20 nov. 2013

¿Siria? Ya no hay más Siria

Este reportaje fue publicado en el magazine Jot Down

Refugiados: de cómo una guerra destroza una vida.

Las aspas del ventilador que Seif tiene a su lado están inmóviles. Da la sensación de que están paralizadas por el espeso calor. En una agobiante paradoja, es su quietud la que parece aumentar el sofoco. Por más que uno lo mire fijamente, el maldito ventilador sigue imperturbable, con sus aspas naranjas petrificadas, ajeno al bochorno húmedo. Es como una provocación. Su propietario explica: “Hace días nos cortaron la luz porque ya no puedo pagarla, así que tenemos electricidad sólo de vez en cuando. Ahora mismo no hay. Lo siento, pero no puedo encenderlo”. Y Seif se seca el sudor acumulado en la frente.   

Antes de poseer un ventilador inútil, Seif Dabbur, sirio, 49 años, casado y con tres hijos, tenía aire acondicionado en su casa de Al Tadamu, un barrio residencial de clase media (y media-alta) a las afueras de Damasco. “Muchas noches aquí, en el campo, revivo cómo era mi vida: estoy viendo la televisión, en mi sofá, con mi mujer mientras los niños juegan fuera. Ahora tengo que dormir en el suelo”. Seif es una de las millones de personas a las que la guerra de Siria ha destrozado la vida. Uno de los millones de tipos que hace unos meses estaba en su sillón viendo la televisión y ahora vive en un campo de refugiados peleando por conseguir ansiolíticos que le dejen dormir. “Decidí dejar mi casa por una batalla que estalló en mi barrio. Comenzaron los disparos, los misiles y destrozaron el barrio. Dicen que lo importante es la guerra y no una batalla, pero en realidad lo importante son las batallas. Si la batalla te toca en tu barrio te tienes que ir. Y te quedas sin casa”. Seif huyó de la suya un día del pasado diciembre a las cinco de la mañana. “Escuchaba el zumbido de las balas. Días después me contaron que todo el edificio se vino abajo”. Con él vinieron su mujer, Rarj y sus tres hijos, Lulu, de 7 años y Mohamed y Hamoudi, de 6 y 8 años, estos últimos fanáticos del Real Madrid. “Si les preguntas qué prefieren, comer o ver un partido del Madrid, te dicen que ver el partido. Aunque lleven un día entero con el estómago vacío”, explica su padre riendo. “Poco a poco se van dando cuenta de que no pueden tener lo que antes tenían. Cuando me piden dinero y les digo que no, se manifiestan dando vueltas por el piso. Dicen que me hacen mini primaveras árabes”, y Seif vuelve a reír.
Toda la familia vive en una destartalada vivienda del campo de refugiados palestino de Al Jalil, en la región libanesa del Valle de Baalbek, cerca de la frontera con Siria. Son descendientes de palestinos, por lo que todos los contactos les recomendaron terminar su huída aquí. Ya llevan nueve meses. “Aquí no hay trabajo, yo ya no sé cómo voy a pagar las cosas. Si te digo la verdad, estoy desesperado”. Cuando salió de Damasco, la compañía petrolífera para la que Seif trabajaba ofreció darle cobijo en Zagreb. Les dijo que no. “Pensaba que sería cuestión de dos o tres semanas, aguantar en el campo y después regresar. Ahora no tengo ni casa”. El convulso cambio de vida está dejando marcas en la familia: “Mi mujer llora cada noche, a veces se hace la dormida, para que no la vea llorar, pero yo sé que está llorando. Va al psicólogo. También mis hijos. Yo tendría que ir, pero no me llega el dinero”. La única preocupación de este ex trabajador de una compañía petrolífera es ahora la comida. “Te das cuenta de que no puede faltar y casi todo el dinero se va en eso”. Y Seif enseña una olla con lo que ha preparado para el almuerzo. Y lo resume todo: “¿Ves esto? Es lo que vamos a comer hoy. En Siria es lo que le daba a Max”. Después levanta la vista, como esperando la pregunta. “Max era mi perro”.


La de Seif es solo una historia de las infinitas que se podrían contar acerca de la guerra de Siria, que según cifras de Acnur ya ofrece para escarnio de la conciencia mundial dos millones de refugiados y 4,2 millones de desplazados internos. Cuenta Javier Espinosa que todo comenzó el 16 de febrero del año 2011, cuando un grupo de estudiantes de Daraa se contagió de lo que sucedía en Túnez y Egipto. Con la bandera de la primavera árabe enarbolada salieron a la calle y llenaron los muros de la ciudad con pintadas dirigidas a un régimen al que hasta la fecha nadie tosía. Dirigido por Basher Al Asad, el Partido Baath Árabe Socialista imponía su férrea ley en Siria desde el año 1971. Entonces era su padre, Hafez, quien regía el destino del país. Cuando murió, en el año 2000, ascendió al poder Basher, por el método hereditario y a quien, por cierto, ni siquiera le correspondía (ni, dicen, le interesaba demasiado) pero a quien la muerte accidental de su hermano mayor empujó al gobierno como quien empuja a un actor tímido al escenario. Después se encargaría de demostrar que, de tímido, nada.

Desde ese año Basher Al Asad ha dirigido al país con la inestimable ayuda de Irán, quien les proporciona sustento económico y bélico, y con el apoyo de Hezbolá, organización libanesa. Estos tres actores (régimen sirio, Irán y Hezboá) son chiíes y he aquí uno de los quids de toda esta macabra cuestión. Para muchos analistas la guerra de Siria está siendo una proyección de la guerra atávica que enfrenta a suníes y chiíes -las dos principales ramas del Islam- en Oriente Medio. Lo que nació como una revuelta social para derrocar una dictadura se ha convertido en un conflicto rebosante de intereses para el control de la zona.
A un lado se sitúa Irán, único país de la región de mayoría chií. La organización libanesa Hezbolá son sus socios, también chiíes, pero esta alianza no se extiende al resto de Líbano porque sus ciudadanos son suníes o cristianos, en su mayor parte. Lo mismo sucede en Siria, el tercer eslabón del entramado chií. El régimen de Asad es alawita –una rama de chiísmo- pero el país es una amalgama de religiones y tribus con los suníes como mayoría. Frente a los chiíes está el polo suní, que alberga a los demás países de la zona (Irak, Jordania, Egipto) y cuenta con Arabia Saudí como potencia y Estados Unidos como amigo occidental (enemigo, claro, de Irán). Apoyan, como no podía ser de otro modo, a los rebeldes sirios. Ante este mapa se revelan los bandos: el régimen sirio combate junto a los milicianos de Hezbolá y con armamento iraní; y los rebeldes lo hacen con infraestructura saudí y el apoyo estadounidense. Grotesco por breve, sirva este resumen para acercarnos al complejo puzle de la guerra de Siria.

Seguramente poco o nada les importaba este jeroglífico geopolítico a aquellos estudiantes que realizaron las primeras pintadas en Daraa. Cuando fueron detenidos, el régimen sirio comenzó a mostrar su verdadera cara: los encerraron en un calabozo y les rompieron las manos. La voz corrió y más estudiantes se echaron a la calle. Después vecinos de todo tipo hasta que el levantamiento, en ese momento todavía pacífico, regó el resto de ciudades del país. Superado por lo que estaba ocurriendo  y temeroso de un final similar al ocurrido en Libia o Egipto, Asad decidió reprimir las manifestaciones de una forma que, todavía a día de hoy, impacta: disparó sobre la población en las concentraciones. Miles de manifestantes fueron asesinados en aquellos meses de 2011 lo que condujo una escalada de tensión que hizo cumbre el 27 de julio, con la creación del Ejército Libre de Siria. Las manifestaciones se convirtieron, desde ese día, en una resistencia armada. Comenzó la guerra civil.

Desde ese momento el régimen no regateó a la hora de aplastar la revuelta. Uso toda su fuerza y atravesó cuantas líneas rojas pueda plantear cualquier país occidental. Miles de personas fueron asesinadas, tanto milicianos como civiles. Los rebeldes, pero, no flaquearon. Tomaron posiciones en las principales ciudades y convirtieron el país en una guerra de guerrillas que perdura. Alepo, Homs, Damasco… barrios enteros arrasados, calles tomadas por francotiradores, coches bombas… El mundo decidió que lo arreglaran entre ellos como una pelea de barrio con cuentas pendientes. Y en medio del jaleo se empezaron a colar por la frontera de Irak milicias de Al Qaeda. Era el verano de 2012. Al Nusra es la principal, aunque hay más. También hicieron acto de presencia las milicias kurdas del norte. Juntas pero no revueltas, hicieron frente común ante Asad, pero con los meses la unión está flaqueando. La oposición tiene ahora el derrocamiento de Asad como su objetivo, pero ese es el único hilo que sostiene una frágil convivencia sobre la que no pocos auguran una cruenta posguerra si salen victoriosos. De hecho, en algunos puntos del país ya se han registrado enfrentamientos entre rebeldes sirios y yihaidistas.

 A día de hoy, los enfrentamientos entre el régimen de Asad y los rebeldes están enquistados en las principales ciudades del país y se combate durante días por dos calles que la semana siguiente se vuelven a perder. El punto de inflexión parece haber llegado con el uso de armas químicas por parte de Asad, algo que podría desembocar en la intervención de Estados Unidos.  

A dos millones de refugiados todo esto les parece estupendo, pero su preocupación es, sobre todas las cosas, poder regresar a casa. Entre represión del régimen, rebeldes sirios, milicias y atentados, han tenido que dejarlo todo y escapar de Siria a la carrera. Casi ninguno sabe cuándo ni cómo va a volver, porque sus casas están hechas escombros. Los que deciden quedarse pueden tener la fortuna de vivir en un área completamente controlada por uno de los bandos, lo que reduce los enfrentamientos, o pueden tener la desgracia de estar cerca de un frente, lo que supone la destrucción de su casa y la necesidad de irse a otro barrio o a otra ciudad. Esto le ha pasado ya a unos 4,2 millones de personas, los llamados desplazados internos. En total hay más de seis millones de sirios fuera de sitio, lo que convierte a esta inagotable guerra en la mayor crisis humanitaria de este siglo y la peor desde que el mundo descubrió lo que sucedía en Ruanda.

De los que han huido, medio millón lo ha hecho a Jordania, país que ha instalado campos de refugiados para acogerlos. Más de 700.000 han optado por Líbano, donde el gobierno decidió no construir campos para que no se perpetuaran, tal y como sucedió con los levantados en 1948 para los palestinos. De la decisión, por cierto, ya ha dicho el ejecutivo libanés que se arrepiente, porque ahora hay unos 300.000 sirios venidos de la guerra instalándose donde pueden. Ambos países limitaron la entrada de refugiados hace dos semanas asegurando que están desbordados. Aunque sus gobiernos niegan que hayan cerrado las fronteras, la llegada de desplazados ha caído en picado en el último mes. Es por ello que los sirios han girado la vista hacia Irak: 50.000 personas han entrado en el país en el último mes, donde ya hay 127.000 refugiados. Turquía, con 463.000 acogidos y Egipto, con 111.000, son los otros dos países sobre los que se está desangrando Siria. El resto (normalmente familias con dinero) están en Europa o en América.  Un millón de estos refugiados son niños. Con eso y con todo estas personas tienen algo más de suerte que las 100.000 que se estima ya han muerto en la guerra. La guerra que nadie entiende.   

Zaatari: de cómo estar en tu casa viendo la televisión con tus hijos a vivir en una tienda de campaña.

Lekaa Al Zoubi, de 23 años, llegó al campo de refugiados de Zaatari el pasado 4 de enero. Lo hizo con su marido y lo hizo embarazada. Estuvo una semana en el campo y al cabo de ese tiempo decidió regresar a Damasco para terminar la carrera de magisterio. Con el bebé de cuatro meses en el vientre caminó acompañada de otras tres personas rumbo a la frontera, rumbo a la guerra. “Estábamos a dos o tres grados bajo cero y tuve que dormir dos  noches en la cuneta del camino. En realidad no sabíamos si íbamos en la dirección correcta”. Lo iban y alcanzó Damasco al cabo de dos días. Allí permaneció un mes y medio hasta que aprobó las asignaturas que le faltaban. Entonces se despidió –por segunda vez- de su familia y cogió un autobús dirección Jordania. Lleva en el campo seis meses. Hace dos semanas dio a luz a su hija, uno de los ocho bebés que, de media, nacen cada día en Zaatari. Mientras Lekaa cuenta su historia, su niña duerme ajena sobre cuatro colchones apilados que insinúan una cama. Lekaa, su marido Basel y la pequeña, viven en un contenedor industrial cuyo interior está perfectamente cuidado. Impecable en la limpieza, ordenado y con alguna decoración, poca, pero coqueta y cuidada. Tan cuidada que convierten un contendedor en medio de una polvareda blanca en un hogar. Un bofetón de dignidad a mano abierta.

“Volví por mi marido. En realidad estoy aquí por él, porque está amenazado y no puede estar en Siria”. En Damasco están sus padres y cuatro hermanos. “Hablo con mi madre dos veces a la semana, aunque se corta a los dos o tres minutos. Cuando la niña nació me llamaba mucho más. Es que está muy preocupada, porque estoy aquí sola, criando a la niña, en este campo…”. Y sonríe, con pena, pero sonríe. “El día que di a luz eché muchísimo de menos a mi familia. En realidad sigo echándolos muchísimo de menos”. Lekaa tiene permiso para salir del campo. Hay gente en Zaatari, con familiares o conocidos jordanos, que logran un permiso de las autoridades locales para salir del campo y vivir o trabajar en Jordania. Otros lo consiguen con dinero. Pero la mayoría no puede salir. Se registran en la frontera como refugiados, se les da un documento que les acredita como tal y se les limita a vivir en el campo. “Esto es como una prisión”. Es lo que dicen todos en Zaatari.

El permiso de Lekaa le permitirá a ella y a su familia buscarse la vida cuando la niña crezca un poco. “No vemos el final del conflicto, no veo el día que podré regresar a Siria, así que intentaremos salir adelante aquí. Quiero ser profesora”. De momento prefiere que el bebé crezca en su cajita impecable a las afueras del campo, en una zona tranquila. Después, si Siria sigue destrozada, se instalarán en Amman, la capital jordana. “La vida aquí… -Lekaa busca cómo explicarlo- te sientes como en un paréntesis, es como estar caminando en círculos, nunca pasa nada, todo es igual siempre, no hay trabajo ni nada qué hacer. Es muy duro”.
Zaatari es el segundo campo de refugiados más grande del mundo, solo por detrás de Dadaab, en Kenia. Está situado en la región de Al Mafraq, al norte de Jordania, a pocos kilómetros de la frontera con Siria. Fue abierto el 28 de julio de 2012. Desde entonces ha ido creciendo exponencialmente, pero su población se embaló a partir del pasado mes de febrero. Desde ese mes y hasta el pasado agosto (cuando Jordania limitó el acceso fronterizo) llegaban al campo una media de 1.500 personas al día. Hoy tiene una población más o menos estable de 125.000 habitantes, un número que convierte al campo en la cuarta población más grande de Jordania.

Para quien no esté habituado, apenas es posible caminar por el campo sin gafas oscuras. Levantado sobre una inmensa y polvorienta explanada blanca, el sol convierte Zaatari en una especie de irrealidad, un inmenso mar de tiendas de campaña y caravanas en el que apenas se puede abrir los ojos y donde es imposible abarcar distancias. En Zaatari uno está perdido en todos los sentidos. El campo es tan grande que ha sido dividido en doce distritos, como una ciudad. Los distritos más antiguos, del uno al cuatro, conforman lo que se ha llamado el ‘downtown’, esto es, una especie de centro o casco antiguo donde la densidad de población es brutal. En esta zona las tiendas de campaña se amontonan sin orden ni sentido y desdibujan el plano trazado para Zaatari en un primer momento. Callejuelas de tierra serpentean entre las tiendas convirtiendo esta parte del campo en un ‘slum’. Y cada día llegan nuevos vecinos. Los recién llegados, asignados en los nuevos distritos, buscan instalarse cerca de familiares y conocidos y es habitual ver estampas de mudanza: entre nueve o diez personas levantan una tienda de campaña y la trasladan hasta el centro. Los distritos del este, del 6 al 8, son los menos habitados y en lugar de por tiendas, están conformados en su mayoría por lo que llaman caravanas, que no dejan de ser grandes contenedores industriales. Es una zona más tranquila y en la que está instalada la mayoría de ONG. Son estas organizaciones las que, con la coordinación del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), sustentan el campo. Pero no tienen vía libre. Cualquier mejora, cambio o instalación que quieran hacer deben consultarlas con los líderes. Cada uno de los doce distritos de Zaatari tiene un líder, una suerte de ‘capo’ que dirige y se encarga de los vecinos de esa zona. Por encima de estos líderes hay un jefe supremo, al que llaman jeque, y que ni siquiera habita en el campo. Por debajo, cada calle o zona tiene un encargado. Nada se hace sin consultarles.

Abu Sarab es uno de estos líderes. Asegura dirigir la calle 4 y alrededores, en pleno centro del campo. En cuanto ha visto extranjeros, cámaras de fotos y demás parafernalia desafinada se ha acercado y ha hecho una invitación formal a su tienda, donde ofrece té.  “Soy el responsable de que no falte agua, electricidad ni alimentos. Respondo ante 200 familias”, explica. Él da permiso para fotografiar la zona. Asegura haber sido elegido por los vecinos.

“En realidad no es más que un reflejo de la sociedad siria a menor escala. Se trata de una organización de clanes que tiene siglos de antigüedad”. Quien toma la palabra es el “alcalde” de Zaatari, Kilian Kleinschmidt. La máxima autoridad de Acnur en el campo es un corpulento berlinés que siempre tiene prisa y que, tal vez por ello, no da ni medio rodeo al hablar. “Los refugiados nos dicen que no estamos haciendo nuestro trabajo porque no entramos en Siria y matamos a Asad”, es su primera afirmación. Después vienen muchas más que permiten hacerse una idea de cómo es la vida en Zaatari. “Esto ha crecido en meses lo que suele tardar en crecer una ciudad en 20 años. En la mente de los que aquí viven ya es una ciudad. Hay distritos, jefes de distritos, elecciones, tiendas, avenida principal…”. Uno de los mayores problemas que Kilian pone sobre la mesa es la inseguridad. “Tenemos 125.000 personas que no quieren estar aquí. Están cabreados, casi todos ellos han perdido familia, amigos, casa… tienen la vida destrozada y están aquí metidos. Estáis ante las víctimas de uno de los conflictos más brutales de la historia moderna”.

Como visitante no se puede caminar despreocupado por Zaatari. Es un lugar peligroso. De entre todos los inconvenientes, y aunque sorprenda, destacan los niños. “Los usan”, explica Kilian. “La mayoría de ellos no tienen nada que hacer en todo el día, vagan por el campo en grupos y casi todos ellos con enormes problemas derivados de experiencias traumáticas”. Hay tres escuelas en Zaatari, ninguna demasiado visitada, por lo que hay pandillas de niños por todas partes con ganas de jaleo. Semanas atrás un cámara de la BBC fue apedreado y un fotógrafo italiano casi resulta apuñalado por chavales de apenas diez años. El problema –uno de ellos- es que en Zaatari no hay policía. La jordana no tiene autorización para entrar en el campo de modo que lo que ocurre en el campo, se queda en el campo. De la seguridad, justicia y cuentas pendientes se encargan los líderes.  “Éste es un lugar peligroso, no caminéis por ahí solos”, concluye el alcalde. Y se va mirando su reloj.

“Hay otro gran problema aquí, relacionado con la limpieza e higiene”. Con voz más pausada y carácter sereno, habla Jeffrey Silverman, un texano responsable de la unidad de salud pública de Oxfam, la ONG encargada de todo lo relacionado con el agua y la higiene en Zaatari. “En África respetan mucho más las zonas comunes para orinar o defecar. Aquí se niegan a compartir baños, es inconcebible para ellos, de modo que los desmantelan en cuanto son instalados”. Desde que se abrió el campo se estima que se ha robado infraestructura por valor de un millón de dólares. Tan pronto aparece un grifo desaparece con el amanecer. “Desde hace un tiempo hemos decidido hablar con los líderes y explicarles que si roban los grifos, no los volveremos a instalar. Y eso hemos hecho. Los robos han bajado”, completa Jeffrey.
Con todo, y que conste oficialmente, no ha habido ningún asesinato en Zaatari. Es un dato a celebrar teniendo en cuenta las condiciones psicológicas en las que se encuentran los habitantes del campo: 125.000 personas sin casa, sin futuro y con la guerra todavía en sus cabezas. Sobre esto último da fe Mourad Caachoui, el psiquiatra del hospital militar levantado en el campo por Marruecos, uno de los tres que hay en Zaatari. “La mayoría de personas que consulto sufren estrés postraumático, debido a episodios muy fuertes que han vivido en Siria”, explica. “Atiendo a unas veinte personas al día y, si te digo la verdad, la mayoría lo que necesita es hablar”. “Lo que me ha llamado la atención es la cantidad de niños que veo aquí con traumas, pesadillas y ‘flash-backs’. No he visto nada parecido nunca, ni en Egipto ni en Libia”. El problema, tal y como explica Mourad, es que tras la consulta, los pacientes regresan a su tienda, a su realidad, a su miseria. “Es imposible avanzar, reviven y remueven todo una y otra vez”.  

Mohamed, un crío de tres años de mirada curiosa que no duda irse con el primer extraño que le ofrezca un paseo, es un ejemplo claro de cuánto daño puede hacer la guerra. “Cuando ve un uniforme, de un policía o de un soldado, el que sea, se pone a temblar, a temblar mucho y sin parar. Cuando escucha un ruido fuerte, como un motor, se hace pis. Tiene el miedo metido en el cuerpo. Y siempre lo va a tener”. Lo explica su tío, Abu Gazan, que ya ha dispuesto invitados y tazas de té en el suelo de su caravana, en el distrito seis del campo. Arranca la improvisada tertulia, llena de exagerados gestos, discusiones y todos los códigos que corresponden a un buen debate árabe. Abu llegó a Zaatari hace cinco meses. Decidió dejar su casa cuando tres balas alcanzaron la fachada de su casa. Conocía la existencia del campo por la televisión. “Los últimos quince días que estuve en mi casa nos pasaban misiles por encima cada cinco segundos”. A su lado está Ahmed Asat quien explica que hoy ha visto en un vídeo en internet el asesinato de unos vecinos de su pueblo. Todos bajan la mirada. Abu Marai, barba blanca y tez curtida, pregunta si somos israelíes. Se forma una discusión y cuando todos se calman Marai pide disculpas por la pregunta y por haberse enfadado. Después relata su caso. Llegó al campo con su mujer y seis hijos y las dos primeras noches no tenía tienda de campaña. Tuvieron que dormir en el suelo, al aire libre. “Yo estaba allí tumbado y en mi cabeza sólo estaba mi casa, mi cama, mi vida hacía unos días. Pensaba: ¿Cómo es posible?”. Acurrucado en el suelo, Marai pasó las dos primeras noches así antes de conseguir una tienda. “Pensaba, ¿es que nadie me ve?” Abu Gazan retoma para contar algo similar: “En mis primeros diez días no salí de la tienda. No me lo podía creer. Pensaba: yo tenía mi casa y ahora vivo en una tienda de campaña.”. Las tazas de té se rellenan sin descanso y todos fuman como bestias. Por fin se habla de política. Y todos coinciden: “La solución a esta guerra es declarar Siria espacio aéreo restringido. Si prohíben sobrevolar Siria, Asad cae en 24 horas”. Es la respuesta que todos dan en Zaatari cuando se habla del final de la guerra. Es como un mantra, como un discurso programado: “No fly zone”. Ellos los tienen claro.

Los Campos Elíseos: de cómo la vida se abre paso.

La colección de desgracias y vidas truncadas en Zaatari no conoce final. La de Haldam Shalim Alisa, mujer de 49 años que lleva desde marzo en el campo, es especialmente dura. Dos balas le rompieron el pecho y otra impactó en la espalda cuando regresaba de hacer la compra en Yasem, su pueblo en Siria. Desde entonces orina en una bolsa y se mueve en una silla de ruedas. Conseguir las bolsas supone un desafío en los hospitales militares del campo y moverse sobre ruedas en el pedregal sobre el que están las tiendas, otro. Por eso Haldam se pasa el día tumbada. Con sus hijas cerca, cuidándola. Y su marido, destrozado. Ahmed Hans es un hombre completamente hundido por lo que le ha preparado la vida. Apenas puede terminar una frase. Ahmed tiene 50 años, piel curtida y corpulento, pero rompe a llorar como un niño cuando escucha a su mujer relatar su desventura. Su preocupación también está en Siria, donde dos de sus hijos están arrestados por el ejército desde hace dos años. Nunca han vuelto a saber nada de ellos. “Algún día volveremos a Siria, pero en realidad no volveremos a Siria, porque ya no es lo mismo. Ni nunca será lo mismo. En realidad todo ha terminado ya”, dice Ahmed.  Y un silencio que es como unas tenazas estrangula el aire de esa caravana.

Los Campos Elíseos son la contraparte, el símbolo de cómo la vida se abre siempre paso, por más que las condiciones sean desesperantes. Así le han llamado los habitantes de Zaatari a la calle principal del campo. Hasta hay una señal que indica el nombre. En esta suerte de avenida –una de las pocas vías asfaltadas- bulle la actividad. Lo que era un corredor entre tiendas de campaña hace unos meses, es hoy una calle con trescientos pequeños comercios por la que cada día pasan miles de personas. Es el epicentro del campo, el corazón de Zaatari. En los Campos Elíseos se vende de todo: comida fresca, herramientas, enchufes, televisiones, cableado, básculas, neveras, cocinas, ropa, baños, lavadoras, aire acondicionado, bombonas de gas, utensilios de cocina, productos de limpieza, zumos, kebabs, tabaco, camisetas, gorras... Hay hasta ‘ciber-cafés’ y puestos para cambiar dinero. El crecimiento comercial es imparable en un campo donde, atención, está prohibido comprar o vender mercancía del exterior. Pero, ¿quién puede parar eso? Cientos de personas entran y salen cada día de Zaatari portando con ellos todo tipo de productos sin que la policía jordana les diga nada. Por connivencia o, seguramente, por pura pereza.  Ziyaad, un joven ingeniero procedente de Daraa (de esta región viene el 93% de los habitantes del campo), vende en su tienda de los Campos Elíseos los alimentos que reparte Acnur cada dos semanas entre los refugiados. “Mucha gente me los vende y con el dinero compran comida fresca en el mercado. Yo lo revendo, sobre todo a jordanos de los pueblos de alrededor, ya que les sale mucho más barato. El problema es que ahora las tiendas jordanas están vendiendo también los alimentos de Acnur, y por eso me va peor”.  Ziyaad montó la tienda gracias al dinero que le dejó su tío. Con lo que ha sacado hasta la fecha ha comprado una de las caravanas del campo, por lo que podrá dejar por fin la tienda, en la que vive con su mujer y sus tres hijas. Tres testigos designados por el líder del distrito dan fe de que esa caravana es ahora suya. En caso de conflicto, ésa es la garantía. En Zaatari es un símbolo de prosperidad dejar la tienda y lograr vivir en una caravana. Y es que también existe todo un mercado de compraventa de tiendas y caravanas, hasta el punto de que los granjeros jordanos de los alrededores poseen decenas de tiendas de Acnur cuyo símbolo puede verse desde la carretera.

La prosperidad es incluso satisfactoria para algunos. Suhaib, un tipo delgado y sonriente que vive en el distrito siete, asegura tener 40 empleados. Trabaja en la construcción de infraestructuras dentro del campo después de haberse puesto en contacto con varias ONG que están sobre el terreno. Se fue abriendo camino y asegura que ahora tiene una buena vida: “Aquí mucha gente no quiere trabajar”, dice. “Viven de la caridad y se sienten cómodos así. Hay gente que no tenía casi nada en Siria y aquí aprovechan y viven de lo que les dan”. Suhaib está tan bien que tiene permiso para salir del campo y aun así prefiere vivir en él.
El improvisado y veloz mundo laboral de Zaatari deja sin embargo a las mujeres de lado. Apenas se las ve trabajando, más allá de ir a recoger agua o alimentos. Por eso, para aquellas que han llegado solas al campo, la vida es un punto más dura. Dilial Ahmad Obid es un buen ejemplo. Viuda, sus cuatro hijos están en Siria, dos de ellos combaten en el Ejército Libre de Siria y no sabe nada de ellos desde hace un año. Dilial era costurera y llegó a Zaatari hace seis meses con su nuera y su nieto. En seguida se puso a buscar trabajo y consiguió un puesto recogiendo tomates en una plantación cercana al campo. Cada día, Dilial se escapaba sin permiso y se dejaba los riñones bajo el sol siete horas al día. Hasta que en una de esas interminables jornadas un tipo la intentó violar. “Me lo quité de encima y le tiré piedras y después…”. No puede seguir. “Ahora busco trabajo pero sólo se lo dan a los hombres”. La desesperación le llevó a tomar la decisión de regresar a Siria, pero uno de sus hijos le pidió por teléfono desde allí que no lo hiciera. No es infrecuente. Unas 300 personas al día dejan Zaatari para regresar a Siria, para volver a la guerra.
“Llevan tres años peleándose y nadie gana, sólo están destruyendo el país”, se queja Dilial terminando la conversación. “Cuando me preguntan por Siria lo tengo claro: ya no hay más Siria”.   

Líbano: de cómo las balas se cuelan por la frontera

Por un camino invisible que sale de una de las autopistas que conducen a Amman, se llega a una plantación de tomates donde viven unas 500 personas. Lo hacen en un grupo de viejas y enormes tiendas de campaña que se pueden ver desde la carretera, con ropa tendida entre ellas y niños descalzos con la cara plagada de moscas jugando sobre la tierra. Es uno de esos lugares al que nadie se plantea ir, al que parece que no se puede ir, como un mundo aparte al pie de de la autopista que sólo se distingue durante un segundo desde la ventanilla del coche, el tiempo justo para apiadarse pero no preocuparse. Puede que Husein Alhamad pensara lo mismo cuando, de camino al instituto donde daba clases de francés, viera un asentamiento así desde su coche. Ahora vive en él.

Husein tuvo que abandonar Hama, su ciudad en Siria donde era profesor, por los combates.”Nadie podía sospechar que esto acabaría así cuando empezaron las protestas”, relata. “Pero es que a los pocos días los soldados empezaron a disparar contra todo, contra todos sin hacer distinciones”. Husein huyó y de su aula de francés ha pasado a vivir en la plantación de tomates, junto a los invernaderos. “Unos amigos sirios me ofrecieron venir a este lugar. Podemos dormir en las tiendas y trabajar durante el día recogiendo los tomates. Así vivimos y por lo menos estamos más tranquilos que en Zaatari”.

No todos los refugiados huidos de Siria se instalan en campos. Muchos, después de ser inscritos en la frontera, se buscan la vida por su cuenta y se acomodan como pueden en poblados, asentamientos o plantaciones. Se calcula que del más de medio millón de refugiados de Jordania, 360.000 viven dispersos por el país fuera de los campos.

El hijo de Husein, Hosam, tiene 18 años. Estaba en el último año de instituto cuando la guerra le golpeó. Descalzo, con las manos castigadas del trabajo, explica lo inexplicable: “Yo tenía mi grupo de amigos, mi clase del instituto y mi vida. Tenía a mi padre diciéndome todo el día que me olvidase de trabajar y estudiase. Y ahora tengo esto, que es nada, una vida que nunca pude imaginar”. Hosam está tan asqueado que quiere volver a Siria, pero su padre no le deja. “Aquí no hay nada que hacer, sólo trabajar”. Y enseña sus manos, llenas de tierra, llenas de heridas.  

La historia se repite miles de veces más en Líbano. Los refugiados sirios que optaron por huir a este país se encontraron con un gobierno que se negó desde un principio a crear campos. Y tuvieron que crearlos por su cuenta. La mayoría de los recién llegados se instalaron en la región del valle de Baalbek, una de las zonas más pobres del país, controlada por Hezbolá y colindante con Siria. En su extremo norte, en Bekaa, los campamentos alternativos han redibujado el paisaje: a falta de autorización libanesa, las tiendas de campaña se suceden a lo largo de la carretera hasta una estimación de unos 300.000 refugiados ocupando 
descampados y plantaciones en esta zona. En realidad ocupan todo lo que pueden ocupar. En una colina a las afueras de Trípoli, la ciudad más importante del norte del país, 130 familias se han instalado en un centro comercial abandonado. Cada familia vive en lo que no hace mucho era una tienda, con colchones en el suelo. Lo chirriante es que todas deben pagar un alquiler, a un particular que asegura ser el dueño. El edificio es un mastodóntico y desfasado centro comercial con varios pisos y una suerte de plaza descubierta en el centro donde hay ropa tendida, juguetes de niños y alfombras para el rezo. Aquí hay unos 500 niños, pero parecen un millón, corriendo entre lo que un día fueron escaparates. Una de las familias, que se niega a revelar su nombre, explica que, en el centro comercial, están seguros y los niños pueden jugar tranquilos. No es fácil decir eso en Líbano.

A diferencia de Jordania, Líbano está viendo cómo la guerra se le cuela en casa. El apoyo explícito de Hezbolá al régimen sirio ha desembocado en un enfrentamiento abierto entre facciones chiíes y suníes en el país. Una tensión que, para no pocos expertos en la región, sitúa al país a las puertas de una guerra civil. En realidad de otra, ya que Líbano padeció su propio conflicto entre 1973 y 1990, en aquella ocasión entre musulmanes y cristianos, un enfrentamiento que, además de terminar con el país destrozado, segregó a la población por religiones: hoy suníes, chiíes y cristianos viven en áreas y barrios completamente diferenciados. Pese a ello el país se fue recuperando hasta convertirse, a finales de los 90, en un centro financiero y turístico de la región. No duró. En 2006 Hezbolá entró en guerra con Israel y volvió a dar con Líbano en la lona. El tercer asalto en la resurrección del país pasa por evitar un nuevo conflicto cuya tensión se respira en todo el territorio. No sólo por los atentados que Hezbolá y las facciones suníes se están intercambiando, también porque no es la primera vez que los rebeldes sirios penetran en el mencionado valle de Baalbek para enfrentarse a Hezbolá ni tampoco es la primera vez que un misil con el sello de Asad alcanza un asentamiento de refugiados sospechosos de estar proporcionando armas a los rebeldes. En general, puede decirse que Baalbek, además de estar sembrado de refugiados que se buscan la vida como pueden, vive una tensión prebélica que puede palparse en el ambiente. Especialmente en los chek-points de Hezbolá, donde les gusta muy poco ver caras extranjeras y donde, al grito interrogativo de “¿americano?” piden pasaportes con el dedo en el gatillo.

Hablar con los refugiados no es fácil aquí. Sirva como ejemplo la intentona en Barsa, un poblado al norte en el que viven 27 familias de Homs desde hace seis meses. Al poco de comenzar la charla algunos de los presentes comienza a gritar y, aunque no hay que saber árabe para darse cuenta de que están enfadados, es el intérprete el que desvela que esa misma mañana ha tenido lugar un ataque con armas químicas en Damasco. “Están diciendo que han muerto mil personas. Que nos larguemos de aquí y que informemos de eso”. Varias familias de Barsa tienen conocidos entre las víctimas. La tensión aumenta. En realidad, a día de hoy, la tensión en Líbano no hace otra cosa más que aumentar.

“Nuestro mayor problema es que no podemos encontrar trabajo, nadie nos da trabajo”, explica un refugiado de Anfeh, otro de esos improvisados campos. Un centenar de familias viven en él. “El colmo es que hace unos días entraron a robar en las tiendas y nos quitaron hasta nuestros documentos. ¿Ahora a quién reclamamos?”, se lamenta este hombre. Lleva un año y dos meses en el campamento, desde que tuvo abandonar Baba Arm, en Homs, uno de los barrios más castigados de Siria. Allí, en febrero de 2012, tuvo lugar uno de los ataques más virulentos del régimen de Asad, que bombardeó durante tres semanas el distrito. Nada queda en pie en esta zona. “Si no podemos trabajar aquí y ya no nos queda nada en Siria, ¿qué hacemos con nuestras vidas?”, se pregunta quejoso. Pero nadie responde. Puede que ni siquiera haya respuesta.   

Palestinos: de cómo nacer en un campo de refugiados y tener que huir a otro.  

Satnara Mohamed Hattab cree que tiene 80 años, pero mira a su yerno para confirmarlo. Éste no le ofrece ninguna ayuda de modo que decide quedarse con esa edad: “Sí, tengo 80 años”. Y todos esos años están en los ojos de Satnara, intensos y abiertos entre arrugas profundas.  “Salí de Tiberíades en el 48, cuando comenzó la guerra”, rememora. “Lo recuerdo bien”. Tiberíades era entonces una aldea palestina y hoy una próspera ciudad israelí. “Teníamos unos vecinos judíos que nos dijeron que nos quedáramos, pero mi padre dijo que no era seguro, así que antes de que llegaran los judíos nuevos, nos fuimos”. Satnara insiste en diferenciar entre los judíos “nuevos”, los que llegaron con la guerra, y los “de siempre”, los que ya vivían allí antes del 48. “Eran diferentes, los de siempre eran como hermanos, los nuevos vinieron a destruir el mundo”, y al cabo de unos segundos de silencio sonríe con la exageración. Junto con su familia, Satnara se dirigió a Jordania, donde pasaron unos meses. Después se trasladaron a Yarmouk, el campo de refugiados palestino más grande de Siria. Allí estaba convencida de que acabaría su vida cuando la guerra le volvió a empujar. Esta vez a Líbano, su cuarto país, su tercer campo de refugiados, su segunda guerra. “Al principio pensé que estaríamos unas semanas fuera, pero después de tres meses te vas haciendo a la idea…”. Sus hijos viven en Siria. “Hablo con ellos por teléfono y por...”, mira a su nieto, que completa: “Whatsapp”. “Eso”, y sonríe de nuevo. ¿Si pudieras elegir, a dónde regresarías? ¿A Siria o a Tiberíades?”. No duda. “A Palestina, claro. Siempre a Palestina”. Y añade: “Mi padre me había dado la llave de nuestra casa y la guardé toda la vida. Pero la dejé en Siria y ahora quién sabe dónde estará. Debe haber miles de llaves perdidas en Siria”.
El de Satnara es el caso extremo de los dobles refugiados. Palestinos ya nacidos en los campos sirios que se han visto desplazados a los campos palestinos de Líbano. Suponen el 10% del total de refugiados en el país. Uno de los campos de este tipo más grandes de Líbano es el de Al Jalil, a pocos kilómetros de la frontera. Dando un paseo por él pueden escucharse, a lo lejos, el sonido sordo de las bombas en Siria. 
“Si eres palestino en Líbano estás señalado, marcado”. Lo explica Ali Tahar, el director del campo. “En nuestro pasaporte se especifica que somos palestinos, incluso aunque hayas nacido ya en Líbano. En mi caso –dice- soy libanés de tercera generación, pero sigo marcado como palestino”. ¿Qué significa esto? Que apenas pueden acceder al mercado laboral ni a las escuelas. La población palestina en Líbano está  marginada sin rubor.

 Ali Tahar ha visto como el campo que dirige ha triplicado su población desde el comienzo de la guerra en Siria. Acoge a palestinos sirios recién llegados –hasta 30 familias al día- con muchas dificultades. No pocas veces mete en su oficina a familias que llegan perdidas para que pasen la noche. Si Ali no está allí, está dirigiendo un taller de niños, o arbitrando un partido de fútbol o repartiendo la asignación de alimentos. Ali Tahar es el alma del campo. “El desafío ahora es la superpoblación. Hay muchos problemas con la electricidad y roces entre los jóvenes palestinos sirios y los libaneses”, explica. “Estamos al límite y como nosotros el resto de campos palestinos. No podemos seguir acogiendo a más gente”. Su llamada no es en vano. El pasado mes de junio el gobierno libanés rectificó y anunció que creará nuevos campos de refugiados. De momento no se ha pasado de las palabras y los palestinos que huyen de Siria siguen agolpándose en campos libaneses. La vida de campo en campo, la vida en constante huída.

“Somos dobles refugiados, sí, pero en realidad sentíamos Siria como nuestra casa. Yo no me sentía refugiada”. Sawtham Alsaami, palestina huída de la guerra, se ha visto obligada a instalarse, junto con su marido y sus tres hijos, en un comercio abandonado de la aldea de Wadi Zeina, en el valle de Baalek. Cosas de la guerra: Nidal, el marido, era taxista en Damasco hasta que un tanque le aplastó el taxi. “No terminas de creerte que tu vida sea esto -retoma Sawtham- especialmente mis hijas, que se niegan a aceptar que ahora tengan que vivir aquí”. Ashram y Lilian, de 16 y 14 años apenas salen de casa. “Nunca pensé que iba a vivir en una tienda, nunca pensé que no iba a tener amigas”, dice Ashram. La suya es una historia más, la enésima, de quien no puede aceptar que la vida le haya saltado por los aires de un día para otro. Una de las dos millones de personas incapaces de aceptar lo que les está ocurriendo. “Yo creo que el mundo no hace nada ni nos ayuda porque no se están enterando de lo que pasa”, dice Ashram convencida. “De mayor voy a ser periodista para contar mi historia. Y para contar las historias que están ocurriendo aquí. Para que el mundo lo sepa y nos ayude”. 

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