, entró en el año 2000 en el corredor de la muerte en Raiford (Florida), que abre sus puertas al diario QUÉ! Dentro, aislado por un cristal y vestido con un mono naranja, Pablo -que siempre se ha declarado inocente- nos explica su caso y pide a España que no le olvide: «No dejéis que me maten».

¿Por qué está Pablo Ibar en el corredor de la muerte?
Porque me parezco a alguien que aparece en una imagen. Por eso es por lo que estoy aquí dentro, condenado a muerte. Las huellas que encontraron no son mías, los pelos no son míos, ni el ADN es mío. Sólo me parezco al tipo de un vídeo.

 

Hay un testigo que declaró que te vio salir de la casa donde se cometieron los asesinatos y coger el coche de una de las víctimas...
A este testigo, Gary Foy, le enseñaron fotos de seis personas. Yo era uno de ellos porque en ese momento estaba detenido por otra cosa. Al principio eligió a otro, pero el detective le insistió y le dijo: «Sigue mirando». Y Foy señaló mi fotografía, aunque decía «no estoy seguro. Se parece, pero no estoy seguro». Al día siguiente se hizo la rueda de reconocimiento y yo era el único de los que aparecían en las fotografías del día anterior que estaba presente. Además, dice que me vio durante cinco segundos a través de un cristal tintado.

¿Por qué crees que el detective insistió al testigo? 
Creo que le presionaban para cerrar el caso, porque él no era de homicidios. Cuando hablamos tenía una grabadora, pero como no le dije lo que él quería oír, nunca apareció esa grabación. Siento tristeza y odio hacia ese detective.

El día que se cometieron los asesinatos, ¿dónde estabas?
En casa de Tanya, mi mujer. Esa noche salí a un local y yo sabía que su madre estaba en Irlanda, así que fui a su casa, dormí con ella, me acosté con ella y me levanté en su casa.

Tú has reconocido que entonces no eras un 'santo', pero que tampoco eras un asesino. ¿Crees que la gente con la que te relacionabas ha influido en que acabaras en la cárcel?
Sí. Si a mí esa noche no me arrestan en Miami, yo hoy no estoy aquí preso. A mí me habían detenido por un robo, pero lo que sucedió en realidad es que estábamos en casa de la madre de un amigo que tenía cocaína. La habían arrestado, así que fuimos a casa de unos colombianos para los que trabajaba la madre a intentar conseguir dinero para la fianza. De pronto, apareció la Policía y nos detuvieron a todos. Nadie había ido a esa casa a robar. Era la primera vez que me arrestaban.

¿Qué sentiste?
Me quedé como sedado, como anestesiado. No me creía lo que me estaba pasando. Era como un sueño.

¿Cuándo te acusan de los asesinatos?
Al día siguiente. Vinieron los detectives y me preguntaron si podían hablar conmigo. Me preguntaron dónde había estado la noche anterior y me pidieron muestras de sangre, mis zapatos, pelo.... El detective me dijo: «Te tengo».  Contesté que tenía que ser un error y él volvió a decir: «Te tengo. Te tengo en vídeo». En ese momento dije que no quería hablar más.

¿Qué se te pasó por la cabeza en ese instante?
Me quedé frío. Mucha gente piensa: «Eso no me puede pasar a mí». Eso es lo que yo pensé. Tenían que estar equivocados.

Y de ahí a esperar el juicio. ¿Cómo fueron esos tres primeros años en la cárcel?
Al llegar sientes miedo. Eso es la cárcel, está llena de mala gente que siempre trata de robarte, ponerte la zancadilla. Me tuve que pelear. Muchísimo. Cuando ellos saben que vas  a defenderte, no se meten tanto contigo. Lo que me mantuvo entero esos tres años era la esperanza, saber que iba a ganar, que no había ninguna manera de que pudiera perder. Pensaba, «soy inocente, esto no puede pasar en un país como los Estados Unidos».

Durante ese tiempo te defendió el abogado Kayo Morgan, que ha firmado una declaración asegurando que su defensa fue deficiente.
Por culpa de su defensa también estoy aquí. Kayo Morgan tenía problemas con las drogas, le acusaron de agredir a una mujer embarazada y en la cárcel hay gente que me decía que le pagaban con drogas. No consiguió un investigador ni un experto facial. Intenté cambiar de abogado, pero no me dejaron. Nunca le perdonaré que mi madre pagara un investigador al que después él le dijo que no hiciera nada. Eso para mí es como si mi propio abogado tratara de matarme. Recuerdo incluso que en la selección de jurado salimos de la corte los dos esposados. En ese momento pensé: «No hay ninguna manera de ganar». Lo único que le reconozco es que después de todo aquello firmara esa declaración.

¿Qué importancia tiene que Morgan no pidiera un experto en identificación facial?
Fue clave. El experto facial contratado por el otro acusado, Seth Peñalver, le dijo a mi abogado que el hombre del vídeo tiene la nariz más grande que yo, la cara más ancha y que no tiene la cicatriz de mi ceja derecha, que me hice en un partido de frontón con mi padre en Connecticut. El miedo que yo tengo es que con el paso de los años cambie mi cara y un jurado no pueda identificarme.

Se te acusa de cometer el asesinato junto a Seth Peñalver, al que le anularon la condena a muerte y tendrá un nuevo juicio. ¿Erais amigos?
No. Era el amigo de un amigo mío, pero sí le conocía. El día que me detuvieron llevaba sin verle mes y medio.

Tras un juicio nulo y un aplazamiento, llega la sentencia... ¿Qué sentiste al escuchar que te condenaban a muerte?
No lo escuché, lo vi. Antes de que leyeran el veredicto, vi en el papel que sostenía la presidenta del jurado que estaba señalada la pena de muerte.Sentí que se me salía la sangre del cuerpo. Miré hacia detrás a mi hermano y a mi padre y dije: «Perdimos». (Pablo agacha la cabeza) En ese momento, no pude aguantar, me salieron las lágrimas. Pensé: «Se me acabó la vida».

¿Pensaste en tirar la toalla?
Cuando hablé con Tanya le dije, «vete, haz tu vida, ya no podemos hacer nada más». Me pasé los primeros días llorando, es difícil explicar lo que se siente. Es algo que no quiero que nadie tenga que sentir nunca. Estuve días sin salir de la cama, no quería llamar a casa, no sabía qué iba a hacer. Y fue un oficial el que vino y me dijo, «llama a tu casa, que están preocupados». Nunca pensé que mi vida fuera a ser esto. Cada vez que salgo de la celda, esposado... Tengo que vivir en un cuarto con un orinal... (Toma aire).

Gracias a Tanya y a tu padre recobras la esperanza y recurres al Tribunal Supremo de Florida.
Sí, un mes antes de mi vista fue la de Seth Peñalver y, cuando vi que conseguía un nuevo juicio, yo pensé: «lo tenemos ganado». Las pruebas que tenían contra él eran las mismas que conmigo. Si a él se lo daban, a mí me lo tenían que dar también... Cuando llegó mi día miré al jurado y les dije que era inocente, les pedí que me creyeran. Y pensé que lo habían hecho. Pero no me dieron un nuevo juicio. No me lo podía creer. Y todavía no lo puedo creer. En ese momento me sentí peor que cuando me condenaron a muerte. Eso me 'pegó' duro.

¿Te volviste a hundir? 
No quería saber nada de nadie. No comía... (Se queda en silencio). No recuerdo qué se siente al estar libre. Hasta en mis sueños sueño que estoy preso. Si sueño que estoy con mi familia, hay un oficial detrás diciendo que tengo que volver a la celda. El único sueño agradable es cuando veo la cara de mi madre y lo único que me consuela es que ella murió antes de ver que me habían condenado a muerte. Yo nunca he visto internet. Mentalmente sigo siendo un chico de 22 años, no un hombre de 40 porque no he vivido. Mi vida paró en 1994.

¿Crees que vas a poder recuperar estos años?
No. No se puede recuperar eso. Tengo que seguir adelante y vivir al máximo lo que me queda. Pero nunca se puede recuperar lo que has perdido. Casi la mitad de mi vida la he pasado preso.

Ahora tienes un nuevo abogado, Benjamin Waxman. ¿Confías en él?
Por primera vez siento que tengo un abogado  que está haciendo todo lo posible por sacarme de aquí. Aunque lo de Morgan me dejó muy tocado y siempre tengo esa desconfianza.

Pese a ello, con Waxman, te volvieron a denegar un nuevo juicio el pasado febrero.
Me lo esperaba. Yo sabía que el tribunal que me condenó había gastado millones de dólares en mis tres juicios. Ellos no iban a admitir que habían cometido un error. Tenía un poco de esperanza, porque si aquí dentro la pierdes, no tienes nada. La esperanza es lo único que frena la violencia en el corredor de la muerte.  Yo tengo primero a Dios, luego a mi familia y después la esperanza. Sin eso yo no sé cómo podría vivir.

En 2009 aparece un testigo que asegura conocer al asesino que aparece en el vídeo.
El problema es que no coincidió el ADN, pero si hubiera un nuevo juicio podríamos volver a utilizar esta pista. Además, con ese vídeo  es imposible reconocer a nadie: una imagen borrosa en blanco y negro con la cabeza baja... El hombre de ese vídeo podría ser cualquiera. Podrías ser tú. Lo que me pasó a mí le podía haber pasado a cualquiera. Mi problema fue que a mí me habían arrestado ese día.

Estos años han sido una montaña rusa de esperanzas y decepciones.
Así es la vida de un preso. Un momento sientes que tienes algo y dices «¡por fin!» y al momento el martillo te golpea otra vez hacia abajo. Eso me ha cambiado. Ahora, cuando me dicen que puede haber algo digo, «un momento», me he hecho más duro. No confío ya mucho, aunque tengo esperanza, pero... (toma aire) no quiero pensar en que voy a ganar, tengo que mantenerme en un término medio, ni triste ni contento.

¿Alguna vez te ofrecieron un trato a cambio de declararte culpable?
Cadena perpetua después del primer juicio. Dije que no quería ni oír hablar de eso. Hoy la cosa sería diferente, lo que quiero es salir de aquí.
  
¿Qué es para ti la justicia? 
No hay justicia. No soy el único, hay mucha gente que está pasando lo mismo. En los últimos 30 años han salido 25 inocentes del corredor de la muerte. Para mí, uno ya es demasiado. En EEUU hay una justicia para los que tienen dinero y otra para los que no. Y otra para los negros, y para los hispanos y para los blancos...

¿Cómo era Pablo cuando entra en la cárcel hace 18 años y cómo es ahora? 
(Se queda en silencio). Era más alegre, reía más... Tenía sueños, quería ser un pelotari como mi padre, tener una familia, estar con mi mujer y ahora no sé si voy a tener vida. No sé. No tengo confianza. No sé lo que es vivir. Nosotros estamos vivos pero no estamos viviendo. Es difícil explicar lo que pasa aquí dentro. Es un mundo dentro de otro mundo. Sólo somos un número. Esa es la diferencia, antes yo era alguien, ahora no soy nadie. Este sistema me ha robado todo, hasta mis sueños.

¿Y qué opinas de vivir en un país donde puede pasarle a alguien lo que te ha pasado a ti?
¡Yo no soy el único! Ellos dicen que EEUU es la tierra de la libertad y eso es así si tienes dinero. Si yo salgo de este país nunca más viviré aquí. Me marcho tan rápido que nadie me coge. Iría a España o a donde fuera...

¿Piensas en ese momento? 
Ayer hablé con un vecino de celda que había salido y le pregunté cómo se siente uno cuando cruza la puerta de la cárcel. Me dijo que el sol se siente diferente en la cara cuando estás libre. Oír eso para mí es muy fuerte. Si llega ese momento no sé dónde iría, ni qué haría, ni qué comería. Bueno, sí sé lo primero que haría (se ríe, aunque al momento vuelve a ponerse serio). Iría a visitar donde está enterrada mi madre porque no me dejaron ir al funeral. Después ya no sé nada más, pero preferiría vivir debajo de un puente a seguir aquí dentro.

¿Cómo es la vida en el corredor de la muerte?
La comida es horrible, hace cuatro años cambiaron el menú y ya no nos dan ni carne. Yo como gracias a que mi familia me da dinero y puedo comprar aquí dentro sopa, carne, patatas... Mi celda mide dos por tres metros y sólo salgo de ella dos veces por semana. Tengo una televisión y una radio y también libros. No nos dejan tener teléfono. La única forma de comunicarme es con cartas. En la pared no podemos tener nada, las fotos de mi familia y las cartas de la gente que me escribe las tengo guardadas en un cajón. Recibo entre quince y veinte cartas al mes de gente que cree en mí y que me apoya. También de desconocidos que me dan ánimo y que dicen que me van a ayudar. Para mí eso es lo más increíble, hay gente que sin conocerme me quiere demostrar su cariño. Si les viera les diría que tienen un amigo para toda la vida. Yo nunca podré pagar lo que ellos me han hecho sentir aquí dentro. Puedo vivir por las cosas que me cuentan, por sus ojos.

¿Se puede tener amigos aquí dentro?
Amigos aquí no hay, aunque yo tengo uno. Creo. Se llama Alex Pagan. Ahora está en mi mismo edificio, pero nos suelen separar. Él está acusado de un asesinato, pero dice que es inocente. Yo estoy solo en una celda casi las 24 horas del día. Salimos dos veces a la semana al patio durante tres horas. Nos podemos duchar tres veces a la semana durante diez minutos. Lo peor de todo es la gente que te rodea, tengo que estar con violadores de niños, de mujeres, asesinos...

¿Cómo es la relación con los guardias?
Algunos son buena gente y te traen comida de la calle y te tratan bien. Varios me han dicho que si pudieran sacar a alguien de prisión sería a mí.  Pero otros se pasean por el pasillo gritando: «¡Ojalá un día os maten a todos!».  Saben que yo tengo el apoyo de España y por eso no se van a meter conmigo. Hay muchos presos que no tienen a nadie y les golpean y patean.

¿Qué puedes conseguir en la cárcel?
Todo. Con dinero puedes conseguir lo que quieras aquí dentro. Eso sí, si te cogen te quitan las visitas o te mandan al 'hueco'. Sesenta días sin salir de una habitación sin libros, radio, tele, sólo tú con un par de calzoncillos y una camisa. Yo estuve una vez por una pelea en el patio.

¿Qué se siente al estar ahí?
(Suspira y hace una larga pausa). Tienes más hambre, sales un poco más delgado, el tiempo pasa más despacio. No puedes hacer nada ahí dentro. Eso no es vida.

¿Eres muy religioso?
Sí, siempre lo he sido, pero a veces dudo y le pregunto a Dios por qué me está pasando esto y qué planes tiene para mí. Tengo que creer que esto me pasó por algo.

¿Estar aquí te ha cambiado la percepción de las cosas, tu visión del mundo?
A veces recibo cartas en las que leo que la gente se queja de cosas pequeñas. Creo que no hay que preocuparse por cosas así, porque no se puede cambiar lo que ya pasó. Yo no puedo recuperar los 18 años que he pasado aquí. Lo que hay que hacer es apreciar los buenos momentos que tú tienes. Apreciar que puedes llamar a tu madre y decirle que la quieres, abrazar a tu mujer, ir a trabajar... Por lo menos tienes tu libertad, aprecia esos momentos porque yo no los tengo.

¿Piensas alguna vez en el momento de la ejecución?
Sí, cuando se produce la de otro preso o veo una película donde sale una ejecución. Es duro, trato de no pensarlo, pero cuando hay una, nadie habla en el corredor. Se puede sentir en el aire que ese día es diferente. Porque mañana te puede tocar a ti. Para mí esto son dos castigos: uno estar metido en una celda de dos por tres metros durante veinte años y otro que te quieran matar. No le desearía esto ni a mi peor enemigo.

¿Qué cosas has visto en la cárcel que la gente no conoce, que no salen en las películas?
He visto cosas que jamás voy a contar a nadie. Los presos se vuelven locos. Hay gente que no recibe visitas y correos y se vuelven locos. Tú ves a una persona hablar, reír, y después de dos, tres o diez años les ves caminando en el patio tras haber perdido su mente. El corredor de la muerte en este país es horrible. Te meten en una celda sólo con tus pensamientos. Yo por lo menos tengo a mi mujer y a mi familia que me dan ese contacto humano que otros no tienen. Mentalmente estoy más fuerte pero ojalá que nunca me pase. Imagínate vivir sin nadie, sin otro ser humano que te quiera.

Tu mujer, Tanya, lleva 18 años a tu lado y nunca te ha dejado...
No hay ninguna palabra que pueda explicar la suerte que tengo con mi mujer. Hay muchas personas que están ahí fuera, libres, y que se pasan toda la vida buscando un amor verdadero y no lo encuentran. Yo aquí dentro lo he encontrado. Dios a veces no te da más de lo que puedes soportar. No sé qué hice en otra vida para merecer una mujer como Tanya. Es un ángel.

¿Dónde la conociste?
En casa de un amigo. Llegué con mi coche y la vi con otro chico. Y le dije: «¿Quieres dar una vuelta en mi carro?». ¡Y me mintió! (ríe). Me dijo que tenía 18 años y tenía 16.

¿Te gustaría tener hijos con Tanya?
Sí, claro que me gustaría. Y seguro que les contaré cómo es este mundo, tienen que saber lo que les puede pasar. Sólo porque las noticias digan que han arrestado a una persona no es culpable. Aunque aquí no me dejan tener hijos. Sólo la puedo abrazar, besar... aunque con dinero, todo es posible aquí dentro.

Cada sábado tu familia recorre 900 kilómetros para venir a visitarte a Raiford. ¿Cómo vives ese día?
Comemos juntos, jugamos a las cartas, charlamos... pero cuando se van es horrible. Pienso en cuándo podré salir con Tanya, cuándo podré besarla sin tener un guardia detrás mirándome. Es difícil verla ahí... Lo mejor es cuando yo salgo y la veo sonriente, eso es lo mejor, una mujer fenomenal, cariñosa y bella.

¿Dónde fue vuestra boda?
En la cárcel, en una sala de visitas como ésta, con una mampara separándonos. Mi abogado firmó los papeles, pero no pude ni tocarla. Si Dios quiere, y puedo salir, voy a celebrar una gran boda con Tanya. En la otra cárcel estuve cuatro años sin poder tocarla. Y el primer día que pude besarla, olerla... yo no sé como ella tiene esa fuerza. Ha dedicado su vida a mí. Me gusta decir que tengo la mejor y la peor suerte a la vez.

¿Alguna vez podrás tener sueños en los que no estás entre rejas?
Lo que yo quiero hacer es levantarme y elegir abrir una puerta. Cada vez que yo me despierto oigo llaves o la porra de los guardias en la barra o la verja cerrándose. Así se despierta uno aquí dentro. Es difícil, uno no se siente ni humano. En verano, hasta los animales de este estado tienen legalmente derecho a aire acondicionado. Nosotros no.

Pablo, con sinceridad, ¿cómo crees que va a acabar esto?
Yo creo (hace una pausa), tengo dudas, pero creo... No sé cuánto voy vivir pero quiero demostrar mi inocencia y si un día me muero de un infarto o me ejecutan quiero que alguien siga mi caso y demuestre mi inocencia. Lo que quiero es limpiar mi nombre. Yo no soy una mala persona, yo no maté a nadie. Eso es lo que yo quiero.

¿Qué mensaje les enviarías a los españoles?
Que no se olviden de mí por favor. Yo sé que las cosas están difíciles en España y que hay mucha gente sin trabajo que están sufriendo, pero, por favor, que el Gobierno y los ciudadanos no se olviden de mí. Quiero demostrar mi inocencia y poder vivir una vida normal. No dejen que me maten.

2 comentarios:

  1. Yo como mucha jente cren en ti.poreso dicen que en este pais no llega la mano de Dios te deceo mucha suerte

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  2. Busca alluda con los periodistas as publico este caso gritales alos cuatro bientos que tu no eres criminal Dios tarda pero no te olvida demuestrale alos gringos que tu no eres el del video ellos saben que tu nnoeres el del video pero

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