22 may. 2014

Ruanda, el genocidio que no cicatriza

Este reportaje fue publicado en el periódico La Voz de Galicia

Fotos: Alfons Rodríguez

Hace veinte años el horror tomó Ruanda. Todavía hoy antropólogos, sociólogos y académicos se preguntan cómo en cien días más de un millón de personas pudo asesinar a casi otro millón. El genocidio ruandés es uno de los episodios más siniestros y enigmáticos del siglo XX y sus profundas heridas siguen sin cicatriz a día de hoy.

Julierine decidió esperar a la muerte con una manta sobre la cabeza. “Para no verla venir”, dice convencida. Ella y otros siete mil tutsis estaban escondidos en las casas que rodean la iglesia de Nyamata, en el corazón de Ruanda. Era el 14 de abril de 1994. Las interahamwe –los milicianos extremistas hutus encargados de exterminar a sus compatriotas tutsis- acababan de masacrar a cinco mil personas en el interior del templo y se disponían a inspeccionar las viviendas donde Julierine y los demás rezaban por su vida. “Estaba en una habitación con otros chicos de mi edad. En el salón estaban los mayores. Por la ventana vi cómo los milicianos estaban entrando en otras casas con machetes. Oía los gritos. En algunas prendían fuego y cerraban las puertas. Recuerdo el pánico…”. Julierine sonríe. Es la paradoja de terror: mientras rememora su pesadilla, el rostro de Julierine luce una macabra sonrisa. Es como un extraño mecanismo de defensa de su mente para reprimir el llanto. Cuando llega a la culminación del horror, Julierine casi alcanza la carcajada: “No quería morir a machetazos, así que decidí salir a la calle, me senté en el suelo y me puse una manta en la cabeza. Así esperé a que me mataran”. Lo último que Julierine recuerda  es un golpe en la cabeza que la dejó aturdida. En realidad le dieron un machetazo. Pero sobrevivió. Y hoy, veinte años después de aquel episodio, puede rememorarlo con una sonrisa como escudo.



Ruanda conmemora estos días el XX aniversario del genocidio. El país vive inmerso en el tributo y el recuerdo de lo que fue uno de los capítulos más terribles del siglo XX. Guiada por un gobierno extremista, la mayoría hutu –uno de los dos pueblos que habitan Ruanda- decidió aplicar una ‘solución final’ a la minoría tutsi. Les dispararon y lanzaron granadas, pero sobre todo los asesinaron con machetes. En cien días –de abril a julio- fueron masacrados 800.000 tutsis y hutus moderados. 330 asesinados cada hora. Cinco cada minuto.

Muchos historiadores culpan al colonialismo belga del enfrentamiento fratricida que vivió y sigue viviendo Ruanda. La administración de Leopoldo II dotó a tutsis y hutus –entonces solo dos castas sociales en las que los tutsis representaban la élite- de tarjetas de identidad racial. Las diferencias entre ambos grupos se hicieron más profundas hasta convertirse en étnicas. En 1959 estalló la revolución y los hutus tomaron el control de Ruanda, expulsando a la mayoría de tutsis. Estos estuvieron en el exilio ugandés hasta 1990, cuando formaron el Frente Patriótico Ruandés (FPR) y regresaron a su país en busca de recuperar lo perdido. Estalló una guerra cruenta, con Francia del lado hutu y la ONU mirando hacia otro lado. El gobierno hutu, consciente de su inferioridad a pesar de la ayuda francesa, inició en pleno conflicto una campaña de odio que llamaba al exterminio de todos los tutsis. El 7 de abril de 1994 la propaganda hizo su efecto. Arrancó el horror. 

Cientos de miles de tutsis fueron agolpados en iglesias y escuelas y masacrados. Poco importó que la UNAMIR, misión de paz de la ONU en Ruanda, hiciera desesperadas llamadas de auxilio para frenar la matanza. Ni Estados Unidos ni ninguna otra potencia movieron un dedo. Ante la inacción, cientos de miles de tutsis huían como presas a bosques y pantanos, donde las Interahamwe les perseguían en batidas y cacerías. Cassius Alexis tenía once años cuando tuvo que salir corriendo de su casa con los milicianos detrás, blandiendo machetes y gritándole que lo iban a matar. “Conseguí alcanzar un pantano, donde el agua me llegaba al pecho, y me escondí allí. Estuve un mes, solo salía por las noches para buscar comida y porque si te quedabas, morías con las picaduras de mosquitos. Por el día me quedaba muy quieto, dentro del pantano, mientras los milicianos lo peinaban. Cada vez que encontraban a algún tutsi escondido, lo mataban a machetazos.  Yo escuchaba los gritos desde mi escondite. Era como una lotería”. Cassius fue rescatado por los soldados tutsis del FPR, que en julio de 1994 vencieron la guerra. Entonces dos millones de hutus huyeron a los campos de refugiados de la República Democrática del Congo (entonces Zaire) provocando una de las mayores catástrofes humanitarias que se recuerda. Entre los refugiados también huyeron los genocidas. El FPR se internó en los campos dos años después, en 1996, para capturar a los asesinos y hacer regresar a los civiles hutus. Pero la operación terminó fuera de control: según un informe de la ONU filtrado en 2010, los soldados del FPR dispararon indiscriminadamente contra los refugiados provocando decenas de miles de muertos, algo que Naciones Unidas calificó como un nuevo genocidio, esta vez en sentido contrario, tutsis contra hutus.

El informe de la ONU es tildado de “tontería peligrosa” por el actual gobierno de Ruanda. En realidad, el gobierno de Ruanda de hoy en día sigue siendo el FPR, con Paul Kagame al frente. Se trata de un régimen dictatorial disfrazado de democracia que niega que se cometiese un genocidio de vuelta. Ni siquiera admite que el FPR llevara a cabo desmanes durante la guerra, a pesar de que miles de hutus dan testimonio de ello. En resumen, el gobierno ruandés niega el dolor hutu, algo que ha afectado de lleno a la reconciliación y recuperación que pretende el país desde hace años.


Cuando el conflicto terminó definitivamente,  Kagame se encontró un panorama desolador en Ruanda: 800.000 asesinados, 250.000 mujeres violadas, cien mil niños huérfanos, cunetas atestadas de cadáveres… Arrancó entonces, con la ayuda de una avergonzada comunidad internacional, el llamado proceso de reconciliación. Sobre el papel, este proceso fue –y sigue siendo- ejemplar. Se juzgó a los implicados en el genocidio (aproximadamente 1,7 millones de hutus) mediante ‘gacacas’, juicios populares que se dirimían entre vecinos. Esto permitió transmitir la sensación de justicia a los vecinos, pero también dio pie a innumerables venganzas y ajustes de cuentas. Se abolió también las identidades: oficialmente ya no existen hutus ni tutsis en Ruanda. La realidad es que, aunque a ojos del estado todos son solo ruandeses, en el día a día todos saben cuál es su identidad. Lo saben perfectamente. Los tutsis ocupan en la Ruanda actual todos los puestos de control, públicos y privados. Los vecinos hutus viven marginados y oprimidos, sin apenas acceso al mercado laboral y los últimos de la cola en escuelas y universidades. Los otrora verdugos son hoy las víctimas y aunque el gobierno ruandés se empeña en ofrecer una imagen de reconciliación, solo hay que escarbar un poco para comprender que el enfrentamiento hutu-tutsi –aunque oculto tras un escenario de cordialidad- sigue latente e inflamable en la Ruanda de hoy. Una nación con dos pueblos enfrentados en su seno que luchan por volver a entenderse. 

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