20 feb. 2014

Regreso al país de las mil colinas

Este reportaje fue publicado por el suplemento Viajes del periódico El Mundo


Es probable que muchos no se lo crean. Es posible, estimado lector, que usted tampoco. Pero Ruanda es un país limpio, ordenado y seguro. En Kigali, su capital, están prohibidas las bolsas de plástico y las calles están más limpias (mucho más) que las de Madrid o Barcelona. Hay wifi en casi todos los espacios públicos, la ciudad planea instalar una red 4G en toda la urbe, los conductores llevan puesto el cinturón de seguridad y los motoristas usan casco. La gente llega puntual a sus puestos de trabajo, se aplica la ley y la economía del país, aunque lenta, crece. Por todos los rincones hay obras de escuelas y hospitales y se puede pasear tranquilamente sin temor a asaltos ni robos. Es una Ruanda que contrasta con la imagen anclada en nuestro inconsciente y que sigue vinculada al genocidio de 1994. Un sambenito, una cruz que el pequeño país africano todavía arrastra. Por eso, cuando el visitante llega a Ruanda, Ruanda le suele coger desprevenido.
En su lucha por recobrar la normalidad violentamente perdida durante el genocidio, el gobierno ruandés lleva veinte años inmerso en un insaciable proceso de recuperación. Uno de los pilares de esta carrera por el progreso es el turismo. Y los beneficiados son los viajeros que se animen a conocer esta joya de los Grandes Lagos.

Ruanda tiene el tamaño aproximado de Extremadura y está incrustada en las montañas que separan la República Democrática del Congo y Tanzania. De ahí su apodo, ‘el país de las mil colinas’. Ruanda es una montaña rusa de valles y laderas en la que, según no pocos antropólogos, la humanidad –literalmente- echó a andar. La esencia se percibe y sigue viva en las áreas rurales, el contrapunto a la pulcritud de Kigali: aldeas remotas, costumbres ancestrales y vecinos que, asombrados, se acercan a dar la mano al primer blanco que han visto en su vida. El conjunto supone una oportunidad única, accesible y segura para conseguir visitar esa África que todos tenemos en la cabeza.




Gorilas en la niebla

En el noroeste del país, a unos diez kilómetros de la ciudad de Muzanze, pegado al Parque Nacional de los Volcanes de Virunga, se encuentra Red Rocks. No es exactamente un hostal, tampoco un albergue ni una casa rural y es todo a la vez. Red Rocks es un alojamiento tan cuidado como pintoresco al pie de los selváticos volcanes. Ofrece alojamiento, agua caliente, comidas y guía. Se puede pagar o llegar a un acuerdo a cambio de echar una mano en los cultivos o la limpieza del lugar. Todo es relajado en Red Rocks y con ese espíritu hay que acudir. El visitante no puede esperar que la cena se sirva con puntualidad suiza o que haya luz las 24 horas, pero en lo auténtico del sitio está también su encanto. Amahoro Tours es la empresa de aventuras que lo gestiona y además de la estancia, ofrece numerosas actividades para sumergirnos en la verdadera Ruanda, en la profunda África central. Desde Red Rocks, y siempre acompañados por un guía, podemos recorrer las aldeas cercanas bajo la desencajada mirada de niños que nunca antes habían visto un tono de piel tan pálido, es posible visitar el mercado de artesanía, echar una mano elaborando (y bebiendo) cerveza de plátano y, por supuesto, podemos subir a ver a los gorilas de montaña. Virunga es uno de los dos únicos parques del mundo que acoge gorilas de montaña en libertad, el escenario donde vivió Jean Fossey, la primatóloga de ‘Gorilas en la niebla’. Se visitan en grupos de siete turistas y hay que caminar horas a través de la espesa selva hasta alcanzar a alguna de las familias. Entonces el espectáculo de contemplar a pocos metros a un ‘espalda plateada’ se vuelve indescriptible. Son minutos por los que todo el viaje ya merece la pena.

Hay otros dos parques naturales en Ruanda: el Parque Nacional de Akagera, en el noreste, y  el Bosque de Nyungwe, al sur. En este último se pueden realizar excursiones como las de Virunga, pero esta vez en busca de chimpancés, mientras que Akagera ofrece la posibilidad de realizar safaris para ver búfalos, monos y hasta elefantes.

La nueva Ruanda

Ruanda, antes de 1994, no existe. Todo ha cambiado: la segunda lengua ahora es el inglés en lugar del francés, la bandera es otra y hasta los nombres de algunas ciudades ya no son los mismos. Es importante tener esto en cuenta a la hora de moverse por el país. Si alguien nos señala cuál es el autobús para Ruhengeri debemos saber que se refiere a Muzanze. No está de más ponerse al día sobre la toponimia post 1994. En cuanto a los desplazamientos, Ruanda cuenta con carreteras asfaltadas desde Kigali a las ciudades principales y un buen sistema de autobuses. Es la opción más recomendable, aunque siempre se puede negociar un precio con un taxista y contratar sus servicios. No se corte en regatear, no solo porque todo en Ruanda está cerca y es accesible, sino porque siempre tratarán de sacarle, de inicio, el doble.

Una de estas ciudades donde pasar un día es Huye (antes Butare), donde se encuentra el museo nacional de Ruanda, tal vez el mejor del país y una joya antropológica africana. Otro punto obligatorio es Kibuye (esta ciudad logró mantener el nombre), a orillas del Lago Kivu, que separa el país del vecino Congo. Kibuye es una tranquila ciudad costera con buenos hoteles al pie del lago, como el recomendable Centre Béthanie, con numerosas playas e islas donde pasar el día.       

Kigali, el despertar de Ruanda

Restaurantes, clubes, hoteles, conciertos… Kigali, la capital de Ruanda, es una ciudad ansiosa por despertar. La urbe se extiende entre montañas, haciendo que en ningún punto haya una concentración excesiva de edificios ni de tráfico. Es amplia y ventilada, bien comunicada y segura. En las cimas de las colinas están los barrios más acomodados mientras que en los valles se extienden las chabolas. Para moverse lo ideal es tomar uno de los moto-taxis que recorren en enjambre la ciudad (con su distintivo oficial). Así podremos visitar, por ejemplo, el hotel des Milles Collines, el mejor de la ciudad y que sirvió de refugio a miles de tutsis durante el genocidio. La tremenda historia de este hotel está recogida en la recomendable película ‘Hotel Ruanda’.

En una visita a la 2nd Street por la mañana se puede ver el mercado para después –toda una experiencia- acudir a una misa en la iglesia de Saint Familie, la más importante de Kigali. Los coros y cantos de los feligreses construyen una atmósfera irrepetible.

La noche no frena a Kigali, que se llena de clubes y restaurantes. Hay para todos los gustos, pero merece la pena conocer de primera mano el ambiente nocturno de la capital ruandesa. El Planet Club es frecuentado tanto por mochileros como por juventud local mientras que el Milles Collines ofrece un ambiente más sofisticado donde tomarse una copa.

No olvidar

Tras el fin del genocidio de 1994, el gobierno abolió las identidades hutu y tutsi, los dos pueblos que habitan en Ruanda desde la antigüedad. Los documentos de identidad ya no especifican tal condición e incluso hablar de ello se ha convertido en un tabú. Algo a tener en cuenta: preguntar a alguien si es tutsi o hutu suele resultar grosero. Los ruandeses prefieren no hablar de ello. Sobre lo que sí puede sentirse libre de preguntar cualquier viajero es sobre el genocidio. Ruanda tiene claro que solo evitará que se repita si no lo olvida y para ello cuenta con una red de 72 memoriales en todo el país. Visitarlos es una experiencia dura, pero obligatoria para ser testigo directo de uno de los capítulos más crueles y también más importantes de la historia moderna. Más de 800.000 tutsis fueron asesinados en cien días de 1994, la mayoría de ellos a machetazos. En el Memorial Center de Kigali se explica, a través de una cuidada exposición, cómo se llegó a tal ola de violencia.

Además, Ruanda  ha convertido en memoriales los lugares donde tuvieron lugar matanzas colectivas. Dos de ellos son las iglesias de Nyamata y Ntarama, a un paso de la capital. En ambas se conservan las ropas, huesos y efectos personales de los allí asesinados. Más allá va el memorial de Murambi, la antigua escuela técnica del pueblo en la que se conservan los cuerpos momificados en las posiciones que fueron hallados. Más de 27.000 personas fueron asesinadas aquí. La mayoría de guías de los memoriales son supervivientes, que explican en primera persona sus experiencias. Son visitas poco amables, pero imprescindibles. La prueba final de que Ruanda, cuna de la civilización, mira hacia adelante. Pero sin olvidar.    

Guía:

Cómo llegar: Sin lugar a dudas la mejor opción es Brussels Airlines (bursselsairlines.com). Ofrece vuelos diarios desde Madrid con una única escala en Bruselas a precios muy razonables.

Dónde dormir: Hotel Isimbi Kigali: en pleno centro, limpio y acogedor y a buen precio. Discover Rwanda Youth Hostel: ideal para mochileros. Habitaciones compartidas o individuales.

Dónde comer: Chez John. Delicioso restaurante en Kigali de comida ruandesa, algo que, aunque paradójico, no es habitual en una ciudad llena de restaurantes internacionales. 


Información práctica: Es obligatorio vacunarse contra la fiebre amarilla para entrar en el país y recomendable llevar repelente para insectos y mosquitera, a pesar de que en Kigali no hay malaria. Se puede encontrar todo tipo de información turística en la web oficial: www.rwandatourism.com  

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