20 feb. 2014

Ruanda, la paz de las mujeres

Este reportaje fue publicado en la revista Yo Dona



La tarde del 7 de abril de 1994, Bealta Kabagwira, recién casada y embarazada de cuatro meses, se asomó a la ventana de su cocina en Kigali –capital de Ruanda- y vio cómo un grupo de jóvenes armados con machetes bloqueaban la calle. Los jóvenes gritaban, empapados en alcohol y anfetaminas, mientras se preparaban para registrar el barrio. “Recuerdo que pedían que las cucarachas saliéramos de casa”, dice Bealta. Las cucarachas eran los vecinos tutsis. Aquellos jóvenes, por su parte, eran milicianos hutus, conocidos como interahamwe, “los que pelean juntos”, un término que todavía hoy golpea en las pesadillas de muchos ruandeses.

“Empezaron a llamar a las puertas de las casas –recuerda Bealta con un hilo de voz- y pedían el documento de identidad”. En aquella época la identificación ruandesa especificaba si un vecino era tutsi o hutu. “Yo miraba por la ventana y pude ver cómo una pareja de tutsis les mostraba el documento y al momento les empezaron a dar machetazos”. Minutos después los jóvenes miraron hacia la casa de Bealta. “Cuando llamaron a la puerta salimos corriendo. Yo me fui en una dirección y mi marido en otra. Esa fue la última vez que lo vi”. En realidad todo el mundo corría en todas direcciones, unos con la cara desencajada por el terror y otros con un machete en la mano. Los milicianos lograron atrapar a Bealta y la arrastraron hasta un grupo –más bien un montón- de vecinos tutsis. “Algunos estaban vivos y otros muertos. Yo me quedé entre los cuerpos, paralizada, pero en un momento que los milicianos se alejaron, salí corriendo”. Bealta se refugió en casa de una amiga y vecina hutu y con ello sobrevivió a aquel sangriento registro. “Al final de la tarde mi calle estaba cubierta de cuerpos”.



Su vecina tardó una semana en sucumbir al miedo de ser cómplice: “Ya no estás segura aquí, tienes que irte”, le dijo. Bealta dejó la casa en plena noche, avanzando por las calles como una presa en un coto de caza. “Llegué a un descampado y me metí en una zanja de riego. Pensé que era un sitio donde los milicianos no buscarían”. Estuvo allí tumbada tres semanas. Por las noches merodeaba en busca de comida y por el día se mantenía inmóvil, escuchando disparos y a veces gritos de fondo. “Al cabo de ese tiempo no pude más. Aquello estaba lleno de serpientes. Así que, otra vez de noche, me fui a un edificio cercano que estaba abandonado y me metí en los baños”. En concreto Bealta se metió en las letrinas y, cuando abrió la puerta para hacerlo, se encontró con una docena de mujeres y niños escondidos. “Estuve con ellos una semana, pero al cabo de ese tiempo decidieron salir, porque tenían hambre. Yo les dije que me quedaba. Fui la única. La noche siguiente, cuando salí a buscar comida, vi los cadáveres de todos. Apenas habían avanzado veinte metros por la calle”.

Bealta estuvo metida en aquella letrina hasta que los soldados del Frente Patriótico Ruandés (FPR), tutsis, tomaron Kigali. Sólo entonces abandonó su escondite y fue trasladada a un lugar seguro, donde dio a luz. Semanas después tomó conciencia de que había sobrevivido a un genocidio en el que, en un periodo de aproximadamente cien días (desde que los milicianos bloquearon su casa hasta mediados de julio), fueron asesinadas, según los datos más optimistas que maneja la ONU, 800.000 personas. Mientras Bealta estaba en una zanja primero y en una letrina después, en Ruanda eran asesinadas 8.000 personas al día, 333 a la hora, 5 asesinatos por minutos. Casi todos ellos, por cierto, a machetazos. El horro en estado puro, la crueldad humana llevada al límite que ahora Ruanda trata de dejar atrás. Pero, ¿cómo se recupera un país de algo así? ¿Cómo se avanza después de que casi un millón de vecinos murieran a manos de, aproximadamente, otro millón? Una de las claves está en las mujeres, cuyo rol y presencia se ha revelado fundamental para la reconciliación de un pueblo traumatizado.

El parlamento con más mujeres del mundo

El parlamento de Ruanda está compuesto en un 64% por diputadas. Es la proporción más alta no sólo de África, sino del mundo. Además, más de la mitad del gobierno actual está formado por ministras. En total, el 52,5% de los habitantes del país son mujeres. “Ruanda vive un proceso de recuperación y de reconciliación del que no se puede excluir a nadie, mucho menos a las mujeres, porque fue la división la que nos llevó al horror”. Toma la palabra Connie Bwiza Sekamara, diputada desde 1999 y miembro del FPR, partido del gobierno. Es una mujer de voz firme, segura, que irradia carácter desde su despacho en el parlamento de Kigali. “El genocidio fue el clímax de una guerra civil que comenzó en 1990 debido a una división artificial entre tutsis y hutus”, explica. La división de la que habla Connie es la madre de todos los enfrentamientos entre ruandeses y proviene de la antigüedad, cuando los pueblos llegados del norte que se asentaron en Ruanda se dedicaron a la ganadería y los provenientes del sur, a la agricultura. Lo primeros se denominaron tutsis y los segundos, hutus. En realidad era una diferenciación social, no étnica. De hecho, un hutu que adquiría vacas podía convertirse en tutsi. Pero los colonizadores belgas fomentaron la separación hasta convertirla en racial asentando una discordia entre ambas partes que sigue viva a día de hoy. En 1959 los hutus, cansados de la élite ganadera tutsi, se sublevaron, tomando el poder y enviando al exilio a sus ‘enemigos’. Cuando estos decidieron regresar en 1990, organizados en una milicia llamada el Frente Patriótico Ruandés (FPR), estalló un conflicto civil que culminó con un sangriento genocidio contra los tutsis. A pesar de ello, estos vencieron la guerra y gobiernan el país desde entonces. “Esto ya no existe –retoma Connie-, ya no hay tutsis ni hutus, sólo somos ruandeses”. Es una de las iniciativas que el gobierno del país ha llevado a cabo dentro del llamado proceso de reconciliación.

Desde que acabó la guerra el ejecutivo presidido por Paul Kagame trabaja en un proceso para reconciliar definitivamente a ambas partes que incluye medidas como la rebaja de penas o castigos a posibles venganzas. “En este proceso -expone Connie Bwiza- las mujeres somos un ingrediente básico: la reconciliación está siendo mucho más rápida de lo que, posiblemente, sería si se llevase a cabo solo con hombres”. “Las mujeres ruandesas tenemos un punto más de tolerancia, algo más de generosidad y creo que ofrecemos un equilibrio necesario”, completa. Un plan de reconciliación apoyado por potencias occidentales y ONG, un plan que a día de hoy, veinte años después, sigue su complicado recorrido.

El problema es que, si se escarba un poco bajo el discurso oficialista, el ejemplar proceso deja de relucir y pasa a enviar preocupantes señales. “Es verdad que las mujeres son fundamentales para recuperarnos y alcanzar la paz, pero el problema a en Ruanda es que los tutsis ocupan todos los puestos de control, dominan al país y están sometiendo a los hutus a una discriminación absoluta”. Quien rompe con el discurso de manera abrupta es un vecino hutu cuya identidad, bajo ningún concepto, puede ser revelada. Sería encarcelado y, probablemente, asesinado, algo que habla a las claras del clima político real del país. Él da otra versión de cuál es la realidad ruandesa: “La gente tiene muy claro quién es hutu y quién es tutsi, pero nadie habla de ello. Sólo decir esas palabras puedes ir a la cárcel. No se puede hablar de política en este país, si lo haces, si cuestionas algo, desapareces. Se vive una realidad de miedo y paranoia que hace que en Ruanda nadie hable con nadie, nadie hable de nada, pero todos tenemos claro qué somos”. Lo corrobora Ana, una mujer española que trabajó en los campos de refugiados ruandeses en 1995 y que, de nuevo, prefiere no dar su verdadero nombre. “Los tutsis llevaron a cabo terribles venganzas, aquí no hay buenos ni malos. Ellos también asesinaron a miles de personas después de la guerra, ellos llevaron a cabo su propio genocidio. Lo vi con mis propios ojos”, recuerda angustiada.

Pese a la invisible división y al intercambio de discursos, sí hay una verdad, un hecho: las mujeres ruandesas, tanto tutsis como hutus, están cansadas de la violencia y parecen decididas a pelear por la reconciliación. Y en esta reconciliación su masiva presencia –tanto política como social- es indiscutible y palpable.

Sobrevivir al horror para liderar la reconciliación

“En el proceso de reconciliación el papel de la mujer es clave”. Quien se explica ahora es Ignatienne Nyiraruicundo, diputada y vocal de la Comisión de Mujeres Parlamentarias. Ignatienne es, además, superviviente del genocidio. Perdió a toda su familia en el 94 y ahora pelea desde su escaño para lograr la reconciliación, aunque insiste en hablar como ciudadana. “Las mujeres ruandesas tenemos una forma de ver las cosas en las comunidades muy diferentes a los hombres, una visión más pacificadora y conciliadora. Una forma de ser que huye de la posibilidad de volver a la lucha. La mayoría de mujeres en Ruanda no quiere saber nada de la violencia, por eso surgen muchas ideas e iniciativas para lograr la recuperación y la reconciliación”, expresa.

Tal vez el tesón de las ruandesas tenga que ver con el sufrimiento desmedido que padecieron en la guerra. “Las mujeres supervivientes tienen un añadido de sufrimiento, que es el relacionado con los abusos sexuales. La mayoría fueron violadas y eso les hace padecer un trauma específico que tiene que ver con indefensión, ya que las mujeres no tuvieron capacidad de defenderse, ni por fuerza ni porque no se les dieron armas”. Odette Kayirese, una mujer de voz serena y sonrisa apacible, es la secretaria ejecutiva de AVEGA, la asociación de viudas del genocidio. Esta comunidad tiene unas 20.000 mujeres viudas asociadas. Ellas dan testimonio del drama más extremo y muestran cómo su condición de mujer se reveló como algo trágico durante el genocidio. “Los traumas más graves los tienen las mujeres que presenciaron cómo mataban a sus hijos. Los milicianos les obligaban a mirar. Hoy en día tienen ‘flashbacks’, lo reviven continuamente”. La crueldad no parece tener límites cuando Odette prosigue con su relato. “El otro problema serio que tenemos lo encontramos en las mujeres que fueron violadas por varios hombres, algunas de ellas por tantos que no sabe decir cuántos. En otras ocasiones los milicianos obligaban a hombres infectados con el VIH a violarlas”. La lista de salvajadas es tan larga como inaceptable.


“Por todo lo que pasaron, la fuerza moral que tienen las mujeres en este país para tomar las riendas es indiscutible”. Lo dice un hombre, Francis Kaboweka, diputado desde hace diez años. “Sin ellas todo este proceso iría mucho más lento, seguiríamos con problemas de violencia, eso seguro”. “Intentamos aprovechar nuestra capacidad de perdón y de justicia, que creo que es mayor que la de los hombres ruandeses”, añade Connie. E Ignatienne completa: “Tenemos claro que tenemos que estar unidas. Todas trabajando por el futuro como estamos haciendo y como seguiremos haciendo los próximos años. Si nos dividimos otra vez, volverá el horror”. Y el horror, en el caso de las mujeres ruandesas, es inasumible.  

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