26 nov. 2012

De Nepal a Tíbet, por la Carretera de la Amistad


Este reportaje fue publicado en el suplemento de viajes de Vocento 'Destinos'.






Cuentan los tibetanos que, en pocos meses, la carretera de la amistad se va a cerrar al turismo. China va a limitar su utilización al transporte de mercancías en camiones y abrirá rutas alternativas para que los visitantes puedan completar la ruta que va desde Lhasa, la capital del Tíbet, hasta Kathmandú, la de Nepal. Si el rumor es cierto, si la carretera de la amistad tiene los días contados, es preciso darse prisa: cualquier viajero que como tal se considere tiene la obligación, al menos una vez en la vida, de recorrerla.

La de la amistad es una carretera con nombre de paradoja. China ocupó militarmente la región del Tíbet en 1959, después de que ésta se hubiera declarado independiente en 1912. La nombró Región Autónoma de Tíbet (RAT) y desde entonces, con el Dalai Lama como punta de lanza, la causa tibetana lucha por recuperar su independencia. Con más población en el exilio que en su propio suelo –incluido el propio Dalai Lama- los tibetanos llevan años lanzando un SOS al mundo: China está acabando con su cultura e identidad y ya ha causado cientos de miles de muertos con su represión. Desde Pekín se habla de liberación: el gobierno chino asegura que el Tíbet es una parte inseparable de su imperio y sostiene que ha llevado el progreso y la modernidad a la región. La disputa no parece tener una salida fácil.

Uno de los elementos de progreso que China pone como ejemplo es la citada carretera. La vía une Lhasa con Kathmandú y supone una obra de ingeniería civil brutal. La carretera -una de las más elevadas del mundo con una altura media de 4.000 metros- se dibuja a través del altiplano tibetano hasta llegar al Himalaya, donde serpentea por la cordillera llegando a realizar pasos de más de 5.300 metros. Después desciende vertiginosamente por la otra cara hasta alcanzar Nepal. Un recorrido único, sobrecogedor y de obligado cumplimiento para espíritus inquietos. Por si acaso el rumor es cierto, hay que darse prisa.

 

La ciudad prohibida

La ruta comienza en Lhasa. La antaño conocida como ciudad prohibida, donde los extranjeros tuvieron el acceso restringido hasta la década de los 60, es el punto de partida idóneo para aclimatarse a la altitud. Con 3.650 metros, es conveniente pasar unos días aquí para adaptarnos. Por supuesto, estos días se convertirán en inolvidables: Lhasa es el ejemplo de ciudad mágica, mística. Distinta a cualquier otra cosa.

El núcleo de la capital tibetana es el barrio de Barkhor. Se trata de la zona tibetana. Como todas las ciudades de la región, Lhasa se compone de la zona histórica –lo que era la aldea tibetana antes de la ocupación- y los nuevos barrios construidos por el gobierno de Pekín, llenos de tiendas, coches y turistas chinos. Callejones frente avenidas, templos frente a restaurantes… el contraste define lo que es el Tíbet hoy. Lo recomendable es centrarse en la parte tibetana: pasear por Barkhor nos hará vivir la esencia de la ciudad. Allí está la arquitectura autóctona con sus fachadas en forma de trapecio, los puestos callejeros de artesanía y los templos donde los tibetanos adoran a sus deidades. En el centro del barrio está la plaza de Jokhang con el templo del mismo nombre, uno de los más importantes para el budismo. Los tibetanos llevan a cabo aquí la ‘kora’, una peregrinación que culmina girando alrededor del templo, rezando,  mientras se quema mantequilla de yak. El escenario, colores, olores y sonidos de los mantras budistas inventan una atmósfera inolvidable en esta plaza.

Antes de abandonar Lhasa es necesario conocer el Palacio de Potala, antigua residencia del Dalai Lama. Imagen mítica del Tíbet, el enorme edificio se yergue sobre la ciudad trasladando al visitante a la época de la ciudad prohibida. La visita culmina en los monasterios de Drepung y Sera, enormes escuelas budistas donde parece haberse detenido el tiempo y sólo el rezo de los monjes tibetanos rompe el silencio.

Con vistas al Himalaya

La primera etapa de la carretera de la amistad nos lleva desde Lhasa hasta Gyangtse. El viaje nos convertirá en miniaturas mientras avanzamos entre las enormes moles montañosas. Es un viaje tan físico como mental. El mastodóntico paisaje, que convierte a los coches en diminutos puntos, invita a la contemplación, a la calma, al sosiego. El primer ascenso llega en el collado de Kora La, un paso de 4.750 metros desde el que se puede observar el Lago Turquesa, un oasis azul que se perfila meridiano entre las montañas. Una vez alcanzado el objetivo, se impone descansar visitando el  monasterio de Khumbum, que cuenta con una arquitectura tan extraordinaria como la paz que alberga en su interior. Los monasterios tibetanos son como compartimentos estancos donde se ha detenido el tiempo. Con tacto y buena educación, podemos conseguir que nos dejen asistir al recital de mantras de los monjes. Entonces sí, el viaje habrá merecido la pena.

La ruta continúa a través del valle de Shigatse, en cuyas laderas pastan las manadas de yaks. Se llega tras un paso de 5.039 metros, el Khamba La, donde un inmenso glacial parece precipitarse hacia la carretera. Al final del día llegaremos a Shigatse, la segunda ciudad del Tíbet completamente modificada por las planificaciones urbanísticas chinas. Contrasta con lo que nos encontraremos de aquí en adelante. La carretera se dirige hacia Shegart entrando en la zona más agreste del altiplano. Apenas hay turistas en este tramo y las aldeas tibetanas, aisladas entre sí hasta no hace mucho, se suceden. La cordillera del Himalaya, frontera entre el Tíbet y Nepal, se acerca. Las nubes parecen estar al alcance de una piedra y el azul del cielo es de un intenso inédito. En Shegart, una aldea a 4.300 metros de altura, viviremos la sensación del profundo rural tibetano.

La última etapa consiste, nada menos, que en atravesar el Himalaya. El ascenso nos permitirá contemplar el Everest, un espectáculo indescriptible. El paso de Lalung La, a 5.248 metros, nos ofrece una vista panorámica de todo el Himalaya, con los gigantes nevados alzándose ante nosotros. Después comienza el descenso, tras atravesar la frontera y ya en la parte nepalí. La carretera pierde calidad y las enormes gargantas cubiertas de selva son tan sobrecogedoras como poco recomendables para quien padezca vértigo. El espectáculo concluye en Kathmandú, capital de Nepal, merecedora de su propia historia. 


Claves

Inmolaciones

La tensión política en el Tíbet está a flor de piel. Conviene no tocar ningún tema de esta índole mientras estemos allí. La presencia de militares chinos es constante: el Tíbet está lleno de check-points donde se nos exigirá el pasaporte y en los que está prohibido tomar fotos. La situación es más convulsa todavía desde 2009, cuando los monjes y activistas tibetanos por la independencia adoptaron una brutal forma de protesta: quemarse a lo bonzo. Pasan del centenar las personas que se han inmolado ya y por ello cada check-point cuenta con enormes extintores y unas largas pinzas que sirven para sujetar los cuerpos ardiendo. Además, está prohibido acceder a los sitios públicos con mecheros, cerillas o similares.

El mal de altura

Desde nuestra llegada al Tíbet estaremos a una altura media de 4.000 metros, es decir, contaremos con aproximadamente un 40% menos de oxígeno. Las consecuencias son inmediatas: en el Tïbet nos sentiremos como ancianos; nos agotaremos ante el más mínimo esfuerzo físico, caminaremos despacio y notaremos un plomizo malestar en la cabeza. No tiene porqué pasar de eso. Para evitar el mal de altura, una dolencia consecuencia de la falta de oxígeno, debemos beber mucha agua y evitar exigencias físicas los primeros días. Para dormir, es recomendable algún analgésico. Con sentido común nuestro cuerpo se aclimatará rápidamente.


_Cómo llegar

Entrar en el Tíbet no es fácil. Cada vez está más restringido por el gobierno chino. Está prohibido visitarlo por libre, es obligatorio ir en grupo de, mínimo, cinco personas y todas ellas deben ser de la misma nacionalidad. Una opción es llegar Kathmandú y desde allí buscar compañeros de viaje, pero lo más recomendable, sin duda, es organizar el viaje desde España. Existen agencias especializadas como Namaste Viajes que nos gestionan los permisos, visados, hoteles y compañeros de viajes en las fechas que se soliciten. Intentarlo por otra vía es toda una odisea.

_Requisitos de entrada

Organizar el viaje a través de una agencia nos permitirá acceder al visado de grupo, requisito imprescindible además del pasaporte. A mayores, debemos tener asignado, por nuestra agencia o contratado, un guía oficial. Es importante tener en cuenta que está prohibido entrar en el Tíbet con fotos del Dalai Lama y también con la guía Lonely Planet o cualquier otro libro que haga referencia a la ocupación china en la región. Son muy estrictos con esto.

_Tu guía

La mayoría de guías son chinos, lo que puede dejar al viajero sin conocer algunas partes tibetanas importantes. Lo recomendable es contar con un guía nativo (ojo, también será subjetivo). En cualquier caso, para acceder a los monasterios y lugares públicos, es imprescindible tener uno, además de para atravesar los check-points. Es aconsejable no poner en aprietos al guía, especialmente si es tibetano, y evitarle cualquier tema político. Se juega su propia seguridad. La represión china en estos asuntos es feroz.

_Qué comer

Momos. Estas empanadillas, rellenas de carne o verdura, son la deliciosa especialidad de la casa. Es recomendable probar la carne de yak y beber Po Cha, té típicamente tibetano preparado con mantequilla y sal. Una bomba energética para afrontar la altitud.


_Extraños para los turistas

Una de las atracciones del Tíbet es disfrutar de la reacción que el turista despierta entre los locales. Apenas hay turistas occidentales (por los miles de chinos que sí viajan a la zona) y por ello no hay que extrañarse cuando nos sintamos observados, señalados y hasta fotografiados. Es, por momentos, como ser un personaje famoso.

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