24 abr. 2014

"Organicé el asesinato de seis mil personas"

Este reportaje fue publicado en el periódico La Vanguardia


“Yo no maté a nadie, pero hice algo peor: organicé la matanza de seis mil personas. Intenté que ningún tutsi saliera vivo de mi región”. Straton Sinzabakwira tiene 52 años y desde hace 17 está preso en la cárcel de Nyanza, a pocos kilómetros al sur de Kigali, la capital de Ruanda. Nos recibe en el patio de la abarrotada prisión, sentado en un banco, dispuesto a contarnos por qué es un ‘genocidaire’, término francés con el que se conoce a los genocidas en Ruanda. “Hacía lo que me ordenaban. E intentaba hacerlo bien”.
Ruanda vivió durante cien días de 1994 –hace ahora veinte años- uno de los capítulos más crudos de cuantos recuerda el siglo XX. Desde el 6 de abril de ese año hasta mediados de julio, la violencia fratricida entre hutus y tutsis –los dos pueblos que habitan Ruanda- alcanzó su máxima e incomprensible expresión en el genocidio que los extremistas hutus llevaron a cabo contra la población tutsi. Su empeño por exterminar a las “cucarachas” fue tal, que se llevaron por delante al 75% de ellos: 800.000 personas asesinadas en poco más de tres meses. La mayoría de ellas, por si fuera poco, a golpe de machete. Cuando el FPR, el ejército rebelde tutsi, se hizo con el control y derrocó al gobierno extremista hutu, se encontró un país sembrado –literalmente- de cadáveres.

Aproximadamente 1,7 millones de ruandeses hutus participaron, en mayor o menos medida, en el genocidio. Más de 250.000 personas fueron juzgadas tras la barbarie y 40.000 de ellas siguen en prisión hoy en día. Todos ayudaron: vecinos, policías, soldados, políticos y, sobre todo, los chicos de las Interahamwe, milicias creadas con el expreso fin de exterminar tutsis. Chavales sin causa ni futuro, empapados en cerveza y armados con machetes. El mal personificado.



Straton dispuso todo en Nyamubunga, el pueblo del que era alcalde en 1994, para que las Interahamwe no dejaran un tutsi vivo. “Organizábamos mítines en el que explicábamos a los vecinos que los tutsis eran cucarachas, que querían matarnos a todos. El gobierno nos obligaba a mentalizar a la población. Y acabas creyéndote que de verdad debes matarlos”. Tras los mítines llegó la acción. “El 7 de abril, tras el atentado contra el presidente Habyarimana, organicé los ‘road-blocks’, puestos de control en las carreteras y caminos. Allí pedíamos la tarjeta de identidad. Cuando el que la entregaba era tutsi, se le apartaba a la cuneta y se le mataba con unos machetazos. Los que se quedaban en casa eran quemados vivos en su interior”. Así hasta 6.000 muertes. “Del pueblo que yo gobernaba solo salieron vivos cinco o seis tutsis”, dice con voz pausada Straton.

A pocos kilómetros, en el pueblo de Nyabisindu, estaba Israel Duginzigimana. Era concejal y hoy cumple condena en la misma prisión que Straton. Se le acusa de participar en el asesinato de 300 vecinos tutsis. Su reconstrucción de los hechos refleja lo que fue el genocidio ruandés. “Llegaron las Interahamwe y comenzamos a patrullar el pueblo. Llevábamos pistolas, granadas y machetes. Vimos a un grupo de unos 300 vecinos, estaban muy juntos, contra una pared. Los rodeamos. Había mujeres y niños. Los milicianos les gritaban ‘vais a morir cucarachas’. Recuerdo que conocía a la mayoría de ellos, pero en ese momento para mí eran solo una amenaza. De pronto comenzaron los disparos. Yo disparé contra la multitud, que gritaba y corría en todas direcciones. También tiré una granada. A los que lograban salirse del grupo, los remataban a machetazos”.

Israel y Straton son testigos directos del horror que se desplomó sobre Ruanda aquellos cien días. “Vi cosas terribles, que nunca olvidaré –rememora Israel-. Vi cómo quemaban las casas de los tutsis con ellos dentro. Vi a una madre a la que obligaron a comerse a su bebé a cambio de la vida de los demás. Vi más cosas que prefiero no contar”.

“No lo hubiéramos podido lograr sin Francia”

La guerra entre tutsis y hutus en la que se enmarcó el genocidio tuvo su reflejo internacional. Mientras que Estados Unidos y la ONU miraban hacia otro lado huyendo de una posible intervención, Francia decidió apoyar al gobierno extremista hutu, que era francófono, frente a los rebeldes tutsis, anglófonos. El apoyo propició el genocidio. “Francia ayudó en el entrenamiento de las Interahamwe”, afirma Straton. Eleva la voz, enfadado con quien un día fue su aliado. “Soy testigo. Vi cómo llegaban cajas con armas francesas para los milicianos. Lo vi en Kungo, cerca de Muzanze y también vi armas de los franceses en  Ku Giti”. Straton va más allá. “En uno de los ‘road-blocks’ que organicé había soldados franceses que no hacían nada cuando veían asesinar a los tutsis. Solo miraban”. Militares galos declararían posteriormente que su gobierno les había engañado, haciéndoles creer que los hutus eran las víctimas. En realidad, en este asunto, no hay buenos ni malos, ya que tras el genocidio –y también durante- los soldados tutsis se tomaron cumplida venganza contra civiles hutus.

“Todo el mundo sabía lo que iba a pasar. La ONU sabía que teníamos censos de tutsis y un plan para exterminarlos. Estados Unidos sabía lo que estaba a punto de comenzar. También Francia. Pero nadie hizo nada. Nos dejaron total libertad para matar”, completa Straton.

Matar por inercia

“Mi mujer me preguntaba cómo podía, cómo era capaz de estar haciendo esas cosas “, explica Israel. “Yo le decía que cumplía órdenes, pero no me paraba a pensar realmente lo que estaba haciendo”, añade.  Straton completa: “Había momentos que reflexionaba, ‘¿qué estamos haciendo?, yo digo que en esos momentos volvía a ser humano”, explica. “También hubo otros momentos de piedad, con tutsis que eran amigos míos y a los que dejé pasar y escapar. Pero cuando lo hice tuve miedo de la policía, si se hubieran enterado me hubieran matado. El gobierno nos mataba si no matábamos nosotros”. En Ruanda, todavía hoy, mucha gente se pregunta cómo tantas personas –desde políticos hasta vecinos de a pie- se dejaron arrastrar por el ciclón de violencia. Para el gobierno actual de Paul Kagame –jefe del FPR tutsi durante el genocidio- la respuesta se encuentra en la propaganda que durante aquellos días empapó el país, con periódicos como Kangura, que publicó los ‘Diez Mandamientos Hutus’, o la Radio Télévision Libre des Milles Collines (RTLM) -la radio pública-, cuyas ondas escupían odio por toda Ruanda. “No os dejéis el futuro, no os dejéis a sus mujeres y a sus niños”, anunciaban sus locutores durante la matanza. El lavado de cerebro fue exhaustivo, pero la mayoría de asesinos afirman hoy en día que no fue esa la razón por la que empuñaron el machete. “Nunca llegué a creer realmente que fueran cucarachas. De hecho, nunca llegué a odiarlos realmente. Solo cumplía órdenes”, insiste Israel. Casi todos los implicados afirman que mataron por obligación: si no ayudaban, eran ejecutados. El caso de Edison Zigirikamiro, vecino hutu de la región occidental de Bisesero, refleja a la perfección este clima. “Cuando estalló el genocidio –rememora- fui a casa de mi cuñado, que era tutsi, pero no había nadie, había huido. Mientras regresaba, me encontré con un grupo de milicianos que estaba matando a unos vecinos tutsis. Yo conocía a las víctimas. Un miliciano se me acercó y me dijo: ‘¿Por qué estás mirando? Ayúdanos’. Yo le dije que no podía, que no era capaz de matar. ‘Entonces te mataremos nosotros’, me respondió. Me tuve que unir a aquel grupo y perseguimos a un chico tutsi que había huido y que era amigo de mi familia. Los que iban en la cabeza del grupo lo alcanzaron y lo mataron. Si hubiera ido yo primero lo hubiera tenido que matar yo”.

La obligación no siempre era explícita. Algunos hutus mataban para pasar desapercibidos. Quien no mataba, era sospechoso. Había hutus que refugiaban a amigos tutsis en casa mientras en la calle mataba a otros para disimular. Durante aquellos cien días de espanto, matar se convirtió en lo normal en Ruanda.

El perdón


“Estoy muy arrepentido. Pido perdón a las familias. Estoy deseando salir de aquí y poder pedir perdón a la cara a las familias”. Es imposible saber si el arrepentimiento de Israel es real o no –probablemente lo sea, tras casi dos décadas en una cárcel saturada y que se cae a pedazos-, pero lo que sí es palpable es que su discurso encaja perfectamente con el de todos los condenados. La Ruanda actual vive sumida en un proceso de reconciliación que incluye la obligación de los genocidas de pedir perdón y la de los supervivientes de aceptarlo. Quien no lo hace, lo paga. Lo mismo sucede con la convivencia. Las venganzas están castigadas con cadena perpetua y hoy los supervivientes desarrollan su día a día junto a los asesinos de sus familiares. A primera vista todo parece ejemplar, un esfuerzo colectivo que ha cicatrizado las heridas del genocidio. La realidad es que en la Ruanda actual esas heridas siguen muy abiertas y aunque el gobierno impida hablar de ello, la división hutu-tutsi sigue tan viva como hace veinte años. Hoy son los tutsis los que ocupan el poder y los hutus, otrora verdugos, son víctimas de la opresión y marginación. Ruanda sigue inmersa en la estela que dejó aquel genocidio, aquella vorágine de violencia. Una vorágine que el mundo ni vio. O, como dice Straton, no quiso ver. 

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