25 oct. 2012

Tíbet a lo bonzo


· Este texto fue escrito para Jot Down Magazine.
· Puedes ver mis fotos del Tíbet, aquí.


La kora es una peregrinación sagrada que realizan los tibetanos y que consiste en girar alrededor de un templo budista para purificar el karma. En ocasiones se realizan tres giros que dibujan otros tantos círculos concéntricos. El primero es en el interior del templo. Siempre en el sentido de las agujas del reloj, los tibetanos dan una vuelta orando en cada imagen, ofreciendo dinero y quemando mantequilla de yak. El segundo transcurre alrededor del templo. En este círculo, los peregrinos hacen constantes altos en el camino para rezar, en una suerte de exigente gimnasia: se agachan, se tumban, se incorporan; se agachan, se tumban, se incorporan; y vuelven a repetir el proceso decenas de veces. Después prosiguen la kora realizando las sagradas genuflexiones cada tres pasos. Para evitar dañarse las rodillas y las manos utilizan protecciones artesanales, como petos, tablas o rodilleras. Un tercer círculo de la peregrinación discurre alrededor de los límites del pueblo o aldea, un camino más largo que ayuda a limpiar el espíritu. Estos límites -antaño marca inequívoca del final de las poblaciones tibetanas- se diluyen hoy en enormes avenidas de nuevos barrios construidos por el gobierno chino, que controla la región del Tíbet desde 1950. Lo que antes eran lindes rurales hoy es asfalto y tráfico. Los peregrinos tibetanos, empero, mantienen la ruta. Con la cara ajada por la altura y el sol, y girando sus molinillos de oración, completan la kora abriéndose paso entre comercios de música disco, coches de lunas tintadas, tiendas de souvenirs y pandillas de adolescentes con iPads; un cuadro que dibuja el  imparable progreso chino. Rezos frente a smartphones, mantras frente a todoterrenos.

Ninguna otra imagen podría definir mejor lo que es el Tíbet hoy. 

“No somos chinos. No tenemos nada que ver con los chinos. Míranos, somos distintos, hablamos distintos, tenemos culturas distintas. No somos chinos, sólo estamos ocupados por ellos”. Se queja con amargura pidiendo que su nombre no se haga público. No quiere ni que se sepa a qué se dedica. Basta decir que es tibetano, de Lhasa, y que no alcanza los 25 años. “Tíbet es y siempre ha sido una parte inseparable de China, que fue liberada de una teocracia”. Es la postura del gobierno chino. No parece que haya acuerdo. Ni que lo vaya a haber. 


La historia de esta ocupación -o de esta liberación- tuvo lugar en 1950. Ese año el ejército maoísta decidió entrar en la región y desde entonces el Tíbet forma parte de China. Pese al desacuerdo de casi la totalidad de los tibetanos.

La historia del país va y viene entre imperios, protectorados y matrimonios de conveniencia con sus vecinos, que fueron dibujando distintos lazos con el imperio chino y el mongol. La última dinastía de Pekín –la Qing, también conocida como manchú- mantenía un acuerdo de protectorado durante el siglo XIX con el Tíbet que, pese a ello, contaba con un estatus autónomo con el decimotercer Dalai Lama como cabeza del gobierno. A principios del siglo XX la dinastía cae y China pasa a ser una República que entra en guerra civil, entre nacionalistas y comunistas. El conflicto obliga a las tropas desplegadas en Tíbet a regresar a casa, algo que aprovecha Lhasa: en 1912 el país se declara independiente. El XIII Dalai Lama lo hizo público al año siguiente en la capital, durante la ceremonia de la Gran Plegaria. La región colmó así sus deseos de autodeterminación y los afianzó en los siguientes años, gracias al escenario internacional que le rodeaba: la posguerra en Europa mantenía a raya las ensoñaciones colonialistas de las potencias occidentales y China resolvía sus asuntos internos, desatendiendo el suspenso tibetano. Sin embargo, en Lhasa, sabían que su existencia autónoma descansaba sobre el fino alambre de una época en la que no existía la ONU ni ningún organismo supranacional que velara –al menos sobre el papel- por su independencia. El XIII Dalai Lama era consciente y, como una desconcertante profecía, dejó por escrito en su testamento de 1933 las sombras de una invasión inminente. Tíbet era independiente de facto, pero ninguna legalidad internacional lo respaldaba y, lo que parecía más importante, China no había participado en acuerdo alguno desde su salida de la región, cuando ésta era su protectorado. 

“…y todo lo que se extiende hacia el oeste, constituye, sin duda alguna, la tierra del Gran Tíbet”

En el corazón de la ciudad de Lhasa –capital del Tíbet- se encuentra la plaza de Jokhang. En una de sus cabeceras está el templo con el mismo nombre, uno de los más sagrados del Tíbet. En la otra, restaurantes de comida rápida destinados a los numerosos turistas chinos. En los lados, comercios y puestos ambulantes, escoltados por casas de ventanas cuadradas enmarcadas en fachadas con forma de trapecio. La plaza bulle de peregrinos tibetanos rezando, de turistas de todos los rincones de China haciendo fotos y de vendedores callejeros inasequibles al ‘no’. También de soldados del ejército chino que apostados en varios check-points controlan el acceso a la plaza. Todo ello se envuelve con el humo del incienso atravesado por los rayos del sol, el olor a mantequilla de yak que se derrite dentro del templo y los mantras budistas con voz grave. De fondo, el imponente palacio de Potala, antigua residencia del Dalai Lama, que se yergue autoritario sobre la ciudad. Un cuadro final que traslada al visitante a la que un día fue la Ciudad Prohibida, en cualquier caso, un lugar aislado, en medio de un inabarcable altiplano, lejos de todo y rodeado de un misticismo que sobrecoge. 

Frente al templo de Jokhang hay un monumento que representa la piedra angular del desacuerdo de la interpretación de la historia entre chinos y tibetanos. Sobre este pilar está grabado el tratado firmado en el año 822 entre los soberanos de los dos países: “…El Gran Rey del Tíbet y el Gran Rey de China, unidos entre sí como sobrino y tío, estuvieron reunidos en debate sobre la alianza de sus reinos. El Tíbet y China acatarán las fronteras que ocupan en la actualidad. Todo lo situado de éstas hacia el Este corresponden a la tierra de la Gran China; y todo lo que se extiende hacia el Oeste constituye, sin duda alguna, la tierra del Gran Tíbet…”. A partir de ese momento las visiones sobre los hechos históricos no han dejado de divergir, hasta que en el siglo XX las cartas se pusieron sobre la mesa.
En 1949 la guerra civil en China termina: vencen los comunistas. El 1 de octubre Mao Tse-Tung proclama la República Popular China desde la plaza de Tianamen y queda sólo Taiwán como República de China. La sed imperialista de Mao le hace volver su mirada hacia el altiplano tibetano en pocos meses. “Nos pertenece, siempre nos ha pertenecido. Lo liberaremos”. El gobierno tibetano, inexperto, aislado y sin haber buscado el respaldo del derecho internacional, no supo ver lo evidente. El 6 de octubre de 1950 las tropas chinas atravesaron sin declaración de guerra la frontera. Todo fue muy rápido. Sólo pequeños grupos ofrecieron resistencia a través de combates de guerrilla. En Lhasa, el recién llegado XIV Dalai Lama, que cumplía 15 años, decidió enviar una delegación tibetana a Pekín para negociar. Poco duró el negociado: China ya tenía preparado un acuerdo de 17 puntos que obligó a firmar a los emisarios. Las firmas de los que se negaron fueron falsificadas, como establecería en 1959 la Comisión Internacional de Juristas. El documento pactaba la “libración pacífica del Tíbet”. Los escritos de la época hablan de que en ese momento, en toda la región, había siete extranjeros. Uno de ellos era el alpinista austríaco Heinrich Harrer, amigo y maestro del Dalai Lama que pasó siete años en Lhasa y cuya vida fue llevada al cine en la película ‘Siete años en el Tíbet’. Once meses después los primeros soldados chinos entraron en Lhasa. Durante la década que siguió a esta entrada las sublevaciones y revueltas fueron constantes. La represión china, atroz. En 1958 la insurgencia alcanzó su ebullición encabezada por los khampas, única tribu guerrera del Tíbet y que lograron poner en serios aprietos a los soldados chinos. Los khampas consiguieron levantar a la ciudad de Lhasa al año siguiente, una sangrienta noche de marzo que significó la muerte para miles de tibetanos tras duros enfrentamientos. Mientras la calle ardía, el Dalai Lama, definitivamente en el punto de mira de las autoridades chinas, decide abandonar el palacio de Potala y huir a la India. El exilio dura hasta la fecha.

Tras la sofocada revuelta y el exilio, la represión china se tornó inhumana. Ejecuciones sumarias, torturas, cárcel, prohibicionismo enfermizo… La estocada a cualquier atisbo de resistencia la dio el propio Dalai Lama, que se enrocó en una posición contraria a la violencia y se empeñó en que no se hiciese frente a la ocupación china mediante combates. Hasta tal punto que desde el exilio ordenó a los khampas abandonar la guerrilla en los años 60. Los oficiales khampas, incapaces de rendirse al enemigo pero también de desobedecer al Dalai Lama, optaron por quitarse la vida.  

¡Modernizaos, maldita sea! 

Desde entonces y hasta hoy China ha tenido todo bajo control. Convirtió parte del Tíbet histórico - formado por las desaparecidas provincias de Amdo, Kham y U-Tsang y que supone más de un cuarto de la superficie actual de China - en la actual Región Autónoma de Tíbet (RAT) y la otra parte, la oriental, fue anexionada a las provincias chinas de Qinghai, Gansu, Sichuan y Yunnan. Los tibetanos pasaron a ser ciudadanos chinos y Pekín nunca ha permitido una sola discrepancia acerca de este asunto: Tíbet es China. Para lograrlo no ha escatimado en violencia ni le ha temblado el pulso.

 La historia presenta al Tíbet como una de las zonas más aisladas del mundo. El país se dibuja sobre un altiplano de dos millones y medio de kilómetros cuadrados con zonas inhóspitas y delimitado al sur por la cordillera del Himalaya y al norte por las Montañas de Kunlun, que dan paso al desierto de Takla Makan. Su altura media es de 4.000 metros. Un lugar inaccesible que siempre giró a una velocidad distinta al resto de la Tierra. El aislamiento que ha acompañado a los tibetanos a lo largo de la historia explica la sensación cuando se entra en el altiplano de encontrarse en un lugar, como mínimo, distinto.

Durante muchos años los extranjeros tuvieron prohibido el acceso al país. Eso los pocos que se proponían alcanzar una zona a donde hasta hace poco no llegaban carreteras ni vías del tren y donde el oxígeno se hace de rogar. La altitud es uno de los acompañantes fijos en el Tíbet. Para hacerse una idea de lo que es vivir a 4.000 o 5.000 metros, basta con que el lector, ahora mismo, mire hacia arriba y proyecte con su imaginación una vertical de cuatro o cinco kilómetros hacia el cielo para después visualizarse allí arriba. Entonces sí, se comprende que en el Tíbet el azul del cielo sea más intenso, como una cúpula sobre la cabeza, y que las nubes floten tan cercanas que parezca que se pueden alcanzar lanzando una piedra. La sensación de que se está más cerca del cielo, mucho más cerca, es gratificante. El peaje a pagar es la falta de oxígeno. La cuenta de la vieja indica que a 4.000 metros de altitud hay un 40% menos de oxígeno, a 5.000 un 50% y así sucesivamente. A partir de los 6.800 metros es necesario para el visitante no experimentado usar botellas de oxígeno. Estar a estas alturas significa envejecer súbitamente. Cuando se le niega oxígeno al cuerpo, es decir, cuando se viaja al Tíbet, la sensación es la de haberse convertido en un anciano. Cualquier movimiento brusco agota, subir unas escaleras a un primer piso deja sin aliento y enseguida uno se da cuenta de que camina por la calle despacio, muy despacio. Al final de día, la idea de pasear un rato más derrota. Todo se hace de forma más lenta y pesada y durante toda la estancia un leve malestar decide instalarse, como un plomo, en la cabeza. Por lo demás, con prudencia y mucha agua, logra evitarse el temido mal de altura, que puede dejar al visitante KO varios días. 

Una vez aclimatados, la ruta de la amistad es la preferida por los turistas. Es el nombre que China puso a la carretera que ha construido entre Lhasa y Kathmandú, capital de Nepal. La vía discurre por el altiplano entre enormes masas montañosas que convierten a los camiones en diminutos puntos y llega hasta la cordillera del Himalaya, que atraviesa para alcanzar la frontera con Nepal. Por el camino, la carretera realiza pasos por collados de más de 5.200 metros de altura. Los tibetanos consideran sagrados estos lugares y los pertrechan de banderines de colores con oraciones que el viento traslada a todos los rincones del universo. Allí, en los collados, las cosas suceden a cámara lenta: los movimientos y también las sensaciones de verse rodeado por la inmensidad montañosa del Himalaya, que vigila con mastodóntica calma el paisaje. Grande, enorme, gigante, la escena que rodea a esta ruta descansa en silencio reduciendo al minúsculo cualquier presencia. En primer plano, las laderas rocosas y sin aire suficiente para que nazca el verde; más arriba, glaciares que parecen derramarse inmensos sobre la montaña; y de fondo, las cumbres nevadas de los gigantes, envueltos en nubes que anuncian su inaccesibilidad. De entre todos se impone el Qomolangma, también conocido como Monte Everest y cuyos 8.848 metros de altura tienen un sedante efecto sobre quien lo contemple. 

Que una carretera logre atravesar el altiplano y después el Himalaya, con trazados a 5.300 metros, supone una obra de ingeniería civil brutal. Más si se tiene en cuenta que el asfalto está en perfecto estado y que, en paralelo a la carretera, discurre un cuidado tendido eléctrico. El único ‘pero’ de la autovía queda reservado para quien padezcan de vértigo, ya que en algunas subidas se serpentea entre acantilados con un anecdótico quitamiedos. Especialmente intenso es el tramo final, donde comienza el descenso por la otra cara del Himalaya y las gargantas de las montañas se extienden cubiertas de verde selvático. Así y todo la carretera es un lujo comparada con la parte nepalí. Una vez atravesada la frontera el asfalto se convierte en tierra y el quitamiedos desaparece sin rubor. El descenso prosigue entre acantilados cuyo final puede verse desde la ventanilla del vehículo mientras los autobuses –con el techo lleno de pasajeros- se adelantan entre bocinazos. Una jungla comparado con la parte tibetana y una muestra de que, sin ninguna duda, China ha llevado el progreso al Tíbet. Las aldeas ahora están comunicadas entre sí y tienen luz eléctrica, Lhasa cuenta con ferrocarril y aeropuerto y las ciudades poseen amplias avenidas, comercios, tecnología… Desde 1979 existe libertad religiosa –suprimida por China tras la ocupación- y los tibetanos, ciudadanos chinos de pleno derecho en base a la legalidad, pueden practicar su culto. La lengua tibetana, antaño prohibida, se enseña a los niños en la escuela, una escuela donde menores chinos y tibetanos estudian juntos. China esgrime estos y otros argumentos para explicar que ha sacado a Tíbet de una teocracia medieval y les ofrece el progreso.

Antes de la ocupación china (cabe recordar, en 1950), Tíbet era un sistema cuasifeudal, una teocracia donde el clero acumulaba riqueza y poder y el pueblo trabajaba en el campesinado y la artesanía. La diferencia era muy gráfica ya que la clase religiosa –monjes y monjas de distintas escuelas budistas- vivía en enormes monasterios normalmente construidos en las laderas de las montañas y, muchas veces, más grandes que la propia aldea sobre la que se erguían. Allí había estatuas de oro, ornamentos, comida y miles de billetes que el pueblo dejaba a las deidades religiosas. Abajo, en la aldea, la vida se abría paso a 4.000 metros sin electricidad y con una colección de necesidades básicas. Estos monasterios siguen existiendo en su mayor parte, aunque casi todos fueron gravemente dañados por las tropelías del ejército chino, que destruyó un incalculable patrimonio budista tras la ocupación. Más allá de su significado clerical todos suponen, para el visitante, rincones de inexplicable paz. Su arquitectura, sus patios, su quietud... En Gyangtse, un pueblo a unos 260 kilómetros al sur de Lhasa, se encuentra el monasterio de Khumbum, en Shigatse está Tashilumpo, uno de los más grandes del Tíbet. Sakya, Shegart, Nenling… Sólo las campanas mecidas por el viento irrumpen en un silencio que llena a quien consigue entrar en estos lugares. Son sitios impregnados de espiritualidad, compartimentos estancos que permiten escapar de la velocidad del mundo durante unas horas. El culmen de esta arquitectura se sitúa en Lhasa, donde el palacio de Potala –sede del gobierno tibetano antes de la ocupación y residencia de invierno del Dalai Lama (tiene otro palacio de verano en Lhasa)- eleva su formidable fachada sobre la ciudad, inclinándose literalmente sobre las casas y reservando para su parte final, ya en las inescrutables alturas, unas pequeñas ventanas que le confieren un aspecto aún más gigantesco. Miles de tibetanos acuden cada día a estos templos a rezar y, de una forma llamativa, a depositar decenas de billetes en cada imagen de buda. Con la mirada, inocente, clavada en cualquier turista que vean, y haciendo cola como niños esperando su turno, los campesinos tibetanos entregan parte de lo que tienen a su deidad, afanados en poder mantener un karma limpio que les asegure una reencarnación en ser humano.

Cada monasterio alberga una escuela budista y cada escuela tiene un líder espiritual. Por encima de todos ellos están el Panchen Lama, segunda máxima autoridad del país, y en la cúspide el Dalai Lama, cabeza política y religiosa del Tíbet. El Dalai Lama (el actual, que se exilió tras la ocupación china, es Tenzin Gyatso, que significa Océano de Sabiduría) es –era- el jefe de Estado y también religioso, de forma que ambas competencias son indivisibles. Por supuesto, esta figura no es elegida por el pueblo, sino que el puesto se hereda por reencarnación del alma. Es un espíritu el que dictamina quién dirigirá el país y es una comisión religiosa la que define qué niño es la reencarnación del Lama fallecido. Para ello realizan unas pruebas en las que –entre otras cosas- le dan a elegir entre diversos objetos que pertenecieron al anterior mandatario. Cuando se ha localizado al niño se le nombra nuevo Dalai Lama y se le prepara hasta que alcanza la mayoría de edad, momento en el que toma el poder. Toda esta organización pervive hoy en el exilio.

Este sistema, que se ha llegado a denominar lamaísta, responde, según el Dalai Lama, a la voluntad del pueblo tibetano. “La institución del Dalai Lama es una institución humana que, como tal, está condenada a desaparecer un día. Su futuro inmediato depende de los tibetanos. Si ellos lo desean, la institución perdurará; si estiman que ha llegado la hora, no pasa nada. En la tradición budista se vuelve a la tierra para terminar una tarea que no se ha podido realizar en el transcurso de la existencia y el Dalai Lama volverá si es necesario y fuera del alcance de un poder autoritario. Para mí no tiene mucha importancia; el Tíbet puede concebirse sin el Dalai Lama y eso es lo que cuenta”. 

“Los occidentales lo veis de otra forma”, explica un joven tibetano ni mucho menos entregado a la religión. “En Tíbet las cosas funcionaban así y el pueblo quería que así siguiera. No pueden venir los chinos y decirnos cómo debemos vivir. Ni los chinos ni nadie”. El joven tibetano, que susurra estas ideas dentro de un coche (“de estas cosas sólo podemos hablar dentro del coche, por favor”) toca una de las notas clave en esta sinfonía geopolítica: nadie ha preguntado a los tibetanos si ése era su deseo, si querían modernizarse. Sencillamente les han obligado y para la mayoría el precio a pagar por el progreso, ni mucho menos, ha compensado. 

Genocidio

Unas enormes letras chinas forman una frase en la ladera de una montaña, visibles desde la carretera: “Protestar no ayuda a progresar”, traduce un joven tibetano. El gobierno chino prohíbe cualquier tipo de manifestación, acto e incluso conversación acerca del estatus político del Tíbet. Es un tema tabú. Sólo mencionarlo puede suponer a cualquier ciudadano la cárcel. La represión es asfixiante: están prohibidas las banderas tibetanas y a cambio es obligatorio poner una bandera china en la entrada de cada casa. Está prohibida cualquier imagen del Dalai Lama (prohibición que incluye libros o material que porten los turistas) y a cambio abundan las de históricos líderes comunistas de todo el mundo. Está prohibida hasta la guía Lonely Planet. Desde el primer día, China ha aplastado con bota de hierro cualquier contestación tibetana. Las consecuencias han sido, y siguen siendo, una vergüenza para la humanidad.

Se calcula que más de un millón de tibetanos han muerto desde la ocupación china. Una cifra imposible de asimilar. Son los números que maneja la Audiencia Nacional en la querella presentada por varios activistas tibetanos contra el gobierno de Pekín. Dependiendo de la asociación u organismo que ofrezca la cifra, ésta varía, pero en ningún caso baja de 500.000 muertos. Otros 130.000 se han visto obligados a exiliarse y aproximadamente dos millones de personas han pasado por la cárcel. La mayoría de ellas recibieron malos tratos, fueron sometidas a trabajos forzosos y no contaron con ninguna garantía legal durante su presidio. Apenas hay familias en el Tíbet que no tengan un miembro exiliado, muerto o encarcelado. “El genocidio suma ya 1,2 millones de víctimas y sigue –expresaba hace unos meses el abogado José Elías Esteve, quien presentó la querella a la Audiencia Nacional todavía en trámite-, siguen huyendo tibetanos, y los guardias chinos les disparan como a conejos por la montaña”.

De entre todos los tibetanos, los monjes y monjas han sido los más castigados, debido a su mayor fervor y actividad nacionalista. La población de religiosos en Tíbet ya es inferior a los que viven en el exilio, casi todos ellos en India y Nepal, a donde llegan después de tortuosas huídas a pie a través del Himalaya. La ruta que China bautizó como de la amistad se ha tragado miles de vidas de tibetanos que huían (y todavía huyen) hacia Nepal .Ni siquiera recorrerla en una furgoneta permite comprender qué cotas puede alcanzar la dureza de realizar esa ruta de escape a pie. La novela ‘Las montañas de Buda’, del periodista Javier Moro, recoge el testimonio de dos monjas que fueron encarceladas por participar en una manifestación en Lhasa. El relato de las torturas a las que fueron sometidas, incluidas violaciones con porras eléctricas, ejemplifica hasta dónde llega la opresión china. Las dos sobrevivieron y huyeron a través del Himalaya hasta la India, en una ruta a pie inimaginable para alguien no tibetano. 

China también aplica el control de natalidad en el Tíbet. Estructurada en familias numerosas y plurigeneracionales que viven bajo el mismo techo, la sociedad tibetana tiene serios problemas con esta medida. Hasta tal punto que las autoridades chinas obligan a muchas mujeres tibetanas a abortar. Con unidades motorizadas de control de natalidad, recorren pueblos y aldeas controlando los embarazos. “Y eso que la población colona china en el Tíbet (7,5 millones) es ya superior a la aborigen tibetana (6 millones). ¡Es un propósito obviamente genocida!”, exclamaba Esteve en la misma entrevista a La Vanguardia. 

La represión china se completa con la Revolución Cultural. En 1966 Mao ordenó una purga religiosa en el país con catastróficos resultados. El 90% de los monasterios resultaron dañados, muchos de ellos fueron saqueados o completamente destruidos y se perdió una incalculable cantidad de patrimonio budista. Diez años después, tras la muerte de Mao, Pekín pediría disculpas públicamente por lo ocurrido asegurando que los soldados habían actuado por su cuenta y que el fin de la revolución cultural no era ese. En total, la actuación china en Tíbet acumula tres sanciones no vinculantes de la ONU. “Es una vergüenza universal”, concluye Esteve. 

Beber combustible para que no puedan apagarte

Nyagyartse es una pequeña aldea situada a 4.300 metros de altitud, perdida en la inmensidad del altiplano. En ella nació la madre del actual Dalai Lama. En su calle principal, tiene un pequeño restaurante. La cabeza zumba por la altitud mientras uno se intenta hacer entender para elegir la comida. Tiao-Seng, nombre ficticio de un empleado de hostelería en Lhasa y que está de paso por Nyagyartse, explica lo que haría si alguien le golpeasen, “yo le diría: si eso te hace sentir bien, de acuerdo, pero no responderé”. Los tibetanos no devuelven el golpe. 

El Tíbet nunca ha resistido de forma violenta. Las revueltas en la primera década de ocupación son lo único parecido a una resistencia activa. Tras ellas, y con el Dalai Lama en el exilio, la postura tibetana fue clara: no violencia. Nunca. Sus ideas le valieron el premio Nobel de la Paz en 1989, pero también críticas de algunos sectores tibetanos. Muchos jóvenes sí creen en la resistencia  violenta y reclaman sin medias tintas la independencia del Tíbet. Son críticos con la postura poco experimentada en el escenario internacional del gobierno tibetano y piden mayor contundencia. El Dalai Lama, por su parte y desde hace años, solicita diálogo con Pekín y acepta la condición de región autónoma del Tíbet como parte de China. “La fuerza del fusil  tiene éxito sólo a corto plazo, pero la fuerza de la verdad triunfa a largo plazo”, ha expresado en multitud de ocasiones. “Algún día los chinos serán nuestros vecinos y, entonces, desearemos una convivencia pacífica y sin rencores con ellos”. Su postura es masivamente respaldada por los tibetanos, quienes consideran a su líder un iluminado con una visión mucho más amplia y profunda que la de una resistencia violenta cortoplacista. 

El pasado 17 de julio, Lobsang Lozin, un monje de 18 años, caminaba hacia la oficina del gobierno en el Cantón Bharkham, en la provincia china de Xichuan. Cuando llegó a la entrada, donde había una pequeña concentración tibetana de protesta, se rocío de gasolina y se prendió fuego. Lobsang se mantuvo de pie envuelto en enormes llamas que ascendía casi tres metros hasta que se desplomó. Decenas de personas trataron entonces de apagar el cuerpo del monje, pero todo resultaba inútil. Además de rociarse con gasolina, Lobsang había bebido combustible, por lo que ardía sin posibilidad de ser sofocado. El joven murió. Dos meses antes, el 27 de mayo, otros dos monjes se inmolaron del mismo modo, pero esta vez en un lugar mucho más significativo: se prendieron fuego en la céntrica plaza de Jokhang, en el corazón de Lhasa. Las autoridades tardaron casi diez minutos en ahogar el fuego, algo que no soportó ninguno de los dos cuerpos. Ésta es la única forma de resistencia activa que entienden desde 2010 los tibetanos. Han hecho suya la práctica de inmolarse como protesta contra la ocupación y desde entonces se estima que podrían haberse quemado a lo bonzo casi un centenar de tibetanos, la mayoría de ellos fuera del propio Tíbet. Es ahí, en el exilio, donde tienen lugar las protestas, las concentraciones, las reclamaciones. Es también en las provincias chinas fuera de la región autónoma donde se alza la voz, donde en ocasiones se registran enfrentamientos entre tibetanos y han (etnia china mayoritaria en la zona). Dentro del Tíbet, en su corazón, apenas se puede abrir la boca. Es el exilio el que habla y se queja. 

Las inmolaciones de los últimos meses han tenido consecuencias. La primera es la cada vez más restrictiva entrada en la zona para occidentales. A día de hoy, sólo se puede entrar en el Tíbet en grupos de cinco personas de la misma nacionalidad y siempre con guía, del que conviene no separarse si se quiere acceder a los principales lugares. La segunda es la militarización de la región, especialmente de Lhasa, la capital. Actualmente todo el Tíbet está minado de check-points militares, puestos de control por los que debe pasar cualquiera que se desplace por el país. En Lhasa, el barrio de Barkor, donde habitan la mayoría de tibetanos, está rodeado de estos puestos de control. Llama la atención ver que, en todos ellos, hay extintores, cubos de agua y un extraño instrumento con forma de pinza gigante que sirve para inmovilizar un cuerpo… sin que el guardia se queme al hacerlo. Los soldados patrullan de tres en tres y uno siempre porta un extintor. En la entrada de monasterios y museos se repiten los carteles que prohíben el acceso con mecheros, cerrillas o cualquier instrumento que prenda. Cajas enteras rebosan mecheros de distraídos visitantes. La vigilancia sobre el turista occidental es constante. No se puede fotografiar en dirección a ningún puesto de control y no se debe hablar sobre ningún tema que pueda comprometer la seguridad del guía. Las miradas de los soldados, la sensación de saberse vigilado, es constante. Todo ello se multiplica debido a la prácticamente nula presencia de occidentales. En Lhasa es posible cruzarse con una docena de ellos durante la visita. Tras salir de la capital, es probable que no se vuelva a ver a ni uno más. El control sobre cinco blancas figuras que recorren la región es evidente. Por si fuera poco, en pocos meses, según corre el rumor en los círculos tibetanos, China cerrará la carretera de la amistad al turismo, reservando su uso sólo para el transporte de mercancías. En las agencias de viaje especializadas van más allá y están convencidos de que el turismo occidental en el Tíbet tiene las horas contadas. 

“La causa tibetana seguirá”

En una de las principales avenidas de la ciudad de Shigatse, a unos 350 kilómetros de Lhasa, se sirven hamburguesas de pollo con patatas fritas y refrescos. Se trata de un restaurante de comida rápida llamado Dino’s que se esparce por toda China. Hay otro en pleno centro de Lhasa, en el barrio de Barkor. Es el otro frente abierto por China en el Tíbet, además del militar. Cuando los primeros soldados maoístas llegaron a la capital en 1951, una caravana de ciudadanos chinos entró tras ellos. Desde entonces no han dejado de acudir, inspirados por la facilidad que el gobierno chino ofrece para trasladarse a la región. Y ya son más que los propios tibetanos. 

Su masiva presencia ha cambiado la fisionomía del Tíbet. Las ciudades poseen ahora enormes barrios cuadriculados, de reciente y proyectada construcción: amplias avenidas, comercios, tecnología, tráfico, cadenas de comida rápida, teléfonos móviles… todo un ‘west way of life’ salido del corazón del imperio comunista.  Los barrios originarios han quedado relegados a pequeños espacios conocidos como ‘el barrio tibetano’ (en el colmo de la paradoja, ya que son ciudades tibetanas), donde el mantenimiento y salubridad son claramente peores. Aunque no hay diferenciaciones sobre el papel, en la práctica las poblaciones están separadas y la mejor preparación de los ciudadanos chinos les permite copar todos los puestos cualificados y de responsabilidad. El artesanado y los servicios básicos quedan reservados para los tibetanos. La nueva estructura social envía un mensaje claro a los más jóvenes: el modo de vida chino es el futuro; el tibetano es un patrimonio folclórico a preservar por el bien de la cultura, pero inútil si se quiere vivir bien. Xian, el nombre ficticio de un guía turístico de Lhasa ya retirado, tiene una opinión formada en esta línea: “Es difícil mantener a lo largo de las generaciones el espíritu nacionalista, es lógico que los niños quieran vivir como sus vecinos chinos, pero sí pervivirá en el exilio. La causa tibetana seguirá existiendo aunque ni el mismo Tíbet exista como lo conocemos”. Cada día miles de turistas chinos, recién llegados a la clase media con enormes cámaras de fotos, entran en los templos y recorren las ciudades tibetanas. Su avance en la región, ya sea como visitantes o como nuevos vecinos, parece imparable. Y devora sin piedad la realidad tibetana.  

Xian corrige a dos adolescentes chinas que entran en un templo, ataviadas con dos grandes sombreros y haciendo fotos con un iPhone. Les indica que hay que girar en el sentido de las agujas del reloj. Las chicas le miran y obedecen sin decir nada. Xian resopla mientras sale a la calle.  “Si mañana el Tíbet es independiente, los chinos son bienvenidos. No queremos cerrarnos al mundo, pero tampoco queremos que nos impongan nuestro camino”, dice. A su espalda aparece un grupo de campesinos tibetanos girando sus molinillos de rezo, abriéndose paso entre el tráfico de la avenida para completar su kora. Miran con extrañeza al turista occidental y prosiguen su ruta. “No queremos ser espectadores de nuestro propio futuro”.

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