7 mar. 2014

Ruanda, 20 años del horror

Este reportaje fue publicado en el suplemento XL Semanal






Preguntarle a alguien en Ruanda si es hutu o tutsis es una grosería, una curiosidad de mala educación. Las identidades hutu y tutsi tienen miles de años en el país africano, pero en la actualidad es un tabú. Un tabú tan grande que incumplirlo está penado por ley: quien hace bandera de su identidad termina en la cárcel. Y es que esta división –ficticia para unos y legítima para otros- terminó de la peor manera posible: con un genocidio que ocupó cien días de 1994 y que, según las cifras más benévolas, dejó ochocientos mil muertos en Ruanda.

No pocos antropólogos  sostienen que la humanidad –literalmente- echó a andar en la región que hoy ocupa Ruanda, un pequeño país montañoso en el corazón de la región de los Grandes Lagos. Los twas –pigmeos- eran aquellos habitantes originarios y pronto recibieron la visita de otros dos pueblos: los hutus, agricultores llegados de la zona del Congo, y los tutsis, ganaderos procedentes de Etiopía. Estos últimos, propietarios de las vacas, se enriquecieron y a pesar de ser minoría (14% de la población frente al 85% de hutus) se erigieron en una élite que controlaba el país de forma feudal, con los hutus como vasallos. Se forjaron dos castas, dos clases sociales, pero pertenecientes a un mismo pueblo. Que se sepa, no hubo problemas entre ambas e incluso un hutu que adquiriera vacas podía convertirse en tutsi. Hasta que llegó el colonialismo.
En 1897 Alemania arribó a la región y años después Bélgica tomó el control. Basados en teorías raciales de la época, diferenciaron étnicamente a los dos grupos e hicieron figurar tal condición en los documentos de identidad. Se aliaron, claro, con los tutsi, que tenían el poder. La sumisión hutu duró hasta 1959, cuando se sublevaron, tomaron el control y declararon la independencia de Ruanda. Cientos de miles de tutsis huyeron y otros miles fueron asesinados. Los que se quedaron sufrirían en los siguientes años constantes persecuciones y matanzas. Para muchos, aquí comenzó el genocidio.



La mayoría de aquellos tutsis huidos se refugiaron en Uganda, donde formaron parte del ejército. Durante décadas se adiestraron y prepararon para el regreso. Fundaron el Frente Patriótico Ruandés (FPR) y en 1990, encabezados por un joven Paul Kagame, invadieron de vuelta Ruanda desafiando al gobierno hutu, cada vez más radical. Estalló la guerra.

Aterrorizados por el regreso, el gobierno hutu, liderado por Juvénal Habyarimana, comenzó una agresiva campaña de propaganda en la que una macabra idea comenzaba a tomar forma: o asesinamos a todos los tutsis o ellos nos asesinarán a nosotros. Por si fuera poco recibieron el apoyo de Francia, que les dio armas y les ayudó a entrenar a las milicias que después llevarían a cabo el genocidio: las terribles Interahamwe. Francia no quería que el FPR procedente de Uganda –anglófono- se hiciera con la Ruanda hutu, francófona. Por eso frenó al FPR hasta que en 1993 se acordó negociar la paz. El proceso duró un año y fue una farsa que se zanjó el 6 de abril de 1994, cuando el avión de Habyarimana fue derribado en un atentado. Los bandos se culparon mutuamente. A la mañana siguiente arrancó el horror. 

Encabezados por las milicias y envenenados por la propaganda, cientos de miles de hutus salieron a la caza y captura de sus vecinos tutsis para vengar el atentado y zanjar la guerra. Ruanda se cubrió de cadáveres en una orgía de violencia a la que el FPR respondía también con matanzas de hutus. Mientras 333 personas eran asesinadas cada hora en las calles y aldeas ruandeses –la mayoría de ellas a machetazos-, la ONU se negaba a enviar tropas y Estados Unidos evitaba pronunciar en sus mensajes oficiales la palabra genocidio, que sustituyó por “actos de genocidio”.  La crueldad tomó el país africano, con miles de mujeres violadas, niños asesinados y hombres torturados y mutilados. Fue uno de los episodios más incomprensibles del siglo XX. Y el mundo lo contempló impasible.

En julio de 1994 el FPR se impuso y la guerra terminó. Dos millones de hutus huyeron del país hacia los campos de refugiados del Congo, desencadenado una nueva catástrofe humanitaria. Años después estos refugiados regresarán a Ruanda, entre ellos los genocidas y sus colaboradores, que serán juzgados por el nuevo gobierno. Liderado por Kagame, la nueva Ruanda estableció un programa de reconciliación que se basó en las ‘gacacas’, juicios populares en los que los vecinos resolvían sus diferencias con penas fijadas por la ley. También se castigó con cadena perpetua las venganzas y se abolió las identidades hutu y tutsi. La convivencia regresó a los pueblos y ciudades ruandesas en lo que parece un éxito del proceso de reconciliación. Lo es, sin duda, pero es necesario explicar que, detrás de todo ello, existe la mano dura, terriblemente opresora, del actual gobierno de Paul Kagame.

En Ruanda, hoy en día, no existe ningún tipo de libertad política ni de expresión. Es una dictadura disfrazada de democracia en la que, si alguien discrepa con el poder, acaba en la cárcel. Además, todos los puestos de control del país están copados por tutsis: ministerios, ejército, policía y grandes empresas. Los hutus padecen en silencio la marginación y la opresión de las que hace solo veinte años fueron las víctimas. No hay cifras oficiales, pero se calcula que desde el fin de la guerra cientos de miles de hutus han sido asesinados y encarcelados. Un asunto sobre el que apenas se habla y del que la comunidad Internacional, todavía avergonzada por su inacción durante el genocidio, prefiere no saber nada. La historia de violencia en espiral de Ruanda sigue su curso. Y no parece que vaya a terminar.  

Deodonne Iyarwema, 33 años.
En abril de 1994, cuando comenzó el genocidio, cinco mil personas fueron encerradas en la iglesia de Ntarama, al sur de Kigali, la capital ruandesa. Solo siete salieron vivas. Una de ellas es Deodonne. Encerrar a los vecinos tutsis en iglesias o edificios públicos para masacrarlos, era una práctica habitual durante el genocidio. Las milicias les aseguraban que allí estarían seguros y luego atacaban. Deodonne tenía 13 años cuando estaba dentro de la iglesia con su familia. "Recuerdo que todos estábamos amontonados dentro, no me podía mover. Los milicianos tiraron la puerta abajo y comenzaron a disparar a la multitud, a tirar granadas. Me tumbé en el suelo y escuchaba los gritos y los llantos". Deodonne logró sobrevivir porque se quedó bajo un montón de cuerpos. Hoy, vive a pocos kilómetros de la iglesia y algunos de sus vecinos -ya salidos de la cárcel- ayudaron en aquella matanza. "Sí, los veo a diario, pero no tengo problemas con ellos. Fueron juzgados y pidieron perdón. Hay que seguir adelante". La iglesia de Ntarama, como muchas otras en Ruanda, es hoy un memorial.
Juliette Mukakabanda. 49 años.
Juliette es una de las supervivientes de Murambi, una de las matanzas más numerosas del genocidio: 27.000 personas fueron asesinadas en esta escuela. Lo diferente de esta historia es que Juliette es hutu. Su pecado fue estar casada con un tutsi y tener hijos que no eran 'puros', lo que le valió ser encerrada en la escuela junto con su familia. “Estuvimos dos semanas sin comer, rodeados de milicianos. Miles de personas, hombro contra hombro”. La madrugada del 21 de abril, los que sobrevivieron al hambre sufrieron la entrada de las Interahamwe. “Dispararon contra todo el mundo, nosotros tirábamos piedras pero enseguida había cadáveres por todos lados”, rememora Juliette. “Yo tenía a mi bebé a la espalda, mi marido y mis otros dos hijos fueron asesinados con unas lanzas”. Juliette sobrevivió porque un miliciano la reconoció como hutu. Hoy trabaja en la propia escuela, convertida en memorial, a pocos metros de los restos de su familia que, junto con otros miles de cuerpos, se exhiben actualmente en nombre de la memoria.
Israel Duzingimana, 50 años.
Israel es lo considerado en Ruanda como un genocida.  Participó en las matanzas de tutsis en el municipio de Nyabisindu, donde era concejal. Disparó y lanzó granadas contra un grupo de 300 tutsis. “Me arrepiento profundamente de lo que hice, disparé contra la multitud y lancé una granada. También presencié torturas y vi cómo quemaban casas de tutsis con las familias dentro. Y no hice nada por impedirlo”. Israel es uno de los miles de políticos que participaron en el genocidio. Todos aseguran haber sido obligados por el gobierno y haber cumplido órdenes. Y también coinciden en señalar otro dato: la ayuda inestimable del ejército francés. “Nos dieron armas y nos entrenaron. Sin los franceses no hubiéramos podido llevar a cabo el genocidio”. Actualmente cumple 21 años de pena en la prisión de Nyanza. Fue juzgado por las ‘gacacas’, juicios tribales entre vecinos que aliviaron los tribunales ruandeses, incapaces de asumir a 1,7 millones de implicados en el genocidio. Como Israel, muchos genocidas se vieron beneficiados por el plan de reconciliación.
Cassius Alexis, 35 años.
Cassius posa en la foto delante del lugar en el que se escondió durante un mes. Es uno de los supervivientes del pantano de Nyamata. Su historia es la de miles de tutsis que se convirtieron en presas acechadas por cazadores milicianos. Cassius salió corriendo de casa cuando las Interahamwe llegaron y fue perseguido por varios hombres machete en mano. Corrió con la muerte detrás y llegó a esquivar algún machetazo. Hasta que alcanzó el pantano. “Llegué con dos hermanos. El resto de la familia salió corriendo en otra dirección y nunca los volví a ver”. El pantano, donde Cassius explica su historia, es un espeso mar de plantas de papiro que crecen sobre el agua. Está infestado de serpientes y sanguijuelas y cuando cae el sol los mosquitos toman el lugar. "Por las noches salíamos a buscar comida a las casas cercanas, donde los vecinos hutus nos dejaban víveres. Por el día estaba inmóvil en el pantano. Los milicianos entraban y cada tutsi que se encontraban lo mataban. Yo oía los gritos y golpes desde mi sitio y rezaba porque no me encontrasen. Era como una lotería". Una lotería que, un mes después, Cassius logró ganar con su supervivencia.
Joseph Buhigiro, 61 años
Joseph es uno de los dos supervivientes de la iglesia de Nyamata. Dos mil personas fueron encerradas en este templo en abril del 94, donde fueron asesinadas. Joseph llegó allí con su familia, aunque solo él escapó con vida. "Primero dispararon contra la multitud y luego entraron con machetes a rematar a los vivos. Yo me salvé porque me quedé debajo de muchos cuerpos, inmóvil, en estado de shock. Realmente parecía que estaba muerto. Y eso que tenía que subir la cabeza para respirar porque la sangre del suelo levantaba un palmo". Joseph logró huir de la iglesia y salir del país a través de la selva. Hoy comparte su día a día con algunos vecinos que participaron en aquel ataque. “Les perdono porque hay que mirar hacia adelante. Todos estamos cansados de violencia”, asegura.  
Bealta Kabagwira, 42 años
Bealta es miembro de la asociación de viudas el genocidio, que agrupa a miles de mujeres que han perdido a su familia durante las matanzas. La mayoría de estas mujeres fueron violadas, muchas de ellas por hombres con VIH con el propósito de un nuevo genocidio, esta vez silencioso, que en Ruanda sigue adelante en la actualidad. Bealta logró sobrevivir en Kigali, la capital. Cuando todo estalló, se resguardó en casa de una vecina hutu, pero cuando ésta la echó, se metió en un canal de riego de un cultivo donde estuvo dos semanas. Bealta, por si fuera poco, estaba embarazada. “Cuando no pude más de estar en el canal logré esconderme en las letrinas de un edificio abandonado. Allí estuve dos meses y solo salía por las noches para buscar comida”. Con ella había un grupo de mujeres y niños, pero una noche que salieron y Bealta se quedó, fueron asesinados a pocos metros de allí. Ella lo vio por la ventana. El último mes lo pasó sola, apenas sin salir. Hasta que fue rescatada por el FPR.
Jean Rwilangura. 31 años. 
Jean es uno de los niños de Kayumba. En este bosque se refugiaron miles de tutsis durante el genocidio. Tenía once años y allí perdió a toda su familia. Durante un mes vivió como una gacela: escondido en el bosque, huía a diario de los milicianos que entraban a 'cazar'. "Me pasaba el día corriendo. Todos los días corría, si ellos venían por un lado yo me iba por el otro, si ellos venían por el otro, yo me iba al contrario. Luego nos reagrupábamos y los que habíamos escapado nos contábamos cómo había sido la carrera". Jean padece severos traumas de aquella experiencia. "Cada vez que veo a un vecino hutu que participó en aquellas cacerías, me dan ganas de salir corriendo, mi primer impulso es el de huir. Y tengo 31 años". Jean asegura que no les perdona, en un mensaje que se sale del guion habitual: "¿Tú podrías perdonarles?", pregunta desafiante. 
Edison Zigirikamiro. 60 años.

Edison es hutu y participó en las matanzas. Como muchos otros ruandeses hutus, asegura que fue obligado a involucrarse. Cuando llegaban las milicias, los jóvenes de las aldeas y pueblos eran obligados a matar tutsis. Si no lo hacían, los milicianos los mataban a ellos. Esto explica la gran cantidad de vecinos que participaron. “Regresaba a casa y vi cómo estaban  asesinando a mis vecinos tutsis. Un miliciano con un machete se me acercó y me dijo: "¿Qué miras? O nos ayudas o te matamos, aquí no se viene a mirar". Edison se unió a un grupo de milicianos y colaboró en la muerte de un joven al que conocía. Hoy se muestra arrepentido y dolido, pero convive con vecinos tutsis que sobrevivieron. La foto que sostiene recoge el momento en el que las tropas francesas llegaron a Bisesero, su pueblo, y los tutsis ocultos hasta ese momento salieron de sus escondites. Minutos después, los franceses se fueron y los tutsis de la foto (en total unos 20.000) fueron asesinados por las milicias. “Aquí lo recordamos como la gran traición de los franceses”, explica Edison. 

1 comentario:

  1. Es bárbaro enterarse de semejantes tragedias, en pleno siglo XXI. El lobo sí es el lobo del hombre, como afirmaba Hobbes.

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