14 jul. 2014

Ruanda, el país de los mil asientos

Este texto en clave de humor se publicó en la revista Zoom News

Es lo que ocurre en países pequeños. Que se supone que todo está cerca y entonces optas por ir y volver “en el día”. Ruanda, donde estuve hace unos meses haciendo una serie de reportajes sobre el genocidio de 1994, porta esa etiqueta: tiene el tamaño aproximado de Extremadura, de modo que la gente te dice que a los sitios se va y se vuelve “en el día”.

Unos 72 memoriales pueblan actualmente el país. El fotógrafo Alfons Rodríguez y yo recorrimos durante un mes estos sitios levantados contra el olvido, para hablar con los que iban a ser los protagonistas de nuestros reportajes. Incluso rastreando la tragedia las anécdotas y vivencias se abren paso irremediablemente. Algunas son dignas de contar, como la que nos llevó al memorial de Bisesero, probablemente el memorial que más lejos está del universo.

“Se tarda unas tres horas”, nos dijo nuestro guía local con ese tono de convencimiento irrebatible. “Podemos ir en el día”. El conductor que nos iba a llevar -un chico con cara de que no le ha sonado el despertador- asintió con la cabeza. En la parte trasera del coche Alfons y yo mirábamos lacónicos por las ventanillas. Tardamos seis horas y media.



Aunque las carreteras del país no están nada mal (probablemente son las mejores del centro de África), tres de las seis horas de trayecto se completaron sobre caminos de tierra en los que –durante varios tramos- había que bajarse del coche y empujarlo. El coche se convertía entonces en un añadido, en una carga prescindible. Como el tipo del chiste que portaba un yunque por la selva para, si le atacaba un león, poder soltarlo y correr más rápido. A la vuelta del memorial, de nuevo rumbo a Kigali (la capital), otras seis horas, esta vez con una señora que solicitó volver con nosotros. El asiento de atrás se convirtió entonces en un saque de esquina en el que la señora metía codos como un central cabreado. No regalaba un centímetro. Por suerte dejó la caja de gallinas en el maletero, de donde salían convulsos cacareos en cada bache. Mutó aquello en una excursión de Berlanga a la ruandesa que trascendió en terror cuando paramos a cenar: contemplé cómo nuestro conductor engullía cervezas como si fueran las últimas que le ofrecía la vida. En cierto modo lo comprendí, había que afrontar de alguna manera lo que nos quedaba por delante, pero cuando reemprendimos el camino era noche cerrada, el chófer (tal y como me temía) apuraba las curvas colgando del volante como el gitano que llegaba en furgoneta a mis clases de autoescuela (aparcaba y bajaba con el código de circulación en la mano), la señora de los codos hablaba como si le hubieran dado medio gramo de ‘speed’ y Alfons y yo pasamos el resto del trayecto más tensos que descubrir ya sentado que no hay pestillo en la puerta del baño. Por suerte todos llegamos sanos. También las gallinas.  
Ruanda nos reservó todavía otro tumulto más en un coche. Esta vez de policía. En nuestro segundo día en el país, Alfons descubrió desencajado que le habían robado dinero en la habitación del hotel. Acudimos a la comisaría, un gesto tributo a la utopía.

Nos acompañaron dos chicas muy preocupadas del hotel y también la señora de la limpieza, declarada por nosotros mismos única y principal sospechosa del hurto. Allí nos hicieron redactar la denuncia en un rincón y con un lápiz. Después pasó por ahí un tipo con gesto despistado que nos preguntó qué hacíamos ahí y cuando se lo explicamos se proclamó encargado de quedarse con nuestra denuncia. Decidió, además, que había que ir urgentemente al laboratorio a sacar las huellas dactilares del estuche donde estaba guardado el dinero. Alfons y yo nos miramos. En cinco minutos estábamos de nuevo en otra secuencia confusa: coche de policía rumbo al laboratorio con el conductor, un policía de copiloto, las dos chicas  del hotel, la presunta ladrona, Alfons y yo. A medio camino se me subió el gemelo, un dolor terrible y repentino que me sobrevino en plena montonera del asiento de atrás. Mis convulsiones por estirar la pierna (incomprendidas por los presentes) provocaron el camarote de los hermanos Marx. “En Ruanda está prohibido ir más de cinco en un coche”, consideró señalar el policía en ese momento.

Ya en el laboratorio apareció un tipo con una bata blanca y en chanclas que se anunció como el encargado de tomar las huellas dactilares del estuche. “¿Dónde está”?, dijo como si preguntara por un paciente terminal. Yo me metí en el papel y con la dignidad con la que mi abuelo duerme las siestas con la tele a todo volumen, hice entrega del estuche. El doctor se dispuso a abrirlo con unos guantes, pero se atascó la cremallera. El tipo intentaba desengancharla mientras todos, en espeso silencio, le mirábamos fijamente. Dudé (creo que hasta amagué) con ayudarle y finalmente me decidí.  Mientras tiraba de la cremallera comprendí que también estaba dejando mis huellas, pero que llegados a ese punto, qué cojones importaba nada.

Cuando el doctor en chanclas se retiró con el estuche ya abierto, tuvimos que esperar casi una hora (todos: sospechosas y demandantes compartiendo sofá. Con perspectiva veo una querencia en aquel viaje por compartir asientos multitudinarios) mientras el vigilante jugaba al billar en el ordenador con un ventilador a su lado. Después nos fuimos, más por cansancio que porque alguien nos dijera algo. Jamás volvimos a saber nada.

Dejamos ese hotel, claro, y fuimos acogidos con desmesurada generosidad y hospitalidad por la misión salesiana de Don Bosco, lugar que se convirtió en nuestro cuartel general en Ruanda el resto del viaje. Desde allí, la única escapada no “en el día” fue al parque de los volcanes de Virunga, una selva donde asesinaron a Dian Fosey (Gorilas en la niebla) y que contiene una reserva de gorilas de montaña, especie de la que apenas quedan 900 ejemplares en todo el mundo. Nos alojamos en una suerte de albergue en plena jungla donde a veces venía la luz y donde elegíamos la gallina que queríamos cenar y luego contemplábamos la persecución, un momento terrible en el que acabas apoyando la supervivencia de tu cena mientras huye.
Los últimos días, y para completar las voces que precisaba el reportaje, decidimos entrevistar a dos genocidas que estaban presos. La gestión para lograrlo fue como la prueba de Astérix y Obélix en la que necesitan el formulario A38. Acudimos al centro de prensa, nos enviaron al ministerio, de allí a comisaría, llamadas, visitas… Una esquizofrénica complicación que me hizo echar de menos la sencillez gallega, como cuando Arsenio llegaba a la rueda de prensa y el periodista le preguntaba, “Míster, ¿qué?”. Y O Bruxo arrancaba a hablar durante veinte minutos y se iba.

Finalmente conseguimos permiso para entrar en la cárcel de Nyanza (una de las saturadas prisiones ruandesas donde 40.000 genocidas todavía cumplen condena), pero una vez allí, el alcaide nos dijo que no podíamos hacer fotos. Le suplicamos que lo considerase y accedió a hacer unas llamadas para intentarlo. Tal fue nuestra desesperación que cuando me preguntó -tras confesarme su madridismo- de qué equipo era, le dije que yo también era del Real Madrid, lo cual no solo es falso, sino que escucharme tal afirmación me dañó. Me quemó por dentro. Presa de la necesidad profesional decidí rematarme: “y Cristiano Ronaldo es el mejor del mundo”. El alcaide empezó a reír con sonoras carcajadas y aplausos, feliz como un niño y dos minutos después nos autorizó a hacer las fotos. Alfons –culé reconocido- me juró que no se lo contaría a nadie. A través de la cárcel, por cierto, nos condujeron dos presos. Los de seguridad se quedaron fuera. Seguramente eran del Barça.

A la vuelta paramos a comer en un pueblecito donde había un local de self-service. Se pagaba por plato, no por peso, de modo que el señor que tenía delante en la cola -un tipo con cara arrugada y sombrero- decidió reinventar los límites de cuánta comida puede caber en un plato. Si pasa por ahí un ojeador del Circo del Sol lo ficha.   

La de la cárcel fue la última excursión “en el día” de aquel viaje. Emprendimos el regreso con la satisfacción de haber visitado los principales puntos de interés, de haber dado voz a todas las partes (incluidos vecinos hutus, otrora verdugos y ahora reprimidos por el actual gobierno tutsi) y sobre todo, satisfechos de habernos sumergido en el país. Un país fascinante, amable y donde a la gente le gusta sentarse muy junta.


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