13 jun. 2013

La última oportunidad para Pablo Ibar

Este reportaje fue publicado en la revista XL Semanal







El 14 de julio de 1994 Pablo Ibar estaba sentado en el asiento del copiloto del coche que conducía Alex Hernández, amigo y compañero de correrías juveniles. Pablo tenía 22 años y cruzaba Miami por la autopista 95 con el depósito a punto de vaciarse. Su padre, Cándido, nacido en Guipúzcoa, vivía en Connecticut, donde se dedicaba a entrenar a jóvenes jugadores de cesta punta. A su madre María, nacida en Cuba, le acababan de diagnosticar un cáncer. Ninguno de los dos sabía entonces que Pablo trapicheaba con droga y mucho menos sospechaban que Pablo y Álex conducían rumbo a casa de unos traficantes colombianos a reclamarles una deuda.  “Yo no era un santo, me metí en líos de los que estoy muy arrepentido e hice cosas mal, pero yo no soy un asesino. Yo jamás he matado a nadie”, repite hasta la saciedad Pablo. El depósito sucumbió a la lógica y el coche se detuvo en plena autopista. Pablo tuvo que caminar rumbo a la gasolinera más cercana con un bidón en sus manos. Un policía le paró por el camino y le hizo unas preguntas en las que Pablo explicó que el combustible era para el cortacésped. “Si en ese momento el agente no le hubiera creído los hubiesen detenido, porque el coche no estaba en regla. Pero le creyó”, rememora Cándido. Y al hacerlo, al dejarle marchar, aquel oficial propició que Pablo y Álex llegaran a la casa de los colombianos, que discutieran con ellos, que alguien llamara a la policía, los detuvieran y que, mientras Pablo estaba en el calabozo, un detective con mucha vista creyese que había detenido al tipo que aparecía en la imagen de un asalto. “Te tengo”, le dijo olvidando el asunto de los colombianos. Y le acusó de triple asesinato. Era el 14 de julio de 1994. Desde aquel día hasta hoy, Pablo jamás ha salido de prisión.

Cándido Ibar llegó a Florida en 1968, en concreto a la ciudad de Dania Beach, parte del área metropolitana de Miami. No eligió porque sí este destino; en Dania acababan de levantar un frontón y Cándido era jugador profesional de cesta punta, conocida en su nuevo hogar como jai-alai. Atrás dejaba el histórico municipio guipuzcoano de Aizarnazabal y también el ya conocido como ‘maleficio de los Urtain’; éste era el nombre de su caserío natal y el apodo de toda la familia. Su padre –cuentan- murió en una desmedida apuesta por comprobar quién levantaba más peso (era harrijasotzaile aficionado) y su hermano José Manuel Urtain, célebre boxeador campeón de Europa de los pesos pesados, se dejó caer de un décimo piso del madrileño barrio del Pilar cuando le abandonó la gloria. En Dania, Cándido conoció a María, cubana huída de La Habana cuando Fidel y el Ché bajaron de Sierra Maestra. De su unión, además de Michael, nació Pablo, Pablo Ibar. Heredero definitivo del maleficio de los Urtain.

La detención de Pablo aquella tarde del 14 de julio no fue más que el pistoletazo de salida a una fatídica sucesión de calamidades. María, ya separada de Cándido por aquel entonces, le llamó por teléfono para contarle que habían detenido al chaval. “Parece que lo quieren enredar en un asunto de un asesinato”, le comentó con vaguedad. En concreto, en el asunto en el que querían enredar a Pablo era el asesinato de Casimir Sucharski, hombre de la noche y dueño del club Casey’s Nickelodeon, y de dos de sus bailarinas, Sharon Anderson y Marie Rogers. Dos hombres encapuchados entraron en la casa de Casimir a las 7:18 de la mañana del 27 del junio de 1994 y, tras propinarles una paliza, los ejecutaron a sangre fría en el suelo. Una vieja cámara que Sucharski había instalado en el salón recogió los hechos. El vídeo, que hoy puede verse en YouTube, capta el momento en el que uno de ellos, a pocos metros del objetivo, se quita la camiseta que cubre su rostro. El problema es que la imagen es de una calidad pésima, además de en blanco y negro. Pese a la falta de nitidez, el detective Paul Manzella lo tuvo claro desde el principio. Para él, tal y como testificaría en el juicio, el tipo de esa imagen era Pablo.

Pablo fue acusado de un triple asesinato del que siempre se declaró inocente. Junto a él fue también acusado Seth Peñalver, amigo y compañero de trapicheos juveniles. La coartada enseguida apareció: a las 7:18 de la mañana de aquel 27 de junio de 1994 Pablo estaba durmiendo con Tanya. Lo recordaba ella, lo recordaba Pablo y, sobre todo, lo recordaba la prima de Tanya, que los pilló en la cama aquella mañana que los padres de Tanya habían salido de viaje. Lo recuerda también Alvin, la madre de Tanya, que llamó aquella noche y le contaron la travesura de su hija, por entonces de 16 años. Lo recordaban todos, pero el jurado no les creyó. Tampoco le importó al jurado que ninguna evidencia física encontrada en la escena del crimen implicara a Pablo en el mismo: ni la sangre, ni el cabello, ni las huellas eran las de Pablo. El único testigo, el señor Gary Foy, vecino de Casimir Sucharski que aseguró ver a Pablo y a Seth abandonando la casa en el coche del asesinado, tampoco parecía muy convencido: señaló  a Pablo a la segunda en el reconocimiento fotográfico y después reconoció a Pablo en la rueda porque era el único de los sospechosos que repetía. “No estoy seguro”, llegó a decir. Pero ni con esas. La imagen del vídeo de Sucharski pudo con todo ello. Cierto, se parece, y mucho. Pero varios expertos faciales aseguraron que de ningún modo era suficiente para despejar dudas. Varios de ellos, además, concluyeron que no se trataba de Pablo. Para desgracia del español ninguno de estos expertos fue contratado por Kayo Morgan, el alucinante y esperpéntico abogado de oficio que le fue asignado.

Kayo Morgan fue la nota final en la maldita sinfonía que terminó con Pablo en el corredor de la muerte. Mientras preparaba la defensa, el señor Morgan se vio envuelto en un escándalo de agresión a su mujer y se enganchó a los ansiolíticos y antidepresivos. Tal fue su estado, que terminaría reconociendo en una carta posterior que no estuvo en condiciones de defender a Pablo. Su ausencia de preparación desembocó en lo que nadie podía siquiera imaginar: tras seis años de aplazamientos, el 14 de junio de 2000 Pablo Ibar fue condenado a muerte por el Tribunal Supremo de Florida. “Se me acabó la vida”, le susurró a su padre mientras la presidenta del jurado leía el veredicto.  

Desde ese día Pablo vive en una celda individual de dos por tres metros de la que sólo puede salir al patio dos veces a la semana, dos horas cada vez. Su mujer, Tanya, va a visitarle cada sábado desde el primer día, conduciendo cuatro horas de ida y cuatro de vuelta. Nunca falla. Pablo recibe en las entrañas del corredor de la muerte de la prisión estatal de Raiford (Florida) al XL Semanal. Viste un definitorio mono naranja y lleva grilletes, ya que hemos solicitado a la prisión que no haya cristal entre él y nosotros. Su vida está centrada ahora en su tercer recurso para que repitan el juicio. El primero le fue denegado en 2006 y el segundo el pasado año. “Yo no pido que me suelten porque sí –dice-, yo pido un juicio justo”. El próximo mes de octubre presentará las alegaciones por tercera vez y el juez se pronunciará. La decisión podría demorarse hasta dos años más. Después, el juicio, podría durar otros tres. El problema es que, si se lo deniegan, las bazas legales de Pablo para evitar su ejecución se habrán agotado.

En esta tu tercera apelación vas a poner sobre la mesa un hecho que debería hacer pensar al juez: han absuelto a Seth Peñalver –tu supuesto cómplice- tras invalidar las pruebas que le inculpaban y que, de paso, te inculpan a ti.
No lo entiendo. ¿Cómo puedo seguir aquí si el fiscal aseguró que la persona que supuestamente realizó los disparos mortales era el que se parecía a Seth? Estoy contento por él, pero sigo encerrado 23 horas al día en una celda. Me tienen que dar un nuevo juicio.

¿Qué sentiste al oír la noticia de que quedaba libre?
Sentí alegría por él, porque nadie merece estar aquí, y menos una persona inocente, pero también celoso e impotente. Pasé los siguientes días sin poder dormir, pensando que su absolución puede afectarme a mí y a mi caso. No puedo entender cómo con las mismas pruebas una persona puede ser inocente y la otra culpable. No lo entiendo.

¿Qué relación habéis tenido estos años en prisión?
No puedo decir que seamos los mejores amigos, pero sí amigos. Después de 18 años luchando juntos, viviendo esta tortura en la misma cárcel, nos hemos unido. Al entrar, él me dijo que era inocente. Yo le dije lo mismo de mí. Nos hemos ayudado cuando hemos necesitado algo, como dinero para pagar la comida. La que te dan aquí no puede considerarse comida. Es basura. No hay carne, leche o fruta, nada. Si quieres algo tienes que pagarlo.

Antes de seguir adelante, una pregunta para quien no conozca tu historia: ¿quién es Pablo Ibar?
Alguien que está condenado a muerte por una foto borrosa, por parecerse a alguien que aparece en un video de mala calidad. Alguien que soy yo, pero que podrías ser tú. No hay ninguna prueba física que me implique en los asesinatos. Ni pelos, ni ADN, ni huellas dactilares… nada.

Entonces, ¿cómo puede ser que hayas terminado condenado a muerte?

Por el abogado de oficio que me asignaron, Kayo Morgan. Para esta apelación hemos aportado su testimonio, donde ha testificado bajo juramento que realizó una defensa nefasta. Fue detenido por pegar a su mujer, no pidió un especialista facial cuando una foto borrosa era la principal prueba contra mí, estaba enganchado a varios medicamentos… Yo le pregunté dos veces si estaba capacitado para seguir adelante y las dos me dijo que sí. Pero yo lo veía pálido, tosiendo, con ojeras. Imagínate, un día salimos los dos esposados del juzgado, porque él había agredido a su mujer. Ese día pensé: “¿Cómo voy a ganar?”

El señor Morgan tuvo un fallo clave: no contrató a un experto facial para demostrar que tú no eras el hombre del vídeo.
No lo hizo y eso es algo que nunca le perdonaré, porque mi madre, antes de morir, le dio todos sus ahorros para que lo hiciera. Se trata de un vídeo borroso. Puedo ser yo, pero también podéis ser cualquiera de vosotros. Un experto de la Universidad de Oxford ha declarado que hay cinco puntos de la cara del asesino y de mi cara que son absolutamente distintos; sobre todo, si te fijas en la barbilla y en las cejas. Se supone que hay otro vídeo, en el que aparecemos Seth y yo aquella noche en el club del asesinado. Así lo aseguraba el fiscal en el juicio, aunque nunca llegaron a mostrarlo. Pues bien, cuando nosotros recibimos esas cintas, mientras preparábamos la apelación, nos las encontramos borradas con restos de imán. Alguien las ha borrado con un imán. Algo huele muy mal en este cuento.

Hay un testigo, que no llegó a declarar, que aseguró que te vio salir de la casa donde se cometieron los asesinatos y coger el coche de una de las víctimas.
Ese testigo se llama Gary Foy y, efectivamente, no llegó a declarar en el juicio. Le enseñaron las fotos de seis personas y yo era uno de ellos. Él dijo que la persona que había visto se parecía a un amigo suyo y, en un primer momento, eligió a otro, pero el detective insistió́ y le dijo: “Sigue mirando”. Entonces señaló mi fotografía, aunque decía: “No estoy seguro; se parece, pero no estoy seguro”. Al día siguiente se hizo la rueda de reconocimiento y yo era el único de los que aparecían en las fotografías del día anterior que estaba presente. Además, dice que me vio durante cinco segundos a través de un cristal tintado.

¿Crees que te van a conceder el nuevo juicio?
No tienen otra salida, pero tengo miedo porque ya me lo han denegado dos veces, y pienso que pueden decir: “Uno salió, no podemos dejar libre al otro también”. No tengo fe en la justicia americana. Tengo un compañero en el corredor cuyo abogado se presentó borracho en el juicio. Tan borracho que el juez tuvo que suspender la vista. ¡Y todavía no le han dado un nuevo juicio! Si eso pasa en los tribunales estadounidenses, ¿qué podrán hacer con mi caso?. Aunque uno tiene que pensar que los jueces son jueces, pero también humanos; no pueden dejar a una persona libre y ejecutar a otra cuando las dos tienen las mismas pruebas. Si me dan un nuevo juicio, ya está: tengo que ser libre. En Florida hay muchos inocentes encarcelados. Es el estado donde más gente ha salido a la calle después de estar en el corredor de la muerte: 27 inocentes. Para mí, uno ya es demasiado. Y encima aceleran las ejecuciones. No piensan: “Vamos a ver qué es lo que falla”.

Siempre has dicho que cuando te detuvieron no eras un santo, pero tampoco un asesino.
Yo me movía con malas compañías. Llegué a vender algunas papelinas de droga e incluso llevaba pistola, pero siempre con licencia y nunca la utilicé. No era un santo, está claro, pero tampoco un asesino. Era joven y quería conseguir un dinero extra, nada más. También trabajaba y estudiaba. Quería llegar a ser un pelotari profesional como mi padre. En esos momentos mi sueño era poder montar mi propio negocio y formar una familia. No era una mala persona, siempre he sido muy sentimental. Y ahora siento como si aún fuera un veinteañero atrapado en el cuerpo de un hombre de 40, porque mi vida se paró en 1994.

¿Qué sentiste al escuchar que te condenaban a muerte?
No lo escuché, lo vi. Antes de que leyeran el veredicto, vi en el papel que sostenía la presidenta del jurado que estaba señalada la pena de muerte. Sentí que se me salía la sangre del cuerpo. Miré hacia detrás a mi hermano y a mi padre y dije: “Perdimos”. (Pablo agacha la cabeza) En ese momento, no pude aguantar, me salieron las lágrimas. Pensé: “Se me acabó la vida”.

¿Cómo cambia una persona después de 19 años encerrada?
No conozco el mundo que se abre tras estas rejas. No sé lo que es entrar en internet, usar un teléfono móvil o conducir un coche nuevo. Mi concepción del mundo ha cambiado. Ahora entiendo que hay cosas que no importan: tener el mejor trabajo, el coche más nuevo, la casa más grande o toda la ropa del mundo. Cuando uno pierde todo, se da cuenta de que, en la vida, lo importante son los momentos que tú tienes con la gente que de verdad quieres.

¿Cómo se puede soportar estar aquí tantos años? 19 encerrado y 13 en el corredor de la muerte.
Yo me agarro a la esperanza, el saber que soy inocente es lo que me mantiene cuerdo. Otros presos, que se saben culpables, pierden la cabeza porque saben cuál será su final. Además, yo tengo mi familia, y eso es algo fundamental, los veo todos los sábados. Aquí hay gente a la que en años no les ha venido a ver nadie, y están destrozados mentalmente.

Además de peleas y las cosas que nos suelen mostrar las películas, ¿qué ocurre en el corredor de la muerte que no sabemos?
(Pablo piensa, guarda un largo silencio. Duda). Yo he visto cosas aquí que no contaré jamás, he visto cómo la gente pierde la cabeza: el primer año puedes hablar con ellos, luego ves que tienen la mirada perdida, que deambulan por el patio. Aquí hay gente, especialmente los violadores de niños, que no han salido de la celda jamás porque los matan. ¿Sabes lo que es no haber salido de una celda en quince años?

¿Qué detalle se echa de menos después de tantos años encerrado y que cuando eres libre no aprecias?
(De nuevo piensa) Yo lo que echo de menos es elegir hacer las cosas. Por ejemplo, abrir una puerta. Hace 19 años que no elijo abrir una puerta. O mover una silla. Aquí dentro yo no elijo nada, no decido nada. Eso es la libertad. Y te das cuenta aquí dentro.

¿Cómo es la relación entre los presos?
Hay peleas, pero la mayoría lleva años y años de convivencia y se respetan. Eso sí, tienes que ganártelo a base de golpes. Si saben que te vas a pelear no se meten contigo. Si no, estás perdido. Los cobardes lo pierden todo. Esto es el corredor de la muerte, no puedes confiar ni en tu propia sombra.

¿Y con los guardias? ¿Nunca hay problemas con ellos?
No me gusta hablar mucho de esto porque no quiero que mi mujer se preocupe. Conozco presos a quienes los guardias han sacado de la celda con la excusa de que tienen una llamada, pero les llevan a una habitación sin cámaras y los golpean brutalmente, hasta con sillas. Yo tengo buena relación con los guardias y nunca he tenido problemas, aunque el otro día me dijo uno: “El otro está fuera y tú no: no haberte quitado la capucha”.  Eso es tremendo, te deja destrozado.

¿Cómo pasas los días en tu celda?
Triste, solo, pensando en si la gente que quiero se acuerda de mí, en cómo se siente la vida fuera, en cómo se sienten los rayos del sol en la cara cuando eres libre, porque me dijeron que se sienten diferentes y yo ya no me acuerdo… (Pablo se queda en silencio). Paso día tras día en esta celda horrible rodeado de los peores criminales, violadores y asesinos de este país. Gente que te escupe, te orina o te echa sus heces. En este edificio, donde estamos ahora, viven muchos locos, gente que no tiene trato humano con nadie. Eso debe ser horrible, no me lo puedo ni imaginar.

¿Piensas en el día de tu posible ejecución?
Cada vez más. Cada día pienso que me puede tocar a mí.

¿Cómo se vive una ejecución en el corredor de la muerte?
En silencio. Nadie habla. Se puede sentir en el aire que ese día es diferente. Porque mañana te puede tocar a ti. No te avisan, abren tu celda y te llevan a tu final. El preso pasa por delante de tu jaula escoltado por ocho guardias. Va pálido, con los ojos idos y nada rompe el silencio de ese momento. Para mí es un doble castigo: uno, estar metido en una celda de dos por tres metros durante veinte años y otro, que te quieran matar. No desearía esto ni a mi peor enemigo.

¿Qué se puede conseguir en la cárcel con dinero?
Cualquier cosa. Drogas, teléfonos móviles, revistas porno, comida… todo. Pero si te cogen, te suprimen las visitas dos o tres años. No merece la pena arriesgar lo que más deseas: ver a tu familia. Los días de visita no puedo dormir. Me levanto a las seis de la mañana y ya estoy nervioso, me paso horas preparándome. Es lo mejor que puedes tener aquí adentro. El amor, el cariño, que no te sientas solo como un número, como un chip clavado en tu zapato.

Tu mujer, Tanya, lleva todos estos años a tu lado…
Ella es todo. Tanya es cariñosa, fuerte y nunca me deja caer. Hay muchas personas que están ahí fuera, libres, y que se pasan la vida buscando un amor verdadero y no lo encuentran. Yo aquí dentro lo he encontrado. Nos casamos en una sala de visitas de la cárcel, con una mampara separándonos. Estuve cuatro años sin poder tocarla: ¡cuatro años! Ahora conduce cada sábado más de 800 kilómetros para pasar la mañana conmigo. Comemos juntos, jugamos a las cartas, charlamos... aunque no tenemos vis a vis, privacidad. Cuando se va es horrible. Pienso en cuándo podré besarla sin que un guardia me mire; cuándo podré pasar una noche con ella, a solas. Es un sueño. Ha dad́o su vida por mí. Siempre lo digo: tengo la mejor y la peor suerte del mundo.

¿Qué es lo primero que harías si salieras libre?
Estar con mi mujer; ir a visitar la tumba de mi madre, que murió mientras yo estaba aquí y no me dejaron ir a su entierro; luego, me marcharía pitando de este país. El consulado me ha dicho que, si salgo, me dan un pasaporte en diez minutos. Además, me gustaría dedicar el resto de mi vida a hablar a los jóvenes. Entraría en las aulas esposado y con el mono naranja, y les haría ver que por un solo fallo te pueden encerrar de por vida, condenarte para siempre, solo por moverte con malas compañías.

¿Alguna vez por las noches sueñas con salir de aquí?
Hace poco tuve un sueño en el que salía libre y estaba en una limusina con Tanya y el resto de la familia. Y, de repente, les decía que pararan el coche, me bajaba corriendo y me ponía a comer pollo crujiente del Kentucky Fried Chicken como un loco, sin camisa. (Ríe por primera y única vez en la entrevista). Pero al final, en todos mis sueños, aparece un guardia que me ordena entrar en la celda o que no puedo salir. No soy libre ni en mis sueños.

¿Piensas en el final de todo esto, sea cual sea?
Sí, muchas veces. Y pienso que me tienen que conceder un juicio nuevo; no pueden decir que no. Pero en mi mente tengo incrustado el miedo de las dos veces que me lo han negado y pienso que me van a querer dejar aquí, porque Seth salió y no creo que quieran perder dos veces. Si yo no gano un juicio nuevo con todo lo que tengo, ¿quién lo va a hacer? No conozco ni un caso como el mío.

¿Qué te dice la gente dentro de la cárcel?
Hasta los guardias me dicen que voy a salir a la calle. Y eso me anima, aunque rápidamente vuelve el miedo.

¿Qué ayuda recibes del Gobierno español?
Me dan algo de dinero para mi defensa, pero necesito más presión. No es justo lo que me está pasando. ¿Creéis que si un americano estuviera condenado en España con mis indicios, con lo que hizo mi primer abogado, con la falta de pruebas físicas, no le darían un nuevo juicio? Esto no es un caso por conducir borracho, es un caso de pena de muerte. Me quieren ejecutar.

¿Qué le dirías a los españoles?
Que me ayuden a conseguir un nuevo juicio para demostrar mi inocencia, que no me dejen solo, que quiero vivir. Acaban de aprobar una nueva ley en Florida por la que se ejecuta a la gente más rápidamente: cada 45 días. El último, hace dos semanas. Y tengo miedo, estoy asfixiado aquí adentro. Alguien tiene que hablar con las autoridades norteamericanas. No estoy pidiendo que me abran la puerta y me dejen libre. Sólo quiero un juicio justo y una defensa adecuada.

¿Qué piensas cuando escuchas que Estados Unidos es el país más libre y justo del mundo?
Que no es verdad. Dicen que China es una dictadura y ellos tienen más gente encarcelada. Esto es un negocio, no es justicia. No importa si eres inocente o no. Aunque estoy seguro de que quieren coger a los asesinos, no deja de ser un negocio. La pena de muerte tiene un coste anual de 55 millones de dólares. Cuesta más ejecutar a una persona que mantener a tres presos durante el resto de su vida. Podrían utilizar ese dinero para tener más policías en la calle, más bomberos, más maestros, pero ellos lo utilizan para matar. Yo nunca he creído en la pena de muerte y eso que no entiendo cómo la gente puede violar o matar a niños, o poner bombas en el final de un maratón como acaba de pasar en Boston. Si tú basas la ley en que es ilegal matar, no puedes romper tu propia ley para castigar. Tú eres el Gobierno, debes ser mejor que los criminales.

¿Has pensado en tirar la toalla?
Nunca. Soy un luchador y no me voy a rendir. Pelearé hasta el último aliento que me quede por defender mi inocencia y por limpiar mi nombre. Yo no cometí esos crímenes.




2 comentarios:

  1. Tania lo es todo para el,por eso lleva tanto año en esa hoyo. Si se agarrara de la mano de un Dios Vivo pronto habria salido!!

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