13 jul. 2012

Yugoslavia, de la grada a la trinchera

Este texto fue publicado en el Magazine Cultural Jot Down

Yugoslavia. Dentro de un año y un mes estallará la guerra. Tres mil Delije (ultras del Estrella Roja, equipo de fútbol serbio con más aficionados) esperan el tren que les llevará a Zagreb apelotonados  en el andén de la Central de Belgrado. Sus voces, graves, rudas, hacen rugir la estación: ‘¡Zagreb es Serbia! ¡Zagreb es Serbia!’. La policía yugoslava, ese día extraordinaria en número, les vigila; los agentes son también, en su mayoría, serbios. Es el 13 de mayo de 1990. Siete días antes han tenido lugar las primeras elecciones regionales de Yugoslavia desde su reunificación bajo el régimen comunista en 1945. En Croacia, todavía república regional yugoslava y lugar al que se dirigen los ultras, el pueblo no ha titubeado: gana con claridad la Unión Democrática Croata, presidida por el nacionalista Franjo Tudjman. El nacionalismo emancipador se impone al comunismo unificador. ‘¡Mataremos a Tudjman!’’ atruena la estación de Belgrado. El tren parte a primera hora de la mañana y depositará a los tres mil delije (héroes) en el estadio de Maksimir donde por la tarde se disputa el partido de fútbol de máxima rivalidad Dinamo de Zagreb-Estrella Roja. Atrás queda el andén en silencio, una calma aliviadora tras la tensión, mientras la capital croata  aguarda el brutal encontronazo. El choque que hará desmoronarse Yugoslavia.

El día del partido la República Federativa Socialista de Yugoslavia es un estado con siete fronteras, seis repúblicas, cinco nacionalidades, cuatro idiomas, tres religiones, dos alfabetos y un líder. Así sobrevivió desde 1945, año en el que el Reino de serbios, croatas y eslovenos –los pueblos eslavos del sur- se reunifica bajo la batuta del Mariscal comunista Josip Broz Tito. Yugoslavia pasa a ser una organización socialista amiga de la URSS y no enemiga de EEUU. Una especia de tercera vía en la que la mano dura de Tito mantiene el comunismo como pegamento entre los pueblos y culturas que habitan el país.


La SFR Yugoslavia estaba formada por Eslovenia, Croacia, Bosnia y Herzegovina, Macedonia, Montenegro, Serbia y dos provincias autónomas dentro de Serbia: Kosovo y Metohija y Vojvodina. La unificación hizo que los habitantes de estas repúblicas se mezclaran, logrando que cada una de ellas tuviera representación de todos los pueblos. Así, se viajara a donde se viajara, uno se encontraba con eslovenos, croatas, serbios, bosnios musulmanes, macedonios y montenegrinos. Esta mezcla era mucho más evidente en Bosnia, único estado sin base étnica (valga el término pese a la inexistencia de las etnias desde un punto de vista antropológico). Bosnia contenía un 44% de musulmanes, un 33% de serbios, un 18% de croatas y el resto, distintas minorías. 

El asunto no duró mucho.

La muerte de Tito en 1980 inicia un potencial proceso de desmembramiento que durará toda la década. En realidad, y pese a la duración de su mandato, Tito nunca llegó a resolver cuestiones nacionales básicas. Las identidades de cada uno de los pueblos balcánicos, aunque adormecidas, siempre permanecieron latentes y fue tras la muerte del Mariscal cuando esta hibernación comenzó a desperezar. Varios factores hicieron de despertador, casi todos ellos derivados de una traumática transición al capitalismo. EEUU abrió su mercado a Yugoslavia antes que a ningún otro país del Este liberado de la URSS. Este comercio fomentó el crecimiento de la zona norte (Croacia y Eslovenia) que vieron lastradas sus economías por la improductividad del sur (Montenegro, Macedonia). Debido a esta circunstancia algunos historiadores consideran la maniobra estadounidense una estrategia bautizada como ‘revolución callada’. También las clases altas serbias estaban molestas por el injusto reparto de la riqueza con musulmanes y albaneses (estos últimos habitantes, en su mayoría, de Kosovo), de menor poder adquisitivo. Con el paso de los años la crisis se acentuó y las distintas repúblicas dejaron de cumplir sus compromisos con el Fondo Común de Yugoslavia. Croacia producía el 22% de la Industria del país, por el 6,1% de Macedonia o el 1,8%  de Motenegro, mientras que Eslovenia exportaba el 28,8% de la producción yugoslava por el 1,3% de Kosovo o el 1,6% de Montenegro. 

Al escenario económico se unió el político. Croatas y eslovenos entendían la democracia de una forma federalista y consideraban “artificial” la Yugoslavia unida. Por su parte, los serbios tenían una visión mucho más centralista y autoritaria. Entendían que los demás pueblos eslavos del sur están en deuda con ellos y su aspiración, aunque federal, pasaba por que todo gravitase alrededor de Belgrado. 

Este paisaje fue provocando un desgaste social que fomentó las expresiones nacionalistas y la propaganda religiosa, étnica y nacional: “Nos obligan a los croatas, católicos y europeos, a vivir bajo la dominación de pueblos ortodoxos y bizantinos”, aseguraban los líderes en Zagreb. A finales de los 80 la fragmentación política de Yugoslavia era un hecho; no en el gabinete de Belgrado, que negaba cualquier conflicto, pero sí en la calle y, también, en los campos de fútbol, un microcosmos donde la guerra llevaba diez años fraguándose con escandalosa evidencia. Sólo al final de la década los políticos comenzaron a quitarse las caretas: Croacia y Eslovenia pusieron sobre la mesa sus reivindicaciones identitarias en 1989, definitivamente impulsadas por la toma del poder yugoslavo de Slobodan Milosevic. 

Milosevic, serbio, comenzó a una serie de maniobras que terminaron de dar forma al independentismo de Eslovenia y Croacia. Además de cambiar la letra del himno y de utilizar el alfabeto cirílico para trámites legales (empleado sólo en Serbia), quiso renovar algunos protocolos, como los votos del Consejo (de forma que el voto de Kosovo perteneciese a Serbia) o instaurar la política de una persona un voto, aprovechando la mayoría serbia en toda la república. Enfrente, Croacia y Eslovenia. Ambas abandonaron el Congreso Extraordinario de la Liga de Comunistas de Yugoslavia celebrado en enero de 1990 -un último intento de salvar Yugoslavia-  y propusieron crear una federación de seis repúblicas. Milosevic lo rechazó, pero tras semanas de negociaciones  se acordó convocar, por primera vez desde la reunificación, elecciones regionales en cada una de las repúblicas. Durante las semanas en las que se llevaron a cabo estas negociaciones políticas, la calle vivía su proceso paralelo. Esos días la prensa yugoslava recogía incidentes entre jóvenes croatas y serbios, cada vez más frecuentes. En marzo, durante una marcha en Split, un joven recluta del Ejército Yugoslavo fue asesinado dentro de su tanque. La HRT, canal croata, también dio cuenta de disparos contra bases del ejército en distintos puntos del país. Con este escenario de tensión creciente llegó el día de las elecciones. Y ocurrió lo previsible: en Serbia y Montenegro ganan los líderes partidarios de la unión yugoslava y en Eslovenia y Croacia vencen los nacionalistas. La situación se hace irrespirable. Tudjman, nuevo líder croata, comienza a planear la independencia. Entre sus medidas hay algunas antiserbias, como la rebaja de categoría ciudadana a la población serbia de Croacia (que era el 12,2%). A la vez, en Belgrado, dos personas son asesinadas en una manifestación contra Milosevic y el Ejército Civil Yugoslavo (de mayoría serbia) decide involucrarse en políticas de Estado. Yugoslavia entra en hemorragia. En ese momento, en este contexto, es cuando llega el tren. El tren cargado con tres mil ultras serbios, que descienden al andén y ponen sus botas en suelo croata. 

Camino de la batalla

“Era un momento muy desaconsejable para celebrar ese partido”, expresaría -meses después en un programa de la televisión croata- Sasha Kos, taxista de Zagreb y que aquel 13 de mayo se encontraba en el estadio. Los tres mil delije fueron conducidos por la policía hasta el estadio de Maksimir. Durante el trayecto hubo golpes, carreras, pedradas… Todo menos control policial sobre los ultras serbios. Los agentes contemplaban cómo ambas hinchadas recogían kilos de piedras para introducirlos en el estadio. Los ultras serbios, además, portaban ácido, que luego utilizarían para quemar las vallas de seguridad. Cuando estaban a pocos metros del estadio la situación se recrudeció. Los Bad Blue Boys, grupo ultra del Dinamo de Zagreb, entraron en escena ataviados con banderas croatas. Quemaron banderas yugoslavas y llenaron los muros de pintadas independentistas. Se produjeron las primeras peleas. Cazadoras vaqueras, cintas en la frente y ‘bombers’ naranjas se enfrentaron ante la puerta del fondo sur del estadio. Finalmente, la policía decidió abandonar los cacheos individuales y meter apresuradamente a los tres mil ultras serbios en la grada de Maksimir. Entraron cantando “¡Zagreb es Serbia!”, arrancaron una valla de publicidad donde se leía la palabra ‘Croatia’ y encendieron bengalas. Enfrente, 15.000 aficionados croatas. En el césped, los jugadores calentaban. No llegarían a disputar un solo minuto del encuentro. 

La guerra llevaba años en las gradas

El fútbol yugoslavo fue el laboratorio, el mini-escenario, que recreó todo lo que después iría ocurriendo en el país. Antes que los políticos, los hinchas ya habían enarbolado las banderas del nacionalismo. Antes que los dirigentes, los aficionados ya se habían profesado odio sin tapujos. Antes que los soldados, los ultras ya se habían declarado la guerra; ya habían combatido. El fútbol en Yugoslavia fue por delante, avisó y no se le escuchó. Jonathan Wilson, periodista experto en fútbol europeo, explica que “en Europa el hooliganismo se extiende en los años 70 y 80 como una explosión social ante las desigualdades, pero en Yugoslavia adquiere un cariz político, nacionalista”. Cada estadio, cada jornada de liga, explicaba una realidad social. Cada altercado, representaba un problema político. La Yugoslavia de los 80 se puede entender a través de su fútbol. Los estadios reflejaron en esa década lo que después se trasladó a la dimensión del campo de batalla en la siguiente.  

La Prva Liga –primera división yugoslava extinta en 1991- estaba compuesta por 18 equipos. En Bosnia destacaban las dos escuadras de la capital. El FK Sarajevo, campeón en dos ocasiones, es el equipo de los bosnios musulmanes. Sus ultras, los Horde Zla (hordas del mal) engrosaron las filas de las milicias bosnias durante la guerra. Son la máxima representación del independentismo bosnio musulmán y así lo demostraron  en las gradas durante los 80, enfrentándose a los hinchas cristianos de Serbia y Croacia. El otro equipo de la capital es el FK Željezničar, equipo de la clase trabajadora y de los pocos que nació sin una base étnica, conocido como el equipo de todos. La otra realidad de Bosnia en aquella década estaba contenida en el Zrinjski Mostar, el equipo de los bosniocroatas, y el Borac Banka Luka, la escuadra de los serbobosnios. Sus enfrentamientos incendiaban estadios y avisaban de la inestabilidad interna de la sociedad bosnia. Hoy, todos ellos siguen compitiendo en la liga bosnia. 
 
En Croacia dos equipos representaban el ansia independentista de la república: el Hajduk Split y el Dinamo de Zagreb. Los hinchas del primero protagonizaron algunos de los capítulos de violencia más vergonzantes de la historia del fútbol. Sus ultras, la Torcida Split, pasan por ser el grupo organizado de hooligans más antiguo de Europa, fundado en 1950. El lema de sus aficionados es, “si viviera dos veces, las dos te las dedicaría”. Muchos de los miembros de la Torcida se unieron al ejército croata en la guerra de independencia. Hoy, en la entrada de su estadio, hay un mural que recuerda a los hinchas que dieron su vida en la guerra. Grada y trinchera de la mano. El Dinamo, por su parte, es, según Jonathan Wilson, “el núcleo del nacionalismo croata”. Hasta el punto de que el último presidente que tuvieron disputando la liga yugoslava fue Franjo Tudjman, posteriormente elegido presidente de Croacia y quien llegó a cambiar el nombre del equipo por Croacia Zagreb, enseguida reconvertido en el original Dinamo. Sus aficionados más radicales, los Bad Blue Boys, fueron la punta de lanza del sentimiento emancipador croata, enfrentándose a los equipos serbios bajo el amparo de las banderas croatas cuando éstas todavía estaban prohibidas en los estadios. De la grada pasaron a la trinchera, y muchos de ellos formaron parte durante la guerra del ejército de su país. 

Los equipos y sus seguidores dibujaban a la perfección el paisaje social de Yugoslavia. Pero el gobierno de Belgrado parecía negarse a verlo. Milorad Anjelic, presidente del parlamento de Belgrado, explicaba en 1990, sólo un año antes de la guerra: “Existen conflictos, pero no son serios. No nos cuestionamos la existencia de Yugoslavia. Tenemos cambios políticos y puntos de vista diferentes, pero la gente quiere una Yugoslavia unida”. No lo veía así el diputado croata Mladen Vedris, quien replicaba en una entrevista para la televisión yugoslava: “El fútbol es una forma de expresarse. Durante años hemos estado en condición de inferioridad, ha llegado el momento de la igualdad, sí, pero si no llega, ha llegado el momento de la independencia. Y si no nos la conceden, estamos ante el final de Yugoslavia”. Entre medias, Spiro Vukovic, presidente de la asociación de fútbol de Yugoslavia, trataba de poner cordura: “Confío en que el deporte haga suceder cosas positivas, los estadios no pueden ser fórums políticos, los espectáculos deportivos son para relajarse y divertirse. Esto significa que el fútbol tiene que ser algo secundario en la vida y lo primero tienen que ser la ley y el orden. Ésta es nuestra principal preocupación en los partidos”. Demasiado tarde. Hacía años que la guerra de los Balcanes se llevaba a cabo en las gradas. 

Días antes de la batalla entre los Delije y los Bad Blue Boys en Zagreb, el programa británico Express News Magazine viajaba a Yugoslavia para hacer un reportaje de cómo el fútbol estaba canalizando las tensiones políticas. Entrevistaron a varios hinchas anónimos y sus declaraciones mostraban que todo aquello había dejado de ser (sólo) fútbol. “Soy fan del Estrella Roja, pero también soy serbio, así que lucharé por el Reino de Serbia”, decía un joven, cazadora vaquera y media melena rubia. “Durante años las luchas fueron por el honor del Dinamo. Desde hace tiempo son por Croacia. Lucharemos contra cualquier equipo serbio”, explicaba otro treintañero de Zagreb en el programa. El reportero habla con un miembro de los Bad Blue Boys del Dinamo. “No puedo expresar con palabras lo que me hacen sentir los equipos serbios. En Inglaterra hay equipos que se odian y ultras rivales. Eso nos pasa con Torcida. Pero lo que ocurre con los serbios, eso, no creo que se pueda poner un ejemplo igual”.

Las voces no sólo eran anónimas. El capitán del Dinamo, Zvonimir Boban, también atendía al periodista británico: “El futuro del fútbol parece muy crudo aquí, si las cosas van a peor, habrá una separación, una fractura”. Faltaban sólo unos días para el partido de Maksimir y pocos meses para el inicio de la guerra. El fútbol podía hablar más alto, pero no más claro.

Los Tigres de Arkan

En la grada inferior del fondo sur los Delije rugen. El cemento de las gradas parece retumbar. Las explosiones de potentes petardos se suceden. Han venido al completo y ya están donde querían. En la grada superior hay algunos aficionados croatas. Sobre las pistas de atletismo, policías, coches de bomberos y ambulancias, preparadas por si fuera necesario. Luce el sol en Zagreb, a veces oculto por el humo de las bengalas y los botes. Queda casi una hora para el partido.

Los dos principales equipos de Serbia son el FK Partizan y el Estrella Roja, ambos de Belgrado y ambos enemigos futbolísticos irreconciliables. Se odian. Desde 1947 disputan el ‘derbi eterno’, uno de los partidos más ruidosos e intensos de Europa. Los dos equipos dominaron la liga yugoslava hasta su disolución: el Estrella Roja logró 19 campeonatos y el Partizan, once. Estos últimos nacieron como el club del Ministerio del Interior y mientras Yugoslavia se mantuvo unida fue el equipo de Belgrado más ‘yugoslavista’, sin hacer tanto hincapié en el nacionalismo serbio. Sus ultras son los Grobari (enterradores), apodo que les pusieron sus rivales del Estrella, pero que adoptaron de buen grado. Tal es la fiereza de los Grobari que de los 36 partidos que el equipo ha jugado en competiciones europeas, 25 han supuesto sanciones para el club por culpa de la violencia de sus aficionados. 

El Estrella Roja, por su parte, considerado el equipo con más seguidores del país, representó siempre el nacionalismo serbio más radical. Nacido del ejército yugoslavo, sus ultras –los Delije, los mismos que llegaron en tren a la estación de Zagreb- terminaron por ser un brazo armado del Estado. A medida que Yugoslavia caminaba hacia su desintegración, Grobari y Delije radicalizaron sus posturas políticas hasta fundirse en una sola ideología: sus gradas contuvieron (y contienen) el nacionalismo serbio radical, escorado hacia la extrema derecha como respuesta al comunismo que les unió a croatas y bosnios bajo una misma bandera. Su idea es clara: Yugoslavia es Serbia, la Gran Serbia, y el resto de pueblos que compongan han de asumir su deuda, su –al fin y al cabo- inferioridad. 

Ultras bosnios, croatas y  también del Partizan dejaron la grada por la trinchera cuando comenzó la guerra. Mostraron que el fútbol estaba dibujando un campo de batalla que ellos mismos ocuparon cuando eclosionó. Pasaron de la grada a la trinchera con literalidad. El proceso demostró hasta qué punto el balón y el fusil fueron de la mano, hasta qué punto las banderas se descolgaron de las vallas de las curvas y se volvieron a colgar en las alambradas militares. Hasta algunos cánticos pasaron del estadio al frente. Las unidades militares y paramilitares comenzaron a surtirse de jóvenes yugoslavos hijos de la depresión, violentos y fanatizados que pasaron de patrullar las calles y los estadios a hacerlo en el campo de batalla. Invita a reflexionar qué clase de enfrentamientos protagonizaban estos hinchas. Y qué clase de odio se tenían y se tienen. Este proceso, este mimetismo entre fútbol y realidad social, alcanzó su máxima cota, su absoluta fusión, con los Delije. Por historia y tradición ellos albergaron la radicalidad nacionalista más severa, la violencia más extrema contra croatas y bosnios. Su caso es el ejemplo definitivo. 

Los Delije fueron, durante los 80, el grupo ultra más numeroso, contundente y temido. Su líder era Zelijko Raznatovic, conocido como Arkan. Arkan organizaba los desplazamientos, coordinaba al grupo y su poder era tal, que llegó a ser contratado por el propio club como coordinador de seguridad. Con este panorama los Delije se hicieron con el control del equipo a finales de  la década. Enseguida hasta eso se les quedó pequeño. Ante el funcionamiento cuasi militar del grupo ultra y su proclamada ideología, el presidente yugoslavo Slobodan Milosevic desvió su mirada hacia ellos cuando las tensiones en el país eran ya evidentes. La guerra entre ultras estaba a punto de dar su salto definitivo, de completar su metamorfosis. Milosevic ordenó a Jovica Stanisic, jefe del Servicio de Seguridad Estatal, que hablase con Arkan para que organizase a sus muchachos. Debían reenfocar su violencia y organización. A diferencia de los ultras croatas o del Partizan que se enrolaron voluntariamente en fuerzas militares y hoy estatuas y placas en los estadios tributan su entrega, los Delije alumbraron en su propio seno al grupo paramilitar. No hubo siquiera un paso de un sitio a otro. Hubo una conversión. El 11 de octubre de 1990 veinte ultras del Estrella Roja, comandados por Arkan y respaldados por el gobierno yugoslavo de Belgrado, crearon la Srpska Dobrovoljacka Gard (SDG), Guardia Serbia Voluntaria. Pronto serían muy conocidos, aunque con otro nombre: los Tigres de Arkan.

El ritmo de enrolamiento de Arkan fue monstruoso. En pocos meses, 10.000 simpatizantes de los Delije formaban parte de su guardia paramilitar. Un documental sobre ultras del canal Discovery Channel contiene una entrevista con un miembro de los Delije de aquella época, Petar Ilich: “En los 90 Arkan era nuestro líder, los chicos le adoraban”, explica. “Algunos  se ofrecieron a ir a la guerra con él. Ellos pensaban que hacían lo correcto para Serbia. Por eso iban a luchar”. 

En 1992 alcanzaron su plenitud y dejaron claro su origen: ese año, en un partido en casa del Estrella Roja, la ruidosa grada cesó repentinamente sus cánticos y en medio del insólito silencio, y ante la atónita mirada del país, una veintena de uniformados mostraron pancartas anticroatas. El fútbol completó su transformación y se convirtió, después de diez años de avisos, en guerra. El proceso se plasmó también en el otro lado: los Tigres, cuando marchaban por el campo de batalla fusil en mano, entonaban el Sbrija do Tokrija, cántico creado por los ultras del equipo tras vencer la copa Intercontinental en Tokio en 1991. La frase de George Orwell, “el fútbol es como la guerra, pero sin disparos” perdió todo su sentido. 
 
Arkan llevaría durante la guerra a sus ultras-soldados a cometer las peores tropelías que recuerda el sangriento conflicto yugoslavo. El jefe de los ultras del Estrella, que también aguarda en el estadio de Maksimir a que comience el partido, acabaría siendo juzgado por crímenes contra la humanidad. Del asiento de la curva al del tribunal, un inaudito salto. Arkan dirigió la masacre de Bijelijna, población bosnia fronteriza con Serbia donde asesinó a un centenar de civiles y expulsó a la población no serbia. También coordinó el ataque de Zvornik, donde la población bosnia musulmana fue masacrada. Arkan fue detenido en 1999 y acusado de crímenes de guerra. El juicio nunca concluyó. El 15 de enero de 2000, en el vestíbulo del Hotel Intercontinental de Belgrado, Dobrosav Gavric, un joven policía serbio corrupto, se acercó a Arkan mientras éste charlaba con unos amigos y le disparó tres balas por la espalda. Aunque llegó vivo al hospital, murió a las pocas horas. Veinte mil personas asistieron a su entierro en Belgrado. La muerte de Arkan no terminó con los Tigres, que volvieron a actuar en Kosovo y formaron un grupo mafioso todavía activo, con presencia en España.

 Antes de toda esta increíble evolución, Arkan –todavía únicamente líder ultra- mira de reojo al campo, donde aguarda la policía, y comienza a planear el ataque de sus ultras. La guerra está a punto de estallar en Zagreb, aunque en las televisiones europeas hablarán posteriormente de incidentes en un partido de fútbol.

La patada que destruyó un país  

“La pasada noche estuvimos golpeando chicas serbias. Fue un verdadero placer”. Una joven croata -miembro de los Bad Blue Boys del Dinamo de Zagreb- alardea ante un periodista de un programa de la televisión yugoslava. Este reportero entrevistó a miembros de los dos grupos ultras justo antes del encuentro y el resultado es un documento revelador y de enorme valor. Recoge los testimonios de los hinchas que, minutos después, protagonizarán la pelea brutal que tuvo lugar ese día en el Maksimir Stadium de Zagreb. La batalla que, para muchos, desencadenó la guerra de Yugoslavia. 

“Odiamos a Tudjman y hemos venido aquí a dejarles claro a los croatas que nunca tendrán un estado propio”, dice un cabecilla de los Delije a pie de campo. Detrás, los 3.000 ultras serbios cantan ‘Od topole, do topole’, himno de los Chetniks, una organización guerrillera nacionalista y monárquica serbia del siglo XIX y que se convirtió en el cántico anticroata por excelencia. “¿Es necesario que canten eso?”, pregunta el periodista. “Deben cantar eso”, responde el jefe ultra. 

Maniac es el apodo del ultra croata que habla con el reportero. “¿Hay influencias políticas en vuestro grupo?”. “Por supuesto. Muy grandes. Todos hemos votado a la Unión Croata”, dice.  Sima, ultra serbio, no se queda atrás en su entrevista: “Estoy aquí para defender el nacionalismo, los Chetniks y a los líderes serbios”. Maniac parece más moderado: “Deberíamos luchas juntos contra hoolingans ingleses, pero…”. Los Delije no opinan igual: “Si vinieran hooligans ingleses lucharíamos contra ellos y contra los croatas. Los croatas deberían apreciar el honor de que les hayamos aceptado en Yugoslavia. Ahora quieren independizarse, no les perdonaremos ni lo olvidaremos nunca”, dice Sima. “¿Cómo crees que será el partido?”, le preguntan. “Sangriento”. 

Cuando faltan diez minutos para que comience el encuentro algunos ultras serbios comienzan a acceder a la parte superior de su grada. Enseguida son cientos y cuando los jugadores saltan al campo, el segundo anillo del fondo sur del Maksimir acoge una multitudinaria pelea. Carreras, asientos volando, rezagados que reciben palizas, golpes, patadas… La policía observa desde el campo. Muchos Deije acuchillan a cuanto croata se topan. En el fondo contrario, los Bad Blue Boys estallan en cólera contra la policía, a la que acusan de absoluta pasividad. Los jugadores del Estrella Roja se retiran apresuradamente a los vestuarios pero los del Dinamo de Zagreb se quedan, y observan la batalla. Uno de ellos es Zvonimir Boban que se acerca al cordón policial y llama la atención de los agentes. Se muestra indignado y le señala la grada, con incredulidad, a uno de los agentes. Un compañero se lo lleva, pero la imagen del 10, con el balón en la mano observando la estremecedora pelea en la grada, pasará a la historia. No será la única ese día.
El control de la situación se pierde definitivamente cuando los ultras croatas saltan al campo dispuestos a hacer justicia. Entonces sí, la policía reacciona. Arremeten contra ellos para evitar que lleguen hasta el fondo serbio y se produce una batalla entre agentes y ultras, mientras los Delije siguen arrasando con todo. Comienzan los gases lacrimógenos y los manguerazos de agua a presión de los bomberos. Los ultras entran en efervescencia, destrozan todo lo que encuentran a su paso. Llueven las piedras. De fondo, como una macabra broma, la megafonía sigue vociferando los anuncios típicos de antes de un partido. El caos es absoluto. Es la guerra entre Croacia y Serbia. 

El fotógrafo Toma Mihajlovich estaba allí en ese momento: “Nadie se sorprendió de lo que sucedió, porque esperábamos que pasara en algún momento. Para mí fue un día triste, fue un día horrible. Sentía como si estuviera perdiendo algo, sentía que algo llegaba a su fin”.

La pelea se extiende más allá de la hora. La policía se emplea a fondo para devolver a los ultras a sus gradas. Uno de los agentes persigue a un aficionado croata, que resbala y cae al suelo. En ese momento se abalanza sobre él y le golpea con una porra repetidas veces. Boban lo ve y, en un gesto inédito, arranca hacia el policía. Cuando llega a su altura salta y le pega una patada. El agente apenas reacciona, asombrado, y al instante un grupo de ultras croatas arropan al jugador y se lo llevan. La pelea, desde ese momento, comenzó a ser controlada hasta que, tras 70 minutos, la policía tomó el control. Sin embargo, aquella patada quedó grabada en la memoria de los yugoslavos, fue como la campana de un round de boxeo que dio inicio a la desintegración de un país. La patada de Boban, dicen en Yugoslavia, fue el inicio de la guerra.
“Fue un partido importante en la historia de Yugoslavia. Ese partido avisó a la población, incluso a aquella a la que le daba igual el fútbol, de la guerra que llegaba”, aseguraría después el sociólogo Neven Andjelic.
Boban se convertiría desde ese momento en símbolo vivo del nacionalismo croata. “Ahí estaba yo, una cara pública preparada para arriesgar mi vida, mi carrera, todo lo que la fama puede comprar, todo por un ideal, por una causa: la causa croata". Su frase, posterior a la agresión, es casi un lema en Zagreb. Años después se descubriría que el policía agredido era musulmán de origen bosnio. Y que perdonaría a Boban. 

“A los hinchas que comenzaron la guerra”

En la entrada del fondo norte del Maksimir Stadium de Zagreb hay un relieve de bronce en el que se reproduce aquella pelea. Las figuras van metamorfoseando de aficionados a soldados en una metáfora perfecta de lo que aquel incidente representó, de lo que el fútbol llegó a ser en un país. D e cómo los estadios fueron frentes de batalla. De cómo las gradas, trincheras. Bajo el mural hay una frase: “Para los seguidores del equipo, que comenzaron la guerra con Serbia en este estadio el 13 de mayo de 1990”.

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