11 sept. 2014

Jesse Owens pasaba por allí





En realidad no quería demostrar nada. Jesse Owens no pretendía convertirse en un símbolo contra el racismo, ni en un icono. Eso vendría luego. Owens fue a los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 a competir como lo llevaba haciendo los últimos años en Estados Unidos. Llegó -con su mirada huidiza, su sonrisa sincera y su piel negra-, ganó cuatro medallas de oro delante de Adolf Hitler y regresó a su país a seguir trabajando como botones.

El periodismo se encargó de lo demás. Y eso que Owens seguía sin estar por la labor. Cuando un reportero le preguntó si el ‘führer’ le había dado la mano para felicitarle, el atleta respondió: “Cuando pasé, el canciller se levantó, me saludó con la mano y yo le devolví la señal. Creo que los periodistas están teniendo el mal gusto de criticar al hombre del momento en Alemania”.


James Cleveland Owens era negro. Y es éste el detalle que da sentido a esta historia porque, sin pretenderlo, el conocido como ‘Antílope de ébano’ hizo trizas la teoría de la supremacía genética aria ganando todas sus pruebas en un estadio engalanado con esvásticas y copado por atletas blancos y rubios. Lo de Jesse vino por un problema de pronunciación. En su primer día de colegio en Cleveland, con nueve años, un profesor le preguntó su nombre. James respondió “J. C.” en inglés, que tiene una fonética parecida a Jesse y más si quien lo pronuncia es un chaval recién llegado de una granja de Alabama. El profesor no llegó a entenderle muy bien y le quedó Jesse para el resto de sus días [...] 

Este fragmento es el inicio de mi artículo sobre el atleta Jesse Owens que podéis encontrar en la revista Jot Down número 8. Junto a él, decenas de textos de -como siempre- altísima calidad. Podéis adquirir la revista aquí. 




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