25 jun. 2014

Ruanda, 20 años del genocidio

Este texto fue publicado en el número 152 de la revista de Historia Clío



No hay testimonios que sugieran enfrentamientos entre hutus y tutsis durante los miles de años que ambos pueblos convivieron en Ruanda. Es verdad que la historia de Ruanda no está recogida por escrito, sino que se basa en la tradición oral. Pero ninguna de estas historias habla de problemas entre ruandeses antes de la llegada del colonialismo europeo”. Quien se explica es el jefe del archivo del memorial de Kigali, Serge Rwigamba. Su discurso es el discurso oficial y obligatorio en el país. Es como un mantra que se repite: la división en Ruanda llegó con el hombre blanco. De Europa fue la culpa del enfrentamiento fratricida en el país africano y de Europa fue la culpa del atroz clímax que se alcanzó en 1994 -hace ahora veinte años- con el genocidio de hutus contra tutsis. Eso dicen en Ruanda.
Hablar de Ruanda es hablar de la historia misma de la Humanidad. No pocos antropólogos sostienen que en este territorio echó a andar –literalmente- el hombre. Su población original no es hutu ni tutsi, sino twa. Esto es, pigmeos. Eran pocos y se dedicaban a la caza en un área africana inusualmente selvática y montañosa (a Ruanda se le conoce como el país de las mil colinas). Pronto recibieron la visita de otros pueblos, de los cuales dos arraigaron y se quedaron. Uno de ellos provenía del oeste, de lo que hoy es la República Democrática del Congo. Eran agricultores bantúes que en Ruanda se conocerían como hutus. Del norte –de la zona de Etiopía- llegó un pueblo nilótico llamado tutsi que se dedicaba a la ganadería. Pronto los hutus dominaron demográficamente el territorio (eran y son el 85% de la población frente al 14% de tutsis y 1% de twas) pero no económica ni políticamente. Este rol correspondió a los tutsis que, dueños del ganado, tomaron el control formando familias feudales y sometiendo a los hutus al vasallaje. Enseguida ser hutu o tutsi quedó reducido a una condición social, como dos castas, hasta el punto de que un hutu que se hiciese con vacas podía convertirse en tutsi y viceversa. En el plano étnico se fundieron en un solo pueblo, con matrimonios mixtos y con la población mezclada en las aldeas y pueblos.


La división impuesta
Existen todavía zonas rurales en Ruanda donde pasear siendo blanco supone toda una experiencia. Los ojos de los niños se abren asombrados y algunos adultos contemplan un color de tez que nunca antes habían visto. Algo así debió experimentar la población cuando en 1897 los exploradores alemanes entraron en el país, entonces un reino dominado de forma pacífica por la casta tutsi. Años después la Liga de las Naciones obligó a ceder el control a Bélgica, que decidió aliarse con la nobleza tutsi para controlar el territorio. Comenzaron los problemas.
Para respaldar su pacto con la clase dominante, los colonos belgas utilizaron ideas antropológicas de la época. Una de estas teorías era el convencimiento científico de que existía una raza superior en África, un pueblo que sometía a los demás. Es una teoría que hacía furor en los círculos académicos de entonces y que defendía que las etnias etíopes y nilóticas en general (es decir, el origen de los tutsis) eran más avanzadas que los habitantes de Centroáfrica. Para refrendar lo expuesto los belgas se dedicaron a medir –literalmente- los cráneos, narices y cajas torácicas de los tutsis llegando a la conclusión de que eran más altos, esbeltos y pálidos que los hutus. Es decir, que eran más ‘blancos’. Con ello la ciencia ‘demostró’ que, efectivamente, eran una raza superior. Los científicos belgas, probablemente, se dieron la mano entre ellos tras el descubrimiento.
Las conclusiones belgas no dejarían de ser una nota de humor histórico si no fuera por las consecuencias en las que se tradujeron. En los años 30 la administración europea hizo oficial la distinción y dotó a los ruandeses de documentos de identidad que especificaban la etnia. Un documento que, como veremos enseguida, supuso la condena a muerte para cientos de miles de personas. Dejó de importar lo que hasta ese momento significaba ser hutu o tutsi. Dejó de importar que hasta la fecha fuera solo una condición social y dejó de importar que la convivencia fuera pacífica. Lo único que contaba ahora es que la identidad significaba superioridad racial.
La toma de conciencia de ‘raza’ apareció por primera vez en Ruanda. En  1957 un grupo de intelectuales hutus publican ‘El Manifiesto’, un texto que incidía en la diferenciación étnica y proclamaba un cambio de estatus quo. “Si somos distintos y además somos el 85%, ¿qué hacemos sometidos?”. Los belgas presagiaron lo que se aproximaba y no perdieron el tiempo: convocaron las primeras elecciones en la historia del país y en un rápido cambio de chaqueta se pusieron del lado “del pueblo”, esto es, la mayoría hutu. El 1 de noviembre de 1959, Dominique Mbonyumutwa, un activista hutu de la provincia de Gitarama, fue apaleado por un grupo de tutsis hasta dejarlo al borde la muerte. Este ataque se considera en Ruanda como el primer incidente racial entre hutus y tutsis, defendiendo la teoría de que antes del colonialismo no existían este tipo de enfrentamientos. El incidente desató la revuelta. Los hutus se echaron a las calles y atacaron a cuanto tutsis se encontraron en el camino. Fueron dos semanas en las que la violencia se apoderó de Ruanda, donde se considera este enfrentamiento como la primera gran matanza. La mayoría de tutsis (unos 200.000) huyeron a la vecina Uganda, país que –junto a Burundi-  también controlaban. Estos refugiados tutsis del 59 jugarán un papel fundamental para comprender el genocidio ruandés. No se olviden de ellos.
Finalmente se celebraron las elecciones. Los hutus tomaron el control e instauraron una farsa de democracia en la que su partido monoétnico se impuso con el 99% de los votos. En 1962 y bajo el auspicio belga, declararon su independencia. El país nacía bañado en sangre y con dos naciones enfrentadas en su seno.
La opresión hutu
Desde el momento de la independencia, los tutsis que se quedaron en Ruanda vivieron oprimidos y marginados cuando no perseguidos y asesinados. Los primeros años fueron los más críticos. En 1963 y 1964 hubo dos matanzas en las que miles de tutsis perdieron la vida y otros tantos fueron empujados al exilio. De vez en cuando se daban incursiones de guerrillas tutsis desde Uganda para intentar frenar las matanzas, pero a mediados de los años 60 cejaron en su empeño, cansadas de acumular derrotas frente a los soldados belgas, que defendían al gobierno hutu. Para muchos ruandeses, estos años fueron el comienzo del genocidio y 1994 fue solo el colofón. La última gran matanza tuvo lugar en 1972, en la que el gobierno hutu ordenó el arresto y asesinato de miles de tutsis. El general Juvénal Habyarimana fue el encargado de llevar a cabo aquella ola de represión y debió de subírsele a la cabeza el asunto, ya que al año siguiente, en 1973, dio un golpe de estado e instauró una dictadura militar que se mantendría en pie hasta 1990. Aunque suene paradójico, se abrió desde esa fecha un período de cierta estabilidad en el que, aunque los tutsis seguían marginados a todos los niveles, no se dieron casos de matanzas y el país se abrió diplomáticamente y estrechó lazos con naciones vecinas. Habyarimana se reveló como un presidente ‘demasiado’ bueno. Tanto, que incluso retomó contactos a finales de los años 80 con la diáspora tutsi para tratar del tema de los refugiados.  En ciertos círculos del gobierno la mano blanda de Juvénal no gustaba demasiado, empezando por su señora, Madame Agathe, quien comenzó a tomar las riendas del país en la sombra. Rodeada de los hombres de confianza de su marido, mucho más radicales que el presidente, se cuajó a finales de los años 80 una suerte de círculo de poder, un lobby dentro del gobierno que más tarde se conocería como ‘akazu’, que se podría traducir del kinyarwanda -idioma autóctono del país- como la casita. La casita fue el origen de lo que después, durante la guerra, sería el Poder Hutu, un gobierno racista y genocida.
La tarde del 1 de octubre de 1990 las buenas intenciones de Habyarimana saltaron por los aires. Una guerrilla tutsi volvió a atravesar la frontera desde Uganda  veinticuatro años después. Esta vez, pero, no era un grupúsculo de tipos mal armados. Los refugiados del 59 y sus hijos se habían estado formando durante dos décadas en el ejército vecino y de la noche a la mañana desertaron y fundaron el Frente Patriótico Ruandés (FPR).  Nada más poner un pie en el noroeste de Ruanda, declararon la guerra al régimen de Habyarimana.
La guerra
El FPR hubiera llegado a Kigali en apenas una semana y hubiera derrotado al general Habyarimana sin demasiado problema, evitando con ello el genocidio. Su superioridad militar era neta. Pero los hombres de Fred Rwigyema (enseguida relevado por un joven Paul Kagame) se toparon de nuevo con un rival europeo que defendía al gobierno hutu, esta vez soldados franceses que los detuvieron y arrinconaron en la selva del noroeste del país durante semanas. ¿Qué interés tenía Francia? Ruanda era un país francófono mientras que los tutsis que aspiraban al poder provenían de la anglófona Uganda. El entonces presidente francés, Françoi Mitterrand, quería seguir teniendo a Ruanda en su órbita francófona.
El FPR no se rindió. Comenzó a reclutar tutsis de todo el país y a hacerse fuerte en sus campamentos mientras los franceses se veían obligados a ceder poco a poco terreno. En dos años llegaron a controlar el norte del país. El miedo se inoculó entonces en la población hutu. Un miedo casi atávico, el temor de la clase vasalla que saboreó el poder durante algunas décadas y que veía ahora cómo los del 59 regresaban poderosos y violentos. Las matanzas de mediados de siglo volvieron a la palestra. Las sangrientas cuentas pendientes cayeron a plomo sobre la población ruandesa. La división hutu-tutsi se tornó más meridiana que nunca. Ante la certeza de que el FPR era superior, el gobierno hutu decidió crear un callejón sin salida: o ellos o nosotros. Y comenzó una propaganda fácilmente inflamable por el miedo.
En realidad fue la ‘akazu’ quien llevó a cabo la campaña de odio contra los tutsis. Ante el avance del FPR se inventaron documentos supuestamente interceptados en los que se recogían planes de exterminar a los hutus. Se comenzaron a organizar desfiles con un toque cutre de totalitarismo y se tomó el control de los medios de comunicación. El periódico Kangura, dirigido por Hassan Ngeze, publicó los Diez Mandamientos Hutu en los que se llamaba a la obligación de acabar con los tutsis. La Radio Télévision Libre des Milles Collines (RTLM), la radio pública, comenzó a escupir en sus ondas incendiarios discursos que salían de la pluma de Féliciene Kabuga. También desde el gobierno se llamaba al odio. Léon Mugesera, hombre fuerte de la ‘akazu’, pronunció uno de los ‘speechs’ más recordados. “Sabéis que hay cucarachas por todo el país; ellos están enviando a sus hijos a luchar con el ejército rebelde, con el ejército de cucarachas. Eso es lo habéis escuchado y eso es lo que sabéis. Esto significa que nosotros, el pueblo, necesitamos trabajar para nosotros mismos y exterminar a esos bastardos. Os estoy diciendo una verdad, tal y como está escrita en la Biblia: ‘El día que dejes entrar a una serpiente en casa, serás tú el que sufras las consecuencias’. Quiero informaros a vosotros, serpientes, de que vuestra casa está en Etiopía y os enviaremos allí a través del río Nyabarongo, el camino más corto para vuestro regreso”. Mugesera no se deja nada. Utiliza los dos motes despectivos con los que eran conocidos los tutsis entonces, acusa a las familias de enviar a los niños a unirse a los rebeldes, hace referencia a la teoría de que los tutsis son otra etnia proveniente de Etiopía, dejando claro que no son un solo pueblo. Y por último asegura que los enviará de vuelta a través del río Nyabarongo, un río que surca el sur de Kigali, normalmente ocupado por hipopótamos y cocodrilos y donde en la primavera de 1994 se cumplió la profecía de Léon Mugesera y la televisión envió a medio mundo las imágenes de miles de cuerpos flotando.
Además de la propaganda, el gobierno hutu organizó una milicia “para defenderse del ataque del FPR” reclutando a jóvenes por todo el país que llamó Interahamwe (los que luchan juntos). Las Interahamwe serían las encargadas de llevar a cabo el genocidio. Sus violentísimos ataques, empapados en alcohol y anfetaminas, todavía asaltan las pesadillas de miles de ruandeses.
El horror
Pese a la propaganda y a las milicias, el gobierno de Habyarimana, consciente de la superioridad del FPR, decide aceptar un diálogo de paz, negociaciones que arrancan en 1993 en la ciudad tanzana de Arusha. Las conversaciones parecen marchar bien y el presidente hutu acepta comenzar a trabajar en un ejército conjunto y un gobierno combinado. Incluso permite que el FPR envíe doscientos representantes al parlamento de Kigali. Además se decide crear una fuerza de paz de la ONU llamada UNAMIR, encabezada por el general Roméo Dallaire, que es enviada a Ruanda con la promesa de estar formada por 2.500 cascos azules. De momento llegan a Ruanda apenas 400.
Los progresos enfadan a la ‘akazu’, el círculo radical que controla el gobierno hutu, que intensifica la propaganda y tilda el acuerdo de paz de “papel mojado”. Tampoco el FPR parece creer en lo dialogado y en lugar de doscientos representantes parlamentarios envía a Kigali a doscientos soldados.  Incluso la ONU recibe constancia de que la paz no es posible. El 11 de enero de 1994 el recién aterrizado Dallaire envía un fax urgente a Naciones Unidas en el que describe, a través de un confidente, que las Interahamwe están haciendo un censo de todos los tutsis de Kigali. El confidente, reza el fax, sospecha que la intención es exterminarlos. Detalla que tienen capacidad para asesinar a mil tutsis en veinte minutos. Continúa: el confidente afirma que el presidente Habyarimana no tiene control sobre lo que está sucediendo, mucho menos sobre las milicias. Por último el fax explica que Francia está enviando armas a las Interahamwe. Dallaire explicaría más adelante que también informó a Naciones Unidas de que si le mandaban 5.000 soldados podría detener los planes del gobierno hutu. Esto es, podría detener el genocidio. La respuesta al fax de Dallaire, quien por cierto, terminó la misión bajo tratamiento psiquiátrico, no tardó. El mismo día llegó un fax de vuelta desde Nueva York firmado por el entonces jefe de la misión de paz en Ruanda, Kofi Annan: “Se rechaza la operación contemplada porque excede el mandato confiado a la UNAMIR”. La ONU rehusó intervenir en ese momento a pesar de que, en Ruanda, casi todo el mundo presagiaba lo que se venía encima.
Sólo Habyarimana parecía en ese momento convencido de la paz, un convencimiento que acabará con su vida. El 6 de abril de 1994, cuando regresaba de una de las negociaciones en Arusha, su avión fue derribado por un cohete cuando estaba a punto de aterrizar en Kigali. Los bandos se acusaron mutuamente en un debate que todavía sigue sin resolverse en la Ruanda actual. Los hutus tienen la certeza de que fue el FPR quien disparó mientras que los tutsis opinan que la propia ala radical de Habyarimana le traicionó para propiciar el genocidio.
La caída del avión fue como un toque de corneta, como el pistoletazo de salida. Las calles de Kigali fueron tomadas en minutos por las Interahamwe, se montaron barricadas y comenzaron a circular listas con nombres de tutsis. El ambiente se hizo irrespirable. De fondo, la RTML gritaba odio: “Matad a esas cucarachas, que no os maten ellos primero”. Al amanecer, un grupo de milicianos rodearon la casa de la primera ministra hutu, Agathe Uwilingiyimana, incluida en alguna lista de hutus moderados, que también se convirtieron en objetivos. Un contingente de diez soldados belgas de la UNAMIR apareció para protegerla, pero al verse en inferioridad y frágilmente armados, optaron por rendirse. La primera ministra trató de huir saltando el jardín de su casa, pero la atraparon y la asesinaron a solo una manzana de distancia. Los diez cascos azules fueron trasladados a una base militar, donde les torturaron hasta la muerte para después despedazar los cuerpos. Bélgica retiró sus tropas a los pocos días. El mensaje a la comunidad internacional estaba enviado.
El horror se hizo con Ruanda. Las Interahamwe, con las listas de tutsis preparadas, tomaron barrios y pueblos. La sangre salpicó el país. Todos empezaron a matar tutsis, Ruanda se convirtió en un enorme coto de caza en el que no podía quedar una sola presa viva. La RTML lo recordaba como un mantra macabro: “No os dejéis el futuro, no os dejéis a sus mujeres y niños”. Disparos, granadas, machetazos… Un desenfreno de violencia y odio inabarcable en el que no se escatimó en crueldad. Las mujeres eran violadas, los hombres torturados y mutilados, los niños aplastados, las embarazadas abiertas en plena calle. El horror, el horror en el sentido más estricto del término.
“Actos de genocidio”
En cien días los milicianos hutus asesinaron a ochocientas mil personas, según las estimaciones más benévolas. 330 personas cada hora. Cinco cada minuto. La mayoría de ellas, por cierto, a machetazos. Las Interahamwe solían agrupar a los tutsis en iglesias o escuelas con la promesa de que estarían a salvo. Días más tarde eran asesinados sin miramientos. Así se llevaron a cabo masacres como la de la iglesia de Nyamata, donde fueron asesinados 2.500 tutsis, o Ntarama, con casi 5.000 muertos. En la escuela de Murambi murieron 27.000 tutsis. Son matanzas que hoy se recuerdan en Ruanda en forma de memoriales y museos. Las milicias arrasaban aldeas y pueblos y obligaban a los vecinos hutus a ayudar en las matanzas: quien no ayudase, era también asesinado. Matar se convirtió en lo normal. Quien no mataba, moría.
La sorpresiva reacción de la ONU ante tan inaceptable situación fue evacuar a los extranjeros y reducir el número de cascos azules a 250, cifra que inutilizaba a la UNAMIR. Por si fuera poco, Estados Unidos bloqueaba cualquier intervención, escaldado por lo ocurrido en Somalia meses antes, cuando un helicóptero ‘black hawk’ fue derribado y 19 soldados americanos resultaron muertos. Como la resolución de Naciones Unidas de 1948 obligaba a intervenir si se cometía un genocidio, Washington comenzó un malabar conceptual para evitar el término. En todas sus intervenciones el ejecutivo de Bill Clinton se refería a la situación como “actos de genocidio”. Así estuvo semanas, mientras el horror seguía adelante en la remota Ruanda y la Cruz Roja lanzaba cifras de muertos contra las conciencias occidentales. Solo el primer mes la organización contabilizó medio millón de muertos. El mundo miraba hacia otro lado.
La ONU no reaccionó hasta el 22 de junio, casi tres meses después del estallido. Se aprobó entonces el envío de tropas francesas para llevar a cabo la Operación Turquesa. Ante el avance del FPR, el gobierno hutu y las Interahamwe comienzan a replegar velas de modo que la Operación Turquesa sirve para abrir un corredor humanitario ante la masiva huida de hutus. Más de dos millones salen del país, la mayoría de ellos rumbo a los campos de refugiados de la República Democrática del Congo (entonces Zaire). Protegidos por los franceses, la marea hutu abandona Ruanda y escondidos entre el gentío huyen también los genocidas. El FPR alcanza Kigali el 13 de julio y a su paso comete todo tipo de abusos, incluidas matanzas contra civiles hutus en aldeas y pueblos. Unas víctimas que, por cierto, no serán –ni son- reconocidas por el nuevo gobierno ruandés. No son pocos los hutus que sostienen que en los desmanes del FPR murió casi tanta gente como en el mismo genocidio. 
Reconciliar un país
Con Paul Kagame en el poder (al principio como vicepresidente  y después y hasta la fecha como dirigente del país), Ruanda inicia un durísimo proceso de reconstrucción. El país está deshecho: 800.000 asesinados, dos millones de refugiados, cien mil niños huérfanos, doscientas mil mujeres violadas, 1,7 millones de hutus sospechosos de haber participado, en mayor o menor medida, en el genocidio. ¿Cómo se recupera un país así?
Lo primero que decretó el nuevo gobierno fue que cualquier acto de venganza sería castigado con cadena perpetua. A partir de ahí estableció un protocolo de reconciliación basado en las ‘gacacas’, juicios tribales ruandeses que se habían dejado de utilizar pero que volvían a ser necesarios ante la avalancha de implicados. Las ‘gacacas’ permitieron que los juicios se celebrasen en aldeas y pueblos entre vecinos, con penas preestablecidas que impedían la condena a muerte. Sirvió para que los acusados pidieran perdón públicamente y los afectados sintieran que se había hecho justicia. Aunque en general funcionó, se dieron centenares de casos de venganzas que el gobierno trató de ocultar y que todavía hoy niega. Finalmente, 120.000 hutus fueron encarcelados por actos de genocidio, atestando las saturadas cárceles ruandesas.
En paralelo a la justicia, el gobierno también emprendió programas de reconciliación social y renovación: cambió la bandera, el idioma (el inglés sustituyó al francés), los libros de texto e Historia y hasta el nombre de algunas ciudades. Parecía como si Ruanda, antes de 1994, hubiera dejado de existir. Pero sin duda la decisión más trascendental del ejecutivo de Kagame fue abolir las diferenciaciones étnicas. Se retiraron los documentos de identidad y se prohibió, administrativamente, distinguir tutsis o hutus. La medida fue tan contundente que a día de hoy en Ruanda es un enorme tabú y hasta una falta de educación preguntar a alguien si es hutu o tutsi.
El proceso de reconciliación fue ejemplar, al menos a ojos de un avergonzado Occidente. La realidad es que el nuevo gobierno ruandés aplicó –y aplica-una cara B. Tal vez como único camino viable para lograr la unión del país, Kagame ha optado por la mano dura. En la Ruanda de hoy no existe la libertad política ni de expresión. En realidad nadie se atreve a hablar de política. Hacerlo supone ir a la cárcel o morir. Tal es la represión que nadie habla de nada trascendente con nadie en Ruanda. Es un país silenciado. Por si fuera poco, la población hutu denuncia desde el anonimato (y con riesgo para su vida) que viven marginados. Los papeles han cambiado: ahora todos los puestos de control político y de seguridad están en manos de tutsis. También los mejores empleos y ayudas. Los hutus viven completamente silenciados en la Ruanda actual, incapaces de denunciar su situación ante un gobierno aliado de Estados Unidos y Europa.
Para muchos, en Ruanda simplemente se ha cambiado un régimen opresor por otro, en un enfrentamiento cíclico que no parece tener fin. Hutus contra tutsis, dos naciones en un solo Estado. Solo las nuevas generaciones, que nacieron después del genocidio, tienen en su mano cambiar la historia ruandesa. Una historia empapada en sangre desde que llegó el hombre blanco. O eso dicen en Ruanda.  
Despieces:
El polémico papel de Francia
“Sin Francia no hubiéramos podido hacerlo. Yo diría que si no es por Francia, el genocidio nunca se hubiera producido”. Quien habla es Straton Sinzabakwira, genocida que sigue en prisión tras haber organizado la matanza de 6.000 tutsis en 1994. Straton era el alcalde de un municipio al norte de Ruanda. “Cuando comenzó la guerra, los franceses nos empezaron a entregar armas y ayudaron en el entrenamiento de las Interahamwe”, rememora. Straton respalda con sus recuerdos las voces críticas que acusan a Francia de propiciar el genocidio en su empeño por mantener la fraconfonía hutu en el poder. El gobierno de Françoi Mitterrand apoyó militarmente a las Interahamwe contra el FPR y después ayudó a huir a los milicianos a los campos de refugiados. “Cuando huíamos a Zaire los soldados franceses nos iban escoltando. Los ‘genocidaires’ iban armados y no les decían nada”. La crítica de Straton alcanza la actualidad. “Hoy en día hay genocidas viviendo en Francia, te puedo dar nombres”, afirma enfadado. La organización CPCR denuncia que hay unos 40 acusados de genocidio viviendo en libertad en suelo francés sin que el Estado se querelle contra ellos.
Campos del Congo, ¿otro genocidio?

Un informe de la ONU que no se hizo público hasta el año 2010, revela que el FPR de Paul Kagame pudo haber cometido otro genocidio –esta vez contra los hutus- en los campos de refugiados de la República Democrática del Congo después de la guerra. Hasta allí huyeron 1,5 millones de hutus tras el fin del conflicto, provocando una de las mayores catástrofes humanitarias que recuerda el siglo XX. Ayudados por ONG europeas y estadounidenses, los campos se asentaron y llegaron a convertirse en ciudades en 1996. Fue ese año cuando, en el marco de la Primera Guerra del Congo, el FPR se internó en la zona para obligar a regresar a los refugiados y detener a los genocidas. La maniobra, según el informe, se les fue de las manos a los soldados quienes, tras la respuesta violenta de las Interahamwe, dispararon contra la multitud de refugiados. Después, y según la misma fuente, recorrieron los pueblos de la zona asesinando cuanto hutu encontraban. El informe habla de “decenas de miles de muertos”. El actual gobierno de Ruanda lo niega, tilda el informe de “farsa” y asegura que las víctimas que se produjeron fueron daños colaterales de la guerra. 

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