13 dic. 2012

Pablo Ibar, el deseo de abrir una puerta (y II)



Este texto fue publicado en el Magazine Jot Down. 

(Continúa de la primera parte)

“Te tengo”

“Cuando llegué a la cárcel me parecía estar soñando. Nada parecía real. Nunca me habían detenido y no te crees que eso te está pasando a ti”, explica Pablo. Su vida desde entonces y hasta el día de hoy se ha limitado a rejas y visitas a un patio. Nada más. No ha vuelto a estar un solo minuto libre. Pasó de una adolescencia despreocupada en Miami a la celda, estrecha y sin ventilación, de una prisión. “Mi primera noche en la cárcel puedo decir que estaba en ‘shock’, como anestesiado. Tengo un recuerdo horrible”.

Pablo estaba detenido acusado de asaltar el chalé y sobre ello esperaba que le interrogasen. Por eso le extrañó todo lo que sucedería al día siguiente. Por la mañana llegaron dos policías a la celda, el detective Paul Manzella y el detective Craig Scarlett. Llevaron a Pablo a la comisaría, lo sentaron en una mesa y pusieron en funcionamiento una grabadora. Manzella comenzó a preguntarle a Pablo sobre cosas que no tenían nada que ver con la redada del día anterior. En primer lugar le preguntó dónde estaba el 26 de junio. Pablo no lo recordaba, pero tras unos minutos, y después de hacer memoria, explicó que se encontraba en casa de Natasha, una amiga, a donde había ido tras tomar algo en el Casey’s Nickelodeon. En la declaración quedó así registrado, y así lo utilizarían en el juicio, pese a que Manzella se refería a la madrugada, es decir, ya lunes 27 de junio: si hubiera especificado la pregunta Pablo le hubiera respondido: “En casa de Tanya”. Pero el interrogatorio prosiguió alimentado por el malentendido inicial y comenzó el bombardeo de cuestiones acerca de Sucharski y su última noche. Los policías se sintieron sobre la pista pese a que el resto de respuestas no encajaban demasiado. “Supongo que no dije nada más de lo que querían oír, porque esa grabación nunca apareció”, recuerda Pablo. Tras las preguntas, los detectives pidieron permiso a Pablo para extraerle una muestra de sangre, pelo y huellas de los zapatos además de dactilares. Pablo accedió. Sólo al final del día pusieron sobre la mesa la imagen captada por la cámara de Sucharski. Pablo la observó y Manzella le miró a los ojos: “Te tengo”, le dijo. La respuesta de Pablo fue de sorpresa: “¿De qué hablas?”. “Te tengo, te tengo en vídeo”, repitió Manzella. Pablo recuerda con agobiante exactitud ese momento. El momento en el que comprendió, por primera vez, que le estaban acusando de un asesinato, que no estaba allí por la redada en la casa. “Revivo la sensación cuando lo recuerdo. Fue como si se me helara la sangre, como si me quedara frío. Entendí todo lo que estaba pasando y me golpeó hasta hacerme marear”. Pablo decidió dejar de hablar desde instante, frustrado por haber colaborado con unos detectives que, en el intento por esclarecer los hechos, le estaban engañando. No volvería a hacerlo si no se le asignaba un abogado.


Ya en casa, Alvin seguía escuchando las quejas de Tanya. Aunque ella desconocía las acusaciones que se preparaban contra Pablo, quería que su madre le ayudase. “No le hacía caso, pensé que se trataba de chiquilladas. Además, me estaba recuperando del accidente, estaba muy dolorida”. Unas calles más al norte, María, la madre de Pablo, descuelga el teléfono y marca el prefijo de Connecticut. Le cuenta a Cándido que Pablo está detenido, pero que no ha hecho nada. No debe preocuparse, en unos días saldrá libre. Cándido hace más preguntas, pero no encuentra respuestas. Manzella y Scarlett prosiguen la investigación tras el interrogatorio. Pablo regresa a la celda. “Estaba conmocionado. Como la mayoría de la gente, pensaba que una cosa así no me podía pasar a mí. No me lo creía y me convencía de que el malentendido se aclararía pronto, no podía ni plantearme que fuera de otra manera”. El eterno nunca es a mí, siempre es a otros. Sobre Pablo se cernía, en sólo veinticuatro horas, una acusación de asesinato. 

Tras el interrogatorio, los investigadores comenzaron a reunir a testigos. Una de las primeras conclusiones que sacaron es que el acompañante de Pablo en los asesinatos podría ser Seth Peñalver. Lo detuvieron al cabo de pocos días y lo incluyeron en el caso, aunque su camino sería finalmente distinto. Manzella y Scarlett visitaron a varios amigos de Pablo y de Seth y les enseñaron la imagen en blanco y negro de la casa de Sucharski. Algunos de ellos, como David Phillips o Kimberly Sans, identificaron a Pablo en la imagen. En realidad aseguraron que podría ser él, que, efectivamente, se parecía. Otros llegaron a decir que la policía les preguntaba directamente si el hombre de la imagen les resultaba parecido a Pablo Ibar. Todos contestaron lo obvio: “sí”. Algunos testigos tendrían todavía más peso de inicio. Jean Klimeczko, el invitado no deseado en el sofá, aseguró que vio llegar por la mañana a Seth y Pablo en un Mercedes negro. La madre de Jean añadió que su hijo le llamó esa misma madrugada para decirle que “algo horrible va a pasar, me voy a ir de la ciudad”. Jean no sólo no se fue de la ciudad si no que, después de la acusación legal a Pablo y antes del primer juicio, aseguró no recordar nada de aquella mañana para finalmente admitir que estaba tan drogado cuando la policía habló con él que no sabe ni qué dijo ni por qué. También la madre de Klimeczko cambió su versión y cuando fue telefoneada posteriormente negó haber recibido esa llamada de su hijo y aseguró que lo único que quería era desvincularse del asunto. Otro testigo clave con pies de barro fue el de la novia de Seth Peñalver, Melissa Munroe. Primero dijo no saber nada y tres años después recordó haber visto a Pablo y a Seth en el Mercedes aquella mañana. Su memoria regresó cuando su novio Seth estaba en prisión con necesidad de beneficios penitenciarios. Todos los testimonios y declaraciones recogidas esos días por los detectives Manzella y Scarlett del entorno de amigos de Pablo y Seth resultan confusas y hasta por momento ridículas en la memoria de la fiscalía. El entorno de ambos estaba metido en asuntos tan turbios que no había ganancia legal posible. Incluso se cometió la torpeza de no interrogar a Alex Hernández, el compañero de piso y de arresto de Pablo. Cuando, años después, se le intentó localizar, estaba desaparecido, quién sabe si deportado o exiliado. Pablo nunca más ha vuelto a verle. Sólo un nombre mantuvo su testimonio firme, aunque con incomprensibles grietas legales: Gary Foy, el vecino de Casimir Sucharski que condujo delante de los asesinos. 

Afuera los nervios se abrían paso. Ya eran diez los días transcurridos desde la detención de Pablo. Cándido llamó a María, no comprendía qué estaba pasando y los mensajes que le llegaban eran confusos. “Parece que se complica. Lo quieren relacionar con un asesinato en Miramar…”. Cándido recordó el suceso, lo había visto en la MSNBC días antes. “Recuerdo el mal cuerpo que me dejó ver aquella noticia. Entonces pensé que se trataba de algo de la mafia”. Colgó el teléfono y decidió ir a Florida. El asunto no pintaba bien. “Yo jamás dudé de la inocencia de mi hijo, eso no me ha robado ni un minuto de mi vida porque le conozco. Sé cómo es, sé que no podría disparar a alguien así. En esa casa entraron sicarios, mafiosos. En nuestra casa jamás hubo un arma, tenía vecinos que tenían quince pistolas… pero nos tuvo que tocar a nosotros. No sé cómo nos pudo caer esto encima a nosotros”.

En comisaría Gary Foy, en un primer momento, se mostró seguro, después fue reduciendo el tiempo que dijo haber visto a los ocupantes del coche y el ángulo de visión. En la declaración final, el señor Foy admite haber estado observando intermitentemente a los ocupantes del Mercedes durante dos o tres minutos, a través de los espejos retrovisores, y unos diez segundos en un semáforo, donde los observó a contraluz y a través del cristal tintado. En seguida Manzella y Scarlett pasaron a la identificación. Le mostraron una serie de fotografías. La número cinco era la de Pablo Ibar. Los detectives le pidieron al señor Foy, sentado en una fría mesa de plástico y bajo la luz de un flexo, que señalara a los sospechosos. “Sólo pude echar un vistazo, apenas me dejaron tiempo”, declararía posteriormente.  Gary posó su dedo sobre la fotografía número uno. Manzella y Scarlett se miraron. “¿Alguien más?”, dijeron. Foy volvió a mover su mano y esta vez señaló la número cinco, la de Pablo. Para Ronald P. Fisher, profesor de psicología en la Universidad Internacional de Florida, consultado años después por la defensa de Pablo, el procedimiento fue irregular:  “Los detectives Manzella y Scarlett sabían que la serie de fotografías contenía una reproducción del sospechoso y sabían qué imagen era la de Ibar. En estas circunstancias, los estudios demuestran que los directores de las ruedas de identificación, en ocasiones de forma no intencionada, proporcionan pistas a los testigos que señalan la identidad del sospechoso. En el caso actual, Foy manifestó que el comportamiento de la policía le llevó a creer que había tomado la decisión correcta”. Foy afirmó posteriormente que se sintió obligado a seleccionar a alguien de la serie de fotografías: "Me pidieron que seleccionara a una persona, no importaba a cuál, y yo dije que realmente no le reconocía". La labor del señor Foy no terminó ahí. Las dudas tampoco. Al día siguiente los detectives organizaron una rueda de reconocimiento en vivo. De todos los sospechosos que alinearon para que Gary Foy identificara, sólo Pablo repetía. El resto de los individuos que aparecían en las fotografías no estaban. Gary señaló a Pablo. “Que Ibar fuera el único del grupo de fotografías que estuviera representado en la rueda de reconocimiento contaminó la selección posterior de la rueda de identificación. Esto se debe a que la exposición previa de Foy a la fotografía de Ibar hizo que Ibar pareciera la única persona familiar de la rueda de reconocimiento”, expresaría el profesor Fisher. Además, el registro del informe de la rueda de reconocimiento firmado por Foy no permitía las respuestas ‘ninguno de los anteriores’ ni ‘no lo sé’. Las únicas elecciones posibles eran la selección de uno de los seis participantes. “En caso de fomentar una acción, esto anima activamente a que el testigo realice una identificación positiva”. Todas estas observaciones del profesor Ronald P. Fisher no fueron admitidas en las apelaciones posteriores a la condena de Pablo. Legalmente no sirvieron de nada y Foy terminó siendo un testigo clave para el jurado. 

Un día después de las identificaciones de Foy, el 22 de julio, llegaron los resultados de las pruebas de ADN. Los rastros encontrados en la sangre, en el pelo y en la camiseta no coincidían ni con el de las víctimas ni tampoco con el de Pablo. Eran de otra persona. No había, pues, pruebas físicas contra Pablo. Tampoco la huella era suya. Poco pareció importarles ya a los detectives, convencidos de la culpabilidad de Pablo a través de los testigos. “Siento odio y pena hacia aquellos detectives”, confiesa Pablo tras la mampara de vidrio. “Querían apuntarse el tanto e hicieron todo eso para lograrlo. No entiendo cómo pudieron seguir adelante sin pruebas físicas”. Cuando Pablo habla de los policías que llevaron su caso abre los ojos, no con rencor, sí con ansia de explicarse, como si se lo estuviera aclarando a ellos, pidiendo una nueva oportunidad de expresarse ahora que comprende la dimensión de lo sucedido. Benjamin Waxman, su actual abogado, modera: “Aquellos detectives sólo querían resolver el caso e hicieron todo lo posible por conseguirlo. No era nada personal contra Pablo, sólo cumplían con su labor”.

No hay marcha atrás. El 25 de agosto de 1994 Pablo Ibar y Seth Peñalver son acusados de asesinato por el estado de Florida, uno de los 31 estados de EEUU que lo castiga con la pena de muerte. Las quejas de Tanya a su madre se convirtieron en un llanto desgarrado. “Ese día comprendí lo que estaba pasando, comprendí que debía ayudar a ese chico y sobre todo comprendí que Tanya y Pablo se querían, que no era ninguna chiquillada”. A pocas calles, en casa de María, la noticia se desploma sobre la familia Ibar. El maleficio Urtain golpeaba finalmente a Cándido. En la celda el miedo aplasta a Pablo. Tumbado en la cama se encoge y sólo un pensamiento le mantiene entero: “Soy inocente, no puede pasarme nada”. 

El abogado que salió esposado  junto a su cliente.

“La cárcel te va haciendo duro –explica Pablo-. Al principio estaba muerto de miedo, después te vas dando cuenta de que si te defiendes, si no muestras miedo, te dejan en paz. Me tuve que pelear. Muchísimo. Y muy duro. Lo que me mantenía firme era la esperanza. Saber que no podía perder el juicio, que era inocente”. Kayo Morgan, miembro del Colegio de Abogados de Florida, había llevado cuatro casos por asesinato desde 1984. En dos de ellos la fiscalía no solicitó pena de muerte y sólo en uno no logró absolver a su cliente. En septiembre de 1994 María, la madre de Pablo, llegó a un acuerdo con Morgan para la defensa de su hijo. Ambos establecieron un calendario de pagos y unos honorarios que, en tan solo dos meses, no se pudieron cumplir: antes de que acabara el año Morgan solicitó ser abogado de oficio, algo que el juez Goldstein, encargado del caso de Pablo y de Seth, aceptó. Antes de comenzar, la fiscalía ofreció un pacto: cadena perpetua. “Dije que no, soy inocente, sabía que iba a ganar”. Pablo rechazaría otra vez más esta proposición, después de haber sido condenado.

A partir de ese momento Kayo Morgan basó su estrategia de defensa en contrarrestar a los testigos e incidir en que no había pruebas físicas que inculparan a Ibar. María y el propio Pablo le insistieron en la necesidad de contratar a un experto en identificación facial: la principal prueba de la fiscalía era la imagen sacada del vídeo. María le dio 5.000 dólares a Morgan para que llevara a cabo la contratación, que nunca tuvo lugar. A cambio, Morgan pagó los servicios de Robert Stotler, investigador privado, pero limitó de tal manera sus movimientos y tareas que Stotler no sacó nada en limpio. “Que Kayo Morgan no contratara a un experto en identificación facial fue clave. Es una de las cosas por las que yo estoy aquí”, dice Pablo. “Yo nunca le voy a poder perdonar que mi madre le diera tanto dinero y él no lo contratara. Nunca”. Sí contrató a un experto de este tipo el abogado de Seth Peñalver. En concreto acudió a Mehmet Iscan, antropólogo forense. Antes del juicio, Morgan charló con él de manera informal y le pidió su opinión acerca de la imagen en blanco y negro de Pablo. Iscan le dijo que no le parecía que las características de Ibar correspondieran con las del individuo del vídeo. Incluso dijo que las disparidades eran todavía mayores que las que se daban en su cliente, Seth Peñalver e hizo hincapié en la cicatriz que Pablo tenía en la ceja y que no se apreciaba en la imagen. Pese a esta charla, Morgan no contrató a Iscan. Ni a ningún otro experto. Sí contrató a un ingeniero civil, Clifford Mugnier, quien, tras analizar el vídeo, calculó que la altura del delincuente era varios centímetros menor que la de Pablo. Pese a ello, Morgan tampoco contó con él para el juicio. Su línea de defensa seguía inamovible: contrarrestar a los testigos y apelar a la falta de pruebas físicas. El vídeo quedaba al margen.

Todos estos movimientos fueron llevados a cabo por Kayo Morgan entre septiembre de 1994 y mayo de 1997, mes en el que comenzaba el juicio. Tres años. De ir en un coche por la carretera con un amigo a verse en la cárcel durante tres años. Durante ese tiempo Pablo no pudo tocar a Tanya. No había vis a vis y, hasta que se dictara sentencia, estaba prácticamente incomunicado. Cautivo en una pequeña celda, peleándose, esperando, pensando. Tres años. Aferrado a la esperanza no se vino abajo. Tampoco Tanya que, al contrario, se fortaleció ante la adversidad. Primero decidió casarse con Pablo, en una muestra de lealtad. “No es una cuestión de que confíe más o menos en Pablo. Yo sé que esa noche estuvimos juntos, a la misma hora que se producían esos asesinatos yo estaba en la cama con Pablo. A partir de ahí, no necesito nada más”, repite Tanya. Separados por un cristal, el abogado de Pablo firmó los papeles y les declaró marido y mujer. No pudieron ni tocarse. Después hizo que sus padres y los padres de Pablo se conocieran. María ya vivía en la cama, le habían retirado la quimioterapia. Una noche, a principios de 1997 y con su esperanza de vencer al cáncer rota, le hizo prometer a los padres de Tanya que no abandonarían nunca a Pablo. Hasta la fecha han cumplido estoicamente la promesa. 

Cuatro meses antes del juicio María decidió que no podía más. “Lo único que me consuela es que mi madre no me vio condenado a muerte. Es lo único”, repite Pablo. Él y su padre lucharon desesperadamente para que pudiera asistir al funeral, pero el juez lo prohibió. Fueron días difíciles de describir. 

El juicio arrancó el 5 de mayo de 1997 y se desarrolló con normalidad durante el verano, pero cuando apareció el invierno Kayo Morgan, el abogado de Pablo, contrajo un severo catarro que terminó en neumonía. En diciembre la enfermedad le obligó a pedir un aplazamiento y se suspendió el proceso un mes. Cuando se reincorporó en enero, Morgan no era el mismo. Padecía sinusitis, bronquitis crónica, insomnio y sudoración. Enfrente, una agresiva y eficaz fiscalía. Por suerte para él, y sobre todo para Pablo, el juicio no le superó por completo y terminó en tablas tras declarase nulo por falta de acuerdo en el veredicto.  Se celebraría un segundo juicio en enero de 1999. Pablo regresó a su celda. Lo que para el tribunal fue un trámite de aplazamiento y para la prensa local un breve en las noticias, para Pablo supuso casi un año más. Un año más dándole vueltas a su cabeza en la celda. Un año más sin tocar a Tanya.

Cuando llegó el segundo juicio la situación de Kayo Morgan era insostenible. Pálido, distraído y con un catarro vitalicio, Pablo le llegó a preguntar en un par de ocasiones si estaba capacitado para seguir adelante. A sus problemas físicos se unieron los psicológicos. Su mujer, adicta a las drogas y embarazada de tres meses, se escapó del centro en el que estaba internada para acudir a una fiesta. Kayo, según relataría posteriormente, tuvo que buscarla esa noche por la ciudad. Era febrero, el juicio estaba en pleno desarrollo. Cuando por fin dio con ella, mantuvo una fuerte discusión que acabó a golpes. Quería que regresara a casa y ella se resistía. Apareció la policía y le detuvo. A la mañana siguiente tenía lugar la selección del jurado. Pablo fue trasladado al tribunal y, a la salida, cuando los agentes le conducían de vuelta a la cárcel esposado, vio salir a su lado, también esposado, a Kayo Morgan. “Cuando vi aquello pensé: no hay ninguna manera de ganar”. Pablo presentó una moción de cese de abogado que fue denegada. También un aplazamiento que sí fue admitido. La detención de Morgan obligó a separar  los procesos de Seth y de Pablo, que desde este momento recorrerían caminos diferentes. La pesadilla volvía a estirarse en el tiempo: el tercer juicio, si nada lo impedía, se celebraría el 17 de abril del año 2000. Seis años en la cárcel. Y el juicio no había ni empezado. 

Morir por nueve votos a tres

El día anterior al comienzo del tercer juicio Pablo se levantó de su cama en la celda sabiendo que se jugaba la vida. Libertad o inyección letal. No fue una mañana fácil, menos atendiendo al panorama de Kayo Morgan: seguía pendiente de la adicción de su mujer, criando a su hija de meses y con una depresión diagnosticada. Tal era el cuadro que Morgan se enganchó a los antibióticos, a la prednisona y a los antidepresivos. En esas condiciones comenzó su defensa. Durante el juicio, que se extendió hasta junio, estuvo hospitalizado en dos ocasiones, una de ellas durante cuatro días. Kayo Morgan, actualmente recuperado, reconocería años después mediante una carta oficial que la defensa de Pablo fue inadecuada: “Como resultado de mi situación física y mental, tanto antes como durante el juicio, mi capacidad para representar a Ibar durante el nuevo juicio de 2000 fue deficiente, especialmente en el nivel exigido para un caso de pena de muerte. Pensé que podía superar las circunstancias, pero me equivoqué. El juicio estuvo plagado de ejemplos de mi debilidad y de mis pobres esfuerzos por responder a una acusación agresiva y lograr informes apropiados para la absolución y la apelación”. La carta sería presentada posteriormente en la apelación por el actual abogado de Pablo, pero rechazada por el juez. “Que Morgan haya escrito eso le honra. No es frecuente que un abogado admita algo así y con tanta claridad”. Pero el daño ya estaba hecho.
La fiscalía utilizó las identificaciones de los testigos investigados por la policía, con especial énfasis en el testimonio de Gary Foy, quien reconoció a Pablo en la rueda. También llamó a los detectives Manzella y Scarlett, quienes afirmaron que Pablo había declarado durante el interrogatorio que la noche de los asesinatos había estado en el Casey’s Nickelodeon, algo que no pudo ser rebatido porque no apareció la grabadora que registró aquella conversación. También fue llamado a declarar un experto que aseguró que aquella llamada de la hermana de Tanya desde Irlanda -en la que se entera de que Pablo había estado en casa de Tanya la noche de los asesinatos- no pudo haber sido realizada, ya que ese año no existían tarjetas de prepago para llamar en aquel país. La abogacía no replicó esta afirmación, pese a que luego se demostró que no sólo existían cientos de miles de estas tarjetas en Irlanda en 1994, si no que se vendían en todo tipo de establecimientos. Y finalmente la fiscalía presentó la imagen del vídeo. Enfrente, Kayo Morgan no contó ni con un experto facial, ni llamó al ingeniero consultado que aseguraba que la estatura de Pablo era distinta, ni utilizó al investigador privado contratado. Sólo sostuvo que no existían evidencias físicas derivadas del ADN o de las huellas, algo que, aunque era verdad, resultó insuficiente para el jurado, convencido del veredicto gracias a los testigos y, sobre todo, al vídeo. El 14 de junio del año 2000, con Tanya, Alvin, George, Cándido y Michael en la sala, Pablo Ibar fue condenado a morir. La presidenta del jurado se puso en pie para leer el veredicto resuelto por nueve votos a tres. Antes de que pronunciase una palabra, Pablo comprendió. “Cuando ella se levantó pude ver la resolución a través del papel que sostenía en sus manos. Había tres recuadros para señalar: culpable de asesinato, culpable de homicidio o inocente. Estaba marcado el primero”. Pablo miró hacia atrás, donde estaba su padre y su hermano, y, con la voz de la presidenta del jurado leyendo el veredicto de fondo, les dijo entre lágrimas: “Perdimos. Se me acabó la vida”.

El corredor de la muerte

Hace 39 grados en Raiford. El sol  se desploma sobre el asfalto de la única carretera que atraviesa este condado del norte de Florida. Apenas pasan coches. No se ve una persona a pie. Sólo praderas de hierba marchita alrededor que no conducen a ninguna parte. “Cuando llegué aquí me metí en la cama de la celda. Estuve llorando, no sé, una semana. No quería ni atender las llamadas de mi familia, no quería hacer nada. Es difícil explicar lo que se siente. Es algo que no quiero que nadie tenga que sentir nunca. No sabía ni qué hacer… Fue un oficial el que me ayudó. Me dijo que me tenía que levantar, que tenía que llamar a mi familia, que estaban preocupados. Nunca pensé que mi vida fuera a ser esto. Cada vez que salgo de la celda tengo que ir esposado… Tengo que vivir en un cuarto con un orinal…”. 

Tras seis años en la cárcel Pablo fue trasladado al corredor de la muerte de la prisión estatal de Florida, situada en el condado de Raiford. Su celda se redujo considerablemente y pasó a estar solo, sin compañero, vestido con un mono naranja que evidenciaba su condición. También se redujeron los tiempos para hacer deporte o ducharse. “Vivo en una celda de tres metros de largo por dos de ancho, con una cama, una mesa con dos cajones, un lavabo y un orinal. Tengo televisión, radio y libros, pero no puedo tener teléfono. Salgo al patio dos veces a la semana, dos horas de cada vez, y aprovecho para hacer deporte. Nos dejan ducharnos tres veces a la semana, diez minutos de cada vez. Cuando no salgo a la ducha, me aseo en la celda y mojo todo el suelo, luego tengo que secarlo. La mayor parte del tiempo estoy leyendo cosas relacionadas con mi caso, después veo la televisión, algún partido y duermo. La comida es horrible, pero mi familia me da dinero y aquí dentro puedes comprar comida mejor si lo tienes. Básicamente, esa es mi vida”.
Hubo un intento para que Tanya siguiera su camino. Imaginar una relación desde el corredor de la muerte es una tarea, como mínimo, complicada. “Hablé con ella y le dije que me dejara, que se olvidara de mí y rehiciera su vida”. Tanya no le escuchó.  “Me di cuenta de que eso no era una opción. Que, en la cárcel o fuera, mi vida tiene sentido si estoy con Pablo. No depende de que esté libre o no. Y se lo expliqué”.
Pablo estuvo destrozado semanas. El esfuerzo que hizo por recuperarse fue titánico. Uno de los primeros pasos en la rehabilitación anímica se apoyó en la primera visita de Tanya y Cándido. Para ambos fue una experiencia hiriente, que se quedó grabada. Al entrar por primera vez en aquel lugar sintieron el asfixiante peso del corredor de la muerte, la falta absoluta de autonomía de los presos, el ambiente hostil, deprimente, irrespirable del lugar. En una conversación rota por las lágrimas, Tanya y Cándido le explicaron a Pablo que viajarían a España para solicitar la nacionalidad. Después, intentarían recaudar fondos para contratar un nuevo abogado. No será fácil, son pocos los abogados en Estados Unidos especializados en sacar a presos del corredor de la muerte. 

Con el tiempo, inevitablemente, el ánimo de Pablo se estabilizó. Encontró una razón para seguir adelante: el recurso. Puso todas sus energías en la apelación que prepararían para el Tribunal Supremo de Florida. Además, comenzó una rutina de ejercicios, cuidó su higiene y comenzó a estudiar su caso obsesivamente, en busca de cualquier detalle que pudiese ayudarle. También Seth Peñalver había sido condenado y, desde otra prisión, preparaba su propio recurso. Pablo volvió a ponerse en pie.  

En diciembre del año 2000 Cándido y Tanya viajaron a España. Lograron el compromiso de varios senadores españoles, que viajarían a Raiford en mayo del año siguiente. Durante su estancia en España, Tanya le dijo a Cándido que iría a visitar a Pablo todos los sábados -día permitido de visitas- mientras estuviera en el corredor de la muerte. “En ese momento le dije que eso era imposible. La casa de Tanya está a 900 kilómetros de la cárcel”. Tanya, una vez más, desafió lo establecido. Desde el año 2000 apenas ha faltado una docena de sábados de los 576 que han transcurrido. Cada semana, Tanya Ibar se levanta a las cuatro de la mañana, conduce cinco horas hasta el penal de Raiford, está con Pablo hasta las tres de la tarde, conduce otras cinco horas de regreso hasta su casa y descansa. Cada semana. Durante doce años. “Yo siempre digo –sonríe Pablo- que toda esta historia tiene algo positivo, y es Tanya. Yo no sé qué he hecho para merecer una mujer tan maravillosa. Hay gente ahí fuera que se pasa la vida entera buscando el amor verdadero y no lo encuentra. Yo aquí dentro lo he encontrado. Dios a veces no te da más de lo que puedes soportar”. En el corredor de la muerte, por fin, Pablo y Tanya volvieron a abrazarse, después de seis años. Pablo muestra el brazo: “Mira cómo se me pone la piel cuando recuerdo ese momento”. Para la intimidad sólo vale el dinero. “Pagando, el guardia te deja un rato. Es frío, rápido, pero es lo que hay”. 

Por un juicio justo

En verano de 2001 la familia de Pablo contrató al abogado Peter Raben. Acababa de sacar del corredor de la muerte al español Joaquín José Martínez. Raben prepararía un recurso para el Tribunal Supremo de Florida amparándose en que la defensa de Pablo fue deficiente y, por tanto, el juicio no fue justo. En diciembre de ese año Pablo recibió la nacionalidad española. El optimismo creció, pero el tiempo era un goteo desesperante. Faltaban dos años para presentar la apelación. Entre medias se sucedían los movimientos políticos. Jeb Bush, gobernador de Florida, acompañado por Alberto Ruiz-Gallardón, entonces presidente de la Comunidad de Madrid, pidieron públicamente la anulación del juicio de Pablo. Catorce senadores españoles apoyaron la apelación y en el País Vasco se creó la asociación Pablo Ibar contra la pena de muerte para recaudar fondos. Dentro, la realidad del corredor de la muerte no entiende de protocolos. “Creo que nadie se puede imaginar lo que son dos años aquí, esperando la apelación”, dice Pablo. Y deja claro que no se trata sólo del tamaño de la celda o del poco tiempo que pueden salir de ella. “He visto cosas que no voy a contar a nadie. Lo presos se vuelven locos, pierden la cabeza. Hay gente que no recibe visitas ni correos y se vuelve loca. Conoces a alguien que entra y al principio hablas con él, se ríe, y después de dos, tres, diez años le ves caminando por el patio con la mirada perdida, con la cabeza ida. Aquí la mayoría pierden la cabeza. Estás en una celda de dos por tres solo con tus pensamientos. Esas son las cosas que no salen en las películas”.

Llegó 2003 y en diciembre de ese año Peter Raben presentó la apelación al Tribunal Supremo. Paralelamente, el abogado de Seth Peñalver hizo lo propio. El juez Jeffrey R. Levenson las admitió a trámite. Un trámite que durará otros tres años. La agonía se hace interminable. “El tiempo no pasa aquí. Hay gente que nunca ha salido de su celda. Llevan diez o doce años aquí y jamás han salido. Son violadores, sobre todo violadores de niños. Si salen, les matan. ¿Sabes lo que es estar doce años metido en una celda de dos por tres metros?”. En Raiford hay 400 presos en el corredor de la muerte. “Vivo rodeado de la peor gente que te puedas imaginar: asesinos, violadores, psicópatas… Lo peor está aquí. Te tienes que pelear, no queda otra. Lo que pasa es que después te vas un tiempo a la celda de castigo”. Denunciadas por Amnistía Internacional, este tipo de celdas siguen existiendo en las cárceles de Estados Unidos. Miden apenas dos por dos metros y no disponen de ventana. El preso está incomunicado, no puede salir en ningún momento ni recibir visitas. “De ahí sales mal. Nunca te recuperas de eso. Hay presos que tienen miedo a los espacios abiertos, sólo saben estar en sitios cerrados”. 

En 2006 la suerte estaba echada. Pablo había volcado todas sus esperanzas en el recurso, una apuesta anímica a todo o nada después de seis años en el peor de los lugares. La jugada pintaba bien de inicio. El 2 de febrero el Tribunal Supremo anuló la pena de muerte a Seth Peñalver y ordenó repetir el juicio. Cándido, que se ha trasladado a Atlanta, Tanya, que ahora vive en Port St. Lucie, al norte de Miami, y el propio Pablo, tomaron aire. Había esperanza. Efímera, sin embargo. De lo más arriba que había alcanzado a estar desde su llegada, cayó Pablo el 7 de septiembre de 2006. Ese día todo estaba preparado para que la historia le diera una salida, para que la pesadilla diese por fin respiro. Pero el juez Jeffrey R. Levenson no permitió  atajos. En una vista rápida, rechazó el recurso de Pablo y confirmó su sentencia a muerte. “Eso me pegó duro. Fíjate lo que digo, peor que el día que me condenaron”. Pablo volvió a ser absorbido por un pozo anímico, regresó a las profundidades de su celda. Y con él toda su familia. 

 “Si el tipo del vídeo no es William Ortiz, que me lleven a mí preso”

El ministerio de Exteriores y el Gobierno vasco financian la defensa de Pablo desde el año 2006. Una partida de 100.000 euros permitió tras el mazazo volver a contratar a un abogado para intentar una segunda apelación. Benjamin Waxman, uno de los más reputados de Estados Unidos en casos de apelaciones para pena capital, es quien lleva su defensa desde ese año. “Aquí hay una justicia para ricos y otra para pobres. El país de la libertad lo es si tienes dinero”, se queja Pablo. “Si algún día salgo de aquí, me voy volando. No quiero vivir en un sitio en el que el Estado te puede matar. No quiero porque te puede tocar. En realidad yo me parezco al tipo de un vídeo borroso, pero le podía haber pasado a cualquier otro. ¿Por qué no a ti?”.
En cuanto fue contratado, Waxman comenzó a preparar un nuevo recurso para el Tribunal Supremo, algo que sirvió de terapia a un Pablo con el ánimo hecho girones. Los sucesivos palos moldearon con rudeza su forma de ser. Atrás quedó el ilusionarse o el venirse abajo. “Es mejor no dejarte llevar, eso lo he aprendido con los años. Así evitas golpes. Si estás muy arriba, puedes caer. También si estás muy abajo puedes no salir. Es mejor estar siempre en medio”. Con los sentimientos ajados Pablo encaró su segundo recurso. De nuevo, manos a la obra. 

Waxman, su nuevo abogado, fijó un objetivo claro y se mostró en un papel que trascendía al de mero defensor. “Estoy convencido de la inocencia de Pablo. Lo creo firmemente. Por eso, lo más importante, es convencer al juez de que Pablo no tuvo un juicio justo. Por eso está aquí”, explica Waxman. Para lograrlo, consiguió la carta de Kayo Morgan admitiendo su deficiente defensa. También contrató, por fin, un experto facial, Raymond Evans, director de la unidad de Medicina de la Universidad de Manchester. En su declaración jurada explica que existen al menos cinco diferencias demostrables entre el rostro del individuo de la imagen y el de Pablo: la barbilla, la ceja, la boca, la nariz y la mandíbula. Se sirvió de estudios simétricos, análisis de la iluminación y posición de la imagen. La declaración fue admitida a trámite. También lo fueron el informe con los resultados del ADN y unos archivos policiales de los detectives Manzella y Scarlett en los que se barajan otros sospechosos identificados por testigos y que no fueron empleados por Kayo Morgan. En el otro lado, la denuncia pública de la hermana de Sharon Anderson, una de las víctimas: “Pablo no es quien asegura ser. Es un asesino. Dicen que el vídeo es borroso, que no es claro, pero si yo puedo reconocer a mi hermana en él, ¿cómo no se va a reconocer a Pablo?”, explicaba Debbie Anderson en un programa de Univisión. “Mi hermana tenía una hija pequeña. No descansaré hasta que condenen definitivamente a Pablo Ibar y asistiré a la ejecución”.

La aparición de Juan Gisbert en el año 2009 impulsó la investigación. Gisbert, un vecino cubano de Hollywood, irrumpió en la escena pública asegurando que conocía al individuo del vídeo. Llegó a declarar en la prensa que si aquel tipo no era quien él decía, “pueden llevarme a mí preso”. William Ortiz, ése fue el nombre que dio. Estaba plenamente convencido. Ortiz estaba preso y el juez aceptó la petición de Waxman. Pero el tortuoso camino debía continuar todavía y pese a la seguridad de Gisbert, pese a la luz que arrojó sobre el caso, las pruebas de ADN de Ortiz dieron negativo. 

El túnel de la segunda apelación llegó en 2011 a su final. Pablo, acorazado, esperaba el golpe. “Aunque te queda siempre una pequeña esperanza, más o menos lo tenía claro. Se han gastado demasiados millones en mis juicios, no van a admitir que estaban equivocados”. El 13 de febrero el juez Levenson, sin ni siquiera dirigirse a la sala, rechazó por segunda vez la apelación de Pablo y ratificó la pena de muerte. Pablo cumplía en ese momento quince años y seis meses encerrado entre la cárcel y el corredor de la muerte, desde aquel estúpido día en el que fue detenido junto a su amigo Alex Hernández en la casa de los colombianos. Desde aquel maldito día en el que aquel policía de la gasolinera creyó que el bidón era para el cortacésped y le dejó ir. Después vinieron celdas, peleas, rejas, esperanzas aplastadas, golpes, abogados, semanas contando las horas para ver a Tanya, mamparas de cristal, muros, compañeros a los que se llevan para ejecutar, llantos, grilletes, recursos… Pero el juez no se dirigió a la sala. En los pasillos del tribunal las lágrimas de Tanya son inconsolables. Años de espera para diez minutos de repentino desenlace. Afuera suenan los cláxones de los coches, el sol se refleja en un ventanal, un semáforo se pone en verde. El mundo sigue girando ajeno a la vuelta de Pablo al corredor de la muerte. Hay que volver a empezar y, pese a la coraza, en la celda de Pablo vuelve a haber lágrimas esa noche. 

El mundo ahí fuera

“Yo con lo que sueño es con cosas como abrir una puerta. Abrirla yo, porque lo he decidido. Porque quiero. Aquí está prohibido. Llevo dieciocho años sin decidir mis movimientos. Son cosas así las que necesito…”. A día de hoy, año 2012, Pablo ha pasado por tres juicios, por una condena a muerte, por dos apelaciones que han sido denegadas y ha tenido tres abogados. Dieciocho años y medio en una celda. Un recorrido que, finalmente, ha suprimido sus emociones. Pablo se define como un robot, contenido hasta el extremo para que no golpeen por enésima vez su ánimo y dedicado a sus rutinas dentro del corredor, entre las que despunta su infinito trabajo por encontrar nuevas pistas que le salven la vida. Al charlar con él se le ve entero. Dentro, si se profundiza un poco, se descubre una persona anulada. 

¿Y ahora? Waxman trabaja en una nueva apelación, esta vez dirigida al Tribunal de Broward. Entre otras cosas, este nuevo recurso se basará en unas cintas que aparecieron hace unos días. Se trata de las grabaciones de seguridad del Casey’s Nickelodeon de la noche de los asesinatos. Los detectives habían asegurado que esa noche Pablo estaba en el club, pero en el juicio esta afirmación se corroboró con lo declarado por Pablo en el interrogatorio, no con las cintas. Ahora, una vez recuperadas, Waxman ha descubierto que están borradas y, según un experto que las ha analizado, tienen restos de imán, con lo que se habrían borrado magnetizándolas. “¿Por qué las quisieron borrar?”, se pregunta Pablo. “Algo huele mal en este cuento”. En cualquier caso no se sabrá si se admite el recurso hasta dentro de tres años. Si resulta que sí, pasarán otros cuatro o cinco hasta el juicio. Después habrá que esperar el resultado del mismo. A Pablo le quedan, como mínimo, otros siete años en el corredor de la muerte. En caso negativo, si el tribunal volviese a rechazar la apelación, las esperanzas para Pablo quedarían muy reducidas. Podría recurrir mediante una apelación federal como última vía y después de eso sólo quedaría esperar una intervención diplomática. Tanya sigue yendo a visitarle cada sábado, puntual, incansable, acompañada muchas veces por Alvin. Y seguirá haciéndolo. Hasta el último día. 

“Cuando se llevan a un preso para ejecutar hay más silencio, son días diferentes, tensos y en los que pienso mucho en el momento en el que me toque a mí. Aquí hay dos castigos: estar en una celda de dos por tres y estar esperando a que te maten”. El guardia entra en la cabina, se ha terminado el tiempo. Pablo se pone en pie, coloca sus manos en la espalda y espera a ser esposado. Resopla. Lo llevan de vuelta a la celda. En la otra dirección, apenas unos metros detrás de las rejas y de los muros, estás las praderas de hierba marchita bajo el sol. Está la carretera y el supermercado. Está, en realidad, el mundo, en donde uno puede decidir hacia dónde ir, qué hacer. En donde uno puede abrir una puerta porque lo elige. 



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